Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa

Castro

De seguro fue por esa época, o algo después, que Rubirosa haya enjuiciado su comportamiento hasta el extremo del sentimiento de culpa. Recuerdo, en todo caso, que de tiempo en tiempo este suceso se repetía pues nunca pudo mutar su conducta. "Moro viejo no es nunca buen cristiano" me decía con esa mirada sonriente y buena que parecía trocar cualquier culpa en comprensible debilidad. "Mi padre" relataba, "era un hombre débil de modos muy duros que ocultaban su falta de valía. Solía castigarme con dureza por pequeñas faltas como no poder subir a un castaño del patio trasero, o no poder huir de casa saltando el muro. Pero él mismo pasaba frente a la puerta de mi dormitorio cuando creía que todos dormían y atravesaba la puerta de la empleada doméstica. Una noche mi madre se dio cuenta y el la golpeó lo mismo que a mi".

Este episodio lo había leído antes en su novela "Castro".

Castro era un niño maltratado al que su madre jamás acarició. Siempre resentía del padre que lo castigaba por mínimas faltas. Si su madre lo defendía, también era castigada. Cuando Castro llega a la pubertad comienza a soñar reiteradamente con su madre. En esos sueños ella lo recibe acogedora y le ofrece sus pechos pequeños pero dulces que él recibe en una explosión erótica. Entonces se da cuenta que su madre es Blanca Perla, la empleada del servicio doméstico, justo cuando su propio padre aparece tocado con un sombrero enorme, sentado en su sillón de cuero y madera y le dice: "Nunca serás como tu padre. Jamás tendrás un sombrero así" señalándolo con ambos índices, de manera insistente. Ésto le produce una angustia enorme y un despertar doloroso, en medio de una erección reprimida y contenida. Así es como el odio por su padre aflora incontenible. Desea hacerle daño, pero siente que su padre es más fuerte, entonces cae en ensoñaciones en las que lo enfrenta y lo golpea, arrojándolo sentado, con un puñetazo en el pecho, sobre el sillón en que aparece en sus sueños. Con el tiempo llega a creer que el hecho ha sucedido en efecto y así lo relata incluso a su madre y a Blanca Perla, que saben que no es verdad, pero callan.

Rubirosa jamás ha llegado a reconocer que este episodio es biográfico, y que él mismo encarna a Castro. Camille incluso insiste en que a ella hay ocasiones en que le llama mami, o Blanca Perla, especialmente en las tardes de siesta cuando juega con sus pechos. Rubirosa, ante estas denuncias, sólo sonríe y dice: "Amo mis ficciones, hasta hacerlas realidad, pero las mujeres en mi casa de niño siempre se llamaron María, incluso mi propia madre. Ésto no confundía a mi padre que buscaba los amores fuera de casa. En ocasiones volvía, por éso, con la ropa hecha jirones y la espalda rajuñada (Rubirosa nunca aceptó que la palabra correcta era "rasguñada" lo que le valía ácidas discusiones con los correctores y editores). Decía: La muy puta no quería que me viniera y me tijereteó la ropa". Camille insistía en su punto hasta que Rubirosa la sentaba en sus rodillas y le metía la mano bajo las faldas para hacerle cosquillas como en aquel tiempo, en la librería Seminario. A veces, Roosvelt Ávila o bien Orgüel Fernández, insisten en demostrar que él mismo es Castro, entonces alimenta a los zorzales con migas de pan remojadas en vino, y con su voz cadenciosa comienza a relatar su niñez entre sus siete hermanos, donde nunca se estaba solo, ni tampoco en compañía, donde el padre no tenía importancia alguna y la casa era manejada por una matriarca de pechos enormes, vestida de negro con lunares blancos, que no recuerda si era o no su abuela, a la que todos decían mamucha. "Con mi padre sólo se hacían una sonrisa ficticia cuando éste salía por la mañana y otra cuando volvía tarde en la noche. ¡Nada más!. Cuando la mamucha murió, ya era mil novecientos cincuenta y cuatro y mi padre y mi madre casi no se levantaban de la cama, salvo cuando ella estaba preñada y por parir. Cuando eso terminó, yo no sólo tenía treinta y siete hermanos sino más de treinta años y había empezado a escribir tantas ficciones sentado en el retrete".

Blanca Perla - Foto: Valery Diachkov Este relato no coincidía con la vida de Castro, que era hijo único, o al menos tan solo, que no era importante los hermanos que tuviera. En la medida que sus sueños eróticos con Blanca Perla o su madre se hacían más y más intensos, sus ficciones eran más y más extrañas, hasta que comenzó a trasladarlas; no queda claro si a la realidad o a un plano de fantasía traslapado con ésta. En las noches de luna nueva salía, por ese entonces, vestido sólo con un largo abrigo a pasearse por el Parque Japonés. Desde el parque le mostraba a las prostitutas de la vereda del frente su cuerpo blanco, esmirriado, desnudo y adornado con una enorme erección. A los hombres que se cruzaba, cuando usaban sombrero les saltaba encima para robárselos y luego los perseguía imitando la voz de su padre: "Jamás has merecido este sombrero ¿entiendes?. ¡Eres apenas un maricón!".

