Kepa Uriberri
La revolución en Samarkanda


La luz del entendimiento, la verdad, y todas las libertades

Del diario personal del capitán

Medio día de contracorrientes a sotavento digo:

La corriente baja y el viento casi la sigue, cuatro marinos tiran la bolina intentando cazar sus retazos, y no lo consiguen. Me sacudo las hormigas de los brazos y mi único consuelo es pensar que ahogadas y muertas estas malditas, la carabela quedará libre de ellas, mientras no recalemos en otro lugar. Si hay alguna bicha que odio, es la hormiga que me recuerda la resaca que no es de la mar.

Cuando el sol ya casi no nos da en la cara, nos alcanzan las sirenas de una lancha, llena de señas y cálidas sonrisas. Cuando se hubo puesto al pairo, las sonrisas y sirenas, las señas y llamadas se convierten en Fleur Marie Bleuatre, con pantanloncitos cortos, chaquetita marinera, de dorados botoncitos con anclas, y gorrita francesa de mar. "Ah! Mon ami l'amiral" dice sujetándose la gorrita con una mano llena de libreta y lápices, "Est-ce que vous voulez partir sans moi?". "¿Acaso podría?" le contesto sonriendo con serena mirada de palo, mientras la ayudo a abordar. Tres negras hormigas pasan de mi mano a la suya, la sacude con asco sobre el río: "Ah maladroits bestioles!". Su gesto tan encantador me impulsa a besar su boquita llena de brillos modernos. Digo: ¡Qué lástima! en el último minuto parece pensarlo, y evita por poco el gesto, poniendo la comisura de suave bigotín y la mejilla. "Malheureux de moi j'ai bien manqué de nouveau!" le digo con esa tristeza falsa que tanto gusta a las mujeres, entonces me besa los labios con cierto aire maternal.

Por fin me doy cuenta que el sol es tibio, a pesar de las hormigas, a pesar de la fría poesía que transmite la ciento dos punto tres, a pesar a pesar a pesar que la barca no avanza, la Marieta verde no es la Santa Adelaida, la odalisca huyó, y a pesar de la caca de perro y los dientes de pez incrustados en mi pata de palo.

Apuntes para un despacho de Prensa.

Fleur Marie Bleuatre, corresponsal. Le P'tit Journal de Quebec. Cubierta de besos de la Santa Adelaida, por su hermoso Amiral.

Cerca del medio día avistamos la carabela insignia de Samarkanda que casi huye de Baie Comeau, después del escándalo del robo de su mascarón de proa, y el affaire de Madame l'alcaldesse de mer et riviere, que fue fotografiada luciendo su hermosa piel amarilla y su pubis castaño, al salir del río, escapada de una nuit d'amour passionnelle avec l'amiral. Su vientre guatea suavemente navegando dificultoso a contracorriente hacia sotavento. Solicito permiso de abordar y continuar el viaje con la tripulación. Se concede, y subo a cubierta ayudada por el almirante, cuyos brazos están siempre llenos de hormigas.

- ¡Bestias malditas! - digo mientras se las sacudo. Mi gesto de amistad confunde al marinero, y quiere besarme. No sé por qué lo evito.
- ¡Megde du même megde! - dice con su acento tan extraño y encantador - j'ai failli de nouveau.
El calorcito que siento en el pecho y el vientre, al ver su mirada de madera triste, me obliga a besarlo. Ya estoy a bordo: Es bueno.

Lenta, a contracorriente, con viento de proa, la carabela Santa Adelaida progresa por el San Lorenzo, tragando paisajes, difundiendo su disminuido mensaje. En estos muchos y muchos días que aburren hemos dejado atrás Matane y Rimouski. En este último se nos perdieron en el Mercado Persa de la Avenue de la Cathedrale et la Rue Trépanier, la Medallita de Lourdes que se colgaba del brazo de Satam Lúar, y reían, y reían, consultando antiguas revistas en castellano que yo no entendía. Compraron, antes de perderse, varios vinilos de Gatica, Prieto, Negrete, y Tito Schippa cantando Mariabonita, que no nos dejaba tranquilos camino de Quebec, cabeceando la barca sobre la corriente del río.

