Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa
El bar Alberto existe desde que soy niño. Cuando uno pasaba por la vereda podía oír la música del piano al pasar ante su puerta semi entornada en el día, creando un misterio fascinante e indescifrable. Con el tiempo, cuando ya deambulaba por el mundo; después de ponerse el sol, aun cuando no tenía edad de merecer, veía que esa puerta casi cerrada se abría de par en par a un zaguán tapizado de terciopelo rojo, y adornado con neones y afiches de mujeres ligeras de ropas. Al fondo dos puertas de batientes, negras, con dos pequeños vidrios redondos al centro sostenían el misterio y le añadían interés.
Cuando, al fin, fui mayor de edad un día entré; solo y de noche. Vi a las palomas de colores desnudarse y prodigar alguna caricia a los parroquianos. Tenía el corazón agitado y los anhelos
desbocados como caballos fustigados. Salí ese día con la imagen del pecado asociada a ese bar y comprendí que el original estaba en la ciencia de distinguir lo bueno de lo malo. Pero ésto es otro cuento. Muchos años después entré por primera vez de día al bar Alberto con especial emoción por el recuerdo de aquella pérdida de la ingenuidad. Esta vez aprendí lo que eran los contrapuntos. El zaguán, con sus luces apagadas era lúgubre y las puertas del pecado, negras, con sus miradores redondos, estaban abiertas como para matar la magia de la noche, como cuando el payaso que hace reír a los niños se transforma en el triste pasajero de tren sin sus maquillajes y sus zapatos enormes, sin peluca ni anchos pantalones. En el escenario había un piano detrás de unas rejas pesadas, carcelarias. Al piano se sentaba un hombre casi rubio, de ojos casi azules, de aspecto casi angustioso que fumaba sin parar dando un mejor aspecto de prisión al escenario que una prisión real. El montaje señalaba el arquetipo carcelario, donde el pianista improvisaba variaciones de jazz sobre temas como El Golpe, El Padrino, Bonie y Clyde, y otras, todas relacionadas con encierro, prisión, desventura y fracaso. Quien hubiera leído a Tolstoi comprendería de inmediato, al ver la escena, el por qué del nombre del bar, que siempre pensé que obedecería al del dueño.
Por aquel tiempo el bar Alberto quedaba a pocos pasos de la última estación del metro, con lo que mucho público, los viernes, bajaba de los últimos trenes de la noche y caía hechizado en el Alberto que vivía su época de glorias. Hoy no es así: El metro se ha extendido muchas estaciones y éste es un bar social como tantos, que en la noche, con esfuerzo, monta un espectáculo con bataclanas y desnudistas, pero sus parroquianos se reparten entre borrachitos y bohemios amantes de la tertulia. Alberto, sin embargo, sigue tocando ahí en su cárcel cotidiana, hasta morir talvez, tal como lo propuso Tolstoi.
Aquel amigo mío y de la pintura, y desde luego de la tertulia y la bohemia me propuso encontrarnos ahí, en el bar Alberto, justo al otro lado de su casa; cruzando el puente elevado sobre el río que venía a aterrizar al parque, y a la vez a un par de estaciones de metro de mi oficina. Ahí hicimos el aperitivo, y descubrimos que había cocina de modo que almorzamos, no de gran lujo, pero sin quejas y continuamos hasta bien entrada la tarde en la sobremesa. Hacia las cuatro y cuarenta el pintor dijo: "Esta es la primera estación de Rubirosa, temprano en la mañana".
