Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa
Recordaba bien la primera vez que la vió. "Me sorprendió la fuerza de animal montaraz que tenía", no tan sólo en su carácter sino en su aspecto físico, en la actitud, en la manera de caminar certera, marcando su propio ritmo a las cosas con el taconeo de sus borceguíes. Nada en ella, salvo una vaga idea en su porte medio, en su edad escasa, en sus ojos ingenuos aunque firmes, daban la impresión de fragilidad y sin embargo "cuando se sentó por primera vez en mis rodillas supe que era tan delicada como la hembra gris de un brillante tordo. Entonces supe que necesitaba la fuerza del ave macho para expresarse". "Lo hice de broma" interrumpe Ályson, "y tu amabas a Camille que además te era necesaria". Rubirosa asegura que a pesar de todo, la Carrascales traía su plan trazado y lo fue cumpliendo punto por punto hasta ese día en que expulsó a Camille de la casa. "Yo no sabía vivir solo y ella lo percibía", dice. Así fue como se quedó para siempre.
Estaba seguro que por aquel entonces todos se habían encandilado con Ályson, que si bien no escribía nada, ni poesía ni prosa, era musa inspiradora de todos, aún cuando ella, como si sólo se tratara de un juego, se sentaba siempre en sus rodillas. Talvez la fuerte imagen de sumisión al padre que parecía provocar esa figura fue lo que lo conquistó, sin darse cuenta. Ese artilugio le ocultó toda la certeza y la fuerza de animal salvaje de su temperamento, todo el imperio avasallador de su carácter, toda la decisión indómita innegable que demostró después.
Había sido bailarina, pero las bailarinas son silenciosas: No dan opinión, sólo representan con el cuerpo el significado de la música. Quizás eso la llevó al teatro. En el teatro era promisoria y estuvo a punto de tener éxito, pero siempre el protagonista se enamoraba de ella y la hacía huir de todas las compañías teatrales. Había intentado con el teatro de mimos, pero todo era negro y blanco, en movimientos cortos que no cuadraban con su ritmo animal y elástico. Era casi parecido a la danza, pero en silencio. A veces no sabía si las frases en mímica eran correctas, entonces comenzó a fotografiarse a sí misma. Primero se fotografiaba vestida de negro, en teatro negro, maquillada de blanco, pero aquello sólo reflejaba el resultado final del mimo, en ningún caso las posibilidades futuras. No permitía construir una gramática y una sintaxis del lenguaje silencioso. Era necesario ir al fondo, a la estructura expresiva, a las posibilidades profundas de su propio cuerpo. Fue así que decidió fotografiarse a sí misma desnuda. Recuerda que se hizo más de siete mil seiscientas fotografías desnuda, intentando expresar otros tantas ideas silenciosas.
Con ese material construyó un primer diccionario gráfico personal. Sin embargo el director de la compañía le pidió copias para los actores y uno de ellos llevó las ftografías a una editorial, que no cejó hasta conseguir de Ályson la autorización para publicarlo en una edición fina como arte fotográfico y expresión del desnudo. Agobiada con los premios internacionales que obtuvo su fotografía dejó los mimos y quiso vaciar su anhelo de comunicación con la fotografía, pero nunca dejaba de intentar largos títulos para sus obras, como por ejemplo: "Aquel día la negra luz del anochecer entristeció la pobreza mágica de su destino" correspondía a la fotografía de un pordiosero cuya mirada se perdía en algún lugar indeterminado. Con el tiempo, cada fotografía rivalizaba con la magnífica prosa poética de su título.
