Kepa Uriberri
La revolución en Samarkanda


Otros rumbos necesarios

Amados hermanos:


Habiéndose impuesto la revolución en Samarkanda, y visto el interés de algunos de desatar la Guerra Santa; hemos puesto con la Santa Adelaida rumbo Sur Sur Weste apuntando nuestra proa hacia los veinte grados de latitud norte, y ochenta grados de longitud.

Pasamos en nuestro viaje peregrino, buscando el saber, y la verdad, tras los papiros sacrosantos de su divinidad Bhaktivedanta Swami Prabhupada; por los principales lugares que interesan verdaderamente al descanso y la paz de la humanidad.

De este modo, queridos hermanos, fondeamos en Bizancio, donde anclamos en las más hermosas catedrales. En la de Santa Sofía estuvimos con el Patriarca de Constantinopla, con quien sostuvimos discusiones Bizantinas. Sostuvimos que el Emperador Justiniano fue el mayor Heresiarca del mundo cristiano, lo que el Patriarca rebatió con ardor, así fue que debimos abandonar su imperio, y entrar al mundo musulmano.

Navegamos a la cuadra de Damasco y Bagdad, hasta que anclamos en la antigua y disputada Jerusalem, donde oramos en la Mezquita de Omar, y fuimos acogidos por Alá, y luego nos acongojamos en el Muro Sagrado de los Lamentos, y conversamos con Yahvé. Ellos nos donaron casi todo su saber.

Seguimos navegando, hasta que se hizo de noche, siguiendo una luminosa estrella, que nos aconsejaron tres Viajeros Sabios, que en el camino recogimos. Dijeron llamarse Jasper, Mehelechier, Bahaltazaher. Nos detuvimos en Belén de Nazaret, donde estos hombres debían dar un recital. Habian ellos suscitado gran clamor popular, tanto que habían venido de todas las comarcas de alrededor, por ver su actuación. Habiéndonos alcanzado la noche, no encontramos alojamiento en la ciudad, por lo que anclamos la Santa Adelaida en las afueras, al pairo de un pesebre, donde los pastores del lugar guardaban, para pernoctar y abrevar, sus animales. Había llegado antes ahí una parturienta y su marido; también atraídos por el recital, con quienes compartimos el lugar. Avanzada la noche la mujer entró en trabajo de parir, a lo que debimos ayudar. Cuando el alba ya se aproximaba, parió la mujer un varón de aura luminosa, que contenía todos los colores que se encierran en la luz, y al nacer nos dijo, bendiciéndonos: "La paz esté con ustedes" a lo que prestamente respondimos "Pax tecum, amén" y también "Haya revolución sincera para usted". Con este precioso niño conversamos hasta el amanecer, recibiendo de él, cuanta sabiduría se puede tener. Al despedirnos, pues nuestro viaje era largo aún, le dejamos de las provisiones de intendencia, y los botines con justicia obtenidos: Oro, incienso, y mirra; para honrar su buen nacer.

Atravesamos ese mediodía, el Canal de Suez, y bajamos al sur por el bíblico mar de Moisés, entre los árabes por babor, y los bruñidos desiertos a estribor, rodeando los ancianos continentes donde el hombre nació. Finalmente endilgamos rumbo a nuestro destino por el Arábigo mar ancho, hasta llegar a Bombay.

En esas tierras entramos, con la Santa Adelaida, subiendo las aguas del Narbada, hasta encontrar al maestro, autor de papiro tan dilecto. Fondeamos en Jabalpur, donde se hallaba Bhaktivedanta Swami Prabhupada enseñando el Bhagabad Gita según su sabia escritura milenaria. De él aprendimos la paciencia, la sapiencia y el perdón a la ignorancia; la indulgencia, y la creencia. Cultivamos la ciencia, y el conocimiento espiritual, llegamos a comprender que todos los hombres son la verdad y el error, que sólo Krishna y Vishnú son el absoluto unidos por su intenso hilo de Ariadna umbilical clamor de unción. Logramos con sabiduría la sanación y la armonía.