Hacía ya muchos años, talvez quince, quizás más, que había visto por última vez a Rubirosa. Incluso había llegado a olvidarlo y no sabía donde vivía o que había escrito después de destrozar, yo, sin querer, su gran novela universal y cercenarle una escena fundamental producto de mi juventud e ignorancia. ¡Cuánto tiempo había pasado!. ¡Cuánto había cambiado mi vida y la del maestro!. Sólo deduje, por la aseveración del pintor, que aún vivía en la calle Brescia a pocas cuadras de este bar. Supe, aproveché de preguntar por él, que había estado desterrado en Putre durante la dictadura de la Primera Revuelta, supe que había escrito "Las Herederas" que le había valido la enemistad del gobierno de izquierda y la acusación y tortura de la dictadura, acusado de ser promotor del reivindicacionismo. Me contó que la Segunda Revuelta le permitió volver, pero que había sido despreciado y mirado con recelo por la nueva izquierda, acusado de ser el ideólogo del sistema del empate político. Supe que había sido olvidado de todos, tal como lo había pronosticado en su tercer viaje al norte cuando escribió por primera vez sobre la sociedad y el acuerdo social en "El olvido, la culpa, la condena". Hoy en día era el enemigo intelectual de todos y todos lo acusaban de escribir para el adversario, de manera que se había convertido en el gran enemigo, a pesar que sus ideas eran copiadas por todos y ajustadas a los intereses cotidianos que él mismo nunca cultivaba. Se había convertido en un hombre huraño, solitario, rutinario y olvidado.
A las cinco cincuenta y tres el pintor, que conocía su rutina y había logrado cierta intimidad con él, terminó de contar la historia de aquellos muchos años y más, y me invitó a conocerlo al Bar Unión, el así llamado Unión Chico porque se encontraba en los bajos del edificio del elegante Club de la Unión.
El Unión Chico era un bar de distintos tipos de bohemios: Ahí se juntan intelectuales, artistas, jugadores de dominó y dados, ociosos sempiternos y así. En el viaje en metro, asfixiante, íbamos recordando esa extraña novela de Rubirosa. "Las Herederas" son tres mujeres, hijas las tres de distintos padres; que reciben los bienes indisolubles de su madre común por lo que no son repartibles. Ésto las mantiene unidas a veces incluso contra su voluntad. Ninguna tiene confianza en la otra, y todas quieren administrar la herencia. Para lograrlo cada una usa sus propias artimañas en el manejo del poder. Isidora, la mayor, siempre cree tener mejor derecho debido a su posición de tal, pero no logra imponer su criterio sino con algún cierto apoyo, muchas veces a desgano, de la menor, Carmen, de la que en alguna medida es inspiradora y ha sido durante años su protectora contra la segunda hermana, Victoria. Victoria piensa totalmente distinto de Isidora y alega que todas tienen iguales derechos y que ya es tiempo que la administración caiga en sus manos, para reformar todo el estilo de vida de la casa común. De algún modo Carmen admira y casi comparte el criterio de Victoria, pero teme lo radical de sus conceptos y por mantener una mayor moderación apoya a Isidora aún cuando abriga secretas esperanzas de hacerse de las riendas del poder. En algún momento de crisis, Carmen aprovecha de dar el salto para alcanzarlo, pensando que ha llegado su momento. Las tres herederas se enfrentan a la agudización de la crisis sin avisorar una solución. Isidora teme que las posiciones más recalcitrantes de Victoria la lleven a apoderarse de toda la herencia por la fuerza, y cede dando su apoyo a Carmen. La administración de Carmen sólo fortalece las posiciones de Victoria de modo que a la siguiente vuelta ésta logra hacerse del poder con el apoyo débil y cínico de Carmen. Victoria administra los bienes de la hacienda familiar de manera completamente inesperada para las herederas. Participa a la servidumbre de los beneficios, les da privilegios que jamás tuvieron y los libera de muchas de sus obligaciones. Isidora sale a buscar apoyos fuera de la familia y establece una oposición férrea a Victoria, al punto que muchas veces la situación se hace violenta y deben recurrir a la mediación de un árbitro, o a la delegación de algunos poderes de administración de los bienes familiares en el primo Kayser Guillermo que da, de algún modo, garantías a todas. En algún momento la crisis es tal, que el primo Kayser se hace del poder, y somete a las herederas