Fue en ese entonces, dice ella, que conoció a Norman Gutiérrez en una exposición de sus obras en el Centro Nuevo. Norman siempre lo negó. "La conocí en un bus interurbano, cuando iba a dictar una cátedra a Viña del Mar" asegura él. Lo cierto es que Norman quedó maravillado de la velocidad de su prosa que subrayaba el movimiento siempre animal de sus fotografías, aun cuando los personajes estuvieran en poses completamente estáticas. "Había algo ahí, que nunca dejaba de reflejar movimiento o velocidad. Jamás logré saber qué era. Quizás si fue una pura ilusión debido a esos magníficos títulos" confiesa Norman. Deslumbrada con las posibilidades de la literatura que el escritor le planteó, la Carrascales quiso saber más y siguió muchos talleres y cursos breves con él, hasta que sintió la insatisfacción de no aprender nada nuevo, sino más bien que podía corregir a su maestro o incluso muchas veces era él quien pedía su aprobación o intentaba aprender de ella. En poco tiempo la Carrascales se convirtió en la artista del momento, que todas las salas querían exponer. Publicó diez y siete libros de arte mixto: Plástica y narrativa, o prosa poética y fotografía y tanto más. Entonces fue que Norman creyó bueno llevarla a la tertulia de la calle Brescia, bajo el parrón de Rubirosa.
"Cuando lo vi supe que siempre había estado perdiendo el tiempo" confesó Ályson en ese entonces. Muchos, durante mucho tiempo, culparon a Rubirosa
de extinguir, por celos, el arte de la Carrascales pero quienes estuvimos ahí y recordamos vagamente o con certeza como sucedieron las cosas, sabemos que cuando ella lo vio por vez primera, a pesar de la mirada dura y rencorosa de Camille, ella le susurró a Norman, al oído: "Ese hombre es mío". Camille salió al patio, con un canesú en la mano y el hilo de bordar en la otra y le gritó: "Repite eso al frente mío". Ályson no lo repitió, pero se dirigió recto a Rubirosa, y se sentó en sus rodillas. Para saludarlo lo besó en los ojos y en los lóbulos de las orejas. Él sólo dijo: "Preferiría que no lo hicieras". La Carrascales no le hizo caso en modo alguno.
Con el tiempo se harían frecuentes las riñas entre ambas, al punto que muchas veces la tertulia se transformaba en una sesión de apuestas sobre quién vencería a quién. Rubirosa intentaba tranquilizar a Camille diciéndole que la Carrascales era sólo como tener una gata en casa: "Jamás tendrías que tener celos de ella. Apenas si sabe ronronear". "No es lo que veo en ella" se quejaba Camille, pero Rubirosa se defendía: "¿A quién vas creerle? ¿A ella o a mí?". Con el tiempo Camille se cansó de las riñas y se desquitaba manteniendo amores con cualquiera que pasara por la sala de costuras donde había quedado relegada, aun cuando todavía la relación de Rubirosa y la Carrascales era sólo un juego de escarceos. A nadie le pareció extraño que Camille, finalmente, ayudada por Norman u Orgüel, huyera de la casa y se estableciera en Aviñon donde finalmente tuvo su desquite verdadero. A partir de entonces Ályson se convirtió en la verdadera pareja de Rubirosa. Con el tiempo sus amores y sus juegos llegaron a ser verdaderos, no porque ellos mismos lo quisieran, sino porque no lo podían evitar.
Muchos llegaron a decir que las grandes obras de Rubirosa se las dictaba la Carrascales. Él jamás se tomó la molestia de desmentirlo. Ályson tampoco. Sin embargo el sello de la obra de Rubirosa era tan fuerte, que si ella hubiera sido autora de sus obras tendría que haber aprendido a ser Rubirosa, lo que sostendría la autoría definitiva. Como sea, ella fue para siempre esa mujer que lo cuidaría, que se dejaría cuidar, que lo inspiraría y lo obligaría a trabajar, que no dejaría que tanto amigo interesado se aprovechara de su generosidad para beneficio propio, sin denunciarlo, aunque Rubirosa nunca los apartara de su lado, sino por el contrario. Después, cuando todos se apartaron de él, porque fue acusado por el partido del triunfo popular de escribir para la oligarquía, cuando todos lo dejaron quien se quedó a su lado fue Ályson Carrascales. "A pesar de todo habrá que reconocer que desde la distancia Camille fue siempre el ángel guardián" que promovió y vendió su obra a las grandes editoras, mientras el pequeño mundillo literario aquí lo iba olvidando a la fuerza. Pero cuando nadie le hablaba, cuando el parrón de la calle Brescia se secaba, agobiado de silencio, cuando Rubirosa se sentaba a esperar el fruto de las traiciones, solitario junto a los zorzales de la tarde, la Carrascales salía con una copa de vino syrah de Erráztegui y sentada en sus rodillas escuchaba sus cuitas y proyectos, cortaba queso en tajadas y servía aceitunas negras de Azapa.
