Kepa Uriberri
La revolución en Samarkanda


Condenado por amor y traición

Del Diario personal de la Odalisca:

Baie Comeau orilla norte Río San Lorenzo, rumoroso hacia el Atlántico de sabor acre y madrugada casi me siento culpable.

En esta sala de oficiales donde tantas veces sobre la mesa del juez, ahora, y del amor antes, lo hice con Dumango. Cómo miraba su ojo de madera mis pezones negros, cómo dibujaba mi lengua, sobre su pecho estrellas. En ella me encadenó de oro por vez primera, y hoy soy la odalisca traicionera, en esta maldita y tensa espera: Debo responder en esta mesa de amores lo que traición será. Mi testimonio si no condena, al menos no ha de liberar, pero yo sé la verdad. Nunca mujeres fuimos herramienta, para los marinos, de verdad, sino de amores sólo.

La corte interroga, mientras espero, al marino guardián de abordaje del modo que se sigue y es verdadero: "Guardián Zerreitug, para este efecto y juicio llamado Caremorsa, expláyese sobre su testimonio de fe y sinceridad, según oyó al acusado plañir colgado desde el trinquete". Dice Zerreitug (el Caremorsa), cortando la verdad en trozos, como si piezas de coctel fueran: "Dijo «¡Confieso, confieso!. ¡Por favor!». ¡Eso!". "Diga cosas" exige la corte, "expláyese más aún". Dice entonces, no tan convencido: "La radio cantaba". Reff protesta, la corte deniega. La defensa pide interrogar. "No ha lugar" según la corte. "Concentre su testimonio en la confesión" exige la acusación. La corte aprueba: "¿Acaso acusa usted, o sólo acosa al acusado?". El cófrade Zerreitug (Caremorsa): "Éste cófrade tres cero seis tres ocho ocho, Kirkegar Zerreitug acusa de confesión inversa, con los pies atados al trinquete y mar en el cielo, al cófrade radioperador primordial, según castigo de rutina y dijo: Confieso, robé desaparecí, tome ventaja y suprimí material de cultura de la muy bienamada nave madre de la flota de la revolución verdadera de Samarkanda, sin vergüenza alguna; pero ¡por favor!: ¡Callen al que canta!". "El testigo se puede retirar" dice la corte. "Protesto" dijo el defensor. "Me opongo" dijo la acusación. El escribano Leugim Zanchés se levanta, se quita los espejuelos, y los oleujepses, y exige silencio. Dice: "El señor almirante, acusación en este presente proceso dijo: «Me opongo». Para hacer fe sincera pregunto dos punto y se anote: ¿Se opone a que el testigo se retire? o ¿Se opone a que la defensa proteste? o finalmente y según verdadero afán ¿Se opone a la protesta misma, o como si se dijera a lo protestado?". Dumango saca brillo a su ojo de palo puliéndolo sobre la solapa de su traje de marino con botones de oro con anclas labradas, le lanza el aliento, y repite por tres veces. Luego se coloca, en la cuenca vacía el artilugio de caoba labrado, mira sereno al cófrade sin espejuelos y escribano oficial, precisamente con aquel ojo ahora lleno de brillos, y dice: "Sí". El escribano se pone los espejuelos y los oleujepses, para resistir la dura mirada serena de Dumango, cuya mano izquierda sostiene aun, levantado el parche negro que cubrió antes la cuenca vacía. Dice: "Entonces se anota". Zerreitug se retira nervioso. Va repitiendo en voz baja, como para si mismo, revisando talvez, su propio testimonio. Las palabras esdrújulas se le pegan, como siempre, y debe reiterarlas hasta que el acento tónico y explícito pueda pasar entre su lengua y su paladar: "el co" dice y se detiene, repite: "el cofr... có... cóf f f ra... cófrade" y continúa su revisión en voz baja y hacia el suelo de la sala de oficiales, ahora convertida en corte, donde tantas veces dibujé flores en la espalda del almirante, con una aceituna negra, mojada en menta. Finalmente se retira. La corte se levante y llama: "Se ha de presentar frente a esta digna y excelente corte, magnánima y severa, justa y necesaria, dura pero amorosa, sincera y más y más y sobre todo sincera y justa, para rendir testimonio verdadero y libre, según se requiere y precisa, la cófrade y odalisca número id punto cuatro seis seis seis tres nueve cinco tres seis guión ka guión tres cinco tres barra ve corta o uve como se conoce, punto tres barra noventa y ocho, princesa de la revolución ex favorita del tirano y amante de nuestro caudillo, con nombre a reconocer según consta en expediente y oficina seis cero dos Arabelle Violette". Hasta que no dijo Arabelle, no me sentí aludida, no era necesario. Cuando ya dijo Violette, sentí que una corriente erizaba el vello de mi espalda, hasta la base del cuello, se extendía hacía los hombros, bajaba casi dolorosamente por los brazos, sensualmente por mis pechos, y me invadía el bajo vientre, hasta dar la vuelta completa y cerrar el círculo del temor y la traición. Sin embargo, era yo.

