Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa
La prensa demoró poco, como era de esperar, en configurar un escándalo en torno a lo que llamaron "La viuda del torturador". Recordaron las destinaciones de Sepúlveda, primero como interrogador experto de los altos ejecutivos de las empresas de administración pública del sector estratégico para la primera revuelta, y luego como administrador de los campos de prisioneros donde cumplían condena los ideólogos del triunfo popular. La mejor construcción de una verdad a medias, que se constituyó en certeza por insistencia, presentó a Rubirosa como un intelectual de la revuelta, un infiltrado y amante de la mujer del torturador. Pusieron además en dudas el suicidio del coronel e insistieron en que la posición del disparo insinuaba más bien un asesinato, que habría sido planeado por los amantes.
Rubirosa tuvo razón. Ese día sólo llegó Rommel Miranda a la casa de la calle Brescia. Con él bajo el parrón de las tertulias que hacía ya mucho tiempo que no compartía, intentamos simular que no pasaba nada y tensamos nuestra conversación en temas que queríamos hacer parecer relajados. Ályson, como siempre, con su melena rubia casi blanca, desordenada, batió el aire sentada en las rodillas de Rubirosa y jugó a dar pequeños puntapiés a los zorzales que comían a su alrededor. Rommel intentaba explicar el significado profundo de la pequeña Phoebe Pyncheon en la alegoría de Hawthorne "La casa de los siete tejados". "En el contexto de nuestra tertulia, tú juegas el papel de la pequeña Phoebe" le decía a la Carrascales, entre guiños, muecas, toces y golpes simétricos en los hombros con la barbilla. La evidencia del intento de desviar un tema que flotaba en el ambiente a ella le resultaba insoportable, de modo que trataba de callarlo contestando con sarcasmos llenos de amargo: "Eso lo ves tú, que tienes los cables tan pelados como Hepzibah Pyncheon", pero como Miranda seguía, sin darse cuenta de la molestia, ella saltó de las rodillas de Rubirosa y se dirigió a la esquina de la terraza donde Rommel se sentaba en su piso desvencijado de madera de tres patas, caminando con su ritmo de animal salvaje. "¿No entiendes de quedarte callado de una buena vez?, ¡por la gran cresta!" le gritó y luego, antes que Rommel Miranda, que la amaba en secreto, alcanzara a ponerse de pie, le apoyó el tacón del borceguí en el pecho y lo lanzó de espaldas sobre las clavelinas.
Ensimismado, Rubirosa miraba el intenso color del syrah que hacía bailar con un movimiento rítmico y persistente de la copa. La Carrascales volvió a sentarse en sus rodillas y le besó los párpados. Dijo: "¿En qué piensas? ¿Acaso no crees que también pasará, como todo pasa?". "Casi no lo creo" respondió. "¿No te das cuenta cómo la culpa me va dando alcance?". No recurdo la expresión precisa con que Rubirosa se refirió la respuesta de Ályson, pero si puedo asegurar que fue de exasperación: Le parecía que dudaba de él y que lo acusaba de ambigüedad. Él habría respondido que la culpa era un ente diferente a la ejecución de una acción: "¡Jamás la habría asesinado!" confirmó, "pero tal vez tenga la culpa de ese crimen. ¿No lo entiendes?". Después de esto todos nos quedamos en silencio. Era un silencio duro, denso, triste y lleno de dudas. Recuerdo que sólo después de mucho rato Rubirosa levantó la vista de su copa y miró las ramazones del parrón arrugando los ojos como si quisiera prestar atención al sonido del silencio. Dijo: "Ya no cantan su tres notas dulces". Como si el universo estuviera hecho tan sólo de sincronías, en ese momento se oyeron tres golpes durísimos en la mampara.