Con todo, siempre la crítica insistió que esta historia confirmaba la perversión de Rubirosa. Pero él sólo sonreía cuando alguien le preguntaba y decía: "Sin embargo, la verdad es otra". En una ocasión en que habíamos conversado largamente de nuestros temores y culpas, reconoció que él había vivido una lucha interna para construirse a sí mismo lo que le hacía comprender que no era fácil ser Castro. En esa ocasión nos leyó, a Camille y a mi, el capítulo cuatro de Castro. Su voz era tan intensa, el tono tan vívido, la cadencia tan rítmica que nos sobrecogió a ambos y creímos, casi, que se trataba de una confesión de todas sus miserias, pero Camille que las había conocido, sabía que no era así. Como sea, al terminar la lectura Rubirosa tenía los ojos hundidos y húmedos. Dijo: "Ustedes no saben cuan terrible es la culpa". Recuerdo que en esa ocasión, después que Camille se retiró a dormir, después de varias botellas de syrah Santa Eulalia, y casi tres cuartos de kilo de queso y muchas aceitunas negras cuyos cuescos llenaban los ceniceros, Rubirosa me confidenció que desde niño se tiraba de espaldas en los umbrales de las puertas para ver los calzones de las mujeres. "No sabes cuanta culpa sentía" me dijo sonriendo con la mirada. Me aseguró que la culpa siempre lo torturaba, pero la compulsión era más fuerte. "Tienes la sangre tan caliente" me decía mi padre, cada tanto. "Para mi" reconoció, "Camille fue mi redención". "¿Y que significado tiene Castro, entonces?" me atreví a preguntar, aunque reconozco que luego sentí vergüenza y creí haber sido irrespetuoso. La sola pregunta significaba una duda y me hizo sentir culpa. "Es éso, precisamente" me dijo, achicando los ojos hasta casi desaparecer tras una línea: "Un profundo estudio de la culpa". No sé por qué me atreví a preguntar: "¿Por qué de la culpa?. Castro es un desviado sexual". "Ésa es la peor de las culpas pues no tiene nunca perdón. Podría tener redención pero no perdón" dijo.

En el capítulo nueve Castro repite la conducta de Rubirosa: Tiene casi cinco años y está tirado de espaldas en el umbral de la puerta de la cocina, entonces pasa Blanca Perla sobre él, que cree ver repetido su rostro salvaje bajo las faldas; su melena rebelde y su boca roja vertical, entonces se toma de sus piernas y trepa entre risas. La resistencia de ella es demasiado débil y cuando Castro besa su boquita bajo las faldas ella lo toma en brazos y lo lleva a su propia habitación donde pierde la inocencia pero no la ingenuidad. Esta escena se repite hasta el cansancio, durante toda su niñez y a lo largo de muchos capítulos, hasta que Castro cree haber pervertido a Blanca Perla y convierte a su propio padre en su enemigo. Al lector no le queda claro si, desde un principio, esto es sólo una fantasía de Castro que llega a transformarla en una verdad forzosa y si en efecto ocurre. La escena es siempre velada y casi alegórica y más. Lo mismo sucede en el capítulo veinte cuando su propia madre lo invita a jugar a su dormitorio y lo acaricia por primera vez. Pero sus caricias son sucias y se dirigen siempre a sus partes íntimas, mientras lo desnuda entre risas, a la vez que se deja desnudar por Castro. En los quince capítulos siguientes la historia se va repitiendo reiteradamente con ligeras variaciones, hasta que el relato es una nebulosa en la que Castro confiesa haber seducido y violado a su madre, para desquitarse de su padre y sus castigos. En el capítulo treinta y nueve Castro es un adolescente de no más de diez y siete años y su padre lo sorprende en actitudes indecorosas con Blanca Perla y lo castiga severamente delante de ésta y de su madre dándole unas bofetadas. En los siguientes capítulos, y siempre en la misma tónica confusa, Castro revive una y otra vez y más esta misma escena que lentamente va cambiando capítulo a capítulo, hasta que finalmente en el capítulo cincuenta y dos la situación es absolutamente inversa, y es Castro quien sorprende a su padre sosteniendo un relación sexual con Blanca Perla sobre el mesón de la cocina y en frente de su horrorizada madre. Entonces Castro golpea por primera vez a su padre y viola a Blanca Perla como escarmiento. Al releer estos capítulos el lector encuentra la realización (¿Verdadera?, ¿Ficticia?, ¿Soñada apenas?) del anhelo de niño de golpear al padre por robarle la ternura de su madre y Blanca Perla. En el relato final Castro golpea a su padre en el pecho y lo tira sentado en su silla de cuero y madera. Al caer, puede ver que no sólo su expresión es la de un pobre imbécil, sino que además está completamente desnudo, entonces se dice a sí mismo: "Al fin conozco tus pobres pies de barro". Más adelante, a partir del capítulo setenta y dos, Castro compendia todas estas escenas de su niñez, sin comprender que su relato está repleto de disculpas morales que lo truecan de villano en héroe a sus propios ojos y que ha trasladado la figura de su padre a la de su tío Alfredo.

