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Kepa Uriberri ¡Quebec libre!Diario personal de la Odalisca Carabela con mampara, húmeda madrugada de sol verde. Cuando al fin me libro del mal sueño y el sabor a cochayuyo y quilla de la boca, veo en el horizonte de océano y playa esquina de la Avenida del Mar, y escapado de nuestra mampara al hombre que ama en gaélico bajo el mar inverso. Lleva colgado del hombro izquierdo el morral lleno de aristas, y va cantando algo que jamás podría significar: Es tanta felicidad del pobre marino Escapa a saltos rápido como rayo "Llévame contigo", alcanzo a gritar por la borda, pero apenas si rebota en los geranios rojos que asoman de la tronera de proa, mi tonto grito. "¡Viva el amor libre y las cadenas de oro!" oigo la voz de Dumango. Pienso que su hermosura se disolvió en el ritmo duro y salino del gaélico y las aventuras ignoradas de su hablador. ¿Por qué cautiva el misterio? ¿Por qué me conquista ese marino, con mi sola imaginación?. Reff Dumango, toscamente bello y refinado, aparece en cubierta con su negro parche en la mirada, mientras con sus manos curtidas cepilla cepilla, con una escobillita de pelo de foca, su labrado ojo de caoba. "A mi fe que en cuanto deje de ver nublado, zarpamos a sotavento, escapando del bulto amarillo y su reflejo en la mar". De algún extraño modo sacó un pito de comandos del bolsillo de su chaleco silbó tres largos y uno muy breve. Al instante bajó del nido de cuervos, deslizándose por las encordaduras, el cófrade Leugim Zanchés; por las amuras aparecieron otros más. "Vamos en busca de la boca del santo" dijo Dumango y cantó el rumbo, luego pitó largo y cortante, guardo su pito, y se acercó: "¿Seca?" dijo mirando las tallas de su ojo, a las que dio un soplido. "¡Seca!" respondí y dando la vuelta me iba mientras el encajaba su ojo de caoba en la cuenca. Su mano potente me detuvo y me giró. Sentí su mirada dura y serena, y no pude más que decir: "Átame a tu cuello. Necesito esa cadena"; "Marieta verde" murmuró, y se alejó taconeando con su pierna de palo. Al medio día íbamos en bolina a nueve grados con el viento, con rumbo poniente sur poniente, mientras Dumango encaramado en medio de las encordaduras gritaba al timonel: "Tres grados más a estribor. ¡Maldito gabacho, merde d'un chien! que flamee la melena de la Santa Adelaida, y se hielen sus pezones negros". Con dificultad avanzábamos a sotavento, mientras el disco quemante se aguzaba sobre nuestros hombros. Turpin McAuliffe, el hombre que hablaba gaélico, había bajado al amanecer, por la mampara de la santa Adelaida, y no había abordado nuevamente. La rueda de castigos, para hacer confesar al culpable del robo de la discoteca se reinició después del desayuno, con paseos bajo la quilla, y cuelgas de la verga del trinquete, a lo que la tripulación se sometía no sin refunfuñar, pero de modo alguno sin la debida firmeza de ánimo. Hasta llegar a la boca del río San Lorenzo navegamos con viento de proa, día y noche, y dificultad, pero al entrar en agua dulce y poner proa al Havre Saint Pierre, fue como recibir una bienvenida y superar las barreras que se oponían. La radio, turnando al operador de remplazo, mientras el titular cumplía castigo de azotes sobre la espalda salada, transmitía horribles canciones a capela interpretadas por los propios cófrades de Samarkanda. No sé si el castigado sufría más cuando valdeaban su espalda herida con agua salada, o cuando el cófrade Jamhaz Hafin cantaba: "Libreeee coOOomOOOel SOOOOl cuandOAMAnece yo soy LIIIIbreeeee". En un momento de desesperación, cuando se le izaba por el trinquete, para colgarlo de la verga por los pies, y secarlo al sol de las tres de la tarde, no resistió y gritó desgarrado: "¡Por favor!. No más. Voy a confesar: En la biblioteca hay libros de literatura; de poesía. ¿Podrían, por favor, recitar y no cantar?. La Santa Adelaida recaló en le Havre de Saint Pierre, con su radioperador titular colgado de la verga del trinquete, y la espalda hecha pedazos, mientras en la frecuencia ciento siete punto dos un coro destemplado canta para los qubecoises: Oui, je crois, Oui, je crois... La gente del puerto parecía entender, cuando menos la intención, que era buena, aunque el ruido ofendiera sus oídos. No obstante todo ésto, nos recibió con simpatía, más aun cuando ya sabían que la Santa Adelaida navegaba los mares de la amplia libertad y la revolución general. En el muelle se juntó un comité espontáneo de recepción gentil, que tiraba flores y abrazos gritando: "¡Vive le Quebec libre! et ¡Vive tout les langues universelles!". Todos cantamos en buen y mal française cettes chansons de toujours. Entre la alegre multitud vi flamear, lo juro, aun cuando no me creen y sufrí tres rondas de castigo atada al palo de proa, y dos paseos por la quilla por jurarlo, un morral verde oliva vacío. Pensé primero que me engañaba, que no podía ser, que Turpin McAuliffe había bajado por la mampara y corrido al amarillo horizonte de las Madeleines, por la Avenida del Mar en el preciso momento en que la Santa Adelaida inflaba velas contra el viento hacia el Havre Saint Pierre, en la boca del río San Lorenzo. ¿Cómo podría estar aquí antes que nosotros?, ¿y con el morral vacío?. Mucha gente abordó y bajó de la Santa Adelaida en esa confusión de francés y castellano, mientras el radioperador subrogante intentaba encontrar en la biblioteca de la nave la literatura en castellano, las poesías y narraciones que deberían estar ahí según confesara el cófrade Satam Lúar, radioperador titular. Entre ellos aseguro que vi al hombre que hablaba gaélico, que simulaba el sonido de una gaita, apretando su nariz, mientras exhalaba un sonido agudo y melancólico, muy monótono, que sólo se interrumpía brevemente cuando con el canto de una mano se golpeaba el güergüero. Colgado al hombro derecho llevaba un morral verde y vacío. Arabelle Violette
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