Kepa Uriberri Le Saint Amour et Notre Dame des VictoiresInforme del Almirante, lleno de hormigas y barriendo huevecillos y larvas. A ti oficina seiscientos dos, y ponme mucha atención que habrá gente que se reirá de este almirante anciano y mañoso de chaqueta amarilla oro. Dormí en la cubierta sobre el castillo de proa, mojado y cansado según se ve. "Te amo por niño" me dijo una periodista en francés, mientras me comportaba como un viejo lobo de mar que no conoce ni soporta hormigas. Insidia y maledicencia escondidas tras un mascarón falso de falsa libertad de falsa luz verde de verde entendimiento de la Francia, de verdes y falsos manifiestos de las libertades de los hombres forjadas en los verdes campos de Francia, por su verde revolución que amparó imperios y nuevos órdenes, luz y ciudades torres de duro metal y regalos de alegorías a los nuevos imperios modernos, que hoy nos combaten y anulan la lengua de Cervantes que no hizo otra cosa que soñar y soñar en el diálogo del ideal y la vida verdadera, como la única forma verde, verde verdadero verde del hombre entero. Te digo faro de luz de nuestra revolución que aquella Marieta verde contenía la agusanada libertad húmeda del imperio y no otra cosa. De ella salían bichas y bichas que comían nuestro dulce y llenaban la noble madera de nuestra carabela insignia de carcoma y caca de gusano amarillo y vibrátil. Hemos dado la batalla en lo grande y hoy en lo pequeño y se obtiene victoria en aquello y esto y la gloria es menos pero el alma es serena. "Te haría rizos en el pecho, y flotaría en las aguas azules de tu mirada serena" se me ha dicho, pero sigo estoico, incluso en francés. Hemos ganado viento y lluvia desde el noreste y la carabela libre de bestioles baja en el mapa, sube en el rio, y entra limpia y airosa en el viejo Quebec, llenando el camino largo en menos tiempo que el corto sin viento. La carabela atraca en el Quai de Saint André, en el viejo enclave francés, cerca del Parque de la Artillería, cerca del Parque del campo de batallas cerca de los lugares desde donde se vio, en estas aguas mismas, sucumbir la defensa de las colonias americanas de la Francia que debió cederlas desde estos miradores que veo, al poder del imperio que no habla sino en el apretado lenguaje del poder escueto, ese que hoy deriva universal por decreto y estándar de facto Amén. Aquí y con orgullo, la carabela de la revolución sincera posa su vientre en las aguas que vieron en los sesenta el comienzo de aquella revolución tranquila que tambien era otra revolución de la cultura rebelde a hegemonía ninguna ninguna y ninguna. A ti que desde tu seiscientos dos miras alto y sereno, gris y de invierno, desde este verano con lluvia y viento que nos trae al Quai de Saint André te saludo en puerto seguro, sin mascarón ni insignia, algo derrotado y no vencido, aun oliendo caca de perro, pero alegre y dispuesto. Apuntes para un reportaje y crónica, de esta journalista que ya quisiera ser cófrade de revolución sincera. Tuve que decirle que lo amaba. No sé por qué lo hice si era cierto. Amo, también, este muelle viejo del que se derraman las viejas calles del Quebec viejo, al que me trae más el anhelo que la noticia. Estoy preparando mi carta de solicitud para enrolarme en la cofradía. Pregunto a la bibliotecaria Medallita como hacer para ésto. "Servicios distinguidos, y mucha dedicación" dice solamente, dando manotacitos al locutor, e invitándolo a misa de doce: "Es fiesta de guardar" le dice y se trenzan en una discusión sin fin sobre la razones de guardar o no una fiesta y donde. Finalmente, vencida, Medallita de Lourdes implora mi ayuda. La mejor, la más cercana, la que tiene la mejor música de órgano es Notre Dame des Victoires, en la plaza del Palace Royale. Está construida sobre los vestigios del Quebec primitivo, sobre los edificios fundacionales de Champlain, el fundador de la ciudad. Mientras la tripulación busca bares y cantinas para beber cerveza y sidra de Quebec, el almirante, Satam Lúar, y Medallita de Lourdes, me siguen rumbo a la catedral de Notre Dame des Victoires, donde dejaremos a los operadores de la ciento dos punto tres en misa de doce, por la fiesta de guardar. Satam reclama. Dumango se separó del grupo, e ingresó en la iglesia vacía, hasta quedar frente al arzobispo, en la alfombra roja, al pie del altar. Hincó su rodilla de palo, y sintió el aroma típico del orín de perro: "Alabado sea Dios" dijo, interrumpiendo la emocionada prédica del arzobispo, pero alegrando su espíritu