Ya no recuerdo bien si fue Rommel o Ályson quien abrió la puerta, sólo recuerdo que apareció aquel hombre que Rubirosa había identificado como Gómez Arriaza impecablemente vestido, aunque toda su ropa tenía un toque ordinario, ya sea en el color negro verdoso de la tela, o en el género de mal acrílico de la camisa, o la corbata brillante, o más. Lo seguían dos hombres armados con esas metralletas azules cortas, sólidas, que parecen pesar mucho más que su tamaño, con chalecos antibalas también azules, con un enorme cartel en el pecho: "Detective, Policía de Investigaciones". Los dos escoltas se ubicaron uno a cada lado de la puerta como si fueran gemelos inexpresivos, con las herramientas apuntando al suelo y la mirada al infinito. "Bien Rubirosa" dijo Gómez, "usted se va conmigo". "¿Todavía acostumbra a no tener órdenes escritas?" dijo la Carrascales. Como si el que hubiera hablado hubiera sido Rubirosa, sacó un papel sellado, doblado, timbrado, estampillado y con una enorme firma que cualquiera pudo repetir y se la pasó. Recuerda Rubirosa que lo miró sin ver. Sólo pensó que esa firma era igual a la del notario y a la del teniente que extendía los salvoconductos, y a la del gerente de la editorial que le firmaba los cheques de derechos de autor y a la suya propia: Una firma rápida, lanzada, oscilante, sinuosa extendida sin bucles ni látigos, terminada en una vírgula inevitable. No pudo leerla.
Dice que recuerda haber pasado la orden a Ályson, pero no fue así, o si fue de esa manera a mi me falla la memoria. Recuerdo haberla recibido de sus manos, aunque bien pudo pasármela la Carrascales luego de leerla. Si la firma era válida, si los sellos y timbres eran verdaderos, si las estampillas tenían la valoración requerida, entonces Rubirosa estaba arrestado por orden del décimo séptimo tribunal del crimen de la capital, bajo la custodia de la policía de investigaciones para ser interrogado por instrucción de la jueza subrogante América Revolución Ezkarapov Elorza. Gómez Arriaza se lo llevó esposado y a empellones, mientras los gemelos de las metralletas custodiaban inútilmente la puerta de salida de la casa al parrón por donde vi salir por última vez hace ya tantos años a Camille cuando huyó a Francia. Ályson siguió a Gómez Arriaza gritándole insultos y dándole puñetazos en la espalda por maltratar a Rubirosa: "¡Déjalo maricón! ¿No ves que está esposado?". Rubirosa recuerda sólo este detalle de su salida arrestado. Siempre se preguntó "¿Por qué ella le informa que estoy esposado, si sabe que fue él mismo quien me esposó?". Mucho más tarde, quizás años después, escribió el relato "El delincuente" donde recoge esta reflexión y le da múltiples respuestas, intentando develar el pensamiento femenino, sin conseguirlo de modo alguno. No obstante, en aquel relato, y es posible que también ahora habría de ser lo mismo: El delincuente, en definitiva, quedaría libre gracias a la extraña intervención de una mujer. Cuando Ályson volvió a salir por la puerta que da al parrón, con su andar salvaje, marcando con furia el ritmo de sus pasos, los gemelos giraron maquinales y especulares y se fueron tras su escoltado. Desde el parrón oímos la zalagarda de sirenas y pitos que anunciaban su partida y delataban al vecindario y al universo el oprobio del escritor. Todos los pájaros que se escondían entre las ramazones del parrón huyeron despavoridos dejando en su escape una cagadera impresionante. Esto último es una suposición de Rubirosa que ya se encontraba en la calle. No recuerdo ese evento aunque Ályson insiste que es verdad.