a un régimen de recomposición familiar, inspirado en lo que él asegura es la tradición de sus padres. El régimen despótico, por el bien de las herederas, debería durar sólo mientras se recupera la armonía familiar, pero se va haciendo permanente y el primo Kayser termina siendo el propietario de toda la herencia y del poder. En este proceso logra el apoyo vil de Isidora, que prefiere este régimen que el desorden establecido por Victoria. Si bien siente que ha perdido la propiedad de la herencia, este sistema de cosas le permite disfrutar del usufructo de ella y de grandes beneficios, además de asegurar que las otras herederas no puedan acceder más al gobierno de los bienes familiares. Después de mucho, las dos herederas menores logran engañar al primo, quien acepta someter el poder a la decisión mayoritaria de las herederas, bajo la opinión de la servidumbre que también vive en la casa familiar. Él cree que cuenta, además del apoyo de Isidora, con el de la servidumbre toda, pero se equivoca y debe entregar el poder. En un último intento el primo aconsejado por Isidora, logra pactar un sistema de administración que asegura alianzas permanentes y equilibradas entre las dos rebeldes e Isidora. Pero a la larga deriva en la administración permanente y mancomunada de las hermanas menores, con lo cual se establece otro estilo de sometimiento persistente de una parte de la casa. De algún modo me recordó a "El Gatopardo", donde todo se revoluciona para quedar en nada. Aquí la familia atraviesa diversas crisis, todas las cuales sólo hacen cambiar la forma de gobierno de la casa, cambia el estilo y modo del ejercicio de esa administración y quien lo ejerce, pero más allá de esa lucha perenne, que en la novela nunca termina, quienes siempre pagan las consecuencias son aquellos que dependen de las herederas, todos por igual. A ratos soportan un poder más agobiante, o más promisorio, o menos justo, o más esperanzador y menos realista, más pacífico o más incierto, pero nunca llegan las alegrías y felicidades prometidas.
Rubirosa escribió "Las Herederas" durante el gobierno de Armendáriz, antes del primer Triunfo popular.
Muchos creyeron que, en lo que después, visto a la par de los sucesos vividos, se puede considerar casi visionario, casi profético; le hacía el juego a la derecha y mostraba una cara tremendista del proceso democrático del que el país se sentía tan orgulloso, y a salvo de cualquier riesgo por ese entonces. El agudo ojo analítico de Rubirosa sólo había hecho un anticipo del curso probable de los acontecimientos, lo que no corresponde a un artista sino, talvez, a un sociólogo o a la clase política. Talvez por eso éstos lo acusaron unánimemente. Unos de estigmatizar a la izquierda, otros de meterse en lo que no conocía, otros de liviandad de juicio, muchos de ignorante, o aventurero, o le recomendaron dedicarse a las novelas de detectives, pero todos vieron la alegoría claramente. Cuando tras el primer Triunfo popular se instauró lo que unos llamaron el sueño cumplido y otros el desorden institucional, o unos más el terror y también la gran equivocación; unos pocos recordaron "Las Herederas" de Rubirosa y creyeron que, en realidad, lo más fatal que podía ocurrir a una sociedad era llegar a un equilibrio paritario de tres fuerzas que no eran capaces de concensuar acuerdos, sino sólo de competir por el poder.
A lo largo del relato Rubirosa parece estar de acuerdo con una u otra posición que sustentan cada una de las herederas o el propio primo Kayser, aunque nunca como la voz del autor o el narrador, que por demás no es único sino múltiple. Son los personajes los que toman preponderancia y se hacen cercanos al lector implícito que todo autor supone. Es un extraño recurso del autor, con el que creo que intentaba reflejar las señales sociales posibles en cada época, que por demás se fueron también cumpliendo. Es así que el lector tiende a percibir el agobio de los vacíos de poder que genera Victoria en el intento de integrar a la servidumbre al gobierno de la hacienda, o la miserable frustración de un sueño, distinto en cada caso, cuando Carmen no logra consolidar el poder conseguido, que habría sostenido una situación que llegó a creerse promisoria, o cuando Victoria, sin haber triunfado realmente, se cree merecedora de llevar a cabo profundas reformas en la casa que no son toleradas por las demás instancias de