Kepa Uriberri
La revolución en Samarkanda


De una carabela y como se hizo de un nuevo mascarón de proa

Oficina seiscientos dos, a mitad de estas brumas y amenazas de lluvias, con cartel luminoso al fondo, y luces de plomo en la tarde fría;

Estimado Reff y muy Almirante nuestro dos puntos te digo que ha llegado primero la noticia que entristece y aploma el cielo, que tu informe maldito flojo de mar tres veinticinco Megdunchien!.

Canelo Temuco Perejil digo que respondas y des informe dos puntos

¿Acaso ha sido condenado aún cuando se advirtió nunca políticamente certero, mar y cielos cuajarones y desprestigio Salmón cuatro ocho seis equis pe? ¿Piensas acaso ser despedido, pulpo veinte ibeme cincuenta cepeú treinta y cuatro con disco rígido fernando tres?

Se exige reporte nueve formulario tomillo y romero punto. ¡Con cuesco!.

No se sigue pues es demasiado retraso, informe caso de corte contra Satam Lúar cófrade fundador y voz que acaricia. Punto y espero cornichones y cebollines.

Gran caudillo y sereno mirar desde seis cero dos cielos crespos y se anuncia tormenta;
Caudillo de la Revolución
Central y General
Almirantazgo

- * -

Santa Adelaida, despejado y caluroso de Baie Comeau tiene en sus callecitas sinuosas mascarón de proa con figura de la Santa Adelaida, según informe de esta agencia de prensa. Por: Fleur Marie Bleuatre.

Titular dos puntos: Robado Mascarón de Proa de Carabela Insignia Santa Adelaida de la revolución de Samarkanda.

Bajada de Título como se dice: Se teme grave incidente internacional.

Artículo dice dos puntos: Hoy en el curso de la mañana despejada y calurosa, mientras la tripulación asistía al veredicto de la corte de honor al conocido locutor Satam Lúar, que retornó a Samarkanda como uno de los heroicos marinos que iniciaron la revolución, fue sustraída la imagen de Santa Adelaida de los pechos negros y los ojos moros del mascarón de proa de la carabela de mismo hermoso nombre, y amada y amada además de respetada y respetada en el mundo entero, por su sincera misión revolucionaria y legendaria.

Al momento del lamentable robo, o sustracción con maldad y ventaja, la Santa Adelaida apuntaba con sus pezones de duro palo a la Alcaldía de Mar de Baie Comeau, por lo que las autoridades Quebecoises, después de haber festejado la entrada y común destino de la ya dicha carabela y su tripulación en Le Havre Saint Pierre, temen mala interpretación y conflicto diplomático. Fuentes, por lo general bien informadas, dijeron que una vez sabido el incidente, la Alcaldesse de la mer et ribiere de L'Havre Saint Pierre, habría viajado de urgencia a Baie Comeau a manifestar su solidaridad, amistad, y preocupación al almirante Reff Dumango de la revolucionaria carabela. Algunas fuentes, casi siempre indesmentibles dijeron que no. La señora Alcaldesse habría sido sorprendida entrando casi secretamente por la mampara de la Avenida del Mar sin número, en visita personal y furtiva al hermoso Dumango, caudillo y navegante, con el que sostendría un romance.

Esta journaliste tuvo oportunidad de entrevistar, en este sentido al apuesto capitán, que sorprendí a la salida de la Santa Adelaida por la Avenue du Mer. Vestía su perfecta chaqueta de marino de color azul con botones dorados y anclas labradas. Su amplio pecho lucía seis condecoraciones de la Sincera Marina de Guerra de Samarkanda, y en los cuadrados hombros pesaban las chorreantes charreteras de siete estrellas. Cuando le abordé, me miró con tanta serenidad con su ojo de fina madera de caoba labrada, que quise lanzarme a su cuello y besar esos labios que sonreían maliciosos, y producen tantas ansias escondidas, pero me contuve. Sólo dije, como si él fuera cualquier otro marino de la revolución:

- ¿Sabe usted a qué hora sale el almirante Dumango?.
Intentó evadirse, y dijo que el Almirante no saldría: "Tiene, al parecer, un almuerzo de gala en el Salón Rojo de la nave" y sonriendo malicioso, de modo que el corazón me saltaba en el pecho, y el lápiz de mina blanda, Faber Castel HB, me tiritaba entre los dedos; siguió caminando hacia el Boulevard Manicougan, pero la mala suerte estaba delante de él. Al pisar la ribera del río, por confundirme con su mirada de palo, no vio la caca de perro en la vereda, en la que el taco de su pata de fina madera de caoba labrada fue a embadurnarse. Sólo sintió el resbalón y dijo: "Merde d'un chien!" traicionándose.
- ¡Aha! - lancé a mi vez -, ya sabía yo que usted era el mismísimo Reff Dumango. ¡Nadie más usaría esa expresión!.
Mientras se sentaba a limpiar su pata embadurnada, en el pasto de la vereda, y con hojas de los castaños, sentado en un banquito de madera, me concedió la entrevista que deseaba.