Recuerda Rubirosa que Gómez habló por radio durante todo el trayecto, mientras tres vehículos los escoltaban con varios efectivos asomados de las ventanas con gestos amenazantes, que iban haciendo despejar el camino, de modo que llegaron bastante rápido al cuartel de la brigada de homicidios, a pesar que dieron un rodeo que le pareció del todo inútil, como si quisieran pavonearse de su presa. Los cuatro vehículos del operativo llevaban balizas azules centelleando y sirenas ululantes. Al llegar había un buen número de policías armados protegiendo la llegada como si el prisionero fuera altamente peligroso. Lo bajaron a tirones y empujones hasta que lo metieron en el cuartel. Ahí lo llevaron a una pieza grande y vacía, con todas las ventanas tapiadas. Sólo había una mesa de estructura de fierro verde y cubierta de madera prensada y enchapada, con sillas metálicas alrededor, un armario enorme, también de metal y unas lámparas de luz fluorescente verde colgando muy alto del techo. Nada más. Ahí lo dejaron solo durante un tiempo infinito, quizás toda la noche. En algún momento Rubirosa se sentó en una de las sillas, agotado y dejó caer la cabeza sobre los brazos, apoyados en la mesa para descansar. Cree que alcanzó a dormitar breves minutos cuando entró Gómez Arriaza con otro, conversando alegremente. Ambos estaban peinados, fragantes, planchados como si se hubieran bañado recién, como si en ese mismo momento vinieran llegando al trabajo. Rubirosa pensó que serían las nueve de la mañana (le habían quitado el reloj y otros enseres, incluidos los cordones de los zapatos). Se sentaron en la mesa conversando entre ellos como si el prisionero no hubiera estado ahí. Hablaban de algún festejo, de la comida y la bebida, de licores, de cerveza, de trasnoche de cansancio y amanecida. El otro reconoció haber dormido poco, mientras que Gómez se había retirado temprano. El otro había despertado con una sed tremenda y mal gusto en la boca. "Todavía estoy raja" dijo y agregó: "No como ustedes que están fresquitos y descansados". La frase parecía incluir al detenido. A Rubirosa le dolía vagamente la cabeza y sentía mal sabor de boca. "Vamos a tomar un café" invitó el otro. Gómez Arriaza aceptó. Tal vez pasaron dos horas o diez minutos antes que volvieran. El otro traía una cuerda del grueso de un dedo índice de mujer y de unos dos metros de largo. Gómez Arriaza venía comiendo un trozo de sandwich con carne y palta que le untaba los dedos, a los que frecuentemente les pasaba la lengua para limpiarlos. En la mano libre traía un vaso plástico con una bebida oscura y espumante. Se volvieron a sentar. Gómez lanzó un eructo profundo y perfumado.
El otro bromeó mientras trenzba un nudo en el extremo de la cuerda. A Rubirosa le llegó el aroma de la carne, el pan remojado en espuma y el azúcar de la bebida. Creyó sentir nauseas. Recuerda que se preguntó: "¿Por qué no me hablan?". Se le pasó por la mente preguntar qué querían de él, pero sentía demasiado cansancio y tuvo temor de no expresarse correctamente. Entonces recordó los castigos del campo de prisioneros y la satisfacción de los pequeños triunfos que a veces lograba cuando después de días encerrados en un calabozo, o en esa caja que llamaban el infierno, a fuerza de orgullo aparentaba no estar afectado y decidió hacer de cuenta que no estaba ahí y que ellos no existían. Se incorporó para escapar del olor del eructo y se fue a parar apoyado en la pared más lejana. Ellos aceptaron el desafío y tampoco hicieron nada. Siguieron conversando como si él no estuviera ahí. Después de un tiempo, como si terminaran una reunión privada, se incorporaron y se fueron. El otro dejó la cuerda que estaba anudando olvidada sobre la mesa. Tenía en un extremo un nudo corredizo.
