Kepa Uriberri
La revolución en Samarkanda


El encierro


No lo había visto de ese modo. Te lo digo claramente y lo temo en verdad. Estoy aquí en este lugar recostado contra mis planes de revolución escritos en este cuaderno ya escaso y repetido una y otra y otra y otra vez y más y más. Ahí está ese caudillo que me hablé y me perseguí sin saberme yo mismo y me encargué una misión, o me fue encargada por esa voz material que me dijo: "Nos están sometiendo" que le dije: "¿Tú, quién eres?" y respondió ambiguo cuando sabía de su materialidad de su tangibilidad que era mí mismo. Y me obligó a construir setenta cófrades, siete amantes, varias cadenas y una carabela. Tuve que crear Samarkanda según me instruyó y ahí hube de hacer una revolución que enmendara lo no enmendable, que enloqueciera para la cordura, que cantara la paz violenta y extraña y aquí tendido sobre esa revolución miro tras la oscuridad perenne que me penetra, el infinito que no se comprende.

A veces alguien, que no está en revolución pero que debo asignarlo al enemigo, asoma y dice algo como "¿Acaso no piensas salir?". Digo: "Afuera el peligro". Dice: "Yo soy tu peligro". Digo: "Aquí tengo setenta cofrades conjurados". Dice: "Háblame de tu conjura. Debo conjurarme en esa cofradía. Así se me ha revelado". Digo: "No me engañas". Dice: "Aquí tengo la luz, le rebeldía, la libertad" ofrece aquello y más. Digo: "Nada no está ya aquí en estas páginas cuadriculadas amarillas. En ellas podrías transcurrir si lo permitiera. Pero se que no eres ya Mesmer Cagliostro, ni tampoco Gavrilo Princip. No eres el cardenal Mazarino, ni eres Robin Fitzwalter. Ni siquiera eres el abate Sièyes sino todo lo contrario, quisieras engañarme con su presencia elusiva". Dice: "Quisiera que fuéramos a desenmascarar a los falsos caudillos. Es necesaria tu presencia". Sé que miente, lo sospecho. Insiste: "Se han tomado el edificio de gobierno". Digo: "¿Cual es su emblema?". Dice: "El de Mirabeau". Pregunto: "¿Y Guevara?". Mueva la cabeza y calla. No sabe qué decir: Lo sé. Reitero: "¿Y Guevara, está con ellos?". No responde, sabe que no debe. Sólo hace un gesto ambiguo. Digo perentorio: "¿Y Guevara?". Dice: "Lo lamento". ¡Garduño!: Cree que me engaña. Decido desenmascararlo. Digo: "Sé que ya no eres Ortega. Eres sólo Malbrán. ¡Vamos!".

Malbrán me acompaña. Me guía. Hay un auto que nos espera. El chofer me saluda: "¿Qué tal compañero?". Digo: "¿Tú quien eres?". Ríe: "Agente Tres Tres Seis Dos Dos". Sé que no lo es. Sin hablar expreso mi desconfianza. Junto a mi pecho en el bolsillo interior llevo mi cuaderno Colón y un lápiz bic. Pienso en anotar los sucesos, pero no hay tiempo. Bajamos por Kennedy, Rotonda Pérez Zuckovic, Los Conquistadores. Alto junto a Indisa veo esa blanca Virgen con antenas que preside y será mi única compañía después y durante más y más tiempo. A la izquierda el río intestino, herida abierta de la ciudad. Bellavista, pasamos Pío Nono, Loreto, Purísima y doblamos a la derecha en Recoleta. Sospecho. Digo: "Aquí no hay edificio de gobierno. ¿Ustedes: Quiénes son?". Malbrán, ya lo sé es Malbrán un pequeño traidor que ya no es Ortega ni Sandino. El otro, el que conduce es sólo un número: Cualquier número. El número de la traición. Digo: "Detén el taxi. Aquí me bajo: ¡De inmediato!". Intento abrir la puerta pero está trabada. Abro la ventana. El auto no se detiene. Decido salir por ella y lanzarme a la Avenida Recoleta. Malbrán me sujeta con fuerza. Decido lanzar, al menos, mi cuaderno Colón. Grito a los transeúntes que no me miran, pero se fijan en mi con desconfianza: "¡Ese cuaderno contiene la verdad!. ¡Es mi testimonio!. Llévenlo a las Naciones Unidas, que todo se sepa. ¡Es necesario, cuando menos!". Un bus amarillo del recorrido "Recoleta Lira Cementerio" lo pisa. No lo distingo más.

El auto gira por la calle donde hubo olivos y ya no. Entra por un portón de rejas densas y pesadas. Patios de tierra calcinada, pavimentos y pavimentos. El edificio vetusto está rodeado de gente empobrecida con vista fija y perdida, llena de infinitos inexpugnables en los ojos. Digo: "Es una trampa". Trato de escapar con corazón, con adrenalina, con miedo, con fuerza, con golpes, sin palabras, me atrapan, me resisto, me pisan, me escapo, zancadilla, caigo: Tres. Los tres me golpean y atan con algo: Mi propia chaqueta. Me llevan a esa oficina blanca de ventana pequeña por dentro y enorme por fuera. Allá está el pajarote que grazna y el jilguero. Está la virgen del cerro en el reflejo de otra ventana.

Me han impuesto esta oficina de número seis cero dos. Malbrán que no es Malbrán ni Ortega o Sandino y su esbirro de nombre numeral se han ido. Dos ministros de fuerza, blancos, me inmovilizan y me inyectan el veneno de la colaboración. Ya sé que ésta habrá de ser la oficina de gobierno de este caudillo de la revolución sincera mientras el veneno me arrastra a un mundo inverso donde ministros blancos invertidos dicen: "Ya está. Dejémoslo dormir". Al fondo, muy al poniente donde el infinito y el horizonte inverso convergen, navega la Santa Adelaida.

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