Acuérdate de Acapulco, de aquellas noches
María bonita, María del alma
Acuérdate que en la playa, con tus manitas,
las estrellitas las enjuagabas
tu cuerpo del mar juguete, nave al garete
venían las olas lo columpiaban
y mientras yo te miraba,
lo digo con sentimiento,
mi pensamiento me traicionaba.

Ésto transmitía la ciento dos punto tres, mientras Satam Lúar y Medallita de Lourdes se miraban a los ojos, riendo y dándose pequeños manotacitos, que hacían saltarse al vinilo, esta antigua canción que los motivaba.

El almirante y yo, mientras ellos se escapaban en los mercadillos de usados y antigüedades, tomados de las manos, y ojeando discos, vinilos, revistas, y libros, para cumplir su condena; mirábamos mascarones de proa en la ilusión de encontrar la Santa Adelaida robada, o su rastro. A bordo sólo sol. Sentarse en sillas de lona a dormir los cabeceos de la carabela, mientras las hormigas trepan por nuestros pies, y se comen el barniz de las uñas con sabor a banana y guayaba, o caen borrachas en el ron sauer del almirante. Cansado de su presencia, Dumango las mira, rencoroso, y las parte en dos con las uñas, pero siguen llegando.

- Hay que descubrir donde tienen el hoyo - dice desesperado.
- Mais mon Amiral, donde han de tener el hoyo: Donde todos lo tienen.
- No ese. Ése es demasiado pequeño. Les busco la cuevita donde se refugian. ¿Entendez vous?
- Oh! mais oui.

Dumango mezcla ron fuerte con azúcar, y lo pone al centro de la cubierta de proa, para que las bestioles formen una caravana, y encontrar su refugio. Nos sentamos a mirar el cebo en nuestras sillas de lona. Él con un ron sauer doble y bocadillos de queso, yo depilando mis canillas, y las cejas sobre la base de la nariz. La ciento dos punto tres alterna un tango de Gardel y Lepera, y una ranchera de Jorge Negrete.

Por la lejana montaña
va cabalgando un jinete
vaga solito en el mundo,
y va deseando la muerte.

El sol tibio, los bocadillos, el ron con su aceituna negra, mi vino chardonay blanc, la música melancólica nos va llevando en sueño. Sueño que las hormigas negras, malditas bichas, se comen el vello de mis canillas mientras borrachas beben, cantando a grito pelado, y comen ron con azúcar.

Qué bonitos ojos tiene
debajo de esas dos cejas,
debajo de esas dos cejas,
que bonitos ojos tienes.
Ellos me quieren mirar,
pero si tú no los dejas,
pero si tú no los dejas
ni siquiera parpadear.
Malagueña salerosa.

En la "malagueeeeeeeeeee...ña salerosa", con esa "e" laaaarga, me despierto con una bicha que se quiere comer mi entrecejo. La aplasto de un manotazo, y aun casi dormida miro el monte de azúcar y ron que Dumango hizo al centro de la cubierta: Ya no está, ya no hay caravana. Sólo hay más hormigas borrachas, muchas hormigas borrachas deambulando por cubierta, desordenadamente, sin concierto alguno.

- Amiral, Amiral, reveillez vous: Les bestioles se han comido el azúcar y están borrachas -. Dumango se restriega el ojo de palo, y se sacude los brazos, llenos de bichas negras, y golpea el suelo con su pierna de fina madera de palo de caoba. De las hendijas del labrado caen más hormigas, que patalean bocarriba, y poniéndose en pie huyen a tropezones, bajo el efecto cierto del alcohol.
- ¡Megde de la megde de bestioles!. ¡Por el dulce de mango del tridente de Neptuno! ¿Quien crestas se comió el cebo de las hormigas?.
- Mais mon Amiral, las hormigas: ¿No las ve borrachas cantando la Malagueña?
- Et bien, nadie puede dormir siesta en estas condiciones - dice y se levanta a investigar la rutina de los bichos negros, que nos vuelven locos. La ciento dos punto tres termina de sonar la malagueña, y por los altavoces se oye a la Medallita de Lourdes:

- ¡No! ¡No! - dice - Ya, pues, no sea cargoso le digo. ¿Que no ve que terminó la canción? - se oyen risitas y grititos, y un rayón de vinilo -. ¿Ve lo que hizo? - dice la Medallita, y enseguida empieza:

Vieeee crack-juit barrio,
que tenés el crack-juit ma inquieta
de un gorrión crack-juit mental

juuuit-crac-crac-crac al evocarte
se me pianta un lagrimón crack-juit
pedrado es un beso prolongado
que te crack-juit aaaa mi corazooon...

jjjjjjjjuuuuuuuit craccraccrac lodía
de arrabal crac rrabal crac rrabal crac rrabal
crac rrabal crac rrabal crac rrabal...

Se interrumpe la canción y otra vez se oye la voz chinchosa de Medallita de Lourdes: "¿Ve lo que hizo? Se rayó".

Mi almirante aparece subiendo desde la cala, con un tarro lleno de miel. Le agrega un poquito de ron y me dice: "Vienen del lado del bauprés", y se encamina hacia allá a poner un nuevo cebo. Esta vez se queda vigilando, hasta que la oscuridad lo obliga a darse por vencido. Dejamos, entonces, el tarro de miel con ron, y nos vamos a dormir.

Al amanecer subo a cubierta, y encuentro a Dumango matando hormigas con el taco de la pata de palo. "¿Y?" pregunto. "En algún barquinazo el cebo rodó hasta popa, después que las estúpidas se comieron la mitad, y siguen borrachas festejando en cubierta". Las hormigas se comieron tres kilos de azúcar, cuatro tarros de miel, dos tripas de pate fois gras, tres botellas de ron, una de menta que dejó Arabelle Violette, antes de fugarse con el hombre que hablaba gaélico, se comieron los chocolatitos con licor que Satam Lúar solía dar en la boquita a la Medallita de Lourdes, sacaron de quicio al capitán, se comieron los cables de la radio, todo en modo tan eficiente que fue imposible saber donde se escondían. Sólo había sospechas que venían de las cercanías del bauprés, pues ahí se solía perder el rastro. Reff se pasaba el día siguiéndolas por toda la cubierta, como si fuera una misión de guerra. La tripulación había comenzado a inquietarse, y casi toda la cofradía murmuraba. Yo me sentía frustrada; no había venido a ver un desquiciado persiguiendo hormigas, quería ver a un gran revolucionario, hermoso y galante como siempre había sido mostrado. Creo que si alguna vez me sentí enamorada de él, al verlo combatir la caca de perro tuve dudas, y ahora estaba a punto de arrepentirme de este reportaje. Un caudillo de la revolución, defensor del idioma, de la cultura, almirante de la más famosa nave de mar oceánica, que vemos siempre sobre un pedestal de fama y carisma, que está ahora de guata en el suelo mirando por donde se cuelan las negras hormigas a la cubierta, y planificando como derrotarlas con un tarro de miel con ron, así como planeó la batalla de Samarkanda, la campaña de la Manchuria, y atravesó el Asia entera y los mares de China y más, enfrentando tormentas e inclemencias; planifica ahora una trampa para hormigas. No se si enamorarme definitivamente de este hombre tan diverso, o renunciar a todo, y lanzarme al río San Lorenzo en busca de una orilla segura.

Distraída en estos pensamientos, le he quitado la vista de encima, cuando bajo de mis divagaciones a la cubierta de proa, no lo veo tirado en el suelo en el vértice del nacimieto del bauprés donde lo dejé al evadirme hacia mis cavilaciones. Tomo mi vino frío chardonay de Santa Eulalia, en copa de cuello alto y voy a la punta de proa a buscarlo. Lo encuentro haciendo equilibrios en el bauprés, y atando con un cabo, el frasco de miel con ron, al espolón de la nave.

