Kepa Uriberri
La revolución en Samarkanda


Virtù Sourí


Bitácora del marino Omarambí Ali Omar llamado Aliomar El Bello

Veintiuno de este mes de santos festejos del calendario, desde la cubierta de popa de la Santa Adelaida.

Hemos recibido, en nuestra radio, informes provenientes de distintos puntos de esta pelota antigua, donde nada llega jamás a ser cierto. Para desmentir a los que con alevosía y sospechosa intención, han informado sobre nuestra nave, para favorecer los intereses de la Guerra Santa, establezco aquí nuestra verdadera posición en este instante, en que la proyección de nuestra proa se clava en el hermoso Ecuador de la bellísima América, y nuestra popa, al desgaire se muestra a Sumatra, Borneo, y más allá a Somalía, Kenia y Uganda, estamos en latitud cero grados y longitud ciento cincuenta grados weste, cuando la línea del ecuador pasa justo por entre los dormidos pechos, de pezones negros de nuestra desnuda y amable patrona Santa Adelaida adherida a nuestro espolón de proa, como mágico mascarón que ilumina nuestro viaje infinito.

Lejos estamos pues, de las calumnias que recorren los energéticos espacios de la información del desprestigio.

En la mar calma, miramos las estrellas, Virtù Sourí, y yo. Hemos bebido vino de Anjoù, y comido carnes de mar, adobadas con tomillo, pimienta y romero; la cena bajo la atenta mirada del Centauro fue agasajada con quesos madurados en nuestra cala. Virtù Sourí agita la respiración que levanta sus morenos pechos, y con sus ojos de fuego me mira.
- Quisiera hacer el amor contigo - dice.
Mi mano se extiende, y acaricia su piel morena. Sumerjo la mía, en su mirada amarilla, mientra mi arboladura vibra. Es una mujer bella: Su pelo azabache ondula como el pendón del palo de mesana, mientras la boca gruesa y sensual modula su petición. El cuello largo y fino invita a mi boca a agredirlo, y su pecho de suaves colinas, siempre lo adivino. Imagino sus pezones oscuros que miran sorprendidos las estrellas, mientra los busco, y su vientre de vellos largos y desordenados, que saben a mar, chorrean sobre los muslos tibios. Quisiera decir que sí, pero me oigo decir:
- Tú: ¿Me amas?.
Su boca se abre suavemente, no para contestar, sino para cazar la mía. Su mirada amarilla se acerca, fija en la mía, mientras se cierra como dos lunas que se ocultan. Sus pezones, que creo oscuros, rozan con el satín celeste de odalisca, el pecho mío.
No dice nada.
- Tú: ¿Me amas? - no sé por qué repito, si quiero creer que es así.
El aliento de mi voz, se cruza con el ardor del suyo. Su boca tibia, suave; se detiene, y amanecen sus lunas amarillas. La cercanía de su mirada, quema la mía.
- Tú: ¿Me amas? - vuelvo a preguntar.
Su boca retrocede, sus ojos casi sonríen. Como mi mirada insiste, baja la suya hasta el mar infinito, y mirando las blancas encrespaduras pregunta:
- ¿Honestamente?.
Mis ojos afirman. Su mirada amarilla ahora ilumina su regazo.
- No - dice, casi en susurro -. En verdad, no te amo.
- ¿Y cómo quisieras hacer el amor conmigo?.
- Es distinto.
- No lo es - digo -; tu quieres hacer placer conmigo.
- ¿Qué importancia tiene?.
- Infinita... más un condón...
- No entiendo...
- Si tu me amas, y yo a ti, hacemos el amor, que tiene futuro y compromiso. Entonces no necesito condón, me basta la generosidad, pues desearía que fueras para siempre mi mujer y no importa ninguna contaminación.
- ¿Y si no?.

Pero ya era tarde. La luna tomando su color verde oscuro se ocultó. La campana de la queda nos interrumpió. Besé su boca roja mientras acariciaba sus hombros suaves como marfil, al tiempo que su pelo azabache ondeaba invisible en la tibia noche negra.

La Santa Adelaida se deslizaba en la tranquilidad de la mar atado a la línea ecuatorial.

Omarambí Aliomar El Bello

Humo y niebla


Prensa Reunida, Tres de Desaparecida del tiempo de revolución

Fort Lauderdale; última hora. Jorge Llanichewsky corresponsal. Hoy a las once horas local, aquí la Patrulla Costera informó oficialmente que se suspendía la búsqueda de la carabela de bandera Samarkandí La Santa Adelaida, que desapareció misteriosamente entre la isla Gran Bahama y esta localidad costera. Después de dos días de intensa búsqueda, sin ningún resultado, sólo fue rescatado el marinero Gatica, que cantaba enajenado, asido a una mata de sargazos.

Asociación de Prensa Europea Tres de Portugal, en Vila Real, Tramontana Portuguesa.

Vila Real; Joao de Andrade corresponsal. Hoy, a la salida de misa de doce, en la igreja de Nossa Senhora da Conceição, fuentes generalmente bien informadas, dijeron haber visto al desaparecido Almirante de la carabela Santa Adelaida, Reff Dumango, abrazado de dos muchachas, caminando en dirección a la avenida de Ciudad de Orense. Una de las fuentes aseguró haber reconocido a la tripulante Arabelle Violette como una de las acompañantes, la que iría atada al ex almirante por una cadenita de oro, que los uniría por los cuellos.

Más tarde se informó que se los habría visto conversando en el café de Don Figueiroa, con el patrón, y Morgado, en un animado grupo, en la esquina de Profesor Albano Aires con el pasaje Guimaraes Pinto. Se dijo que Arabelle Violette no habría cesado de besar los dedos del almirante, quien se dejaba hacer, sonriendo enigmático. Una fuente confirmó que la pareja estaría atada por una cadenita dorada que los unía por el cuello. Una segunda muchacha, rubia, y sensual, de acento extranjero acompañaba a la pareja, y abrazaba a Dumango con caricias lujuriosas.

Samarkanda, tres de preocupaciones; centro de la revolución.

El almirantazgo de la revolución emitió aquí, el siguiente comunicado:

Samarkanda, ciudad de la revolución, triste de Julio del año actual.

Este Almirantazgo se hace un deber comunicar que en el extraño caso de la desaparición de nuestra carabela insignia la Santa Adelaida, en el mar de Los Sargazos, en el así denominado Triángulo de las Bermudas, no hay novedades que reportar.

Este almirantazgo lamenta tener que informar que en dicha desgracia estaba presente nuestro querido Almirante y revolucionario de cuadro, Reff Dumango, al mando de dicha nave. Así pues tenemos el deber de desmentir ciertos comunicados de prensa que han informado que el Almirante Dumango, y la suboficial Arabelle Violette se encontrarían compartiendo vacaciones en el norte de Portugal. Hasta aquí la cita de la declaración oficial del Almirantazgo de Samarkanda

Vladivostok Urgente. (Prensa Revolucionaria tres de misterios en el Pacífico mar océano)

Zbonimir Walkdeiev, corresponsal de la revolución en este puerto, aseguró a diversos medios de prensa, hoy, que la carabela Santa Adelaida habría sido intencionalmente hundida en el mar de los Sargazos por su tripulación, con ciento treinta y seis prisioneros encadenados en la cala. La tripulación habría sido recogida, secretamente por la guardia costera de Fort Lauderdale, quien los habría apoyado en esta artera maniobra, embarcándolos luego en el bergantín goleta Gratia Plena de la armada de Samarkanda.


Bitácora extraviada de fecha equívoca de la capitanía de la nave carraca carabela La Santa Adelaida ícono de la armada de Samarkanda.

Veloz calendario y tiempo borroso de Sargazos verdes con crespadura y mar.

La brújula magnética comienza lentamente a girar recogiendo el tiempo, moviendo el norte con su aguja, hacia los cayos de Florida, como reloj inverso. Me encadeno al palo de mesana para no sucumbir. Seguimos navegando con la manga paralela al lado AB del triángulo del diablo, pero este gira: Seguramente nosotros también. El triángulo se deforma: ¿Talvez nosotros también?. De pronto el vértice C del triángulo fatal se estrella con Fort Lauderdale, mientras la punta inferior en A va a caer sobre la Española. Mirando a popa, mientras Arabelle Violette me lame los pómulos, veo desatarse la tormenta sobre República Dominicana, y la revolución en Haití. Intento escupir a Arabelle, para alejarla de mí; lo hago por la tripulación; pero no puedo: Sólo la beso, dulce, apasionadamente, en sus labios gruesos, en los ojos moros, en sus pechos perversos. Las sirenas cantan cuatro grados al weste. La carabela ya no se resiste a las corrientes, gira lentamente retrocediendo el tiempo. Ahora hacemos un ángulo muy agudo con el lado AB del triángulo inevitable: Nos llama con sus voces de sirena. Hoo An Cho, lleno de envidias, arrebata a Gatica su guitarra, le roba su voz, y canta: "Amigo no te vayas que no es hora", mientras lo empuja por la borda. Gatica nada hacia las sirenas, canturreando: "No existe un momento del día...". Atado al mástil de mesana le grito que vuelva, mientras lo veo perderse en tumultuosas aguas blancas. Canturrea: "... contigo en la distancia, amada mía estoy... lararara lararara-rara".