"Puede tomar asiento en la corte", dijo la corte. Me senté en sus muslos poderosos. "En la corte" dijo con gentileza el juez, "no en los muslos del juez... sin embargo, si es su placer...". Doy fe: Había tensión en la corte. Era lo que deseaba, sin tensión no sería posible dejarme llevar de la traición que debía ejecutar. Me levanté, no sin tristeza, pues sus muslos, asaz de poderosos eran cálidos; y me senté en la silla de los testigos. Aún conservaba el adiposo calor de Zerreitug, y todas sus dudas esdrújulas, que yo disiparía con mi mirada verde, y mi voz sensual, con la rendija de la alcancía entre mis pechos turgentes, y más. "¿Tiene algún pecho que agregar?" dijo el fiscal. La corte carraspeó sorprendida. Dumango se quitó furioso el ojo de madera de palo, y golpeó la mesa con él: "¡Protesto!" dijo con furia contenida, aun cuando su ojo de madera miraba siempre sereno, pero golpeado. "Ha lugar" dijo la corte con fastidio. "El escribano borrará con el codo, la frase del fiscal". La defensa sonrió piadosa, con aire de triunfo. El escribano limpió sus espejuelos y sus oleujepses, y trazó, con regla, setenta y tres rayas negras sobre la frase: "¿Tiene algún pecho que agregar?". Cada raya le producía algún sentimiento oculto, que después reconocería, análogo a acariciar los morenos senos de esta odalisca. Superado el incidente se continúa. Vuelve el oficial de la fiscalía a preguntar: "¿Tiene algún concepto que agregar, sobre lo ya conocido en esta corte?". Alevosa respondí: "¡No!. Sólo que confesó sin presión de ningún tipo". "Puede retirarse" dice la corte. "Deseo repreguntar" dice la defensa. Me vuelvo a sentar en los poderosos muslos de la corte, y abrazando su cuello lamo el lóbulo de su oreja izquierda y le susurro: "¿Cree que sea necesario?". Siento la tensión de la corte, y todas sus dudas. "Deseo repreguntar" insiste la defensa. Dibujo una araña en los labios de la justicia, con mi lengua húmeda. "Deseo repreguntar" vuelve a decir la defensa. "¡Protesto!" dice la acusación golpeando la mesa de la corte con el ojo de caoba labrado, y estremeciéndola con su mano velluda. Desde la batalla naval del Zeravshan que no veía a mi almirante tan heroicamente frenético. "¡Protesto!" volvió a repetir. "Deseo repreguntar" insistió la defensa. "¿Será necesario?" susurré en su oído peludo. "No ha lugar" dijo la corte, encogiendo el pescuezo, como si le cosquilleara de ese lado.

Se había producido un tenso silencio en la corte, que yo era la primera en percibir. El escribano Leugim Zanchés se levantó, manejando el tiempo con soltura. Se quitó primero los oleujepses, luego los espejuelos, dejó lentamente ambos sobre la mesita del escribano, apartó la regla de tachar, dejó la pluma fuente Scheffer, con punta de oro de veinticuatro kilates, abierta, en todo caso, en el portaplumas, puso un boleto de entrada a la feria de Montreal en la esquina de la página del libro cuarto del proceso caratulado "Juicio de honor y guerra al cófrade Satam Lúar por robo de material de cultura de la noble nave insignia de la flota sincera de Samarkanda" y lo cerró con suavidad a fojas tales según avance del proceso y sumario; y preguntó: "¿Qué no ha lugar?: ¿La protesta, o la repregunta?". La corte dijo: "Éso". El cófrade escribano dijo: "Se anota". La corte dijo: "No ha lugar". El escribano dijo: "¿Qué?". La corte respondió, encogiendo el cuello, la mitad lleno de lumbre, la mitad lleno de frío: "¿Qué qué?". "¡Qué no ha lugar!" dijo exasperado el cófrade escribano. "La actitud de la testigo" dijo la corte. Yo notaba la tensión extrema en la corte. El juez encogía su pescuezo por la derecha. El escribano dijo: "Se anota". La corte dijo "Puede retirarse". No hubo repregunta ni protesta. Al volver a mi asiento la acusación me lanzó una zancadilla con su pierna de madera y me preguntó en voz baja: "¿Tú, de parte de quién estás?". "Es que me enamoro demasiado fácilmente" le dije, acariciando los vellos de su vientre. Sentí que también lo amaba, aunque no habláramos el mismo idioma, sino que el suyo fuera más septentrional y duro.