Hacia los últimos capítulos, en cambio, encuentro uno que a ojos de la crítica es una prueba irrefutable del carácter autobiográfico de "Castro". Puedo decir que Rubirosa me relató, en cierta ocasión, un viaje en el cual se basaría esta aseveración. En aquella ocasión había escapado de la rutina de las librerías en que firmaba sus obras, de las mesas de tertulias donde don Misael (aún no compraba la casa de la calle Brescia donde nos reuníamos bajo el parrón), de el acoso permanente de Camille que no lo dejaba escribir y más, y había partido al norte sin equipaje ni aviso, caminando, con la intención de llegar hasta donde sus pies lo llevaran y hasta que la nostalgia lo trajera de vuelta. A la subida de la cuesta de El Melón se encontró con una mujer joven a la que jamás preguntó el nombre, que esperaba en el sol tibio de otoño algún camión que por buena voluntad la llevara a Copiapó. Rubirosa la habló sólo porque tenía el pelo intensamente rojo y los ojos tan celestes que parecían no existir. Algo le comentó sobre estos hechos de modo que la mujer comenzó a dar explicaciones. Estaba a la mitad de alguna cuando un camión que llevaba explosivos al mineral de Chuquicamata se detuvo, y ofreció llevarla. Al parecer el chofer ya la conocía. Ella subió y sin más invitó a Rubirosa: "Todos cabemos bien" le dijo, como si fuera la propietaria, y continuó hablando del color de sus ojos y del rojo de su pelo. Durante toda la noche, sin importar la presencia del camionero, la mujer y Rubirosa tuvieron sexo a gritos y bufidos como si fueran dos morsas en un fangal. Tal vez el viaje de Castro al sur esté inspirado en éste, pero hay diferencias sustantivas partiendo por el motivo y dirección de cada viaje. Rubirosa se dirige al norte sin motivo ninguno, mientras Castro va a Puerto Montt en busca de Blanca Perla a quien no ve desde hace veinte años. Es cierto que ambos encuentran una mujer en el camino, pero Castro toma un pasaje en bus y Rosalba Cañón, su compañera eventual de asiento, se presenta y le da su nombre. Castro no. Rosalba y Castro no tiene sexo sino hasta pasado Chillán, pero de ahí en adelante el narrador da cuenta que Castro tuvo, hasta bajar en Puerto Montt, no menos de veintitrés orgasmos y Rosalba solo cuatro. Como sea, trabajaron en el más absoluto silencio y sólo el chofer y su ayudante supieron lo que sucedía por lo agitado de sus respiraciones bajo la manta que los cubría. Rubirosa, en cambio, confiesa que no logró llegar al clímax sino hasta que oyó los primeros trinos de los zorzales por la madrugada y no quiso preguntar a su pareja por no detener sus gritos de meretriz, pues temía que el chofer se quedara dormido.

Como sea, este capítulo es singular dentro del relato ya que es el primero en el que no hay culpa o sentimiento de ella, ni tampoco transferencia o fenómeno alguno de negación. Pareciera ser el comienzo de la sanación de Castro. En los siguientes se reitera la falta de culpa que se remplaza en forma confusa con extrañas penitencias como la búsqueda incesante de Blanca Perla, a la que finalmente encuentra en Castro en la isla de Chiloé, pero, com Dickens, la encuentra convertida en una mujer vieja, gorda, sin dientes ni atractivo y más. Este encuentro que llenaba las ilusiones de Castro había, al parecer, llegado a simbolizar la redención final, sin embargo no es más que un pobre último castigo que sólo lo tortura como una última venganza del padre.

Castro no es en modo alguno una de las obras más extrañas de Rubirosa, ni tampoco cercanamente, la más polémica, pero sí es la que más revuelo ha producido debido a la eterna discusión de si es o no una especie de autobiografía en clave. Incluso hay quienes creen ver en la mujer del bus a la Carrascales y en Blanca Perla insisten en ver una alegoría de Camille. A este respecto he sostenido interminables discusiones con Norman Gutiérrez y Rommel Miranda.

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