Calculo, mientras mi mente se nubla, que según el ángulo de navegación, y si este no varía, podríamos ir a encallar con la Santa Adelaida, en las playas de la Isla San David, al este de las Bermudas, evitando por algunas pocas leguas entrar a la zona de distorsión magnética. Sin embargo no estoy seguro. Encadenado al mástil, acosado por Arabelle Violette no se multiplicó velocidad por tiempo, o ansiedad por sexo, no sé si el sectante mide el ángulo del horizonte con la estrella Sirio, o el de sus pezones negros con el labio mío. No entiendo si gira mi cabeza o el universo gira. Consulto el giróscopo, pero está quieto y en extraño equilibrio. Unas manos tibias penetran bajo mis cadenas, sueltan los candados, le digo cómo hacerlo: Ya no puedo resistir. La Santa Adelaida clava su proa, con su mascarón santo en el triángulo fatal. Siento cómo la línea AB va deshollando nuestra imag

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Prensa Unida (Primero Fatídico, de Santa Adelaida)

¡Urgente! - Jorge Llanichewsky (Corresponsal)

Hoy al medio día la patrulla costera de Fort Lauderdale informó haber recibido confusos mensajes de socorro desde una Carabela que navegaba al garete, supuestamente a veintiséis grados veinte minutos de latitud norte y setenta y ocho grados diez minutos weste de longitud. La patrullera WWUSR Clinton zarpó en ayuda de la supuesta carabela, pero sólo encontró a un marinero indocumentado, aferrado a una mata de sargazos, a la que cantaba tiernamente: "... el mundo parece distinto...". El marinero fue identificado como Gatica, y devuelto deportado a Santiago, debido a que su visa estaría vencida. Los llamados de May Day... May Day... se repitieron durante toda la tarde, según se informó, sin que pudiera ubicarse el lugar de donde provenían. El Almirante Brahumme, en conferencia de prensa, dijo que la situación era extrañamente parecida a los sucesos acaecidos el dos de diciembre de mil ochocientos setenta y dos al bergantín de lujo, de dos palos, el Mary Celeste, que emitió un May Day que fue recibido por la guardia costera, confusamente, alrededor del medio día. El Mary Celeste fue encontrado, tres días después por el Dei Gratia, una nave Británica; navegando sin rumbo. Sobre la cubierta y en las dependencias del Mary Celeste todo estaba intacto, pero la tripulación había desaparecido.

Jorge Llanichewsky (Corresponsal)


Bermudas, siete del año de la Guerra Santa

La agencia Prensa Unida informó esta tarde que fue avistada, al garete, a la cuadra de la Isla Somerset, a sesenta y cuatro grados y cincuenta y dos minutos weste, y a treinta y dos grados diez y nueve minutos norte, una carabela cuyas características corresponderían a la Santa Adelaida. La embarcación fue avistada desde la playa cercana a la localidad de Somerset, dándose aviso al bergantín Regina Caeli, que zarpó desde Royal Naval Dockyard, a la siga de la nave perdida.

El capitán Bennett de la armada del Reino Unido, al mando del Regina Caeli peinó con lanchas patrulleras todo el sector en que fue avistada la Santa Adelaida, sin encontrar trazas de la embarcación, ni de su tripulación. Los testigos aseguraron que navegaba al garete en dirección Sur sur este. Un testigo aseguró que a la claridad del sol de esa hora, no se divisaba a nadie de la tripulación en cubierta.

Nuestros informantes en Portugal, insisten que ahí, en casa de Don Figueiroa, dueño del famoso café que lleva su nombre, en la Tramontana, en la ciudad de Vila Real se encuentran alojados, atados por una cadenita de oro en el cuello, uno al otro; el almirante Reff Dumango, y Arabelle Violette. Se les ha visto pasear calmadamente con Morgado y Betania, por la Avenida de Ciudad de Orense, hasta el Ayuntamiento, ahí se sientan en una licorería, donde beben lentamente vino rosado de Porto, o un Casa Matheus. Arabelle Violette siempre hostiga sensualmente a Reff, y éste a veces la comprime suavemente contra su pecho. El ojo de caoba del almirante siempre mira hacia el suroriente. Dicen que constantemente piensa en Samarkanda.

La casa de gobierno de la revolución, mientras, guarda hermético silencio. El la reunión de prensa de los miércoles se le preguntó hoy al caudillo si era cierto que la tripulación habría hundido la Santa Adelaida con un centenar de niños abusados en su cala, y si el almirante Dumango efectivamente habría huido del bunker del gran dictador en el cuarenta y cinco de la era antigua. Fuentes bien informadas dijeron que el caudillo sólo se habría ruborizado, mientras que el informe oficial habría expresado todo lo contrario, negando cualquier aseveración, por considerarla absurda y ambigua. Preguntado sobre su opinión del "Al-Jami-as-Sahin", dijo que en Samarkanda siempre sería respetada la sinceridad del libro de todos. Preguntado sobre si al almirante Dumango se le habría dado como regalo de agradecimiento a la Odalisca Arabelle Violette, que habría servido en el harem del antiguo sheik Al Rajhid, el caudillo también se ruborizó antes de negarlo rotundamente. "Los enemigos de la revolución están en cualquier parte" dijo, "la envidia por nuestros triunfos no da tranquilidad a nuestros enemigos" afirmó, antes de retirarse para sus oraciones vespertinas. Desde el río Zarafshan se oía ya la zalagarda de los queltehues.


Bennett mandó volver a las lanchas. El suboficial timonel informó al capitán que según la posición de avistamiento de la carabela, era aún posible encontrarla desde el Regina Caeli, o quizás desde alguna de las lanchas de rastreo. Bennett no hizo caso. Apenas consintió que el marino Eghild Sarandon, a quien siempre había aborrecido, permaneciera en las jarcias del mástil de trinquete, vigilando el horizonte lejano. El bergantín emprendió a las mil seiscientas diez y siete, el retorno a su base.

El sol de oro que azota desde el cielo el verano meridional agobiaba, fatigoso, al marino Eghild Sarandon, agarrado a las jarcias, mientras acucioso oteaba el horizonte. A las mil ochocientas treinta y dos, cuando el lento caminante celeste comenzó a enfriar su furia, el vigía gritó:
- ¡Nao con velamen desplegado, ciento treinta y tres grados a babor por la popa!.
- ¿Lleva estandarte? - grito el pilotín. - ¡Celeste, blanco y verde en bandas, luna y estrella! - respondió Sarandon, con los ojos húmedos por el viento que azotaba su cara.
- ¡Es la Santa Adelaida! - gritó triunfal el timonel - ¡Virando ciento treinta y tres grados a babor! - añadió el timonel Nelson. La voz etílica del capitán Bennett se oyó más roja que nunca: - ¡¿Según orden de quien, señor Nelson?! - el segundo de Bennett, a su lado pudo sentir el suave aroma a black label de Johny Walker.
- Mantenga el rumbo, timonel - gritó el segundo, y pitó seis veces: dos cortos, tres largos, y uno sostenido, según los protocolos de la Royal Army. El bergantín mantuvo el rumbo, ante el estupor de la tripulación. Sarandon, desde las jarcias, se atrevió a protestar:
- ¡Capitán! - dijo -, son hermanos de mar...
- Tres días de castigo - replicó Bennett, y de inmediato pregunto -: Oficial de comunicaciones, ¿tenemos algún "may day"?.
- ¡Ninguno señor!.
- Volvemos al Royal Naval Dockyard, marineros - dijo y bajó a su camarote, a servirse una bebida espirituosa.

A las dos mil cuarenta y tres el Regina Caeli fondeó en el muelle dos del Royal Naval Dockyard en la isla North Ireland en las Bermudas. El reporte del capitán Horatio Bennett decía que se había peinado toda la zona desde los treinta y dos grados cuarenta minutos norte, hasta los treinta dos grados cinco minutos norte, desde los sesenta y cuatro grados cincuenta minutos weste hasta casi los setenta y cinco grados weste, sin resultados. El marino Eghild Sarandon quiso hablar con el oficial superior del capitán Bennett, pero no fue recibido, y debió cumplir el castigo de tres días a pan y agua con sal.

(Fuente: Diario del suboficial timonel James Nelson)


Acuso recibo del siguiente reporte corresponsal:

Sabía que alrededor de las doce y media, el supuesto y hermoso Reff Dumango aparecería por aquí con su novia encadenada, la elegante odalisca del harem del sheik Burhanuddin Sagharji. Me acomodé en el barcito, y pedí un vinho Rosé Casa Matheus. En mi cartera comenzó a sonar mi celular. Miré la pantalla, y no reconocí el número, entonces contesté.
- ¡Alo!.
- ¿Señorita Waldina Viera da Melhado? - preguntó una voz seca, acostumbrada a mandar.
- ¿Si?. ¿Quién me habla?.
- Kahrim Alembarrasim, agente de la resistencia de Samarkanda, señorita Viera da Melhado. Sabemos que sigue al Almirante Dumango...
- ¿Y quien le dio mi nombre a usted, oiga?. ¿Y mi celular, ah?. ¡Yo no lo conozco, y no tengo por qué hablar con usted! - le dije y corte, asustada, la comunicación. Después, tome mi vinho Rosé de Matheus, y sentí que los dedos me temblaban. ¿Habría, el diario, hecho algún arreglo con espías de la contrarrevolución de Samarkanda?. Volví a escuchar el "Chica de Ipanema" en mi celular, entonces lo apagué tocándolo apenas con la punta de los dedos. Mientras encendía un cigarrillo, que me costó tanto, por lo nerviosa que estaba. Vi aparecer una pareja encadenada. "Son ellos", me dije. Se sentaron unas mesas más allá de la mía, de espaldas. No les veía las caras. La cadena tintineba, gruesa y brillante, como bruñida con algún esmalte. No era dorada. Ella tenía el pelo corto garzón, y el sujetaba con una trabilla, un moño francés. "¿Es que acaso no son?" pensé. Entonces el se volvió para llamar al mozo: No era Dumango. Desilusionada pensé que el dato había sido muy malo. Iba a pedir la cuenta, cuando apareció otra pareja, también encadenada por el cuello. Ésta era una cadena muy gruesa y brillante, como de perro. Al rato llegaron más, encadenados también. Aquí, en Vila Real, en la Tramontana Portuguesa las parejas encadenadas son ya una moda, o la inteligencia de Samarkanda es demasiado sagaz. Hay cadenas largas y cortas, gruesas y delgadas, algunas apenas si son un adorno, otras una prisión. Unas realzan la belleza bruñida del hombre, otras lo hacen más rudo, erótico, o faldero. Hay cadenitas tan cortas que la pareja no puede hacer más que besarse los labios y los ojos, que es un amor.

