Kepa Uriberri
La revolución en Samarkanda
El Peligro
¡Luz!, Angustia, peligro. La voz de siempre anuncia el alerta: "Nos quieren someter. Nos están infiltrando". "¿Tú, quién eres?". "Escúchame: Soy el caudillo. Hay peligro, es necesario encontrar setenta revolucionarios para defendernos". "¿Dónde estás?".
- Levántate y no preguntes. Soy el que te habla. Haz lo que te digo. Es al menos, necesario.
- ¿Por qué confiar en ti?
- Soy el caudillo.
- Pero no puedo verte. Sólo te oigo.
- Todavía estás muy oscuro. Habrá claridad. Todo será claro cuando busques setenta revolucionarios.
- No sé si es lo mismo que me dijiste ayer al despertar y luego hubo luz y no te vi y me hablaste.
- No es esa la claridad, al menos entiéndelo bien.
- ¡Explícame!.
- Ya lo he dicho tantas veces: Soy el caudillo. No importa si me ves o no. Talvez es necesario. Sólo haz lo que digo, no lo olvides. Debes reclutar setenta revolucionarios para liberar Samarkanda.
- ¿Qué es Samarkanda?.
- La tierra prometida de la revolución sincera. Si no puedes recordar compra un cuaderno Colón[1] y anota. Tendrás una bitácora. Inscribirás a tus setenta cófrades de la revolución. No escribas sus nombres sino quienes son y por qué. Talvez una nominación, nada más. Recuerda que siempre te estarán observando.
- Pero ¿Cómo recordaré tus instrucciones? si nunca puedo verte.
- Estaré contigo siempre: Soy el caudillo. También te escribiré cuando deba ser necesario.
- ¿Qué haré con setenta cófrades?
- La revolución en Samarkanda. Es, al menos, necesario.
- Pero... ¿Cómo?.
- Tendrás lo necesario. Busca tu Colón.
Ahora comprendo el peligro. Finalmente entiendo estos despertares de manos húmedas, de pecho hundido, de rodillas encogidas de ansiedad de la nada. Es necesario salvar Samarkanda y por tanto el mundo entero. El peligro es real y estamos vigilados. ¿En quien confiar?.
Salgo al frío de las ocho y la gente me mira con sospechas. No con persistencia pero noto sus sospechas. Un hombre de sombrero y abrigo me da un topón en el hombro y me mira de reojo. ¡Enemigo!. No quiero mirarlo, es seguro que nota que estoy en la revolución. Es seguro que es peligroso, muy peligroso. Cuando se aleja trato de darme vueltas a verlo. No puedo. Me tirita el cuello y me sudan las manos. Una mujer me descubre. Lo noto. Me sonríe. Quito la vista, no puedo permitirle ninguna intimidad: Quieren infiltrarnos al menos.
- Un cuaderno Colón, por favor.
Me mira con curiosidad, es enemigo. Dice:
- Solo tenemos universitarios[2], de esos grandes.
- No me sirve - trato de no intimar -, debe ser Colón.
- Solo tenemos saldos de hace algunos años. Pueden estar en mal estado.
- ¿Son Colón?
- ¡Colón!
- Uno, por favor.
Mientras espero que baje a la bodega entra otro enemigo. Lo noto en su actitud. Me mira como interrogando. Quito la vista, no debe conocerme: ¡Peligro!. Hace un gesto como para preguntar. Me doy la vuelta y le presento la espalda. Temo su traición y me pongo de costado. Cínico muestra detrás del mostrador vacío, como preguntando por el dependiente. Lo ignoro, quiere mi información, es al menos peligroso.
El dependiente vuelve. Trae un paquete. Lo abre y despliega varios Colones.
- ¿Cuantos quiere?.
- Uno, por favor.
Me mira con cierta molestia. Tomo nota, talvez no sea neutral. Empuja uno hacia mi. Lo tomo. Pregunto:
- ¿Cuanto?.
Niega con ambas manos abiertas hacia mi y la cabeza, todo a la vez. Con un largo pestañeo dice:
- Llévelo. Están en mal estado, no le puedo cobrar.
El cuaderno se nota algo húmedo. Una carabela de color rojo ocre flota sobre un mar celeste viejo; al fondo un mapamundi también en ocre flota espacial.