La corte llamó a declarar al acusado. "¿Cómo se declara?" interrogó la corte. "Amante de la unidad y la cultura universal sin sesgo ni soslayo" replicó el culpable. La acusación preguntó: "¿Robó el material que se le acusa?". "No" respondió. El escribano se quitó los espejuelos, y hastiado dijo: "¿Hasta cuando?". "¿Hasta cuando qué?" preguntó la corte. "Eso debía decirlo yo" dijo el escribano. "Entonces dígalo" dijo la corte. El escribano se quitó con hastío los oleujepses, que aún llevaba en el monte de la nariz y dijo: "¿No qué?". "No lo robé" dijo el acusado. "Se anota" dijo el escribano. "Falso" dijo la acusación poniéndose el ojo de palo en su cuenca vacía bajo el parche negro. "¿Otra vez?" dijo el cófrade escribano, esta vez sin quitarse los espejuelos ni los oleujepses, ni levantar siquiera la vista del escrito que con velocidad llenaba, ya a fojas fatigadas. "¿Otra vez qué?" preguntó molesta y aun tensa la corte. "La ambigüedad" dijo siempre escribiendo mientras decía, el escribano. "¿Qué es ambiguo?" preguntó la corte borrándose con dos dedos las flores que aun tenía dibujadas en la boca por esta odalisca. "¿Qué es falso?" dijo con molestia el escribano. "Que no robó lo que sí robó. ¡Eso!" dijo la acusación mirando sereno, con ojo de madera de palo al cófrade escribano. "Se anota" dijo el escribano, moviendo hastiado la cabeza. "¿Qué anota usted?" preguntó la corte, aun tensa, y mirándose los dedos con que había borrado las flores que esta odalisca había dibujado en su boca. "Que la acusación expresa que es falso lo que declara el cófrade acusado, número de identificación siete cuatro siete diez raya tres, en sentido que a la pregunta: ¿Robo el material que se le acusa? el susodicho siete cuatro siete diez raya tres, de nombre y para efectos del presente juicio llamado Satam Lúar o el acusado, respondió: No". "Se acepta. Es fe" dijo la corte. "Al menos" dijo el escribano. "Gracias a Dios" dijo el cófrade acusado. "Dios no existe" dijo la acusación. "Se anota" dijo la corte, escarbándose con un dedo el oído que esta odalisca le había dibujado con la lengua. La corte aun reflejaba tensión. "Dije falso. ¿Anotó éso?" dijo Dumango, el acusador. "Anotado" retrucó el escribano. "Pero es falso" argumentó la defensa. "Se anota" dijo el escribano. "¡Bien!" dijo el cófrade acusado. La corte golpeó su mazo de corte, por vez primera en el juicio: "¡No ha lugar!" dijo, "usted no puede anotar lo que le da su cofrádica gana. Sólo anote lo que esta corte le indica". Finalmente la corte había logrado calmar la tensión, después de borrarse los escarabajitos negros con pintas verdes que esta odalisca le había dibujado en el cuello, entonces dijo: "Puede interrogar al testigo".

La acusación miró serena, con mirada de palo al acusado, e interrogó: "¿Se declaró culpable de las alevosas sustracciones que se le imputan?". "Sí. Pero no era verdad. Hubo presión indebida" respondió el acusado. "Responda lo que se le pregunta, no agregue idioteces ni confusiones, ni que este considerando o aquél. No sea mariquita. Se declaró culpable: ¿Sí o no?". "Sí" dijo el acusado. "¿Sí qué?" preguntó el escribano mirando a la corte. "Pregúntele a él" dijo la corte, señalando al acusado. "¿Sí qué?" pregunto el cófrade escribano, mirando al acusado. "Sí. Me declaré culpable" dijo mirando el suelo el acusado, aquí llamado Satam Lúar. "¿Se declaró culpable bajo grave presión y en posición inversa, con los pies atados al trinquete?" preguntó la defensa. "Protesto" dijo la acusación. "¿Con qué motivo?" dijo la corte, ya más relajada. "Nadie lo ha autorizado a repreguntar" dijo la acusación. "Se acepta" dijo la corte. Se borra la pregunta y la respuesta. El escribano se retiró los espejuelos, los oleujepses, cerró la pluma fuente marca Scheffer, tomo nota de las fojas amarillas y dirigiéndose al acusado le dijo: "Responda la pregunta para poder borrar la respuesta, según instrucción de la corte. "Sí" dijo el acusado Satam Lúar. "Confesé bajo presión". "¡Bien!" dijo el escribano. "Se borra" añadió.

"A falta de otros testimonios esta corte ya tiene antecedentes para emitir un veredicto. Se levanta la sesión" dijo la corte. "Protesto" dijo la defensa. "No ha lugar" dijo la corte. "Pido libertad provisional" dijo la defensa. "Es una amenaza para la sociedad. ¡Me opongo!" dijo la acusación. "Ya no queda casi nada que robar" dijo la corte, y concedió la libertad provisional, mientras se daba un veredicto.

Todos bajaron a celebrar el término del juicio, incluso el acusado, y cantaron viejas canciones de la revolución, y bebieron para ir al cielo, y reforzaron sus lazos radicales.

Yo estuve ahí, y siento la conciencia pesada, pero es que amo al hombre que habla gaélico, que ha saqueado nuestra cultura. Me pregunto: ¿Qué vale más?. Y me respondo: "¡No ha lugar! Se anota".

En Baie Comeau a sol verde de primavera pleno y tostado.

Es fe según diario de la Odalisca Arabelle Violette.

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