Una misión que creí tan fácil, se me había complicado al llenarse el bar y las veredas aledañas de parejas encadenadas. Jóvenes y ancianos, niños, todos estaban encadenados. Cuando iba a desistir, apareció el verdadero Reff Dumango. Sí. Lo conocía de memoria, como si fuera mi amante. Había coleccionado sus fotos en la prensa, grababa las noticias en que salía, bajando de la Santa Adelaida, mirando la cámara con su ojo de caoba grabado. Yo era capaz de dibujar las filigranas estampadas en ese ojo castaño. Venía atado, a la odalisca favorita del sheik con una cadenita de oro labrada. Reían como si la vida fuera en broma. "¡Estúpida!" pensé. "Eres apenas un objeto sexual" le dije dentro de mi rencor. Sin haberlo conocido, yo ya amaba a ese hombre, y tenía que aprovechar esta oportunidad. Se sentaron en una mesita apartada, en la vereda. Él pidió un vino tinto fuerte, y ella un licor de menta, sin hielo, y con una aceituna negra. Lo acompañaron con una tabla de cecinas y quesos del lugar. Ella, la asquerosa, mojaba la aceituna en menta, y le deslizaba su roja lengua. Él le besaba los pechos, sin vergüenza.

Ofuscada, me levanté, y me dirigí a su mesa, con mi vinho Rosé en una mano, y el cigarrillo en la boca.
- ¿Los puedo acompañar? - dije sentándome en su mesa.
- ¿Por qué? - preguntó ella, langüeteando su aceituna negra.
Hice un esfuerzo para ignorarla, a pesar de la cadena. Mirándolo a él, profundamente al ojo labrado de palo; que le otorgaba esa mirada tan serena, le dije:
- ¿Me podría decir su nombre, por favor?.
- Preferiría no hacerlo - me contestó, sosteniendo mi mirada.
Insistí varias veces, pero siempre me contestó:
- Preferiría no hacerlo.
Entonces decidí acosarlo. Echando la cabeza hacía atrás, lo miré desafiante, y cogiendo la mitad de cadena que lo ataba a él, lo atraje suavemente hacia mi.
- ¿Es usted el almirante Dumango? - le dije rozando con los míos, suavemente sus labios.
Él bajó la vista de su ojo de palo, hasta posarse en mis pechos blancos.
- ¿Lo es? - insistí ante su silencio hosco. La odalisca, riendo por lo bajo, flameó su pelo ondeado, y acarició los lóbulos de sus orejas con la aceituna negra.
- ¿Dumango? - dijo, como maullando. Y quitando la vista de su ojo de palo, que estaba clavada en la fuente de mi dominio alimentario, lo besó con lujuria en los labios. Después, dándole de chupar su aceituna con menta, dijo riendo -: ¡Dumango!, ¡jajaja...! ¿el caudillo revolucionario?.
- Sí - dije yo, tratando de dar seguridad a mi voz, que ya no era tanto -: Dumango. Reff Dumango, el revolucionario de Samarkanda.
- Pues estás equivocada, niña - dijo metiendo casi con violencia la aceituna negra en la menta, salpicando -. El es Rembrant D'Orliac Trauffert, y yo su compañera.
- Así es - dijo él, sonriendo casi apenas. Su ojo de palo se había vuelto a clavar en la rendija de mi seno. El otro alternaba, entre mi boca y mi mirada.
- ¿Podría ver su identificación, entonces? - dije autoritaria, por si resultaba.
- Preferiría no mostrarla - dijo el, mientras su ojo de caoba labrado bailaba sobre mis pechos, al compás de mi respiración.
Incómoda, me cerré el escote, e insistí, audaz, tirando de su cadenita de oro.
- Quisiera ver su identificación.
- Preferiría no mostrarla - dijo cada vez más sereno, él.
- Pues: ¿Por qué? - acosé.
- Mi amante y yo estamos aquí para planificar la compra hostil de la Casa Matheus - dijo, clavándome la mirada intensa de su ojo de palo en el cuello, justo bajo la oreja.
- ¿Y entonces, por qué van encadenados como Arabelle Violette, la odalisca, y el caudillo Dumango?.
- Porque no estamos casados... - respondió Rembrant, evasivo.
- ¿Cómo así? - continué acosando.
- Estamos unidos sólo por la lujuria - dijo ella, dándole de chupar la aceituna negra. El la mordió, arrancándole un pedazo. Ella, la mordió delicada con sus dos corridas de dientes muy blancos, sacándola del palito que la ensartaba.
- Sin esta cadena ya nos habríamos separado - dijo ella mascando la aceituna, mientras metía profundamente su mano, de dedos largos, por el escote de su camisa blanca de seda, hasta alcanzar más allá del cinturón de marinero.
- ¿Y esta historia, cómo se comprueba, si prefiere no identificarse?.
- Dumango desapareció en las Bermudas, o a la cuadra de Fort Lauderdale. Escapando, o como sea, apenas habría tenido tiempo de llegar a las Aleutianas - dijo encogiéndose de hombros, despreciativo, Rembrant.
- ¿Entonces, cómo explica que ustedes dos sean iguales?.
- Preferiría no responder - dijo.
Insistí en la pregunta, formulándola de diversas y capciosas maneras, pero siempre respondió lo mismo.
- Preferiría no responder.
- Pero si en efecto, asumamos, que usted fuera Dumango. ¿Cómo habría llegado aquí? - dije desafiando su tozudez.
- Es fácil - sonrió, clavando su mirada de madera en la base de mi cuello, deseoso -. La Santa Adelaida entró al mar de los Sargazos, y al triángulo diabólico siendo absorbida por un túnel de tiempo -. Su mirada traviesa y serena jugaba con mis labios rojos. La mía con los de él. Arabelle Violette, o quien fuera, pedía al mozo otra aceituna negra, mientras le entregaba el cuesco pelado de la anterior -. De acuerdo a las teorías de Erre Schuling-Zeuten (es sueco ¿sabe?), y su cercano colaborador E. Rechulin-Zoiten, el túnel de tiempo de las Bermudas conduce a diez minutos más atrás del tiempo actual. Así es cómo la Santa Adelaida continuaría navegando igual, pero llegaría diez minutos tarde a cualquier lugar.
- Pero habría llegado - dije sorprendida -, sin embargo la carabela no está en ninguna parte.
- Usted no entiende -, dijo tironeando la cadenita de oro labrado, con incomodidad. Arabelle Violette o quien fuera, erró el langüetazo a su nueva aceituna, bañada en menta -. La Santa Adelaida llegó a su destino prefijado, en Nueva York, pero diez minutos defasada de su tiempo. Es decir, cuando llegó, nosotros ya estábamos diez minutos más acá, por lo que nunca nos enteramos.
- Pero diez minutos antes, alguien había ahí, que tendría que verla llegar.
- No. Porque entonces la Santa Adelaida estaba a diez minutos de ahí.
- No entiendo cómo no podrían avistarla.
- Es que está defasada en el tiempo respecto a nosotros. Todos la vieron llegar en otro tiempo, que transcurrió diez minutos después, donde nadie se ha llevado sorpresa alguna. Ahí el señor Dumango pudo tomar un avión y volar a Lisboa: ¿Entiende?. Y llegar aquí, tranquilamente, con su amante Arabelle Violette.
- ¡Voilà! - dije triunfante - Et pour tant vous êtes Reff Dumango, mais au destemp...
- ¡Ah non! ma cherie - negó - Eso, preferiría no comentarlo.
Insistí varias veces haciéndole diferentes encerronas, pero el siempre contestó igual.
- Eso, preferiría no comentarlo.
Finalmente, me invitó a atarme con ellos con una cadenita de platino, cosa que no pude rechazar. Ahora voy con ellos esperando descubrirlos apenas cometan el más mínimo error.

Waldina Viera da Melhado (periodista independiente).

El Abordaje de la Santa Adelaida


Esa noche, creo que eran las dos mil trescientas y fracción, cosa que no puedo asegurar pues mi celda de castigo estaba en la más completa oscuridad, sin embargo hacía algún rato habían pitado el sereno; cuando oí pasos y rumores en el patio del muelle donde ésta se encontraba.
- Avance sin ruido marinero - dijo una voz áspera, oscura y licorosa -. Aborden la lancha seis, y la mueven con remo.

Era claro que alguien que quería guardar el sigilo, salía sin órdenes.