- Gracias - digo y salgo buscando en ese mundo ocre donde está Samarkanda.
Bajo a la estación del metro. Ahí está ese hombre. Usa sombrero y un abrigo de tweed con pinitos. El ala le oculta la vista, pero estoy seguro que de algún modo me mira. Me vigila. A ratos mira la hora en su reloj en la muñeca izquierda. Tiene cadena metálica y es muy plano. Puede ser un costoso Longines: Es enemigo, lo sé. Un revolucionario jamás usaría un Longines. Me alejo. Cuando llegue el tren deseo quedar en un carro distinto. "Debes vigilar" dice desde alguna parte el caudillo. "¿Donde estás?" le pregunto, "Sólo soy el caudillo. No preguntes".
- Sé que es un enemigo. Si lo vigilo puede descubrirme: ¿Y si me descubre?.
- Anota sus señas y siempre sabrás.
El tren llega. Entramos en el mismo carro. Me siento frente a él y comienzo a anotar sus señas. Es evidente que tiene un ojo inmovil, el derecho. "Podría ser falso" escribo. Trato de ver disimuladamente si es de vidrio. Si así fuera no sería tan fijo, tendría otro brillo. "Puede ser madera" anoto. Concluyo que es de palo, pero de fina madera de modo que no suelte astillas: "Caoba" escribo. Casi con seguridad aventuro: "Ricamente labrado". Es difícil tener certeza, noto en él alguna incomodidad cuando percibe mi interés. Confirmo por escrito: "Enemigo talvez". Intenta persistentemente esconder la vista bajo el ala del sombrero, hasta que se incorpora a la entrada de la estación Santa Lucía. Camina rengueando de la pierna izquierda. Escribo: "Pierna también de madera: Caoba".
- Síguelo.
- ¿Por qué?
- No bastan las señas. Hay que saber si es revolucionario o enemigo. ¡Síguelo!.
Salto de mi asiento y sigo las instrucciones del caudillo. Su voz se hace cada vez más nítida e imperativa. Alcanzo a saltar fuera del convoy justo cuando suenan las bocinas de alarma del cierre de las puertas. El hombre va rengueando de la pierna de caoba con una dignidad admirable, de manera que se diría que no cojea sino sólo es su propia excelencia aristocrática. Talvez, pues, sí sea un revolucionario. Sólo al subir la escala se nota que es madera. Sube cada peldaño con la pierna derecha, mientras la izquierda es arrastrada por el esfuerzo del cuerpo, y ocasionalmente debe levantarla tirando del pantalón con ambas manos. El esfuerzo para subir lo va retrasando. Debo esperar para no alcanzarlo. Al subir el peldaño veintiséis nota mi presencia detrás y se vuelve. Me clava la mirada de su ojo de palo con fuerza inusitada. Casi me bota de espaldas por la escala. "Mantente firme" dice el caudillo. Con prestancia el hombre me ignora y termina de subir. Apura el paso y se pierde entre la gente en el túnel que va a la vereda norte junto a la Biblioteca Nacional. En el tumulto de gente que va y viene parece deslizarse con precisión de manera de hacerse invisible. Me parece ver, apenas, su sombrero escapando en la salida hacia el oriente. No logro abrirme paso con rapidez para ver a donde se va al salir a la calle pero me parece verlo correr rengueando hacia el cerro Santa Lucía. Hacia allá me dirijo también aunque no lo veo por ninguna parte. Lo he perdido.
- Búscalo.
- ¿Cómo?.
- Desde la terraza del cerro puedes ver toda la plaza, el museo, la Alameda. Busca un abrigo de tweed, una pierna de palo, un sombrero, alguien que evade la vista. ¡Búscalo!. Cuando menos es necesario.
La terraza del Santa Lucía se ve vacía a esta hora. Sólo un hombre con un enorme tarro de basura portátil y un escobillón barre las baldosas y me mira con cierto rencor aparente. A ratos recoge algo del suelo, que tira dentro del tarro. Al agacharse me observa con un gesto de desprecio. Por lo mismo lo interrogo. Debe saber algo, si no, no tendría por qué mirarme con rencor.
- ¡Oye tú!: ¿Viste pasar a un hombre que cojea?.
Mira por la escala que sube hacia la torre de los locos y se encoge de hombros.