Allí había un sabio maestro, que se sentaba cada día a enseñar en un lugar abierto. Su nombre significaba "El Sol", pero nosotros, para mejor relatar, lo llamaremos "Gransol". Hasta él llegaban discípulos, y contradictores, de todos los lugares del universo. Había entre ellos uno que se hacía acompañar de un jumento, una culebra y una pájara; pero todos sabían que aquel ya estaba muerto. Como ya no podía hablar, por él lo hacía su jumento, del siguiente modo: "Menosiguienderamánso mo tómedes múnue es hoto pas, gra, cantuero, y azara minanoja". Quienes le oían creían oír un discurso cuerdo. Entonces continuaba: "vonien ciar quno me vi a Teseriel muen cariro a o enintacor: cue aguecuerano selobeomá", quienes estaban ahí, creían que eran argumentos certeros. Pero los sabios, y los avisados, sabían que era sólo el idioma extraño del jumento. Gransol intentaba, en todo caso, enseñarlo, y estas enseñanzas le daba: "Quien mucho habla, mucho yerra" le decía, y el jumento argumentaba: "Sidatel mordoscintirión qunquntinvonotono esento meda". Con paciencia, insistía el sabio Gransol: "Mas creíble es quien propone, que quien argumenta", pero rebatía el jumento: "¿Qun a mo, donte y delo mi sé docarose?. Pa to poyos as, e a stel o, s dordarlidólo, co denzón de es". Pacientemente, sabiendo que de darle a la roca el agua, se había de romper; Gransol proponía: "No ha de crecer la hierba, si sólo se raspa el vergel". "¡No me bsfutonecoresosen postre! ese pela, e don cimás lgur qulel eno, qulcuelo, y garás pontason elavo dio pr, ¡Ay quntargran! velo isa yo, fántapisises. Scode le mir el Oico queza de y ve" gritaba el otro, con su voz de asno.

Cuando al fin se cansaba de su bizarro pregón, el jumento, se iba llevando en ancas a su dueño, seguidos de la culebra y la pájara, todos sonriendo, satisfechos de su tesón, creyendo haber sembrado el suelo donde su inerte semilla rebotó. Entonces, todos quienes eran sabios de verdad, se enseñaban unos a otros, a ser humildes, y a escuchar.

De estas y otras experiencias, que dejan huellas, en esta santa tierra de sanación me he podido curar. Así fue que emprendimos nuevamente viaje, por el Golfo de Bengala, hacia Sumatra, y otros lugares, necesarios de explorar. Al entrar al mar de la China, cuando a lo lejos divisábamos entre nieblas duras, las luces de Manila, se hizo en el cielo una gran claridad. Apareció en lo alto una energía fuerte que me sacó del puente, y me arrojó sobre la banda de estribor. Entonces, sucedió algo extraño: Un ser luminoso, coronado de laureles, guarnecida su inteligencia de doce diademas, con una espada de fuego en la diestra, y un alfanje de hielo en la siniestra, y dos blancas alas para volar; sujetando bajo su brazo una pluma y en el otro cuartillas de papel, se plantó frente a mí, y dijo: "Soy el lírico Arcángel del Señor". Yo le pregunté: "¿Tu nombre, dime, cuál es?". A lo que respondió con voz potente, y humilde a la vez: "Soy el Arcángel San Miguel". "¿Y a que has venido, pues?", yo interrogué. "El Señor de lo alto, y lo profundo, de la sabiduría y la ignorancia, el amo de lo bueno y lo malo, de lo derecho y lo chueco también; amo del burdo y el fino, creador de los imperios y los tiranos, ensalzador del diestro, y el sabio; conocedor del tonto y del astuto, y de todo lo creado, por él mismo o sus criaturas, creador de los inventos, de los métodos, y las sociedades, de las cofradías y los espantos, de los insistentes y de los mansos; de la miseria y la abundancia; me envía a preguntarte: ¿Por qué nos has abandonado?". Sin alcanzar del todo, a comprender tanto; y en modo alguno intentando, poner resistencia ninguna, y habiendo sanado; sin intentar levantarme del lugar donde estaba, junto a la balaustrada de estribor le dije: "Dile a tu señor que no le he abandonado. Sólo trabajaba por la necesaria paz, así pues sacudiendo el polvo de mis sandalias, salí a navegar". Satisfecho el luminoso arcángel voló sumido en una poderosa luz que finalmente se perdió en lo alto.

Entonces, me senté en mi logia personal; y escribí esta carta primera para vosotros hermanos de ultramar.

Desde el mar de China

Reff Dumango revolucionario
Capitán de nave.


Al caudillo y benefactor revolucionario desde allende los mares:

Desde la mas hermosa ciudad al poniente de nuestra Manchuria amada, a catorce días de corriente de aire fresco, que nos provee la aceleración de Coriolis, en el cajón sinuoso del rió Dzavhan, por donde gloriosa navegara nuestra ancha nave con sus velas erguidas, a su religiosa caudillesía, vengo en decir; dos puntos aparte, inciso.

Corren aires de calumnia, traídos por la Guerra Santa, que dicen que nuestra insigne nave sería traslaticia de atoados movimientos. La infinita sabiduría navegable, de vuestra orientación con henchidas velas, que orgullosas sustentan los patrios emblemas, exigen aclaración de rumbo y destino desde la nuestra Samarkanda embellecida, por cuanto se dice con aquiescencia de los destinos de la revolución, y defensa de Santa Guerra. Por tanto detallo itinerario, bajo vuestro permiso, de nuestra carabela Santa Adelaida.