poder. Conduce así, a la violencia de Kayser, que frustra la gran utopía de hacer una casa igualitaria, fraterna y justa. El lector va asumiendo el sentido de la utopía incumplible y percibe que la única conclusión es la intervención del primo que todos rechazan, pero ya no pueden impedir. En este punto también, se ve la ingenuidad de Carmen que dice a Isidora: "Esto es una situación pasajera. Sólo nos permitirá ordenar rápidamente la casa". Cuando se produjo, a los pocos años, la Primera revuelta: Violenta, de clara intención de fuerza, hubo algunos que recordaron esa frase, pero muchos no. Sólo se limitaron a repetirla. Los demás, los que recordaron a Rubirosa lo culparon. Dijeron que él, claramente, apoyaba la revuelta del Dictador General, y no sólo eso, sino también intentaba demostrar, en "Las Herederas" que la única solución verdadera era una larga y dura dictadura. El dictador, por su parte, dijo que el nombre de Victoria, por sí solo ameritaba el extrañamiento de Rubirosa y lo mandó a vivir custodiado, sin término de condena, a Putre en los confines del norte del territorio, donde sólo hay un regimiento fronterizo y unas pocas casas de indios. "Las Herederas" ardieron en mil purificadores fuegos hasta que sólo quedaron unos pocos ejemplares extraviados en estantes polvorientos de casas de nadie. Cuando el Dictador General fue engañado por las Cármenes y las Victorias durante la segunda revuelta, que culminó el día de las Alegrías, llamado también el segundo Triunfo popular, Rubirosa volvió ya viejo y cansado, convertido en un hombre huraño. Entró a la casa de la calle Brescia, a cuadras del bar Alberto, se sentó bajo el parrón de la tertulia después de abrir todas las ventanas para ventilar los malos aires, y lloró profundamente. Ahí lo encontró la Carrascales que sólo se sentó suavemente en sus rodillas sin decir palabra.
El pintor no sabía si alguna vez había vuelto a reunirse la tertulia. Su presagio se había cumplido y por eso fue odiado. "Las Herederas" previó el sistema maldito del acuerdo forzoso que le quitaba el poder logrado a la servidumbre, dejándole sólo su utopía: Ellos eran el pueblo en la alegoría. Ese día terrible, bajo el parrón, le habría dicho a la Carrascales: "Ellos nunca más me leerán, nadie me conocerá". Las elites y las cúpulas lo leyeron y lo condenaron. Lo acusaron de ser el ideólogo del sistema de los acuerdos forzosos que los favorecía, pero no podían reconocerlo: Rubirosa fue el chivo expiatorio de la cultura.
La Unión chica es un gran campo de batalla de marfiles. El ruido persistente de las fichas de dominó y los dados dentro de los vasos de cuero es una descripción más que clara del ambiente dominante del lugar. Casi todos esos bohemios son jugadores que se pasan días enteros calzando pintas negras en filas largas y contando caras por encima y por debajo que caen en las mesas con estrépito. Los mozos circulan con grandes jarras y botellas que mezclan una y una: Una gingerale con una de vino blanco, y añaden una cubeta de hielo. El estrépito de los hielos es acallado por el de los dados. En extraño contrapunto, unas pocas mesas del fondo acogen sólo el sonido de las voces, ausentes en las otras. Aquí se extraña el batir de dados en el cuero o el azote del marfil sobre la madera: Son los intelectuales que conversan, polemizan, debaten, crean y enloquecen. Entre ellos, solitario en su mesa y tímido como un niño solo, Rubirosa mira sereno la nada, o tal vez su mundo interno. Sólo lo acompañan un clery[1], un fajo de papel contable muy amarillo, sobre el cual reposa una lapicera fuente con tinta verde y más allá un ejemplar muy ajado de "El tambor de hojalata" de Günther Grass, en alemán.
Ese día re-conocí y reconocí, con infinita tristeza a Rubirosa.
Tuve casi la impresión de estar frente a un hombre ciego. No me reconoció y tampoco pareció recordarme o, talvez, tuvo temor de hacerlo. Su voz poderosa y segura había perdido el volumen, sin embargo su bonhomía seguía intacta. Me interrogó, interesado, como si nunca me hubiera conocido, sobre mi obra. Traté de recordarle aquellos tiempos de la tertulia bajo el parrón, pero sonrió lleno de ausencia, como sonríe alguien falto de recuerdos. "¿Cuál era usted?" me dijo, "había tanta gente en ese entonces". Sentí que me ruborizaba y no insistí. Al notarlo dijo en voz tan baja que era casi apenas un pensamiento: "He arrastrado tantas culpas...".