- ¿Se fue por ahí? - pregunto al descubrir el significado oculto de su gesto.
- No he visto a naiden - dice y sigue barriendo. Su mueca es de infinito desprecio, como si condenara lo que hago. Rápido garrapateo una anotación en este sentido en mi cuaderno Colón. Aparte de él no hay nadie más en los alrededores; sólo un indio metálico, completamente sulfatado, tensando un arco contra el suelo. Se supone que sea Galvarino, pero tiene un gran penacho de plumas que jamás usaron los mapuches. Por supuesto es un indio navajo, sobrante de una plaza pública de Missouri, que se compró en algún remate para adornar este pobre cerro urbano.
De repente me parece ver a mi hombre. Cojea subiendo las escalinatas de la Biblioteca Nacional, allá lejos. Talvez no sea él, estoy a mas de una cuadra sobre el cerro. Corro escalas abajo mirando siempre al hombre. El caudillo, desde alguna parte, siempre sin dejarse ver, me apura: "¡Corre! se te escapa" me grita. Todavía estoy lejos cuando entra a la biblioteca. Talvez no era él. No tiene por qué serlo. ¿Donde habría estado todo este rato? me pregunto, disminuyendo el paso. El caudillo insiste: "¡No lo pierdas!. ¡Es él!. Estoy seguro. ¿Acaso no viste su ojo de palo de caoba?". Apuro el paso pero no me convence. Subo las escalinatas cuya amplitud produce vértigo. Vuelvo a sentir el peligro y la angustia de la madrugada. Me siento engañado por la voz que me da instrucciones sin dejarse ver: ¿Por qué Samarkanda?. ¿Qué revolución?. Desde lo alto, ante las enormes puertas vidreadas siento vértigo de todo lo que hay detrás. Aquí está repetida en cinco ejemplares toda la sabiduría, toda la información, todo lo escrito, todo lo que por visible fue puesto en papel amarillo. Talvez ya haya cinco copias de mi cuaderno Colón: Este sólo pensamiento me recoge el estómago. Pienso que odio las bibliotecas y ésta tan universal se me hace agobiante. Giro y miro a la genta abajo en la vereda, todos caminan maquinales, sin mirarse unos a otros, sin embargo todos, en algún instante sin importar lo breve, todos, sin faltar ninguno, cuando no los observo, aprovechan de vigilarme de soslayo. ¡Peligro!. Estoy entre dos fuegos: Toda la sabiduría, toda la información, o todas las miradas vigilantes. Huyo de las miradas y entro al peligro más desconocido, al menos es más ignorado. Talvez tenga una oportunidad.
Los techos altísimos, el silencio ominoso, figuras que parecen siempre quietas: Todo aplasta. Esos fantasmas me miran por turnos. Uno, otro, el otro y el otro. La mujer de anteojos enormes me clava la mirada hasta el dolor. Sus ojos interrogan. Me siento agredido. Para defenderme digo: "¡Samarkanda!". "¡Sssshhh!" me responde y me hace señas que me acerque.
- Qué material busca - dice sin poner signos de interrogación a su frase, sino casi más bien un mandato, pues sabe que nadie viene aquí sino por cierta información. Jamás, entonces, pregunta. Sería poner en duda que el visitante viene en busca de información. Su voz retumba en mis oídos aun cuando habla en voz muy baja. Sabe dar sonoridad precisa a sus palabras sin hacerlas sonar.
- Samarkanda - repito inseguro.
- Qué material de Samarkanda - vuelve a gritarme en silencio, con cierta exasperación. Agrega sin interrogar -: Mapas, turismo, historia, geografía. ¡Qué!.
- Mapas, turismo, historia, geografía.
Anota unos crípticos en un tarjetón y me los alarga. Los miro con alguna duda. Mete un dedo nudoso, que parece hacer juego con los grandes marcos de carey de sus anteojos, sobre el tarjetón que ya sujeto en mis manos y con una uña nacarada y larga, hasta la curvatura, señala los números y letras que escribiera en él. Dice: "Sala, estante, anaquel y libro" mientras golpea el cartoncillo con la punta de nácar. Le hago un gesto que sale desde mi miedo, y miente al reflejar completa comprensión. Me alejo intentando buscar las señas escritas. Unos golpecitos de uña sobre el vidrio de la mesa de la bibliotecaria me perforan los oídos antes de alejarme media docena de metros. La mujer me señala un rumbo del todo diferente al que había tomado.
