Kepa Uriberri
Artículos de opinión

¿Cómo se procesa la culpa ajena?

Pienso en cómo cierto personaje se hace acreedor a una culpa que será de dominio público, o que podrá aspirar a él, de muy diversas maneras. A veces una creencia profunda, a veces una cuestión de valores básicos, llevan a ciertas decisiones que constituyen valores morales. Por ejemplo, la defensa de la justicia social que lleva a alguien a matar y robar para reivindicar la propiedad de la tierra usurpada a sus ancestros. También matar en la guerra, en defensa de los valores patrios. En un plano de acción más personal podemos pensar en el magnicidio, o bien en el ámbito político en las decisiones de reformas que implican sentimientos de despojo en el adversario y así tantas y tantas formas de culpa.

Quisiera analizar someramente un par de casos. Para el primero analizo el caso de un político profundamente reformista, con un apoyo social no mayoritario, pero encabezando un movimiento altamente enfervorizado. El fervor lo lleva a extremar medidas de reforma que producen fuerte rechazo de adversarios no mensurables. El fervor lo lleva a evaluarse equivocadamente como gran mayoría. El empate, o el juego de poderes, no importa cual, lo lleva al fracaso definitivo. Fracasa ante sus seguidores y fracasa ante sus adversarios, agregando un sentimiento en estos últimos de rompimiento social. ¿Cómo se evalúa la culpa en este caso?. Desde luego las consecuencias del fracaso, visto desde la posición de los adversarios constituye una culpa evidente y condenable. Desde el punto de vista de los seguidores fervorosos, podría darse dos situaciones: Una es la heroica. Si en términos de potencia y memoria social hay una postura mayoritaria que valora el intento fallido, el fracaso puede ser visto como heroico. Lo mismo puede suceder si la acción del fracaso es vista como ejemplar. Pienso en las acciones de inmolación personal por ideales sociales, como el caudillo que no rescinde el poder sino hasta la muerte, dejando un mensaje carismático. Otra posición es la del luchador solitario, que genera grandes expectativas y su fracaso frustra a sus seguidores que lo ven incapaz de solventar la confianza recibida. Talvez la forma de un mismo fracaso o el carisma del fracasado, convierta la misma culpa, que a otro convierte en héroe, en condenado.

Pienso en la misma situación delineada, pero bajo la vista hasta la base social. Habrá en un movimiento social que ha llegado al fracaso, quienes hayan sustentado el apoyo social para la realización de la acción finalmente fallida. Talvez la culpa del ciudadano común no exista, sino todo lo contrario, cuando el caudillo es convertido en héroe por su fracaso. En caso contrario y sin importar la participación real del militante de bases, cargará siempre la condena. Éste es el caso de los revolucionarios fracasados y de sus partidarios: El sólo fracaso de la revolución los convierte en culpables. No importa si el movimiento revolucionario es justo o absurdo: En un caso se llamará revolución y en otro levantamiento, o dependerá de su resultado, pero siempre quien juzgue será el vencedor.

En todos los casos una misma culpa puede ser enjuiciada de diferente modo, y valorada en forma absolutamente opuesta, sin siquiera entrar a distinguir niveles morales, políticos, personales, sociales y más. Sólo pretendo ver la culpa como entidad completa, asignada a terceros. He visto al mismo sujeto vitoreado y vilipendiado, según quién sea y qué sienta el manifestante. He visto a un mismo manifestante alabar a un tirano y asesino para luego condenarlo por haberse apropiado de fondos de la nación. Es extraño. Es extraño, también, ver cómo ciertos héroes morales se desmoronan por culpas menores o ajenas a la calidad moral que se le reconoce, o cómo pierde fuerza la idea sustentada por una persona a través de la culpa personal. Pareciera que la valoración moral de una idea o un principio variara según los actos de quien la sustenta, de modo que quien condena la injusticia en una cierta acción adquiere doble culpa si ha incurrido en la falta que condena, a la vez que hace perder fuerza a la doctrina que sustenta. Del mismo modo, tampoco quien haya sido condenado por una falta parece tener derecho a los méritos ajenos a aquella culpa.