no escuchado. Sorpresivamente el arzobispo interrumpió su parlamento y elevando sus velludas manos al cielo, y mostrando sin vergüenza alguna su chaleco rudo, su camisa negra arzobispal, de bordes púrpuras ya raídos, y su sucia camiseta de algodón de mangas largas dijo: "Benedicat vos omnipotent Deis in nomini patri et filis et espiritu sanctis amen. Que dios camine siempre delante tuyo para iluminar tu camino". Dumango respondió "Amen", "y detrás tuyo para guardarte del peligro" continuó. También respondió "Amen", "y a tu diestra para que tus acciones sean nobles" siguió, "Amen" volvió a responder, y a tu siniestra para que tus pensamientos estén en los de Dios y los de Él en los tuyos", "Amen" contestó. Entonces Dumango ensayó un gesto casi circular en torno a su fisionomía, pues se sentía católico, y lo besó al final, en la yema de su pulgar, mientras giraba para retirarse, pensando en el origen del olor a orín de perro. El arzobispo lo detuvo con voz pía: "Hijo mío: ¿Eres acaso, el caudillo de la revolución de Samarkanda?". "Sí, padre" respondió deteniéndose. "Entonces ordénales a mis feligreses que ingresen a misa, por favor", y retomó el hilo perdido de su prédica, entrecerrando los ojos. Muchos años después creo haber oído que recordaba nítidamente esta escena con gran afecto, pero eso fue muchos años después. "Todos adentro" dijo Dumango al salir, y empujó a Medallita, cuyos pechos hermosos acojinaban al hombre de la mirada perdida, que aprovecho de no moverse, y hacer mas estrecho el contacto de su nuca con ellos. Después de alguna resistencia todos entraron. Dumango y yo, caminamos, dando un rodeo hasta alcanzar la Rue Sainte Anne, y continuamos hasta llegar al Parc de l'Artillerie, por Saint Jean, donde el caudillo admiró la fortificación construida allá por los mil setecientos y tantos. Almorzamos, a sugerencia mía, en "Le Saint Amour", en la calle Sainte Ursele, de donde el almirante creo que tuvo la idea de proponerme la cadena de la lujuria que la odalisca había dejado para huir con el hombre que hablaba gaélico. Llena de sentimientos encontrados, me negué. El dijo: "Por eso he de haber olido orín de perro toda la mañana". Sin embargo no cejó en su empeño, aprovechando mi debilidad creciente, a pesar que también olía el orín de perro. Para rodear el tema mencionó que todo aquí en Quebec era santo. Oficina seiscientos dos nublado frío e inquietos. A ti Almirante Reff Dumango y caudillo te digo dos puntos y mas: Considera que la guerra es más que una revolución y el imperio no es reino de nada sino voluntad sacrosanta creída y no cierta robles y encinas, canelos y varas de membrillo. Con o sin mascarón de duros pechos negros y mirada serena, con o sin viento de popa, con o sin discos o poesía se tiene queja de lectura o invento, invento o lectura y nada importa si voz que acaricia o Medallitas de Lourdes, Huidobro o Mistral, mirtos o canelos. La responsabilidad por esa emisora Dumango, tuya es de madera de palo ojos y oídos mas conflictos internacionales basta. Uno por robo otro por calumnia y más por volutad de molestar. ¡Castíguese! ¡Emítase desmentido! y envíese a Portugal de ser necesario anguilas y salmones tres. Segundo otrosí digo: También a ti mismo Dumango y almirante de Santa carabela Adelaida, apura la marcha que es muy grato Quebec, osos y renos, te queremos ya bailando salsa y merengue en Nueva York, ostras y almejas, erizos y flores también amarillas cuatro, incluso verde. Como procede: Cúidate de los perros Dumango. No sea que el palo de tu rumbo, arena siete, se ensucie charquicán y cochayuyo, y la aguja de tu brújula se ponga húmeda y espesa como se dice: Pinos y abetos, o abetos y pinos para el día de gracias por todo y hasta luego. Dichos del capitán. ¡Maldita tú, oficina serena y seiscientos dos! ¿Cómo te enteras de todo y te adelantas, humedo atardecer?. A esa Fleur Marie tan francaise le voy a poner cadena de oro labrado y sin resistencia. No. No te digo un adiós Ese capitán de navío de la revolución cantaba mientras con las manos muy estiradas hacía palmas sin ritmo ninguno, alegre y de ojos muy abiertos, de carne y palo. Luego subió de dos en dos los peldaños a cubierta llamando: "Fleur Marieeee, Fleur Marieeee: Tengo reserva en el Folichon para comer bailar y atarnos con cadenita de oro labradooooo". La journaliste, tomaba sol en cubierta mientras se reparaba la pintura de uñas de pies y manos que las hormigas le habían comido. |
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