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Kepa Uriberri El pasajeroEl hombre aquel habló en gaélico, y en gaélico dijo "Busco trabajo", aun cuando nadie le entendió nada, ya que nadie hablaba gaélico, y por lo tanto todos, casi lo ignoraron. El hombre entonces, por señas les enseñó gaélico, y por señas, gaélico aprendieron, o al menos haciendo un esfuerzo, aprendieron lo suficiente como para entender lo que aquel hombre decía, que era simplemente: "Busco trabajo". No obstante, todo lo anterior, le respondieron "No tenemos trabajo para nadie más, en esta carabela", lo que era en rigor cierto, y, que el hombre que hablaba gaélico no entendió, pues como nadie en la tripulación de la Santa Adelaida hablaba gaélico, le respondieron por señas o en castellano, que el hombre no conocía. De este modo dificultoso, no era posible entenderse del todo bien, por lo que el hombre que hablaba gaélico no entendió el rechazo, y se dirigió a la oficina de reclutamiento de la Santa Adelaida, que según creyó comprender quedaba en la Avenida del Mar sin número, puerta principal. El sol; que aunque intenso, no dejaba de dar, sin descanso alguno, sobre la nueva mampara de la carabela, que por el momento miraba al muelle número cuatro en la progresista y hermosa Yarmouth, hacia el oriente; se fijó en la espalda del hombre que hablaba gaélico y que observó con curiosidad esa puerta engalanada con los colores de Samarkanda sobre el cartelito que decía "Av. Del Mar S/N" lo último que quería decir Sin Número, aunque el hombre de la camisa a cuadros que hablaba gaélico, no comprendió pues en gaélico tendría que ser W/N, y sólo sospechó su significado. Con el sol ardiente, fustigando su espalda, y destiñendo el rojo de los cuadros de su camisa escocesa, el hombre que hablaba gaélico golpeó la nueva mampara de la Santa Adelaida, no sin dejar de notar la maceta con geranios que desplegaba con jolgorio sus colores amarillos y malvas, de grato aroma, a la mañana primaveral, sobre el reparo de la tronera, junto a la boca del cañón de proa. Pensó, en gaélico, que ese era un toque excesivamente femenino, que no habría esperado. Tampoco había esperado que al golpear la puerta de la oficina de reclutamiento de un buque de guerra, que había participado heroicamente en la revolución de Samarkanda, hasta escalar la posición de buque insignia, le abriera una odalisca de ojos moros con una esclava de oro en el cuello, de la que colgaba, ahora, de una cadena labrada, otra esclava suelta que había ido a posarse erótica sobre su pecho izquierdo. La odalisca le franqueó el paso, al ver su hermosura, y quedar cautivada por la música de su gaélico que no comprendió. Una vez adentro, ella cerró la puerta, y apoyando sus pechos sobre el velludo brazo del hombre que hablaba gaélico le preguntó qué buscaba. El hombre que hablaba gaélico se sintió cómodo con los pechos de la odalisca reposando en su brazo, y su mirada intensa reposando en sus labios, entonces habló en gaélico: "Vengo a reclutarme" dijo. Mientras hablaba, Arabelle Violette acercó sus labios a los de él, y casi rozándolos le interrumpió: "Esa música puede enloquecerme" dijo, y quiso llevarlo a su camarote en el castillo de proa. Al pasar junto a la cabina del almirante, Dumango, que escribía en su bitácora y preparaba informes para la Seiscientos dos, los hizo pasar a su oficina, pues odiaba que Arabelle Violette coqueteara con los marinos de la tripulación. Su ojo de palo, de caoba fina, e intensamente labrado, se posó severo, sobre la estrecha conexión establecida entre los pechos moros de la odalisca, y el brazo velludo del hombre que hablaba gaélico. Con un gesto autoritario de su mano derecha, le señaló el camino de los camarotes de la tripulación al último rincón de popa, mientras que la otra se interponía entre los senos de la odalisca y los vellos del hombre que hablaba gaélico, que se mantuvo silencioso. "Está usted bajo arresto en su camarote" dijo Dumango. El hombre que hablaba gaélico dijo no comprender, en gaélico, a lo que Dumango respondió "Está usted bajo arresto en su camarote", pero en gaélico, y preguntó el nombre del marino pues no lo recordaba. El hombre que hablaba gaélico dijo llamarse Turpin McAuliffe, en gaélico, y pregunto, en esa misma lengua: "¿Acaso significa que estoy reclutado?". Reff Dumango respondió, en gaélico, de modo de ser comprendido con claridad "Desde luego es necesario para estar arrestado" y le cerró la puerta de la cabina del capitán del navío, antes de proceder a tomar la esclava de oro que había caído sobre el pecho izquierdo de Arabelle Violette, y la cerró sobre su propio cuello, con lo que quedaron atados por una cadena de oro labrada, de menos de un metro de longitud. Dumango dijo: "No te me andes escapando". Ella respondió con su voz sensual y su mirada de pantera: "Al menos si no me dejas". De este modo quedó inscrito en la historia el ingreso a la tripulación de la Santa Adelaida, sin haber sido nunca reclutado ni aceptado, y en forma subrepticia, de aquel hombre que hablaba gaélico, y que dijo a su almirante llamarse Turpin McAuliffe, en gaélico. Ese día la Santa Adelaida zarpó, bordeando la costa de Nueva Escocia, rumbo al golfo de San Lorenzo, con las troneras pletóricas de geranios. Nueva Escocia, Yarmouth, en primavera de soles boreales de grata tibieza, según se relata en el diario del puerto, y se ratifica en los documentos de la alcaldía de mar. |
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