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Kepa Uriberri Hasta la bahía de San LorenzoA medida que la Santa Adelaida rodeaba la costa sur de Nueva Escocia, la frecuencia ciento siete punto siete de nuestra radio transmitía "Tu es venu de loin" de Gilbert Becaud. Toda la tripulación trabajaba en labores de mar, excepto Arabelle Violette que regaba los geranios rojos de las troneras. Gilbert, desde los altacvoces instalados en los mástiles de mesana y el trinquete, preguntaba: "¿Tu es venu de loin?". "Très loin" repetía la tripulación de proa a popa, salvo Arabelle Violette y el almirante Dumango, que siempre marraban esta parte: "Ci loin" cantaban, desafinando un cuarto de tono. Luego reían y derramaban su pichuncho sobre los maceteros de los geranios. "... Et Qu'est-ce qu'as-tu dans les mains?" cantaba Becaud, y la tripulación toda, extendía los brazos y mostrando las manos gritaba, con los ojos muy abiertos: "Rien!!". Arabelle Violette, y Reff Dumango, entre risas, se equivocaban: "Un apéritif!!", y chocaban en alto sus copas de pichuncho, preparado con vino vermouth rojo, y ron blanco de quince años. Becaud insistía con su pregunta con idéntico resultado, hasta que Arabelle Violette terminaba su copa y metiendo en ella su linda lengua, rescataba del fondo la aceituna negra de Huasco. Entonces Gilbert, Dumango, y toda la tripulación gritaban, cantando, llenos de jolgorio, que habría escandalizado al arzobispo de La Serena (talvez): "Rien ne pourra éviter que tu viennes ici, toi, mon Jesus, le moribond", sólo Arabelle Violette con su desparpajo natural, remataba, no cantando, sino que escupía el cuesco, de la aceituna, por la tronera, dejando una estela suave y circular en las salinas aguas atlánticas. No decayó la alegría a lo largo de la tarde, a medida que el sol mutaba el color, reventando en rojos sobre las nubes del ocaso, más allá de todas las tierras, buscando el mar Pacífico. Cuando las luces se hicieron todas iguales, casi grises y viejas, el tono de los marinos que repetían a Becaud se fue haciendo tenue, hasta morir en el silencio de la noche: "Veillerons de toi bien, bien". "Bien... bien... bien..." repetía la voz ya cansada de tanto día mientras la luz se hacía negra. Por fin todos dormían. Al amanecer siguiente, frente Dartmouth, el cófrade encargado del toque de Diana, con su camisa de algodón luciendo su número en el pecho, subió a cubierta, cantando bajito: "¿Tu es venu de loin?. Très loin...". Su contento tiznó la melodía de la Diana madrugadora, que en su tono cornetín repitió: "¿Tu es venu de loin?. Très loin..." La alegría llenó el despertar de la tripulación, de modo que el cófrade a cargo de la música, transmitió a través de la señal ciento siete punto treinta y tres, con su melodiosa voz de bajo: "Desde sus estudios de ultramar, sobre el generoso Atlántico transmite su emisora Santa Adelaida en el ciento siete punto treinta y tres de su receptor de frecuencia modulada. Alegraremos su despertar con nuestra característica: Vienes de lejos, interpretada por Gilbert Becaud". El encargado puso en marcha el reproductor, pero no hubo sonido alguno. Como cualquiera haría, subió suavemente el volumen, pero no salió sonido ninguno. El sorprendido cófrade abrió la máquina, y se encontró con la sorpresa que no había disco en ella. Busco alrededor, sin resultados: Becaud y su "Tu es venu de loin" había desaparecido. Entonces abrió el micrófono y reconoció: "Debido a alguna dificultad técnica les ofreceremos La boheme con Charles Aznavour". Mientras los parlantes cantaban "Je vous parle d'un temps que les moins de vingt ans ne peuvent pas connaître, Montmartre en ce temps-là accrochait ses lilas...", el encargado de la radio subió a cubierta, gritando, enfurecido: "¿Quién se robo a Gilbert Becaud?". Nadie comprendía la idea y sólo les interesaba seguir el ritmo romántico de Aznavour: "La boheme, la boheme...". Finalmente encontró junto al mástil mayor, al almirante, encadenado con las esclavas de oro labrado, a Arabelle Viollete. Mirándolo fijo a su ojo de madera color avellana le dijo, desesperado: "Mi almirante, se perdió Gilbert Becaud". "Nunca te importe", dijo el almirante, "se habrá emborrachado y estará durmiendo en la cala. Ya aparecerá" concluyó mientras evolucionó, atado a su amante, al ritmo de Aznavour, cantando, desafinado, un cuarto de tono por debajo del cantante: "La bohème, la bohème, ça voulait dire on est heureux. La bohème, la bohème, nous ne mangions qu'un jour sur deux...". Arabelle dibujaba flores en su cuello con el rouge de sus labios moros. "No. No es un cófrade, almirante" respondió desesperado, el otro. "Es el disco del cantante que tocábamos ayer: Alguien lo robó". En ese momento Charles terminó su canción. "¡Imposible!" dijo Reff Dumango, sin quitar su vista de madera de los ojos moros de Arabelle Violette, ni aflojar la tensión alrededor de su cintura. Por el castillo de popa apareció, entonces, el hombre que hablaba en gaélico, y se acercó cantando, en gaélico: "Con esta cara de extranjero, judío errante, y pastor griego, de vagabundo y de ladrón, hoy vengo a ti mi dulce amiga gran manantial en mi fatiga, tus veinte años a buscar...". Arabelle Violette dejó de dibujar flores en el cuello de Dumango, y clavó su mirada mora en Turpin McAuliffe, quien, cantando la tomó para bailar, ante la estupefacción del almirante, y su cófrade operador de radio. Mientras la comprimía contra su pecho, le cantaba en gaélico: "... y yo seré, si lo deseas, príncipe azul con tus ideas: Igual que tú yo sé soñar". Arabelle Violette se abandonó contra ese pecho fuerte, y audaz, y respondió, con voz sensual: "y detener cada momento, parar el sol, parar el viento, y vivir así la eternidad". El hombre que hablaba gaélico continuó su camino, mientras la odalisca, atada por la cadena de su cuello al almirante, perseguía con su sensualidad, la sonrisa de su boca ruda, que seguía cantando: "Y así, contigo he de lograr, vivir aquí la eternidad". Mientras la santa Adelaida recalaba, para desayunar, en Dartmouth, el almirante dijo impaciente a su radioperador: "Pues seguimos con Aznavour y ya. Lo que no podría soportar es a Georges Moustakis" y dando un tirón a la cadena se alejó arrastrando a su amante hacia el castillo de proa. Diez minutos después, del incidente, el hombre que hablaba gaélico, descendía, por la mampara de la Avenida del Mar, con una mochila firmemente sujeta bajo su sobaco colorín, mientras se despedía con señas de la odalisca que regaba los geranios rojos, de la tronera de proa. Al mediodía, dos silbatos largos, uno corto y otro largo, anunció a los hombres que deambulaban por el puerto, que la Santa Adelaida se hacía la mar. El hombre que hablaba gaélico no había abordado. La carabela, con suaves crujidos de viento y velas, comenzó a moverse, suavemente sobre su vientre de palo, mientras el almirante daba órdenes, y Arabelle Violette miraba ansiosa las calles de Halifax que empezaban a quedar atrás. Cuando estaba por abandonar toda ilusión, divisó, bajando por Sackville Street, hacia los atracaderos, con el pelo de fuego flotando al viento, y su sonrisa plácida, al hombre que hablaba gaélico. Gritó, como si ella estuviera en el puerto: "¡Ea los de la Santa Adelaida, este hombre quiere abordar!". "¿Quien vive?" respondió el timonel. "El cófrade Turpin McAuliffe" respondió ella. "En ese caso, al menos, mantenga rumbo y viento" dijo el almirante, celoso, y añadió: "No soporto a Georges Moustakis". Arabelle Violette corrió a la mampara de la embarcación, abierta gracias al ataque del USS Nebraska, y la franqueó para recibir al hombre que hablaba gaélico, que corría, casi sin prisa, por la Avenida del Mar. "Corre, pastor griego" le gritó. El hombre, casi sin apurar el