- Suelten las amarras y muevanse sin hacer ruido - dijo, con voz queda, el que guiaba, a los otros. La lancha se apartó del muelle cuatro suavemente. Una luz negra iluminó el rumbo de la embarcación, que avanzó impulsada por remos silenciosos, hasta alcanzar el mar abierto. Entonces se escucho la voz de mando del capitán Horatio Bennett -: Ahora con fuerza marineros. Necesitamos ciento cincuenta yardas mar adentro para encender el motor. La luz negra recortó la gruesa figura del capitán, mientras sus ciento veinte kilos se llenaban de licor. Cuando la lancha se alejó suficiente, impulsada por el motor, tomó el rumbo que el marinero Sarandon había indicado antes y que Horatio ignoró.

Cinco leguas al este de la North Ireland, la lancha clandestina encendió sus luces, y el mar se iluminó con un potente haz que surcaba la dirección este este sureste, hacia donde avanzaba. Ochenta leguas, hacia el continente, enmendaron, según las corrientes, rumbo hacia los cayos de más al sur de las Bahamas. Alrededor de las cero ciento cincuenta avistaron al sur del cayo Rum, una embarcación al garete, cuyos tres mástiles se oponían extrañamente a sotavento.

- ¡Ahí está la muy maldita! - gritó desde el puesto de observación de proa, el marino Enghram.
El capitán Horatio Bennett, bebiendo su licor áspero, blasfemó en tres idiomas, como siempre había sido su costumbre. Luego escupió una sustancia asquerosa por sobre la borda, que fue a formar una espuma verdosa en la mar. A las cero doscientas ocho los cuatro marinos y el pilotín, habían abordado la Santa Adelaida, arriando la bandera gloriosa de Samarkanda, que reemplazaron por un paño negro, sin enseñas. Examinaron la cubierta, y los camarotes, la santabárbara, la cala, y el castillo de popa. Todo estaba como si hubiera sido abandonado intempestivamente. Sobre cubierta, los ingleses jugaron krikett con una pierna de caoba, y un ojo de palo labrado, que finalmente, al abordar la nave el capitán Horatio Bennett guardó en su faltriquera.

En la más absoluta oscuridad, y guiada por la lancha patrullera, la carabela Santa Adelaida fue guiada hasta echar anclas, al abrigo de una pequeña entrada en un islote no frecuentado en las Bahamas. Los seis marinos y Bennett, hicieron pacto de silencio, y regresaron a hurtadillas a la isla North Ireland, donde arribaron pasadas las cero trescientas. Recuerdo haberlos oído llegar después de pasada la ronda de esa hora del marino Swanson que estuvo fumando a unos metros de mi celda.


El capitán Guillermo Puertas había zarpado desde Tampa, en la madrugada, para rodear haciendo cabotaje, todo el golfo, hasta Veracruz. Navegaba amparado en la bandera de la Gran Industria, flameando sus cuatro colores en los cuatro campos llenos de gules, oro, azur y sinople, separados por gruesos montantes negros que recuerdan el marco de una ventana. Repartía discos nuevos, y retiraba los que habían actualizado. Navegaban sin novedad, casi al llegar a Matamoros, cuando divisaron, esbelta como una reina oceánica, con todas sus velas desplegadas, la nave que creyeron fantasma, o producto de una visión de mar. En lo alto del trinquete flameaba orgullosa la bandera de Samarkanda.
- ¡Es la Santa Adelaida! - dijo el capitán Puertas, sorprendido por lo imposible.
El segundo del capitán haciendo sombra con la mano sobre los ojos dio, dudoso, su opinión.
- No ha de ser - dijo -. Probablemente sea la Mariagalante, que es su trilliza, pues ambas son copia fiel de la Santa María de Colón. La Mariagalante navega en estas aguas y en el Caribe, en viajes de turismo.
Puertas tomó los prismáticos, y enfocó a la nave que con todas sus velas hinchadas se acercaba a gran velocidad.
- Lleva izada la bandera de Samarkanda - dijo.
- Pero la Santa Adelaida naufragó hace varias semanas en el mar de los Sargazos.
- ¿Y que otra carabela insignia, lleva la bandera de la revolución? - preguntó, alcanzando los prismáticos a su segundo, el capitán.
La carabela ya estaba a menos de trescientas yardas, y la bandera de Samarkanda se veía flameando en el trinquete, a ojo pelado. El segundo de Puertas examinó la cubierta de la carabela que se acercaba. Vio en ella a toda su escasa tripulación. Luego con detención, examinó su banda de babor, que en ese momento se dejaba ver. Preguntó:
- ¿La Mariagalante va artillada?.
- Que yo sepa no - contestó el capitán.
- Pues es extraño. Ésta navega bajo la bandera de Samarkanda, aunque sabemos que la Santa Adelaida está, cuando menos extraviada en el triángulo de las Bermudas, y está al mando del Almirante Dumango que tiene una magnífica pierna de palo.
- ¿Y...? - interrogó Puertas extrañado.
- ¡Y Nada!. Que la bandera es de Samarkanda, esta carabela está artillada, como la Santa Adelaida, pero su capitán luce dos preciosas piernas sanas... Y trae rumbo persistente de colisión. Creo que sería prudente hacerle señas de semáforo, preguntando su intención.


Horatio Bennett se sentía nervioso. Era su primera operación, aunque no su primera fechoría, y él ya sabía que el momento culminante le producía sarpullido, y ya lo estaba sintiendo en el pescuezo. Se metió la mano entre el cogote y el cuello de la camisa: Ya le picaba intensamente. Se rascó con fuerza, mientras daba la orden a la base del trinquete: "¡Cambien el emblema!".

El piloto de la goleta "Ventanas", mirando por el catalejo, al Santa Adelaida, gritó, aunque el capitán Puertas estaba a su lado.
- ¡Están cambiando el estandarte!. ¡Bajaron el de Samarkanda!.
- ¿Y cual están izando?... - preguntó Guillermo Puertas, preocupado.
- Es extraño - dijo el piloto -, no tiene enseña: Es sólo un trapo negro.

Horatio Bennett blasfemó en voz alta, y luego dijo: "¡Ya son míos!". Se metió la otra mano entre los botones de la camisa, que por falta de espacio saltaron. Se rascó el pecho, y sacando la mano, miró la materia que había quedado entre las uñas. Un pelo entrecano venía atrapado bajo la uña del cordial. Se raspó la punta de los dedos contra el pantalón, para sacarlo, y luego se escarbó las uñas con los dientes. La Santa Adelaida ya estaba en posición, y con el nuevo emblema izado.
- Todo a estribor - gritó escupiendo, Horatio Bennett.
No se escuchó los pitazos de rigor, que son el protocolo cuando hay un marino inglés.
- ¡Suelten las jarcias!. ¡Aprieten el timón!... ¡Así no, huevón! - gritaba y maldecía, corrigiendo la maniobra el capitán. Su lenguaje era vulgar y soez, pero sus instrucciones eran fielmente obedecidas, aún cuando el resultado no era del todo efectivo.

Los semaforeros de la "Ventanas" miraban atónitos, mientras la Santa Adelaida los seguía embistiendo. Sin embargo, a falta de otras instrucciones, seguían bandereando: "¿Identificación?" decían sus señas. También: "Desvíe rumbo a babor. Evite colisión". El capitán Puertas había agarrado al piloto por la camisa, a la altura de las costillas, y lo remecía, mientras gritaba: "¿Que pretende ese huevón?. Maniobra evasiva, ¡Todo a babor, todo a babor!".
Horatio Bennett se reía a gritos y se rascaba el culo, lleno de sarpullido, con ambas manos. El cogote lo tenía húmedo de sudor, y lleno de ronchas. Quince metros antes de la colisión dio la orden, sacándose lo gorra de capitán de yates de fantasía: "¡Ahora!. Suelte encordados, timón todo a estribor... ¡Al pairo de la nao, posición de abordaje!... ¡¿Que haces, conchetumadre?!, corrija rumbo, que estrellamos la popa... timón: ¡retorno a estribor!". Mientras se tironeaba el cuello, para apartarlo del cogote, rojo de sarpullido seroso, con la mano izquierda, con la derecha le zarandeaba el timón al piloto, blasfemando: "¡Te voy a reventar tu flaco culo!" gritaba furioso. En ese momento las popas de ambas naves chocaron con fuerza, rebotando: La Santa Adelaida a babor, y la goleta "Ventanas" a estribor. "¡Estribor!, ¡estribor, hideputa!" gritaba, lleno de sarpullido, del cogote al culo, Horatio Bennett.

Finalmente, ambas naves tocaron sus flancos, mientras Horatio gritaba: "¡Garfios de abordaje!".

Guillermo Puertas se tomaba la cabeza con ambas manos, sin entender nada. Su segundo había hecho radiar su posición en un "May day", y en un extraño y arcaico mensaje: "Estamos siendo atacados por piratas". Mientras, de manera, en modo alguno, profesional, la tripulación inglesa y escasa de la Santa Adelaida echaba sobre la banda de babor del "Ventanas", los garfios de abordaje y saltaba a su cubierta. La tripulación de la goleta, sorprendida, quedó paralogizada, mientras los seis tripulantes de la carabela vaciaban sus bodegas, dirigidos por el sargento Jet Gomara de la marina de la Corona Británica, en clandestino. Mientras se desarrollaba la maniobra, Horatio Bennett, en el puente de la Santa Adelaida, se echaba Ron de Jamaica en las manos, y lo repartía sobre el sarpullido de su cogote, de cuando en cuando, también, se echaba un trago adentro.