El pintor le preguntó qué escribía, señalando el papel contable con la lapicera encima. Mire los papeles y noté que su letra antes tan lanzada, ágil, segura y rápida se había convertido en otra verde, abigarrada, contenida, pastosa y regresiva. "Nada" explicó, "Sólo es una fantasía sobre las cavas de vino de San Fernando". "¿Las de la Viña Santa Eulalia?" preguntó el pintor. "No, no. Ésas están en Santa Cruz, más hacia la costa. Las de San Fernando están bajo la ciudad y duplican exactamente el mapa de ésta". Sonrió libre y malicioso por primera vez de modo que pareció por un momento ser el mismo de siempre: "Arriba la vida social y las apariencias; abajo las pasiones y los vicios. Bajo la superficie se vive la vida verdadera. Esas cavas, llenas de anaqueles y botellas de vinos finos madurando, como las intenciones y los planes están a cargo del maestro Catalán. ¡Qué hombre sabio!" concluyó. El pintor quiso que se explicara: "¡Expláyese maestro!" le dijo, "usted puede". Casi sin vernos, como si fuera un hombre ciego, pues nunca nos miraba, sino que mantenía la vista luminosamente perdida, tal vez en sus historias, o en su poesía interna, respondió: "No tenemos clery. Pídase otra jarra Tolouse". Recordando sus antiguos gustos le pregunté: "¿No prefiere un buen syrah en una copa de cristal?". "¡Al menos nunca tomaría syrah!" respondió apurado. "Pero antes..." alcancé a decir. "¡Jamás!" me atajó. "Vaya, recuerdo que antes tomaba syrah" insistí, estúpidamente. "Al menos no lo recuerdo". "No, no. Está bien" dije. Insistió: "Al menos no lo recuerdo". Pedimos otra jarra de clery y comenzó a relatar la historia que después, muchos años después se publicaría como "Laberinto" y que dijeron que era un relato lleno de confesiones de culpas, que carecía de cualquier valor literario. "Es sólo una larga confesión de todas sus culpas, que endilga a sus personajes, todos los cuales son de uno u otro modo él mismo" dijo la crítica.
Ya cerca de la medianoche nos fuimos, después de consumir varias jarras de clery. Caminamos hacia el oriente y fuimos reconociendo todos los bares del camino: En el Bar Nacional Pacheco le anotó en la cuenta corriente una copa de vino blanco y se enfrascó en una conversación superficial con el maestro sobre sus aventuras amorosas. Cuando Rubirosa terminó su copa, Pacheco nos regaló otra, por cuenta de la casa y tres empanaditas de queso fritas por cabeza. Estuvimos ahí hasta que Pacheco terminó de contar sus cuitas. Pasamos por La Clínica, un bar anacrónico, de borrachines, que me recordó el de Don Misael cerca de la librería del puente. Aquí nos tomamos un jarro de chicha[2] y continuamos a La Piojera. Después atravesamos el río y visitamos varios bares en los que el pintor era conocido, hasta que en uno de ellos se perdió entre la gente. Algunos reconocieron a Rubirosa y comenzaron a murmurar primero, y después a hablar en voz bastante alta y sin disimulo: "¿Qué hace este fascista aquí?" se preguntó uno. Otro más dijo: "Este escribía para la dictadura y para la iglesia". "Preferiría pensar que es hora de irse" me dijo incorporándose con la mirada perdida y opaca. Volvimos a atravesar el río por el puente que cae sobre el parque, junto al Café Literario, frente al Alberto. En este último me miró por primera vez, con la última luz que le quedaba en los ojos y me dijo: "¿Recuerdas a mi Camille?, ¿cierto?". "¡Cierto!" le respondí "y la Librería de don Manolo y la Seminario y tanto". "Es tan difícil vivir con esa culpa antigua" dijo y se quedó dormido.
Así fue que lo volví a conocer.
[1] Clery: Vino blanco mezclado con duraznos en trozos y azucar. Se sirve helado.
[2] Chicha: Sidra que se hace de la uva.
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