Cuando el triunfo popular se tronchó por la incomprensión de sus partidarios, por el odio irrenunciable de sus detractores y por la ambición de poder que enfermó a los golpistas y cayó estrepitosamente envuelto en una ola de sangre y poesía, de odio y revancha, de heroísmo y sorpresa, de error y fuerza, Rubirosa estaba solo y solo escuchó, con Ályson en sus rodillas, los horrores que cambiarían al país y a su pueblo para siempre, a sangre y fuego. Con Ályson en sus rodillas oyó como destrozaban la puerta de su casa, y el último calor humano que sintió junto a su pecho en mucho tiempo fue el de Ályson que sin soltarlo pedía a gritos que la llevaran con él y que si lo iban a matar jamás les perdonaría que no la mataran a ella a su lado. Después, cuando volvieron muchas veces a buscar pruebas que nunca encontraron y cuando quemaron tantos borradores y manuscritos fue ella la que escamoteó lo que pudo de las manos de la implacable censura.
La Carrascales vivió sola en esa casa, cuidando el espíritu de un hombre que se mermaba mientras en el destierro, durante años. Cuidó su recuerdo que jamás volvería a ser como el hombre al que la dictadura de la primera revuelta castigó duramente porque no era capaz de comprender lo que escribía y había decidido que éso era sedición. Con el tiempo las malas lenguas la echaron de ahí, pero, aunque se fue a vivir en un pequeño taller donde sobrevivía haciendo retratos de niños, siempre volvía a la casa de Brescia, abandonada, para evitar la ruina, para regar los jardines y sostener los recuerdos. Así fue que un día, cuando la segunda revuelta triunfó con alegría y promesas que se transformaron en compromisos con la tiranía para construir una falsedad a la que bautizaron libertad, al entrar a la casa encontró todas las ventanas abiertas, por donde habían escapado los recuerdos y el último aire que él respiró antes de ser llevado al olvido:
Supo que había vuelto, aunque ya era otro y no el mismo, sentado ahí en su silla de siempre, rodeado de jilgueros y zorzales que se cagaban sobre sus hombros mientras él sollozaba de añoranzas y abandono. Aunque nadie lo visitaba, si bien muchos supieron que había vuelto, Ályson se quedó con él y cerró su taller de fotografía. Muchos de sus antiguos amigos le quitaron el saludo a la Carrascales y la odiaron tanto como al propio Rubirosa, al que acusaban de haber escrito para la dictadura. Su libro "Las Herederas" nunca, hasta ahora, ha logrado venderse en el país aun cuando en el exterior se sigue vendiendo y agotando edición tras edición. Aquí la tiranía lo catalogó de doctrinario y promotor de la dictadura del proletariado y el enfrentamiento de las clases mientras que los partidarios del triunfo popular decían que promovía el totalitarismo, la autarquía atroz y el fascismo.
Con los ojos azules arrasados y la melena rubia revuelta y casi blanca, a horcajadas sobre sus rodillas le gritó: "¡Está muerta... se la comieron los ratones!". Él recuerda "con dolor" dice, que ella sintiera que ni siquiera se había sorprendido. Lo habría acusado de decir apenas: "Al menos nunca lo hubiera creído", como si no le importara. "Me dio la impresión que ya lo hubiera sabido" dijo ella. Se incorporó, entonces, gritando: "¡Se la comieron los guarenes, maricón: Comprende!".