- ¿Qué pretende ahí, mon Amiral?
- ¡Nada! nada, solo atraer a las hormigas hacia acá para que dejen tranquila la cubierta. No las quiero en mi leche del desayuno, en mi pan con mermelada de damascos, subiendo por mis brazos o mordiendo mi pierna de caoba. Pretendo vigilarlas hasta verles la cueva, entonces serán mías, estarán vencidas.

Esa noche durmió junto al bauprés. Cada hora un pregón cantaba por la ciento dos punto tres despertándolo: "Ave María purísima, las tres han dado y sereno". A cada pregón se levantaba a ver el estado de la trampa y respondía: "Sin pecado concebida y sin novedad en el frente". A las cuatro de la madrugada comenzó a nublarse: "Ave María purísima, las cuatro han dado y nublado". Dumango, con los ojos pegados, y su mirada de palo van a vigilar el bauprés: "Sin pecado concebida y hay hormigas borrachas en la miel". A las cinco el viento ha cambiado a nuestro favor inflando velas: "Ave María purísima, las cinco han dado y llovizna". Dumango sueña que se levanta lleno de hormigas en el cuerpo, mientras la caravana devora con rapidez la miel del frasco, y celebra fiestas de borrachines, con cantos y bailes: "Sin pecado concebida y durmiendo las vigilo". A las cinco cuarenta y siete despertó sobresaltado sintiendo hormigas en los brazos. Los tenía aplastados bajo el cuerpo. Por el bauprés circulaba una gruesa caravana de bichas que bajaban por la cuerda y entraban a beber ron al frasco de miel. Muchas flotaban en la mezcla viscosa. Al llegar a la amura la caravana bajaba por el nervio de madera y se metía detrás de la Marieta verde, penetrando por su espinazo hasta la médula de la libertad. En ese momento cantó el pregón: "Ave María purísima, las seis han dado y fuerte viento del noreste". La Santa Adelaida estaba tragando río como nunca. Dumango sacó el pito del bolsillo y silbó largo y continuo: "Sin pecado concebida, y saquen esta maldita y falsa mujer de palo verde de mi proa".

Cuatro marinos, cófrades dedicados, colgados de las amuras y el bauprés desencajaron el verde mascarón, y lo subieron a cubierta. Dumango, tan fuerte, tan grande, tan sereno; parecía un niño de mirada traviesa con la luz del entendimiento verde, la antorcha verde de la verdad, y el papiro verde de la libertad, a sus pies. Le dio un golpecito suave, sólo para estremecerla, con el taco de la pata de palo con que había pisado caca de perro. Del interior de la Marieta verde escaparon, de inmediato, despavoridas, decenas de bestioles noirs que buscaron rumbo sobre la cubierta de proa, desorientadas talvez por la luz verdadera, talvez por el estrépito de la caída, quizás por el exceso de alcohol y miel. "Un cuchillo" pidió mon Amiral, con voz profunda y tranquila. Cuando le pusieron uno en la diestra, se inclinó sobre la dama verde, y de un feroz golpe la acuchilló en el pecho. Sus verdes carnes de madera crujieron horriblemente, y resintiendo la violenta punzada sucumbió en trozos desbaratando la imagen de la verdad, de la luz del pensamiento de la Francia, y de las libertades de los hombres. De sus intestinos de madera saltaron miles de bichos negros, muchos de los cuales cargaban gusanillos blancos, muy a su pesar, y escapaban en todas las direcciones de la rosa de los vientos sin ningún concierto. Muchos gusanos pequeños y rubios casi traslúcidos, acostumbrados a la inmovilidad y al parasitismo se debatían vibrando entre las verdes carnes de palo, abandonados de las bestioles: La gran imagen creada en la Francia, y obsequiada y apropiada por el imperio, yacía ahí partida mostrándose podrida y agusanada por dentro. El almirante y caudillo de la revolución de Samarkanda había ganado su batalla contra las hormigas.

"Ave María purísima, las siete han dado y lloviendo" cantó el pregón.

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