Zarpa, pues, el navío Santa Adelaida desde la plaza principal, por el curso del río Zeravshan, o Zarafschan tributario del Amu Daria, dejando por estribor el gran monumento funerario de Tamerlán, y el de Imam Al Bukhari autor del sagrado Al-Jami-as-Sahin o El Libro Sincero. No por esto se dejó de tributar honores frente a los mausoleos de los hijos de Tamerlán Shakhrukh y Miranshakh, y de la favorita de Ociel: Orlita Olmedo. Con viento a favor cruzamos el Registán, entre suaves tormentas de arena y sal, hasta llegar al cauce mayor, el Amu Daria, que nos llevaría a nuestro mar de Aral, sagrada fuente ungida por Ulugbeck, como centro universal de su magno sectante.

Señalando siempre la constelación del Can, de allí pusimos rumbo y proa al Caspio mar, que baña las tierras de Turkmenistán hasta Azerbaiyan, y el meridión de la fría Rusia siberial. Remontando el Khür en Azerbaiyan, hasta Mingacevhir su Anbarí cruzamos las frías aguas en medio de tormentas vorticales, perdiendo cuatro heroicos marinos que siguieron los cantos de sirenas y walakhires que prometían orgía sexual, para salvar, generosos, al resto de la tripulación.

La nueva antigua Georgia conocimos, escapando del hechizo sirenéico, por el tributario Mtkvarí con su curso tan lento, del antiguo Khür que en su páncreas vesicular aloja el encantado lago sirenal. Así fue, entonces, que las rumorosas aguas del Rihoní nos depositaron en barlovento, entre los pescadores de la caleta de Potí, en el mar Negro. El Bósforo, el Mármara, y el Egeo sufrieron nuestra quilla fina, que los cortó con suave estela. De este modo nos deseó tanto el anciano Mediterráneo, que probó nuestra sal, y las concholepas que, envidiosas, a nuestros fondos se adhirieron. Siendo mayo, de ellas se alimentaron nuestros marineros.

El resto, es cuento viejo. Visitamos Jerusalem, Belén de Judea, en esas tierras vivaqueamos, reponiendo fuerzas, como se sabe, para hacer el paso de Moisés. Navegamos en Suez, dividimos como bíblico pueblo escogido el Rojo mar embravecido, y las aguas del mar Arábigo.

A qué seguir. En más la ruta ya la habrás oído. Sólo añadiré que según bitácora de intendencia se ha gastado en la travesía, veintitrés cerdos pequeños, siete litros de vino de Anjoù, vino grueso Sourire de Tigre, para la tripulación, en cantidad de sesenta y seis barrilillos. Noventa y dos kilos de patatas, sesenta y siete sacos de coles de bruselas, para favorecer la navegación, tres sacos de frijoles con misma intención, quesos goudas, prosciutos y probolones, según necesidad. Tres cornetillas de escuchar, para el nido de cuervos, nueve rollos de cuerdas para amarrar a los marinos al palo de mesana cuando lo de los cantos de las walakhires, sal lobos para pulir la cubierta, y azufre madre para carenar según es preciso. Tres libras de madera de caoba para tallar ojos de palo, para el capitán, anís, gengibre, y menta para el rigor de alimentación, y el requerido oro, incienso, y mirra para agasajar. También un saquito de aceitunas negras de Huasco y Azapa y otro de pepinillos cornichones.

Lo demás, fueron provisiones de tierra en los festejos de llegada, que se financiarán con el abundante botín conseguido, en nombre de la revolución.

Reff Dumango
Capitán de navío
desde carabela Santa Adelaida

Samarkanda
Con mirada larga que cruza los infinitos horizontes de la aurora al ocaso del amarillo disco celeste y presente dos puntos, a ese capitán de nave insignia digo que desde las altas puertas de biblioteca que alberga cinco copias de decreto en amarillo colón cifrado, con gente que rencorosa espera escalinatas abajo o escalinatas arriba junto a indios cobrizos de sales verdes al cruce de la alta torre de los locos con lirios perfumados y azucenas blancas cerca de las almenas del cerro, donde canta el pajarito jilguero se ha decidido por este gobierno y caudillo de la revolución sincera según se dice aparte:

Sin más, honrado capitán, se os concede los honores de Almirante del partido de Babor de la Revolución, que os rogamos aceptar.

Al señor capitán de navío Reff Dumango Título y honores, archívese en cinco sabias copias, anaquel Samarkanda, estante codicilo y nombramientos es ley, casilla y código.

Promúlguese, publíquese, archívese en cinco ejemplares de biblioteca, según es fe.
Caudillo
Palacio de Gobierno (Es Bien)

Digo aquí que mi corazón palpita con fuerza al dejar constancia con bic negro o azul al pie de página y sello.

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