pasó, logró saltar sobre los tres escalones del umbral, y entrar, nuevamente, gracias a Arabelle Violette, casi clandestino a la Santa Adelaida. En la cala, el cófrade radiocontrolador, había terminado de recalibrar el cristal de la frecuencia de transmisión en ciento siete punto siete mega hertz, para evitar la intervención de la señal, y se disponía a reponer la música. Abrió los anaqueles de la discoteca, y sólo encontró unos pocos discos, todos de cantantes y grupos que interpretaban el lenguaje oficial del imperio. Sólo, entre ellos, valía la pena un volumen de el viejo de los ojos azules, en que cantaba "My way", "Let me try again" de Jourdan y Carabelli, traducido por Neil Sedaka, y "The girl from Ipanema", además de otras clásicas de su voz maravillosa. Gritó sorprendido: "¡Se robaron la discoteca!". El hombre que hablaba en gaélico, traía, arrugado en su mano, un trapo verde oliva. "¿Que tienes ahí?", preguntó la odalisca. "¡Rien!... ¡Rien!..." dijo él, imitando a Gilbert Becaud, y enrojeciendo ligeramente. "¿Qué traes en la mano?" insistió ella. "¡Rien!... ¡Rien!..." repitió él. "Te sudan las manos" rió ella, mientras la frente de Turpin comenzaba a llenarse de pequeñas perlillas de sudor. Por los altavoces de cubierta, y en la transmisión radial, el controlador, con voz microfónica y precisa decía: "Debido a una emergencia, alteraremos momentaneamente nuestra programación, y ofreceremos a ustedes, excepcionalmente, los éxitos de «La Voz»". Mientras el «Viejo de los ojos azules» cantaba: "Tall and tan and young and lovely the girl from Ipanema goes walking and when she passes, each one she passes goes: ah!", Arabelle Violette, bailando al ritmo, le insistía al hombre que hablaba gaélico: "Cuando bajaste, llevabas ese morral verde oliva, cargado. ¿Y ahora lo traes vacío y flaco?. ¿Qué fuiste a vender?. ¡Sé que algo vendiste!. No mientas". Por su parte, el cófrade a cargo de la radio, reportaba el robo de la discoteca al almirante. A pesar de las intensas búsquedas, a pesar de las desconfianzas que nacieron, a pesar de las amenazas, aun cuando se azotó en el palo de mesana a los más sospechosos, a pesar del ayuno forzoso mientras no apareciera lo robado, aun cuando Sinatra agotó la paciencia de todos, de tanto repetirse, aun cuando sólo se permitió, como castigo, tomar agua de mar a la tripulación, aun cuando se pasó por debajo de la quilla a quienes no soportaron la mirada de palo del almirante, aun cuando sólo se sirvió cochayuyo y algas atlánticas hervidas en aceite de lobo de mar, en todas las comidas, aunque se confinó a los marinos a sus camarotes hasta que el aire fue irrespirable, a pesar que llenó de arena los camastros de toda la tripulación, a pesar que la diana se toco durante días interminables dos horas antes de la salida del sol, y no se permitió descanso a los marinos sino hasta después de rezar siete novenas y cantar cuarenta y siete rondas infantiles, a pesar que debieron soportar largas tertulias en que sólo hablaba el cófrade setecientos tres, que era gangoso, y aun cuando el peso de la conciencia era agobiador, incluso sin culpa alguna, nadie pudo dar cuenta del destino de la discoteca. Sólo Arabelle Violette tenía una cierta sospecha que no confesó a nadie, ni menos al almirante, pues estaba ensimismada con el hombre que hablaba en gaélico. Entrando al San LorezoDespués de doce días de castigo, y navegación al garete, la Santa Adelaida se encontraba a la cuadra de las Islas de la Madeleine, mientras el propio almirante Dumango colgaba amonestado y dolorido del trinquete, atado de sus tobillos de palo, con la mirada perdida en el Atlántico infinito. Era necesario descubrir al ladrón, quien había robado la discoteca, y si el único medio de descubrirlo era el castigo, todos serían castigados y no habría conmiseración con nadie, aun cuando fuera el propio almirante Dumango. "¡Bájenme