Suele suceder que quien incurre o se le descubre una culpa quede estigmatizado como culpable en todo ámbito. El gobernante derrocado de golpe pasa a ser un miserable que condujo a la nación a todas las penurias y al caos material y moral. El tirano reemplazado por otro tirano es un bandido y el nuevo tirano un héroe. Éste se convierte a su vez en bandido al ser derrotado por la democracia. Los logros, si los tiene, y por qué no, dejan de ser propios a partir de ser derrocado o derrotado un tirano por otro o por la sociedad toda. Sólo se lleva la culpa. Otro tanto sucede por quienes hayan abrazado la idea de quien fuera tirano, sin importar las motivaciones, o la claridad de juicio que haya tenido o podido tener al hacerlo.

Puede, y se da el caso, como sucede con el escritor Günther Grass, que acaba de confesar su participación eventual en las SS de la Alemania Nazi; que me lleva a rondar estas reflexiones, que las culpas resulten del todo nominales. La incurrencia en la culpa es muchas veces causada por equívocos que el eventual culpable no conoce, o no es capaz de juzgar, o enjuicia desde un punto de vista parcial en relación a los sucesos. El joven, quizás niño, Grass ve a su nación agobiada por el acoso del resto de Europa. Se le transfiere una imagen de Alemania usurpada e injustamente doblegada que debe reivindicarse. Es ese sentimiento el que lo lleva a enrolarse. ¿Es capaz, en esas circunstancias, de juzgar? ¿Puede decidir a donde es asignado?: ¿Si a Dresde con las SS o al ejército regular en el frente de combate?. ¿Cuántos jóvenes como él no dudaban en vestirse las camisas pardas?. Tal vez si era casi necesario hacerlo en una marea social tan mayoritaria y llena de sueños, por equivocados que fueran. ¿Cuántos no abrazan sueños sin una conciencia clara del destino tras ellos?. Como haya sido, el estigma le cae tanto como a tantos otros que con el tiempo lo habrán sacudido en medio del anonimato. Grass fue uno más de aquellos anónimos cuya culpa tal vez no tuviera mayor interés para nadie, hasta que dejó de ser anónimo. Habrá talvez un punto de quiebre a partir del cual dejó de ser otro desconocido más y en el cual la culpa quizás olvidada pasó a ser un peso; sin embargo casi me atrevo a asegurar que aquello sucedió muy lentamente como las cosas suelen suceder, de modo que cuando tomo conciencia de ello, ha sido indefectiblemente tarde. Es, quizás, probable que el peso de esa culpa lo haya convertido en voz de conciencia. Tal vez sin ella sólo hubiera sido un testigo de tercera línea.

No puedo saber cual sea la realidad, pero asumida real la que expongo como posible, percibo que lo hago por una cuestión de afinidad con su literatura, con su forma de fantasía y el manejo que de ella hace para crear sus ficciones. Por supuesto incide, aunque no sé que tanto, el contenido valórico que en ellas encuentro. Pero creo que me resulta apenas como una base moral mínima, es decir que si fuera la opuesta, antes incidiría en mi ánimo y simpatía que en el juicio. Debo reconocer que si su producción me fuera antipática, en cambio, es posible que fuera más severo en el juicio. No me atrevo a apostar por la imparcialidad y creo que sólo sería posible ante un total desconocido.

Frente a esta parcialidad en el juicio a la culpa ajena he visto, en estos pocos días una variedad de postura que resultan casi completamente predecibles: Están quienes rasgan vestiduras ante una falta supuesta abominable, quienes lo exculpamos casi sin más, o quienes sin exculparlo comprenden la génesis de su culpa y lo perdonan, pero hay otros, quizás más calculadores, más cercanos a las faltas y a los intereses egoístas, de quienes ni siquiera es posible disentir a la luz de los hechos, si son del todo exactos, que añaden a la acción censurable confesada un interés mezquino que sería repudiable: Se supone que Grass acaba de publicar "Pelando la cebolla", que contiene sus memorias, y a raíz del cual hace su confesión de culpa. Hecha la confesión, la venta del libro subió vertiginosamente agotando las cien mil copias impresas. Ya se ha emitido una segunda edición de ciento cincuenta mil que lleva el mismo ritmo de ventas creciente con el escándalo. Ya hay quienes acusan que las confesiones de Günther habrían estado muy bien calculadas: Una culpa sobre otra con un grueso resultado.

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