"Talvez nunca lo dije" reconoció Rubirosa: "ella ha sido la mujer de mi vida, la única que ha sido leal. Me esperó mientras otros me abandonaron. Ella trajo uno a uno, salvo a Rommel, mi amigo, a todos los participantes de esta tertulia, cuando el mundo me miraba rencoroso". Reconoció que Ályson recompuso su vida y le ayudó a tener fe y a escribir otra vez. Reconoció que "El nombre de las cosas", que le permitió volver a ser el de siempre, se lo debía a ella y dijo que por eso había sido muy dolorosa su duda. "No comprendió mi soledad, yo estaba olvidado y solo y ahora, esa mujer, quería cobrar lo que jamás podría pagarle", dijo y aseguró que "talvez nunca, nadie llegue a comprenderlo. Soy un hombre leal y muchos me estiman. No sé por qué tendría que dar cuentas de mi propio castigo: ¿Acaso entonces era libre?".
La Carrascales le exigió que fuera al funeral pero se negó a acompañarlo: "¿Cómo podría yo ir al entierro de tu amante?. ¿Es que no te das cuenta que tú, quizás la hayas empujado a la muerte?" le dijo. "Preferiría no pensarlo así" respondió Rubirosa y siendo que Olvido ya estaba muerta "jamás sabrá que estuve ahí". Pero muchos llegarían a creer que se sentía culpable, sólo por presentarse en el entierro. Siempre tuvo una relación tortuosa con la culpa que él mismo no llegaba a entender con claridad, sólo la sufría. Como sea la Carrascales fue inflexible: "Vas a ir de todas maneras" le dijo y terminó la conversación. Para asegurarse que asistiera me llamó, aunque hacía ya tiempo que no participaba en sus tertulias, y me pidió que lo acompañara. Dijo Rubirosa que ella no habría confiado en nadie más, sin embargo él no pudo recordar mi nombre y hube de repetírselo varias veces aquel día. No hubo misa. Sólo se presentó un diácono que servía al cementerio e improvisó una especie de recorrido de su difícil vida completamente absurdo, donde recordó el extraño suicidio de su marido, el abandono de que fue objeto por el mando del ejército y cómo tuvo que luchar sola por sus hijas. Extrañamente ellas no estuvieron en el funeral. Sólo se presentó la menor, que muchas veces la acompañaba a cierta distancia en los encuentros con Rubirosa. Una vez que Olvido fue sepultada en presencia de una hermana, nosotros, y aquella hija, ésta se abalanzó sobre Rubirosa y sorpresivamente lo abrazó con fuerza, sin decir palabra. Noté que tenía unas manos enormes a pesar de su estructura fina y delicada y sus facciones pequeñas. Rubirosa lo negó Dijo: "Las vi pequeñas". Después ella se fue, siempre sin decir ninguna palabra. Rubirosa, en cambio, luchaba por evitar la emoción. Al salir del cementerio él me señaló a dos hombres que parecían examinar una tumba antigua con un arcángel ciego. Uno de ellos era, sin duda, Gómez Arriaza; el otro no era Karchenko, pero Rubirosa dijo: "Otra vez comenzará la persecución. Ellos buscan culparme de su venganza". Quise que me explicara, pero dijo: "Preferiría no hacerlo". Entonces le pregunté directamente si la joven era su hija. No escuchó la pregunta, ni siquiera cuando se la reiteré.
Al llegar a su casa me dijo: "Entra. Pasará mucho tiempo antes que vuelva a haber otra tertulia". Se dejó caer en su silla, bajo el parrón y la Carrascales se sentó como siempre en sus rodillas. Le dijo: "Ya lo sé. ¡No importa!. Nada importa. ¿A quién le importa?" y lo abrazó, acogedora. Rubirosa cerró los ojos, abatido, y dijo: "Nunca podré librarme de la culpa".
Creo que de modo alguno se refería a la muerte de Olvido, pero eso sólo lo sabe él mismo.
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