Mientras busco mi orientación observo a los visitantes, pocos, dispersos. Todos oscuros, todos de tweed, todos graves. Unos en los anaqueles, otros en los mesones de lectura, todos con gruesos libros de tapas duras que contienen información dura de temas duros en papel amarillo. La casi penumbra del lugar no encaja con una sala de lecturas, sin embargo nadie parece incómodo. Al fin encuentro "Samarkanda: Geografía, Orografía e Hidrografía". Saco el pesado volumen y me instalo en un mesón. Lo ojeo alternativamente: Los mapas y artículos, a la vez que a los visitantes y sus libros. A veces pasa alguien silencioso, como si se escabullera. Lo observo. A veces es necesario tomar notas. A veces copio los mapas o datos físicos: El río Zerafschan o Zarafschan o Zeravschan, el mar de Aral al norte, al sur oriente la Manchuria en las estepas de la China. ¿Por qué la revolución en Samarkanda? me pregunto. Vuelvo a los anaqueles y busco "Historia". Encuentro un volumen con historia, política, cultura y sociedad. Me entero de los horrores que se vive en Samarkanda desde su fundación. Tamerlán saquea Babilonia para construir con sus riquezas, la gran capital con las tres Madrazas. En ellas se escribe el Libro de la Verdad Sincera. Samarkanda siempre ha vivido en torno al peligro y la angustia.
Pasa a mi lado, casi invisible, con mirada torva de su ojo izquierdo, talvez el derecho que oculta bajo el ala del sombrero es de madera de palo. Creo que se esfuerza para no renguear. En la semipenumbra no distingo si su abrigo de tweed es de pinitos. Lleva bajo el brazo varios volúmenes de diversos tamaños. Antes que atraviese la puerta de la sala alcanzo a ver que el título de uno de ellos es algo como "Nave... fl... Samarkanda". El forro de papel couché tiene dibujada una carabela que navega hacia la izquierda sobre un mar tormentoso. Me levanto y lo sigo apresurado. Varios "Sssshhh..." me detienen. Cuando cruzo la puerta, no se le ve por ninguna parte. Llego hasta el escritorio de la bibliotecaria de los anteojos de carey y pregunto:
- ¿Dónde está?.
Sólo me mira.
- El hombre del abrigo de tweed, el cojo.
Sólo me mira.
- ¡Lo perdiste! ¡Búscalo! ¡Búscalo! - me grita el caudillo, exaltado.
Alcanzo a leer en un cartoncillo sobre la mesa "... Samarkanda" escrito en máquina, y a mano, con una letra pausada, caligráfica, gladiola, afilada, inclinada: "... Dumango".
- ¿Sacó ese libro? - pregunto.
Solo me mira. Rápidamente guarda el cartoncillo en un archivo.
- ¡Búscalo!.
- ¿Dónde?.
- ¡Búscalo!.
Mi cuaderno se quedó sobre el mesón. Vuelvo rápido a recogerlo. Cuando salgo de la biblioteca ya es imposible encontrar al hombre: Se llama Dumango. ¡Hay peligro entre la gente!. Siento que mis manos tiritan ligeramente y el corazón está suavemente acelerado: Peligro. Me miran siempre de soslayo, pero sólo cuando no los veo. Casi no me atrevo a mirarlos, temo que me sorprendan. Vuelvo a mi casa en bus, a esta hora vacíos. Siento el peligro cuando suben otros pasajeros y alivio cuando bajan. No los miro. Voy en los asientos hacia la calzada para no ver a la gente en las veredas. Es preferible no dejarse ver. Me encierro en casa, y me tiro sobre mi cama. Abro el cuaderno Colón y leo mis apuntes. Cuando llego al final descubro una carta escrita con una letra diferente a la mía. Deben haberla escrito en la biblioteca cuando seguí al hombre del ojo falso.
[1] Cuadernos Colón: Marca tradicional de cuadernos escolares de bajo costo. Sus hojas son de celulosa reciclada, y casi siempre tienen un color amarillento gastado.
[2] Cuadernos universitarios: Cuadernos más grandes, y de mayor calidad, con lomo anillado y hojas de papel blanco.