de aquí!" gritaba el almirante. "Confesaré cualquier cosa; o al menos denme un sorbo de agua de mar". Arabelle Violette subía hasta el palo de castigo todas las noches y le humedecía la lengua con ramas de cochayuyo, y luego hablaban largamente de otros tiempos, cuando ella aun no conocía al hombre que hablaba gaélico. Él lo veía todo al revés, a causa de su posición, y creía que ella todavía lo amaba. Al salir el sol el almirante gritó las órdenes desde su inversa posición. Dumango escribió en la bitácora: "Tuve serias dudas de haber sido yo quien se robó la discoteca. En un momento de sol y sed quise confesar". - ¿Por qué llevas el morral cargado nuevamente? - le preguntó la odalisca a Turpin. Él se rió hablando en gaélico al revés, y le beso inversamente los hombros y el cuello. Ella, por no ceder a sus escarceos, comenzó a recitar: "Miro aquella inversa playa Blancos peces invertidos El hombre respondió en gaélico, algo que talvez significara: - Amor inverso, que al revés declaro, tal espacio que cuelga de firmamento océano, a esta mujer de barca con palos atravesados; sus pies besara cantando, si no estuviera colgado. En este morral que vuela, de mi hombro colgado, llevo mi esperanza y el amor acumulado, que guardo en tierra si no ha fermentado. ¿O acaso no me amas ya?. La odalisca no entendió nada, pues el gaélico no lo había estudiado, pero la dulce música de aquel extraño verbo la hizo imaginar su significado, que a saber habría de ser más o menos así: "Huye conmigo, como pájaro alado, que al menos se desata en nuestra ilusión revesada. Tengo un morral lleno de fantasía y amor para dar, más allá de los mares, más allá la luminaria que desde ese horizonte abajo se señala". Sorprendida de la ilusión fantasiosa de su propio gaélico no comprendido, cedió a las tentaciones y balanceando su cuerpo, se fundió al de su colgado compañero, y besándole los ojos le respondió: - Quisiera al revés, huir contigo, pero mi lealtad esta ya atada. Aquí sólo cumpliremos nuestro inverso castigo, para ser luego dignamente pasados por la quilla donde a los ojos nos miraremos. El otro respondió en gaélico: - Si tanto me amas, no sólo huyas conmigo, sino ayúdame a robar el castellano de esta misión. Hay oro para ti, si no puedo darte amor. Arabelle Violette, que si no lo amaba era porque no sabía como amar en gaélico, creyó entender que el fervor romántico flotaba inverso del gaélico atravesado, y juró tratar de amarlo, o al menos serle fiel, o si no, simularlo, al derecho o al revés. En la playa la tripulación no hablaba francés, sin embargo departía cantando tangos a las quebecoises en bikini que tomaban el tibio sol escarchado del norte. Al desaparecer éste tras la boca del San Lorenzo y los llanos del continente, fueron cobijados por las mujeres en bares de turismo, o en arenas tibias, en casas de veraneo, tras las rocas, o en sus tibios pechos. Así olvidaron sus duras literas en la carabela, o el castigo necesario de los colgados, que más allá del frío sufrieron la cagada de los murciélagos, y a dos gaviotas grises que anidaron junto a ellos. Después de tres días volvió a cubierta el almirante Dumango, sin levantar la vista al cielo, y en la cabina del capitán, escribió a la oficina seiscientos dos su reporte de navegación. Santa Adelaida; desde reposo en las Madeleine, en el golfo del San Lorenzo digo a usted dos puntos. En instancia primera y para sacrificio de la tripulación siete. Ruta al sur poniente en plan de navegación y sin música en castellano a la fecha o retrasada, hemos castigado a todo posible responsable, y se incluye este marino ciudadano y sin privilegio. No hay resultados. Gaélico y amante serán pasados por la quilla según procede. Otrosi se pide como se precisa nueva discoteca o instrucción en remplazo. Se sugiere itinerario a saber así y recitando poemas, o narraciones extraordinarias como se ve y