Saliendo de las bodegas asaltadas, Jet Gomara grito: "¡Estamos listos capitán!. Ya no hay más", y disparando su arma muy inglesa al aire, saltó de vuelta a la Santa Adelaida. Bennett dio la orden de soltar los garfios, rascándose frenético el cuerpo, y cuando estuvo hecho, con voz traposa de ron, gritó a sus artilleros: "¡Ahora!. ¡Fuego bajo la línea de flotación!". Los tres gloriosos cañones de estribor de la carabela insignia Santa Adelaida tronaron, como lo habían hecho alguna vez, honrando los postulados sacros de la revolución sincera de Samarkanda. El "Ventanas" comenzó a hacer agua lentamente. La Santa Adelaida era bautizada en su primer cometido deleznable, envuelta en festejos, entre sarpullido, ron, borracheras y blasfemias.

Al parecer, como en todo, la suerte se promedia: Así es que no hay mal, no hay bien, que por bien o por mal no venga. Quince días después, al sur del río Grande, en todo América, se vendía partidas de software más barato que una botella de buen ron blanco.

¿Quién es éste?

Caminamos por la Rua del Visconde de Carnaxide, habíamos atravesado la Ribeira das Torrinhas, cerca de la Universidade de Trás-os-Montes mientras, el sol ya iba cayendo hacia el horizonte, sobre la negra aceituna que Arabelle Violette, o quien quiera que fuera esta mujer; venía chupando. Por donde su lengua sensual pasaba, se iba estrellando el sol, en mil reflejos acerados. Después dimos un giro largo por la Avenida da Europa. Ellos se detenían frecuentemente a conversar con la gente, a quienes saludaban siempre por su nombre: "Buen día donha Beilla", "¿Cómo va, Roberta?", "¿Qué hay, Joao?", y también "Buenos días don Oliveira, ¿cómo ha estado su siesta?", el anciano calvo, de lacia melena blanca que le caía magra sobre el cuello agitó su bastón, riendo: "¡Ah! he soñado que tenia tres mujeres como las suyas, atadas al pescuezo, señor D'Orliac Trauffert. Pero era sólo sueño, ¡sólo sueño!". Don Oliveira caminó largo rato junto a nosotros, abrazado a mi cintura, y mirando mi escote con ojos lujuriosos. Yo trataba siempre de ignorarlo, e interrogar a Dumango.
- ¿Cómo puede ser - le pregunté - que siendo usted Rembrant, y no Reff Dumango, tenga como él un ojo de caoba labrado, y piernas de palo también?.
- Preferiría no decirlo - contestó él, y dirigiéndose a don Oliveira le preguntó -: ¿Y usted, don Oliveira, hasta donde camina hoy?
- Sólo hasta la librería - respondió el otro, a comprar un periódico, y la "Poesía Erótica de Teresita de Jesús".
- ¡Vaya! - dijo Rembrant -, no sabía que existiera poesía erótica de la santita.
- Yo tampoco, yo tampoco (don Oliveira gustaba de repetir lo que decía, y siempre que repetía ladeaba algo la cabeza, como para escucharse. La repetición siempre era algo dudosa), pero me la recomendaron los primos de Santa Comba Dão. Sí - dijo -, Santa Comba Dão - y ladeo la cabeza para escucharse.
- Usted, don Oliveira - le pregunté, capciosa -: ¿Conoce al Almirante Reff Dumango?.
Don Oliveira miró a Rembrant D'Orliac Trauffert, levantando repetidamente las cejas.
- ¿Recuerda la teoría de Erre Schuling-Zeuten? - le preguntó.
- ¡Ah!, sí. ¿Qué con ella?.
- Finalmente la comprendí - dijo, agitando el bastón, don Oliveira.
Yo insistí, tironeándole la manga del brazo que rodeaba mi cintura, en si conocía a Dumango. Pero ignorándome siguió conversando con Rembrant.
- Yo no la podría comprender - decía este último -, es algo muy extraño, sin embargo casi la siento en carne propia...
- Porque usted es Reff Dumango - le interrumpí -, y por eso apareció en Portugal después de perderse en la cubierta de un barco. ¿No es así?.
- Preferiría no responderle - se evadió Rembrant. Arabelle Violette, o quien fuera su mujer, le dio un toquecito de aprobación sobre la punta de la nariz con su aceituna negra, y le lamió el lóbulo de la oreja.
Dirigiendo la vista, ahora, a don Oliveira insistí:
- ¿No es así, don?.
Don Oliveira levanto la mano con el bastón, y su expresión daba a entender que quería responder, pero Rembrant le interrumpió, como si la pregunta fuera para él.
- Preferiría no responder - dijo.
Don Oliveira dijo en voz muy bajita, como si necesitara hacerlo: "Preferiría no responder... no responder... no responder..." y continuó haciendo eco, marcando las erres.
- ¿Cómo dijo que se explicaba la teoría de nuestro Erre Schuling-Zeuten? - agregó entonces Rembrant.
- ¡Ah!, sí. Muy sencillo, muy sencillo. Imagine usted que el tiempo fuera un papel en blanco, muy extenso. Muy extenso.
- Bien.
- Ahora imagine que tenemos en este papel a una hormiga caminando, ¿ve usted?, una hormiga caminando, caminando - repitió en voz más baja, ladeando la cabeza dudoso - caminando...
- Sí. Sí, ¿Y entonces? - insistió el otro para sacarlo de su eco interior.
- Éso. La hormiga caminando. Imagine cómo va pasando el tiempo para esa hormiga que avanza siempre al norte, ¿Comprende?. Pues bien, el tiempo transcurre siempre igual, monótonamente, un segundo cada vez, un minuto cada vez, cada vez... - Don Oliveira ladeo la cabeza.
- Continúe, continúe - insistió D'Orliac Trauffert.
Don Oliveira se rascó la nuca calva con el mango de metal del bastón, mientras arrugaba la cara, como si no encontrara la forma de continuar.
- Mi... Mire... Mire usted - dijo -: Supongamos, supongamos que por donde va a pasar la hormiga... supongamos que arrugamos el papel. ¿Comprende usted?. Supongamos... - y ladeó la cabeza, como para oír algún eco lejano.
- No - dijo Rembrant -. No comprendo.
Arabelle Violette estiró ambos brazo, e hizo una pirouette de un giro completo.
- Yo tampoco - dijo después, y azotó los labios de Don Oliveira, con la aceituna negra. Las cadenas atadas a nuestros cuellos tintinearon, y el anciano se apretó mucho a mi, como buscando protección.
- Bien, bien, bien. Si arrugamos el papel, entonces, por ejemplo la hormiga camina del segundo mil seis al mil treinta y tres de un solo paso, sin pasar por los otros. ¿Comprende que al arrugarse el tiempo... digo: el papel... bueno, usted entiende; se tocan porciones de tiempo no consecutivas, e incluso adyacentes?... adyacentes - repitió, ladeando la cabeza, dudoso del sonido de la palabra.
- O sea que en el mar de los Sargazos: ¿El tiempo es arrugado? - pregunté yo.
- Eso... No podría responderlo - dijo don Oliveira -. Preferiría no hacerlo - y escondió el bastón tras de sí.
- ¿Y si la hormiga camina al este, en vez del norte? - pregunté capciosa.
- ¡Que mujer tan inteligente! - dijo Arabelle Violette, en tono burlón, elevando su aceituna al cielo.
- Ciertamente... ciertamente... - dijo Rembrant, comprimiéndome hacia él, y mirándome profundo a los ojos, con el suyo de madera fina, que le daba un mirar tan sereno. Yo compulsivamente, le besé los labios, y el ojo de palo.
- Si camina al este. Mmmh interesante, interesante. Entonces no sólo alteraría el tiempo, sino talvez el espacio alternativo: ¡Todo el decurso de su vida, talvez! - y se quedó mirando como caía el sol sobre el horizonte, completamente ensimismado, mientras repetía, sin hablar -: decurso, decurso, decurso, decurso... - y acentuaba "cur" como si ahí estuviera el cuesco mismo de toda verdad.
Seguimos, todavía, mucho rato caminando en silencio, mientras Rembrant me comprimía hacia él, y nos mirábamos intensamente. Todos los vidriales de la Avenida da Europa parecían ya de oro, ya de plata, en la penumbra que se avecinaba. Habíamos, sin darnos cuenta, caminado casi la tarde entera, por las evoluciones y nudos de esta amplia avenida, cruzando sobre el río Corgo, con su canto rumoroso, y habíamos tirado piedrecillas a los pájaros que cantan sobre las ramas de los árboles en el Parque de Codessais. Ahora la avenida nos devolvía hacia el sur poniente, arrojándonos sobre la Avenida Aureliano Barrigas, donde al entrar a Almeida Lucenas casi con Boa Vista, Don Oliveira se detuvo.
- ¡Ah! - dijo - aquí está mi librería. Se supone que tendrían la Poesía Erótica de Teresita de Jesús - y agitó en el aire, con gesto triunfal, su bastón, mientras las escasas greñas, que le escapaban de la nuca, flameaban al viento.
Nosotros continuamos, encadenados, por la Rua de Santa Sofía, la de Dom Pedro de Castro, y la Avenida de Cidade de Orense, mientras Arabelle Violette chupaba su aceituna negra. Rembrant y yo nos mirábamos a lo profundo de los ojos. Finalmente, llegamos a la tertulia del aperitivo, en el café de Don Figueiroa, donde Morgado contó sus historias de siempre, hasta pasado la una de la mañana. Cuando, por último, llegó la hora de irse, era demasiado tarde, y Rembrant no quiso desencadenarme.
- Preferiría no hacerlo - dijo sencillamente. Así pues, Don Figueiroa me invitó a quedarme también en su apartamento, sobre el café. Ahí, distribuyendo, él dijo que o dormíamos los tres juntos, o alguien lo hacía en el sofá del estar. Celosa Arabelle Violette dijo que ella no acostumbraba esas ordinarieces, y que era mucho dormir de a tres. Comenzó entonces, a chupar los lóbulos de las orejas a Rembrant, y a dibujarle flores con la lengua sobre el pecho, pero él no quitaba su ojo de caoba de los mios, mientras me decía al oído: "¡Tú y yo!. Solos".
- Quítale la cadena y que se vaya, de una buena vez - dijo ella, ronroneando.
- Preferiría no hacerlo - dijo él.
- Apúrate amor, que te deseo... - insistió.
- Preferiría no hacerlo - se mantuvo él.
- ¿Y entonces qué? - dijo Arabelle Violette -. ¿Tendremos que dormir de a tres?.
- Preferiría no hacerlo - dijo él, echando una mano al bolsillo, de donde sacó un manojito de llaves de joyería. Con una de ellas abrió la cerradura que lo ataba a Arabelle Violette, y agergó -: Tu duermes en el sofá.
- ¡No!, ¡No!, ¡No! - gritó Arabelle Violette, lanzándole la aceituna negra, que ya estaba casi descolorida de tanto chuparla -. No me puedes hacer esto. No es justo.
- En modo alguno lo lamento - respondió Rembrant.
La mujer se fue recitando, con sus ojos moros, y sus pezones negros, con su pelo ondeado, y sus muchos velos:

Yo me pondré a vivir en cada rosa [1]
y en cada lirio que tus ojos miren
y en todo trino cantaré tu nombre
para que no me olvides.

Y si una tarde en un altar lejano,
de otra mano cogida, te bendicen,
cuando te pongan el anillo de oro
mi alma será una lágrima invisible
en los ojos de Cristo moribundo,
para que no me olvides.

Mientras recitaba, yendo hacia la puerta, su figura se diluía, y se hacía intangible, como si estuviera retrocediendo, diez segundos en el tiempo.

Esa noche, nos amamos intensamente. Su boca y su cuerpo tenían sabor a algas atlánticas. Amaba como un lobo de mar viejo.

Waldina Viera da Melhado

Reproducción del diario personal de la autora, que he tenido a la vista.

[1] De Oración para que no me olvides del poeta chileno Óscar Castro (1910 a 1947).

- * -


En el silencio del Royal Naval Dockyard, en North Ireland, en las Bermudas; caído sobre la noche, una parte de la tripulación del bergantín Regina Caeli escapa en una lancha, a golpe de remo, hasta alcanzar un recodo oculto. Cuarenta minutos más tarde, la lancha, ya impulsada por sus potentes motores, se detiene al pairo de la Santa Adelaida. Horatio Bennett comenzó a sentir la picazón del sarpullido, que ya iba atacando su pescuezo, bajo la nuca.

Aprovechando el viento que soplaba al weste, la carabela zarpó rumbo al golfo de México. En la pequeña oficina que alguna vez ocupara Reff Dumango, Horatio Bennett examinaba los papeles de informes de rutas de navegación e itinerarios sustraídos de la alcaldía de mar de la marina real. A su espalda Jet Gomara lo miraba rascarse el sarpullido, desde la pequeña mesita donde echaba cuentas sobre el reparto del botín del Ventanas. La oficina que alguna vez reflejó el estilo pulcro y ordenado de Dumango, ahora estaba llena de papeles desparramados en el escritorio de caoba, y en las mesas laterales. De un cuchillo, de cacha ordinaria de hueso, clavado en la puerta; colgaba una chamarra chorreada de ron y manchada de grasa. Una botella de ron ordinario de Jamaica, con algo de licor dorado dentro, corría libremente por el piso, manchando de tanto en tanto el suelo, al golpe de las olas.
- Doce mil libras esterlinas obtuvimos del Ventanas - dijo Gomara -, serán mil quinientas por cogote - concluyó.
Horatio sintió que empezaba a picarle el pecho, y atribuyó el problema a Gomara, de manera que lo increpó entre blasfemias, y palabras soeces.
- ¡Que los peces le orinen la pichula a Neptuno! - gritó con la voz algo trabada por el licor -. Serán mil por nuca de la tripulación, y cinco mil para este capitán - concluyó, soltando un eructo.
- Está sacando mal la cuenta, señor Bennett. Aquí somos todos cófrades piratas, no hay capitanes ni oficiales - dijo Jet Gomara, echándose hacia atrás en la silla -, y sonriendo malévolamente lo miró con sus ojillos de ratón, rascarse el sarpullido de las orejas -. ¿Pica mucho? - añadió insolente.
Horatio escupió verde, en el suelo, con un sonido asqueroso de narices. Capturó a la pasada la botella de ron, que bailaba en el piso, y se empinó el resto que quedaba. Luego giró hacia Gomara, y rascándose el pecho con intensidad lo enfrentó.
- Mire marinerito - dijo con desprecio -, el sarpullido me acosa cuando voy a acogotar a algún rebelde alzado, ¡¿Entiende, usted claramente?!.
- El que no entiende claramente eres tú, Bennett. Aquí no hay capitán. ¿Quieres que pregunte a los hombres si prefieren mil o mil quinientas? - y añadió burlón -: ¿Quiere usted señor capitán que les pregunte si cada uno quiere cederle quinientas de su parte al cufifo Bennett?.
- ¡Mira insolente! - dijo Horatio levantándose de su asiento, mientras empezaba a traspirar copiosamente, con la cara llena de sarpullido -: Esta es mi carabela, y yo soy quien toma las decisiones - la voz sonaba traposa, y confusa a causa del alcohol. El vaivén de la nave hacía, también, vacilante su paso, que trastabilló hacia Jet Gomara. Éste se incorporó seguro, y posó su enorme mano, para la estatura tan corta que lo separaba del suelo, sobre la cara enronchada de Bennett, y lo rechazó con fuerza, haciendo que cayera sentado en la silla de la que se había levantado. Luego lo pescó por el cogote enrojecido, y se disponía a descargarle un puñetazo en el morro, cuando Bennett, gimiendo lo atajó.
- Está bien... está bien - dijo - serán tres mil para cada uno de nosotros, y mil para cada marino - y levantando las manos agregó -: ¿No vamos a pelear si hay un buen reparto, no?.
Gomara, sin soltarlo, recorrió con la vista las ronchas rojas del sarpullido del gordo capitán.
- ¡Eres despreciable! - le dijo, soltándolo, y con la mano que iba a descargar el golpe sobre sus narizotas le dio dos palmaditas duras, pero suaves en la mejilla enronchada -. Pero me gusta la idea.
- En... Entonces - dijo Bennett, entre un hipo repentino - vamos a preparar el siguiente abo... abod daje.

Jet Gomara sólo hizo un gesto, invitando al capitán Horatio Bennett a continuar. Horatio, entre hipos, fue detallando su plan, mientras la Santa Adelaida se aproximaba al destino que él ya había trazado. Al amanecer la Santa Adelaida interceptaría el mercante Siren Songs, cuyo cargamento estaba destinado a Maracaibo y a Buenos Aires.

A las cuatro y diez y ocho, con casi total precisión, como lo había calculado Horatio Bennett, el vigía Woodeye, desde el nido de cuervos gritó: "Mercante a doce grados a babor". "¿Alcanza a distinguir el nombre?" gritó Bennett. "No. Sólo se ve que navega bajo bandera Liberiana". "¡Hijos de perra!" dijo Horatio rascándose el pecho y la espalda, llenos de sarpullido, mientras por el cuello le caían gruesas gotas de sudor; "sólo por ahorrar unos míseros dólares. Pero ahora van a pagar impuestos a la Cofradía de la Costa". Y sacando un pañuelo, que fue blanco, alguna vez, pero que ahora se veía casi negro de piñén, se secó la traspiración de la cabeza y el pescuezo, mientras se rascaba el pecho. Gritó: "Desplieguen todas las velas. Cambie rumbo doce grados a babor. ¡Icen la bandera de Samarkanda!". A las cuatro cuarenta y cinco minutos, a menos de trescientas yardas del Siren Songs, Horatio Bennett dio instrucciones de arriar la bandera de Samarkanda, e izar un trapo negro. A tres millas náuticas de la isla Tortuga los garfios de abordaje sujetaron firmemente la Santa Adelaida al mercante liberiano, tripulado por americanos de Florida, y algunos mejicanos de Hermosillo.

Al día siguiente mientras la tripulación del Regina Caeli almorzaba en altamar, el capitán Horatio Bennett, vestido con su uniforme de marino de la marina real, al servicio de su majestad; se rascaba el sarpullido bajo la barbilla, en el comedor de oficiales, oyendo las noticias radiadas desde el continente, por una emisora local de Savannah, en Georgia. La voz nasal y sureña, del locutor informaba del asalto en altamar del mercante Siren Songs, por la carabela pirata de Samarkanda, la Santa Adelaida. Aseguraba que uno de los sanguinarios piratas había llenado de balazos las rodillas del capitán Michael Yegger, mientras sus compinches, entre risotadas cantaban: "Todo capitán ha de tener una pata de palo". Informaban que el botín cobrado por los piratas, alcanzaba a más de cien mil copias de discos compactos de música rock y pop. En el comedor de la tripulación, Jet Gomara cantaba, alzando su jarro de lata de reglamento, lleno hasta el borde de ron blanco de Jamaica: "Era la piragua de Guillermo Gomara", y sus secuaces junto a algunos ingenuos más, respondían: "Era la piragua, era la piragua". Horatio Bennett, sin dejar de rascarse la barbilla, llena de sarpullido aún, sacó del bolsillo de su pantalón reglamentario de oficial de la marina de su majestad, un ojo de caoba finamente labrado, y lo miró profundamente, sonriendo. "Oficial" dijo a su segundo, "arreste a los revoltosos del comedor", cuando el oficial ya se iba, añadió: "Y si alguno está bebido, o tiene alcohol, eleve el informe correspondiente, para someterlo a corte marcial".