La siguiente vez Gómez Arriaza volvió solo. Rubirosa creyó que había entrado justo cuando comenzaba a dormitar de modo que sintió un cansancio agobiante. Gómez tomó con desagrado la cuerda e hizo un gesto de desaprobación. Abrió el armario y la anudó en la barra para colgar ganchos de ropa con un nudo de doble gaza en ocho y probó su resistencia. El ojo del nudo corredizo que había hecho el otro policía en el extremo, quedó a un metro y veinte centímetros de altura, según calculó Rubirosa. Pensó que una persona podría ahorcarse ahí si se dejaba caer sentada, pues el espacio era bastante amplio, pero rechazó, turbado, el pensamiento. Gómez dejó la puerta del armario abierta, de modo que él podía ver el nudo todo el tiempo. Recuerda que se dijo que era extraño dejar la cuerda a la vista, si su actitud al sacarla de la mesa parecía de censura, sin embargo la falta de sueño le confundía el pensamiento y prefirió rechazarel tema de su mente. Entendió, en todo caso, que había ahí una frase en un lenguaje simbólico, que por demás él mismo solía utilizar en su literatura, de modo que hizo un esfuerzo por ignorarla: "Preferiría no comprender" se dijo. Gómez se sentó frente a él en silencio y se miró largo rato las manos entrelazadas. Rubirosa supo que no pretendía evadir su mirada sino apropiarse del control y del tiempo. Después de largo rato lo miró y dijo: "Bien, Rubirosa: Hagamos esto rápido para que podamos ir a comer algo y a descansar, ya que sus amigos no se han preocupado, ni siquiera, de traerle un abogado". Rubirosa sintió que una desazón extraña corría por su interior. Hasta ahora no se había percatado que lo habían abandonado. Recuerda que su vista se fue, sin querer, a la cuerda colgada en el armario. "¿Desea que le traigamos uno?" preguntó Gómez. Rubirosa creyó sentir un aire sardónico en la pregunta. Guardó silencio y enfrentó la mirada del otro tensando la suya hasta que sintió que anulaba el control del otro. Todavía esperó un minuto más. Dijo entonces: "No tendría nada que decir ni con abogado ni sin él". "Podría decir por qué la asesinó" respondió el otro, retirando la vista en un gesto absolutamente falso. Rubirosa confiesa que pensó que era un recurso: "Pudo haber resistido mi mirada bastante más". Se dijo a sí mismo: "¡No logrará engañarme!". Sólo repitió: "No tendría nada que declarar", pero reconoció con rabia que Gómez había descubierto su abandono. "Siempre he estado solo" se dijo. "Siempre he sido yo quien los ha acompañado a ellos" pensó, sintiendo un desagradable peso en el pecho. Otra vez se sorprendió mirando la cuerda. "No los necesito. ¿A quién le importa? ¡A nadie le importa!" concluyó. Gómez, incorporándose respondió: "En ese caso podemos conversar más tarde. Tal vez ya tenga, entonces, alguien que lo aconseje" y se fue sonriendo con ironía.
Rubirosa intentó dormir. Se sentía fatigado, de modo que apoyó los brazos sobre la mesa y dejó caer la frente sobre ellos, luego cerró los ojos. No pudo conciliar el sueño. Pensaba en por qué nadie había venido a buscarlo. "Me están olvidando" se dijo, "no me importa, ¿A quién le importa?" pero de uno u otro modo estaba obsesionado con esta idea y no podía dormir. A pesar de todo en algún momento el cansancio pudo más y se perdió en una oscuridad pesada. Con todo, cree que no pasaran más de tres minutos antes que volviera Gómez con el otro policía. "Bueno Rubirosa" dijo el otro, remeciéndolo para que despertara: "Lea esto y fírmelo aquí" dijo, poniendo frente a él unos papeles escritos a máquina, con muchas enmiendas tachadas y algunas reescrituras de palabras que no quedaban del todo claras, y un lápiz de pasta mordido por la parte trasera, con un elástico enrollado en la mitad. "¿Qué es?" preguntó. "Su declaración" dijo Gómez. "No he hecho declaración alguna" respondió. "No es necesario: Sabemos bien qué tiene que declarar" respondió. "Con esto bastará para que pueda ir a comer y dormir. Nosotros no lo vamos a abandonar" agregó el otro policía. Rubirosa pensó que le convenía saber qué querían que declarara y leyó el documento incluidas las enmiendas.
Se acusaba de haber asesinado a Olvido en cierta fecha precisa que le pareció posterior a su desaparición en al menos una semana. La causa sería que ella estaba arrepentida de haber asesinado al coronel Sepúlveda y pensaba confesar y relatar por qué lo había hecho.