en orden al Havre Saint Pierre incluyendo apertrechamiento y entretención. Búsqueda de música ajena al imperio setenta y tres doce punto como dijo y sigue Baie Comeau y muchas mujeres jarana y juerga, sólo por decir también Matane y Rimouski cacería y pesca de peces tropicales para acuario de su mismísima oficina seis cero dos clave difusa lógica. Habrá verde incluso no después de las ocho, y ocaso en agua dulce. Siete después Quebec, y bastante paseo. También Dramandville y Montreal hasta el Lac Superieur y compromiso de búsqueda afluentes hasta cruzar al Pacífico mar según ruta oceánica y mítica a trece del siete cero cinco. Al terminar su reporte, su ojo labrado se elevó como avellana a la luminosa fuente de toda creación, a la luz titilante de la noche vio los inversos besos gaélicos de su amante con quien se asumía sospechoso y detenido por su denuncia misma, que así había sido. El colgante morral dejaba ver una silueta reticular y maciza. - ¡Buen castigo! - se dijo a sí mismo mientras guardaba su ojo de caoba labrado en un cofrecillo de cuero, acojinado con forros de felpa roja. Durante horas y horas intentó dormir, pero le parecía oír el burbujear de la odalisca, pidiendo misericordia bajo la quilla, o besándose lujuriosa en una lengua incomprensible. Sus piernas de palo no lograban resistir el peso de la ropa de cama ni el de la culpa por su brutalidad; algo dentro de su cabeza de revolucionario le decía que subiera a cubierta y tomara en sus brazos de galeote a Arabelle Violette, y la cobijara, húmeda a su lado, hasta que volviera a ronronear como un gato, y a arañarle el pecho como una pantera. Sí. A que negarlo, algo también le decía que atara a Turpin al palo de mesana, y lo azotara él mismo, hasta hacerlo confesar culpas que no tenía, y luego le echara sal en todas las heridas, y mierda de albatros hasta que su rojo torso tomara el tono moreno de los marinos de Samarkanda. Tras estos y otros pensamientos horrorosos logró conciliar el sueño que apenas si fue interrumpido por la respuesta cifrada que cayó con violencia, antes del amanecer en la pantalla de cuarzo de su computador de a bordo, a su informe desde la oficina seiscientos dos. Decía: En Samarkanda seiscientos dos, Avenida y Libro de la Sinceridad se dice tres según sea preciso en detalle: Primer otrosí: Todo castigo es severo, todo lo que se escribe antes ya lo fue. Considérese cumplido cuatro según la Manchuria es ya lejana, y a falta de música buena la poesía y cúmplase. Segundo otrosí: El cuesco es el cuesco y misión es la misión cúmplase lo mismo. Sépalo señor Almirante con Mayúscula Dumango el muy Reff. Cualquier alteración de nuestra carabela insignia será castigada severamente hasta rendir a muerte. Captúrese por tanto alguna fecha sin precisar al pequeño hombre del sarpullido, al artesano que a falta de palo instaló mampara en la proa. Tercer otrosí: Ésto sí: Jamás se tolere mujer perniciosa, mujer engañosa, odalisca que se otorga inversa o al revés al enemigo. Punto y además Cachillullo norte Grande con sol Gran mar de Arenas Amarillentas y subrayo color Amarillentas y entiéndase como se dice punto. Hay gráfico y URL según la cual ha de seguir ruta y destruir intento de supresión y uniculturización por lo que todo vale. Opción: Recuperar al menos los tangos de Gardel y Lepera y desde luego ese que dice dos puntos detallo: Leguisamo solo Según corrección dícese: Leguisamo solo No hay duda alguna, es la muñeca, Lo mismo instrucción de este otro dos puntos aparte: Por una cabeza de un noble potrillo Sobre todo considere Us. mi Dumango muy Reff el primero no es del prócer, sino el segundo dicho punto y más. Por tanto cúmplase según sentencia itinerario propuesto y procédase poética y narrativamente, publíquese y navegación por agua dulce, arena y mar. Firma, sella, y dispone; |
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