Extraído de las memorias de Jet Gomara, marino de su majestad británica.


Desde la desaparición de esa mujer, sea Arabelle Violette, o quien quiera que haya sido, sólo estoy dispuesta a atestiguar su desaparición, a través de un método de transparenciación extraño, como si se diluyera en el tiempo, hacia diez segundos antes, o algo así. También puedo afirmar, que no comprendí con toda claridad la explicación de don Oliveira relativa a la hormiga en el papel arrugado y las alternativas del tiempo. Sin embargo, he decidido hacer un reportaje en ese sentido cuando me libre del compromiso de lujuria con Rembrant D'Orliac Trauffert, que produce esta cadena que nos ata cuello con cuello.

¡Miento!. No es la maldita cadena: Es que ama como un lobo de mar viejo, y su cuerpo tiene sabor a algas atlánticas, y su ojo de madera me perfora el sentimiento cuando observa mi infinito profundo. Aparte ésto, sobre lo demás, preferiría no tener opinión.

Hoy Morgado nos mostró el lugar, bajo el roble, donde esperó durante años a su amigo Pablo, con quien había quedado en encontrarse en quince minutos. Allí amaba Roberta a sus parroquianos, hasta el día que vino el monje de fierro, desde Santa Comba Dão. Éso fue antes que él se cayera de su silla y se partiera la mente. Los rumores malintencionados dicen que ese pobre y casto hombre engendró un hijo con Roberta, el cual emigró al Brasil, e intentó tomarse el gobierno, a través de una revolución cruenta, en septiembre del sesenta y tres. Otros opinan que sólo es una leyenda y que el monje de fierro en esa época hacía oración junto a su amante Floriana, en su casa de San Bento, en Lisboa. Yo, preferiría no pronunciarme.


El botín del asalto al Siren Songs reportó a Horatio Bennett cerca de siete mil libras, con lo que había adquirido una propiedad bastante amplia en la isla Tortuga, en el Golfo de México, que tenía una bahía propia y abrigada, donde aún se conserva un embarcadero con su muelle, en bastante buen estado. Hasta ahí había llevado a la Santa Adelaida, con sus secuaces, y habían consolidado la Cofradía de la Costa, sin la participación de Jet Gomara.

Recostado en la playa, con la espalda apoyada en una basta roca, Horatio Bennett bebía en una copita de cristal tallado, un aperitivo hecho a base de ron dorado, zumo de limón, y azúcar de remolacha. Mientras revolvía la copa con un cebollín en escabeche, ensartado en un palito, aspiraba el humo de un cigarro habano. El intenso sol matinal acariciaba con fuerza la piel enrojecida de todo su cuerpo desnudo, mientras él recordaba los acontecimientos que lo habían traído a este plácido momento.

Esa tarde, bajo el sol rojo, que escapaba por barlovento, aparentando empujar los cirrus de color grana hacia el Regina Caeli, dos marinos de la tripulación discutían acaloradamente junto a la banda de estribor, por algún lío de faldas o fútbol. En algún momento habían llegado a trenzarse a golpes, con extrema violencia. Al escuchar el fragor de la pelea, el capitán Horatio Bennett, acudió a poner orden entre sus hombres. Blasfemando, contra Dios y la hostia, se abalanzó sobre los hombres que se golpeaban, insultándolos con su soez lenguaje. De un manotazo lanzó lejos a uno de ellos, y con sus sudorosas y enormes manos cogió al otro por el cuello de la camisa y el cinturón. Con todo el impulso de su corpachón de ciento veinte kilos, Bennett, lanzó al infeliz que había agarrado hacia la banda de estribor. El pobre hombre estrelló el espinazo contra la barandilla y perdiendo el equilibrio, fue a caer a las tibias aguas del Caribe. El sol, como si le hubiera escandalizado la acción del capitán, escondió su mirada tras las aguas del horizonte, dejando caer sobre el Regina Caeli un manto de tinieblas. "Hay que subir a ese hombre de inmediato" gritó una voz oficial desde el puente. Horatio, siempre blasfemando, y con su lenguaje soez, levantó al otro hombre, y lo llevó en vilo hasta la banda, arrojándolo también al agua: "Ley pareja no es dura" dijo. "Ve a sacar a tu compañero, y tráelo seco". Acompañó la instrucción con varias groserías, y blasfemias. Desde lo alto del puente de mando, en la penumbra, el segundo oficial del mando reconvino al capitán: "Señor Bennett: ¿No se estará dejando llevar usted, de la pasión?. Piense que ya casi no hay luz, y esos hombres podrían perderse en la aguas". Horatio pareció volver de un estado de furor, no poco frecuente en él. "¡Tiene usted razón, Townsend!" dijo, y volviéndose a los marinos que se habían arremolinado en torno, señaló selectivamente a cuatro, y ordenó: "Ustedes cuatro bajen el bote, y vengan conmigo, vamos a rescatar a esos dos hombres". "Capitán Bennett" se quejó el segundo Townsend, "usted no puede abandonar la nave: Es el capitán". "Tome el mando" contestó éste. "Yo arrojé a esos hombres al agua. Soy responsable por ellos"

Jet Gomara había sido arrestado por beber alcohol durante una misión, en una nave de su real majestad. Se hallaba confinado en una pequeña bodega, junto a la sala de máquinas, donde se le proveía una ración de pan con sal diaria, y una cuartilla de ron dorado de Jamaica, para su sustento. Mientras bajaban el bote de rescate, Horatio Bennett se congratuló de haber hecho arrestar a Gomara, aún cuando éste lo acusó a gritos de traidor, cuando era arrastrado a la fuerza a su celda de castigo. Al caer al agua, el bote, con sus cinco tripulantes, la oscuridad era casi completa. El bote se alejó de la nave madre al ritmo de los remos, con un marino tomado, sigilosamente de cada banda. Bennett gritaba: "¡Hey hoo!, ¡Hey hoo!, marinoooos...". "Por acáaaaaaaa..." gritaba uno de los hombres agarrados a las bandas del bote, en respuesta. "Dondeeeeee..." decía uno de los del bote, "¡Que no los veo!". "¡Hey yaaaaa!... los del bote" gritaban desde la cubierta del Regina Caeli, "se están apartando demasiado. Los estamos perdiendo de vista". Los hombres que se aferraban a las bandas del bote fueron subidos, entonces, a la embarcación. "¡Hola!. Los del barco: Lancen una luz, que no los vemos" gritó uno de los marinos del bote. "¿Encontraron a los caídos?" gritaron desde el barco, mientras iluminaban a estribor. "Nada aún" respondieron en el bote, mientras se alejaban dando una amplia vuelta por detrás de la popa, hacia el lado de babor de la embarcación madre. La noche, sin luna, había caído, implacable sobre el Caribe. El Regina Caeli iluminaba infructuosamente el mar, por estribor, mientras hacía sonar sus sirenas, con su queja ronca y lastimera.

Dos horas y siete minutos después, los seis marinos y el capitán Horatio Bennett, festejaban su deserción definitiva a la marina real, sobre la cubierta de la Santa Adelaida, chocando botellas de ron blanco, y masticando carne cruda, salada al sol, en su ausencia, sobre la cubierta de la carabela.


En el mirador del parque, junto a la Igreja de São Dinis, nos sentamos a disfrutar el sonido lejano de la corriente del río Cabril, cuyo curso veíamos allá abajo, perderse buscando su confluencia. Su ojo de caoba labrado, no se apartaba de mi escote profundo, produciéndome un cosquilleo intenso en los pezones, y el vientre. Él, no decía nada, pero su respiración se confundía con el rumor de las piedras en el fondo del río: Tumultuosa, animal, lujuriosa; sin embargo estaba quieto. Sólo veía, de soslayo, como su pecho se elevaba y cedía, se elevaba y cedía, con la hirviente respiración excitada. Yo jugaba a ser gacela ingenua, mientras miraba vibrar el follaje, impulsado por el viento de su respiración ansiosa. El felino, quieto entre la maleza, estaba junto a mi. Mis pechos duros le gritaban: "¡Fruta!, ¡Fruta madura!". Las palmas de sus manos cóncavas decían: "¡Tenazas!", su boca ansiosa deseaba lamer mi vientre suave, succionar mis pechos blancos, o dibujar arañas con su lengua, sobre mi piel tibia. Como un animal felino, Reff Dumango, o si se quiere (yo no lo sé) Rembrant D'Orliac Trauffert, o ambos a la vez, cayeron sobre esta gacela, mordiendo su cuello, chupando el lóbulo de sus orejas, lamiendo sus mejillas, su paladar, y sus dientes, hasta que sucumbieron a la lujuria sobre el pasto tierno, a las tres y cinco de la tarde. Ahí nos amamos, con intensidad. El fuego de mi vientre bajo abrasó su deseo alto, el vello de nuestros pubis se trenzó en tenaz abrazo, los zorzales y las golondrinas volaron alto, y los árboles murmuraron bajo. No fue suficiente. Mientras volvíamos, nos amamos en Vila Velha, a las cuatro, frente a la casa Diogo Cão, apoyados en su verja. En la Rua Marechal Teixeira Rebelo, a un costado de la Casa de la Cultura a las cuatro y cuarenta y tres, hasta que la policía nos echó del lugar. Entre los acantos en la Rua Morgado Mateus a las cinco y diez. Bajo unos densos abetos en la Avenida General Alves Roçadas, cinco para las seis. Al caer el sol de verano, alrededor de las ocho, en medio de la calle en la esquina de la Rua Padre Cruz con la Avenida Da Cidade de Orense. Éramos como gatos callejeros, gimiendo nuestras ansias. Fuimos dos felinos en celo, atados por el cuello, con una cadena de oro lujurioso. La gente nos miraba y reía, otros aplaudieron, algunos preguntaron nuestros nombres verdaderos. Así llegamos, veinte para las diez, bajo el antiguo roble, en la esquina de la Rua Profesor Albano Aires con el pasaje Guimaraes Pinto, donde Roberta amó a tantos, y engendró al hijo del gran padre de la castidad del Portugal, que quiso, años más tarde ser emperador del Brasil.

