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Kepa Uriberri La argentinaDe la bitácora del capitán de navío de la Santa Adelaida: Santa Adelaida sita en muelle tres, Baie Comeau a pleno sol de mes de Julio septentrional, en el Quebec de gules y lises en cuadrantes. Según instrucción precisa de oficina seis cero dos, y cumplido sumario de juicio por culpa y robo de valioso material de cultura de nave insignia, y vista libertad provisional del susodicho acusado, la tripulación testigo y corte desciende con instrucción de tres o diez días ya de reponer material. Este almirante, provisto de ojo de palo para buscar, y odalisca acompañante, bajan a recorrer avenidas y callejuelas en busca de librerías y discotecas. Diario personal del almirante: Boulevard La Fleche, paralelo al curso del río, secretaria personal Arabelle Violette y este almirante recorremos en sentido de la corriente el comercio, a paso femenino. Nos hemos probado, atados por el cuello con la cadenilla de oro de rigor, pañuelos, sombreros blusas, bikinis con o sin peto, pantalones con y sin pretina. La odalisca oficial de la Santa Adelaida casi ya habla francés: "Comment je me vois?. Eihn?. Qu'est-ce que tu crois? rouge ou vert?. Mais laisse moi choisir". La tarde ha pasado rápida, y el maldito sol se mete al fondo del río, mientras este almirante sólo ha logrado comprar "Eugene Grandet" de Balzac, antes de ser estrangulado por los tirones de la cófrade odalisca, a la cadenita de oro que nos une. Pregunto a una joven de caderas llamativas, que atiende a nuestra odalisca, donde habrá disquerías con música latina. Me responde en mal castellano que busque la "Disquerie des Argentines" en el Boulevard Joliet. Tironeo con dulzura a nuestra odalisca que se ha gastado la paga de toda la travesía, y lleva siete paquetes, cuatro cajas y me ha cargado con tres más a mí mismo; para alcanzar a llegar al Joliet antes que sea el toque de queda de la Santa Adelaida. "¡No seas bruto!" dice, y termina de probarse un pantalón a la cadera. Tarde ya, y corriendo para no perder horario de comercio, Baie Comeau. Este almirante y su odalisca personal caminan, este almirante a paso largo, odalisca personal a trastabillones, parando en cada escaparate. Este almirante logra entrar a la Disquerie des Argentines en el Boulevard Joliet, justo antes de inminente cierre. Los argentinos sólo tienen tango. Se reconoce dos puntos: Este almirante ama el tango. Almirante y argentinos cantamos juntos y corresponde: Eran cinco hermanos, ella era una santa, Gracias a la odalisca personal, tres minutos este almirante compra: Se repone material del navío, a saber un disco compacto con música de Gardel y Lepera. Del diario personal del almirante: Al menos hemos comprado veinte paquetes de ropa y adornos para la odalisca, un libro de Balzac, y un disco de tangos. Vamos a la deriva en las calles ya a oscuras, en los rincones últimos de la bahía en el río. Dice letrero que veo atado a un poste: "Rue de la Falaise". Almirante con sed, odalisca con dolor de pies, pequeña cantina con mesitas a la calle. Este almirante se sienta, la odalisca pide una menta con aceituna negra, a mi me traen un vino tinto de California, ciertamente ácido. Ella habla de su compra, este Dumango canta: Un clarín se oye, peligra la patria Ya todo ha pasado, renace la calma Una mujer se acerca, pide permiso y se sienta: "¿Sos argentino?". "Somos revolucionarios de Samarkanda" digo. "Pero cantás a Gardel". "¡Ah! el tango, el tango", digo, "ya es universalmente argentino". La mujer cuenta: Es argentina, hace años vivía en el norte de Holanda: "Den Helder", dijo, y llorando por ti Argentina, hasta que comenzó poco a poco a volver. Primero sólo con el pensamiento, luego con la mirada siempre al sur, mas tarde hablando castellano en el metro, en el supermercado, "aunque nadie me entendía", luego dio dos pasos, y despertó un día en el Cabo Dursey, al sur de Irlanda, bebiendo agua del Atlántico. "Nunca supe como di el salto, si en sueños o por el deseo me encontré en Terranova, como si América fuera un imán eterno que me tirara como una brizna de hierro. Desde entonces camino por la costa, y la orilla del San Lorenzo cantando". Le regalo este tango: Mi Buenos Aires querido, El farolito de la calle en que nací "Hoy" dijo, "estoy de cumpleaños, y la vida me regala este encuentro con mi tango". Entonces se acerca el hombre del bar, con tres vasos servidos de vino Calvet blanco, de Córdova, dulce. "¡Feliz cumpleaños!" dijo y agregó: "Con este vino te festejo para que vivas muchos años y seas para siempre muy feliz". Celebramos y ella siguió su camino rumbo al sur, de cumpleaños. Le deseo que esté cuanto antes en su Buenos Aires querido. Arabelle Violette, por su parte, miraba al norponiente, hacia el fondo de la cantina. No lo había visto hasta ahora. Ella no había festejado. Sus ojos de sueño estában fijos en los hombres que hablaban allá casi en la penumbra de la última mesa. AL volver vi en esa dirección: Estaba el maldito hombre que habla gaélico, que ya casi odio por tanta presencia. Hablaba, siempre cuidando de su alrededor, con un hombre de aspecto avieso, al que mostraba el contenido de su mochila verde oliva. Por el ojo de palo percibí que hablaban en el idioma del imperio. El hombre que hablaba gaélico conocía la lengua del imperio. El hombre de mirada aviesa vació el contenido de la mochila en un bolso negro, y entregó dólares del imperio al hombre que hablaba gaélico. "¿Que vende ese cófrade de la Santa Adelaida?" dije, para mí mismo. Arabelle Violette, ruborizándose, respondió mi pregunta: "¿Cómo habría yo de saberlo?". Luego volvimos a paso rápido a la Santa Adelaida. Ella miraba siempre hacia la izquierda, evitando mi mirada serena de madera de palo. |
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