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Kepa Uriberri Madame la Alcaldesse de Mar y Río, y ríoDel Diario personal del capitán Reff Dumango Cantina Chez San Leugim, Havre Saint Pierre, hermoso lugar junto a la ventana y alcaldesa de mar que clava su mirada sensual en mi boca de almirante que sonríe satisfecha, mientras el señor alcalde de boca de río y en San Lorenzo ancho infinito, hablar y hablar, parler et parler, en quebecoise et en spagnol que je n'entendes rien de rien je ne regrete rien, que la amour que j'ai eu, ne le tendrá jamás o algo así. Digo "Mais oui mais oui monsieur l'alcaldier". Malditos pechos morenos de alcaldesa que insinúan sus redondeces y yo con tanto problema y prisionero en cala de carabela sin creer jamás en su culpabilidad así es. ¡Punto digo! Bebo este vino de parra de ancestro francés y brindo: "Monseñor le alcaldé" les digo, "¡Aaaahh! sabroso y corpulento como cualquier defensor del Quebec libre y francaise parlante así es. Arcabuz en mano, vino en gaznate y bandera al tope, es el compromiso de este almirante de la revuelta y embajador de la culta cultura Samarkandí, el ofrecer este insigne barco Santa Adelaida del tipo carabela, piénsese bien, para recorrer el acuoso paso del norte de esta Américque du Nord ou le peuple (y perdone si se me ha raspado la lengua un poquito con vino de tanto cuerpo) de la France à devenu Quebequienne ¿o quebecano, quebecoise?. Lo cierto, que sin distraerse aquí se establecieron esos hombres y mujeres hermosas (miro a la alcaldesa de mar y río, y río con ella, mirándola con mi sereno ojo de palo que todo vigila) venidos de la Francia eterna y doré a establecer una cultura magnífica que acote con claridad las imposiciones imperiales, como lo hacen esos chamacos del sur también (¿Diré bien?). ¡Bueh! que hermoss alcaldess de mar hay por aquí (guiño a mi hermosa alcaldesa mi ojo de madera) y es un orgullo para mi querido alcalde que no vaya a creer en la maledicencia de este almirante que ¡jamás! ¿sabe usted, mi señor alcalde? ¿Comprende? ¡Nunca desearía una mujer prójima!... y ¡Viva el Quebec libre! ¡Totalmente libre! ¿Entiende usted señor alcade, madame la alcaldesa preciosísima?". Verdaderamente, entre preocupaciones y debilitado por los castigos soportados, no tengo conciencia clara de haber sido claro en mi fraternal discurso, ni recuerdo los sucesos siguientes. Me parece verme bailar con Madame L'Alcaldesse, Le derniere vals, enchante chante pour Mireille Mathieu y luego estoy sobra la cubierta de la Santa Adelaida viendo la verga de mesana, mientras alguien recita en francés por los altavoces. En el mastil de proa flamea la enseña del Quebec. Creo que se ha exagerado la nota, pero mi ojo de palo baila, al compás de la corriente ribereña, chocando con mis riñones, mientras mira alternativamente el muelle, la bandera de Quebec, mi pierna de caoba, el muelle, y la odalisca que se broncea desnuda, tendida en el puente de mando. Tomo el ojo de palo y lo guardo junto al reloj en el bolsillo del pecho (son las once veintitrés de cualquier horrendo lunes), cierro el otro y camino sobre los pies y las manos hasta la cabina del capitán. En el camino pienso: "Que buen cabernet, ¡que buen cabernet! Quebec, tus viñas sacrosantas dan un maldito mascable cabernet que se queda enredado en el seso y la lengua". Más no recuerdo. |
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