Él habría intentado evitar su confesión lo que habría deteriorado la relación. Ella, por temor habría jurado no delatarse pero no la creyó confiable y finalmente la asesinó de un tiro en la nuca, igual que había muerto Sepúlveda. Rubirosa la había arrojado al río en el Parque de los Reyes, lo mismo que el arma. Pensó que la acusación, por sí misma era tan terrible que siendo muy probable que ésta ya circulara en toda la prensa, era seguro que jamás se libraría de esa culpa. A la vez se dijo: "En cierto modo, sin haber sido el asesino, soy culpable de su muerte. Yo la asesiné en el desierto cada vez que la amé". Se tapó la cara con las manos y reflexionó que la culpa judicial era casi nada junto a la culpa personal y menos aún frente a la condena social irreparable. "¿A quién le importa si firmo o no?" se dijo y tomó el lápiz. Sintió más que nunca el dolor intenso de la culpa que siempre lo agobiaba y no se explica por qué, en ese momento, llegó al convencimiento que acusarse podría ser una forma de redención. Escribió esa erre extraña y característica de su firma y sintió como si le estallara toda la adrenalina acumulada en el cuerpo, entonces rayó con furia sobre ella, tachando, hasta que el lápiz pasó hacia el otro lado del papel. Gómez Arriaza soltó una risa cínica y forzada. El otro meneó la cabeza negando. Dijo, sin mirar a Rubirosa: "Lamentablemente habrá que hacerlo". "No, no. Hay que evitarlo" dijo Gómez como si temiera. "No hay más solución", dijo el otro. "Mañana hay que llevarlo con el juez y no tiene una declaración firmada". Rubirosa miró el armario metálico, con las puertas abiertas y vio la cuerda. Los dos policías se fueron y lo dejaron solo con la declaración. Cuando volvieron traían un balde con agua y varias toallas. Sin decir palabra lo desnudaron y lo hicieron ponerse frente a la pared con las manos apoyadas en ella. El otro policía mojó una de las toallas y la enroscó, estrujándola, de modo que quedó como una porra y lo golpeó en la espalda a la altura de la cintura con una fuerza inusitada. Gómez Arriaza lo atajó y le impidió que diera el segundo golpe. "¡No seas bestia!" dijo, como si fuera el protector del prisionero. "¿Acaso no te das cuenta que eso es una brutalidad?". El otro con voz serena respondió: "Es necesario" mojó la toalla otra vez y descargó otro golpe. Gómez le quitó la toalla de las manos y la lanzó a un rincón. Ayudó a Rubirosa y lo llevó a sentarse. "Es mejor que firme" le dijo. "Yo no puedo evitar el procedimiento". Rubirosa, sin querer, vio de nuevo la cuerda en el armario. Sintió que los golpes lo habían reventado por dentro pero volvió a recordar los pequeños triunfos cuando resistía el infierno o las horas de rodillas en mitad del desierto, e incluso los simulacros de ejecución, sin una queja. "Hay que ayudarlo un poco más" dijo el otro arrancándolo de la silla. "¡No! no" dijo Gómez, "va a firmar... va a firmar" y se interpuso entre ambos. Se produjo entre ellos una discusión que Rubirosa sintió absolutamente falsa. Finalmente el otro le gritó en la cara: "¿Vas a firmar? ¡Sí o no!". Gómez insistió: "Sí. Sí va a firmar. Sólo dale un tiempo". Rubirosa dijo: "Preferiría no firmar". Gómez abrió los brazos y sacudió la cabeza como vencido. Lo volvieron a poner contra la pared y lo golpearon hasta que no pudo tenerse en pie. "Es mejor que firme" dijo Gómez: "¡Por favor!". "Preferiría no hacerlo" respondió. "Déjalo descansar para que piense" rogó Gómez. Entonces el otro lo arrastró al interior del armario metálico y lo encerró pasando la aldaba. Rubirosa alcanzó a vislumbrar la cuerda colgada y luego perdió el conocimiento, había conseguido su pequeño triunfo.