No recuerdo cuantos lugares más hicimos cómplices de nuestra locura, talvez la mesa de la tertulia, donde se juntaban Morgado, don Figueiroa, los dueños del café, don Oliveira, con su calva melena blanca de finos pelos al desgaire, y Betania, y otros más; quizás el mesón de la barra del café, y las escaleras que conducen a la casa de don Figueiroa que nos alojaba. Quizás. Finalmente, exhaustos y gozosos nos acostamos unidos por el fuego de nuestra pasión intacta, y vimos que era bueno. Entonces dormimos, y soñamos, yo: que hacía el amor en la cubierta de la Santa Adelaida, bajo el sol de las Bahamas. Rembrant: Preferiría no pensarlo.


El Cervantes navegaba tranquilo, y sin novedades. Su carga: Sólo libros. Ningún súper ventas, sino libros. Libros de esa literatura que se vende en todas las librerías del mundo, muy de a poco. Esos libro que los editores imprimen en pequeñas cantidades, para mantener el prestigio cultural, y promover a los escritores noveles. Era considerada de tan poco valor la carga del Cervantes, que éste era, para cómo las cosas se habían estado dando, uno de esos pocos mercantes que viajaban sin escolta armada, y medidas de seguridad. Después de los episodios de piratería que tenían a Samarkanda en una difícil situación diplomática, y a Horatio Bennett y sus secuaces llenos de oro en las faltriqueras, aún cuando nadie sospechara de ellos, sino que se pensaba que habían perecido, tragados por el maldito mar de los Sargazos, intentando, heroicos, salvar a sus compañeros caídos al mar accidentalmente.

A las cinco en punto de la madrugada, el Cervantes pasó frente a Matanzas, por el estrecho de la Florida, dejando atrás el Golfo de México. Diez minutos más tarde alguien de la tripulación creyó ver la carabela Mariagalante, copia fiel de la Santa María de Colón. Algo comentó con uno de los marineros cercanos, sobre la fortuna de ser tripulante de una embarcación turística como esa, y pasar la vida rodeado de hermosas mujeres, comiendo exquisiteces y todo eso. La carabela navegaba hacia barlovento, con cierta dificultad, pero se notaba la pericia del capitán en el manejo de las velas latinas. Con todo, se iba acercando imperceptiblemente, de manera que su curso podría llegar a interceptar el del Cervantes, aún cuando el viento no cambiara. Ésto podría suceder hacia veinte para las seis de la mañana, cuando el sol, en esta época del año ya estaría bastante alto.

Efectivamente, a las cinco y veinticinco, de la madrugada, la carabela ya fue perfectamente visible a unas tres millas, y el capitán Villaamil, inquieto, había detectado la bandera de Samarkanda. Advertidos de las acciones de piratería de la carabela, Villaamil había hecho radiar un mensaje de auxilio, advirtiendo de su condición.

A las cinco treinta y ocho de la madrugada, a cuatrocientas yardas del abordaje, como era su costumbre, Horatio Bennett dio la orden de arriar la enseña de Samarkanda, e izar un trapo negro. El sarpullido en la nuca y los glúteos no lo dejaba tranquilo, sin embargo, por un momento soñó echar mano sobre las primeras ediciones en castellano de Harry Poter y el prisionero de Azkaban, o El Señor de los Anillos, o ambas, y también sobre las traducciones de Danille Steel, y algún tomo del viejo de la gomina, y la colonia de aroma a limón oxidado. Siete minutos más tarde, rascándose furiosamente el pecho y las nalgas, dio la orden de lanzar los garfios de abordaje. El capitán Villaamil había maniobrado inteligentemente, torciendo el curso a babor, hacia la isla Concepción en las Bahamas, de manera de acercar la acción lo más posible al lugar desde el cual había zarpado el eventual socorro, en Nassau. Los piratas no encontraron el botín esperado: No estaba Paulo Coelho, sino Clarice Lispector y Rubem Fonseca, tampoco la Danielle Steel, sino William Faulkner, y no John K. Toole. Tampoco encontró a Vila Matas, a Isabel Allende, o Antonio Skarmeta, sino oscuros autores de oscuras novelas, como algo de un psiquiatra borrachito al que pasaban tantas cosas, o poetas como César Vallejo, y un tal Sánchez Treintaitrés. Horatio Bennett cayó en un trance de furor, que llevó al clímax su sarpullido, atacando las piernas tras la rodillas, la pantorrilla y la planta de los pies. Bufando como un enajenado, y rascándose las nalgas como un endemoniado, blasfemó, maldijo, y dijo palabras soeces sobre los personajes de todos aquellos cuentos, novelas y poemas. La furia de Bennett se fue multiplicando hasta llegar a ordenar que se incendiara todos esos malditos libros sobre la cubierta del Cervantes, y se disparara luego contra su vientre, bajo la línea de flotación, de manera que se hundiera humeando como un maldito fiasco de demonio marino.

La alta columna de humo guió a las lanchas de socorro, y el sol al elevarse en el cielo calmó los vientos, quitando velocidad a la Santa Adelaida. A las siete y quince Horatio Bennett, deformado por el sarpullido vio que estaba perdido. Rascándose furioso, la papada, para luchar contra la picazón, blasfemó, y con un lenguaje soez en extremo, preguntó la posición al contramaestre. "Estamos en veintiséis grados veinte minutos de latitud norte y setenta y ocho grados diez minutos weste de longitud" respondió aquél. "Gire cuarenta grados norte, a estribor. Le ensartaremos la carabela en el culo al mismísimo demonio" dijo Horatio Bennett. Lentamente el mascarón de proa de la Santa Adelaida apuntó los pezones de sus pechos de madera al triángulo fatal. La brújula magnética comienza lentamente a girar recogiendo el tiempo, moviendo el norte con su aguja, hacia los cayos de Florida, como reloj inverso. "¿Hacia donde nos dirigimos, capitán?" preguntó el contramaestre. "Preferiría no responderle", dijo Horatio Bennett, mientras la Santa Adelaida clavaba los duros pezones del mascarón en el lado AB del extraño triángulo que se fue tragando lento su imagen. La WUSSR Clinton, a quinientas yardas de la carabela, vio como su imagen se iba diluyendo "como si estuviera avanzando en el tiempo hacia diez segundos más allá" dijo el oficial Mac Namara cuando relató el suceso.


A esa hora, en Vila Real, en la Trasmontana Portuguesa era ya casi mediodía. Cuando desperté sentí su respiración pesada, y vi que su nuca cubierta de hirsutos pelos colorines traspiraba copiosamente. Su cuello grueso estaba cubierto de ronchas de sarpullido. Me incorporé asustada, y distinguí claramente sus gruesas espaldas húmedas y enronchadas, entonces tiré con violencia de la cadena que nos unía por el cuello. Él despertó, y sus ojos pequeños y amarillentos, como los de un asqueroso animal, recorrieron con sucio placer mi cuerpo elástico. "¡Usted no es Reff Dumango!", dije aterrada al ver esa enorme mole, como una morsa marina de ciento veinte kilos, cubierta de sarpullido con la que había cometido el pecado capital de lujuria durante días y días, en todos los lugares posibles. Él, blasfemando, soez, dijo: "A éso, preferiría no responderle".

Ese día, siete horas y veintiséis minutos más tarde, con un mes y siete días de atraso, la Santa Adelaida arribó al puerto de Nueva York, con Reff Dumango al mando. Su reloj marcaba diez segundos de atraso en relación a la gran máquina del frontis del edificio de las oficinas de la financiera J.P. Borgan, donde J.P. cuarto, el gran marica de cuarenta y ocho kilos y cuatro pies y dos pulgadas de estatura, tomaba té con donuts, acompañado de E.R. Berhart. Dumango, estaba todavía a tiempo de iniciar aquí, una nueva revolución para sacar del poder al Pequeño Frank O'Whistle.

Cuatro meses exactos después, Waldina Viera da Melhado moría aplastada por Rembrant D'Orliac Trauffert, el sibarita millonario francés, durante un ataque de sarpullido. Ella había soportado durante todo ese tiempo las reiteradas violaciones de aquel hombre grosero, que en los momentos más inesperados saltaba sobre ella como un gorila colorín, y descomunal. Le daba tres pellizcos retorcidos en una pechuga, cuatro golpazos con su asqueroso ariete, en el muelle de su vello púbico, y luego se dormía roncando sobre ella, con sus ciento veinte kilos de abuso húmedo.

Fuente: Diario personal de Waldina Viera da Melhado
y Diario de un desertor (Editorial Ahjmel Abuhabir de Samarkanda)

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