-Dígame señor Dumango: ¿Es efectivo que recibió la visita de la Alcaldesa de mar y río de L'Havre Saint Pierre?
- Esa pregunta, es demasiado capciosa: No debería responderla.
- Sin embargo: ¿Desea hacerlo?.
- Preferiría no responder.
- Sin embargo lo hará.
- Ni por ser usted, que me embruja con ojos incluso verdes.
- Entonces niega haberla visto oficial, o extraoficialmente.
- Nada niego, nada afirmo. Sólo no me mire de ese modo , cuando habla con esa voz.
- ¿Estuvo Madame la Alcaldesse en la Santa Adelaida expresando su sentimiento por el robo de su mascarón de proa?. Supongo que no se atreverá a negarlo.
- Me ha arrinconado - dijo limpiando la fina filigrana de la pata de palo con el tallito de una hoja de castaño seca - debo reconocer que el mascarón de proa, con la bella imagen de la Santa Adelaida de palo no fue robado.
- No comprendo. Alguien sustrajo el mascarón de la Santa de pezones negros y cabellos al viento.
- En efecto, es así. Alguien hubo de hacerlo.
- Eso es un robo, o no lo califica de ese modo.
- No en este caso - dijo, mientras raspaba el taco sobre el pasto, y maldecía al perro que lo había ensuciado -. Le explicaré los sucesos: Terminábamos de condenar al cófrade Satam Lúar, y la sala de la corte ya tomaba su forma natural de sala de oficiales, cuando apareció el guardián de abordaje de proa, el cófrade Caremorsa, dando voces de alarma. Decía que habían robado el mascarón de proa con la imagen de la Santa Adelaida. Toda la corte que ya no lo era, y los testigos que habían dejado de serlo, y el defensor que ya no era, y los condenados que condenados estaban, y el público que había querido presenciar el juicio, que ya no era público que presenciara juicio alguno, sino sólo gente de la tripulación de nuestra carabela insignia, supuestamente despojada de su mayor símbolo como es el mascarón de proa con sus pechos morenos y sus ojos verdes, su pelo rojo, y sus caderas desnudas, y también y talvez por último, este almirante mismo que ya no era acusador de nada, sino sólo el oficial de la revolución que usted sagazmente descubre ahora como tal, salimos a cubierta, y pudimos ver deslumbrados cómo el sol de medio día era de plata pulida, y el cielo azul de aguada, como acuarela de Adolfo Couve, y los brillos del agua eran zafiros y reflejaban como castigo los mástiles de las embarcaciones, colgados inversos de inversos cascos, sumergidos en el agua de lento curso y sabor dulce. Por la Avenida del mar daba brincos, tocando su falsa gaita de nariz y cogote, el cófrade Turpin McAuliffe, que ya alcanzaba este Boulevard Manicougan, donde ahora me encuentro embrujado por esos ojos brillantes y esos labios que tantas preguntas capciosas y escudriñadoras habrán pronunciado admirablemente. Mi ex amada odalisca, que hoy desdeña mis cadenillas de plata y oro, pues sus ojos cayeron sobre un morral verde aventura, cuyo aprovechado propietario le susurró palabras locas en un idioma desconocido, y le enseñó a leer sus labios para comprenderse; corrió tras esa gaita falsa que se alejaba por la avenida que tangencia nuestra banda de estribor, saltando por la borda, sobre la tronera de geranios rojos, uno de los cuales llevaba sobre su oreja aquél que habla gaélico. No obstante el dolor que comprimía mi corazón, por demás frágil, sólo la miré correr tras cualquier aventura, y permanecí en el puesto que mi deber exigía. Corrí hacia el bauprés, y miré bajo el espolón, donde estuvo, siempre guiándonos la dama santa, con sus caderas desnudas y su mirada verde, aquella dama de palo que deslizó la línea del ecuador entre sus negros pezones, en el momento mismo que decidí amar a la odalisca de ligero corazón. En efecto, ella ya no estaba ahí. Pero el lugar del mascarón de proa en modo alguno estaba vacío, sino todo lo contrario. Había ahí, una dama coronada de luces de francia, de color verde, y gesto severo. Vestida de túnicas, con su diestra desnuda y elevada al cielo, triunfante, con la luz de la verdad sujeta en ella dentro de una antorcha imperecedera, mientras en la siniestra tiene el escrito que contiene la declaración de todas las libertades universales. Sus ojos están vacíos: Nada ven, no es necesario. Así es como vimos, todos con horror, que nuestra Santa Adelaida había sido cambiada por la Marieta Verde: Quien la ame, estará muerto. Nuestro mascarón, en rigor, no había sido robado, sino sustituido por el máximo símbolo del engaño regalado por la Francia al imperio, para ser vejado por sus gobernantes.

No pude seguir preguntando. Ya estaba enamorada de este hombre y su serena mirada de madera de palo, y su pierna de caoba, unatada en caca de perro.

Comentarios Volver