Despertó en la oscuridad intensa del interior del armario, y no lograba pensar donde estaba ni explicarse nada. Sentía urgencia de tomar alguna decisión, pero no sabía cuál, ni sobre qué. Casi por instinto alargó las manos y se topó con la cuerda. "Todos me olvidaron" pensó, "pero a quien le importa: A nadie le importa". En la oscuridad buscó con las manos hasta que encontró el ojo del nudo corredizo. Jugó un rato con él, mientras recuperaba la plenitud de la conciencia. Quiso levantarse para ver si podía pasar la cabeza por el nudo, no lograba explicarse por qué. Dice que talvez pensó que era "más por medir la eficiencia de Gómez Arriaza que por quitarme la vida" aunque sintió cierto vértigo con la idea de librarse de todas las culpas y la tortura. "Sería un cierto castigo para los que me han olvidado" se dijo, "verían lo que es perderme". Cuando relata estos sucesos dice que tiene dudas de si todo aquello lo pensó entonces o si lo inventó mucho después. Se sujetó de la cuerda e hizo el esfuerzo de izarse. Sintió que le dolía todo el cuerpo por dentro, supo que no sería capaz de moverse y por un momento sintió lástima de sí mismo. De inmediato pensó, no sabe por qué, en Camille y tuvo una nítida imagen de ella con un canesú entre manos observando por la ventana de su taller hacia la tertulia del parrón. "No recuerdo nada más" relata. "Sólo sé que alguien me había vestido. Estaba bastante aturdido y cargado de cadenas en un carro celular con otros prisioneros. Nos llevaban ante el juez". Todo el episodio del interrogatorio, casi idéntico lo incluyó en "El delincuente". En ese relato el delincuente es abandonado por sus cómplices y él paga por todos ellos. De un modo incierto la culpa del delincuente es algo más bien nominal o relativa. Incluso en ciertos pasajes el lector llega a tener la sensación que la culpa del delincuente es de uno u otro modo de la misma índole que la culpa que, de alguna manera, todos arrastran, salvo que en este caso es explícita en una sentencia condenatoria mientras la del lector es oculta, íntima y sagrada. De esta forma el lector llega a sentirse cómplice del delincuente. Rubirosa confiesa que no está seguro de buscar el perdón social con este relato: "Pero talvez sí". Como sea, éste forma parte de un libro, del mismo nombre, donde todos las narraciones analizan la culpa, el perdón, la reivindicación y sobre todo la soledad que la culpa incluso inocente, acarrea y produce.
El juez dijo: "¡Vaya! Otra vez aquí Rubirosa: Millán versus Rubirosa" recordó de inmediato. Miraba al techo de la sala como evocando. "Aún recuerdo sus teorías promoviendo la violencia. Al menos ahora se ha reconocido culpable" concluyó mirándolo burlón. "Jamás lo haría" contestó Rubirosa. "Aquí tengo su confesión" levantó los papeles que le habían dado a firmar. "Esa no es mi declaración. Gómez Arriaza y el otro policía pretendían que la firmara, pero no lo hice". El juez le mostró la "Erre" que el había trazado y rayado y le preguntó si esa no era su firma. Rubirosa negó. "Sin embargo ¿esta grafía la hizo usted?". La pregunta más parecía una afirmación. Dice que reconoció la autoría del rayado, de lo cual el juez concluyó que aquella "Erre" denotaba su intención de firmar, aunque prefiriera, finalmente, abstenerse. "Tenemos además sus antecedentes de violencia" dijo el magistrado y le aseguró que difícilmente escaparía de una condena severa. "Pensé que todo era circunstancial, que estaba terminando el trabajo de ablandamiento de Gómez y el otro. Preferí no decir nada. Sólo aumentaría su antipatía" asegura Rubirosa. Dijo entonces: "No se me ha permitido tener un abogado". "No he hecho ninguna acusación aún. No sería necesario. Además está incomunicado" dijo el juez con algún desprecio. Rubirosa reclamó su derecho: "Se me debe permitir un abogado". El otro respondió: "¡El juez soy yo!. ¿Me va a enseñar a administrar la justicia?".
"Me llevaron, por orden del juez, a Capuchinos. Al menos ahí los prisioneros no éramos delincuentes habituales y pagando uno tenía ciertas comodidades", dijo. Ahí pudo recibir al abogado que habíamos buscado y también la visita de Ályson y de Rommel. No aceptó otras. Sin embargo, reconoció mucho después, que había recibido la visita de un segundo abogado. Éste consiguió la libertad bajo fianza y a la larga se haría cargo de la defensa. Toda la acusación se basaría en la declaración de Rubirosa, que éste marcó con esa "Erre" fatal y en los antecedentes que, según el juez, demostraban que Rubirosa era un promotor de la violencia y tenía condenas previas por eso. El arma se encontró, tal como decía la declaración, en el lecho del río a la altura del Parque de los Reyes. Con ella se había asesinado a Olvido, sin ninguna duda, pero estaba limpia de huellas. Los antecedentes de la compra del arma y su inscripción eran falsos y estaban a nombre de un tal Yefferson Rubinar que había muerto hacia mil novecientos cincuenta y dos.
El juicio se alargó por muchos años y a pesar del escándalo se fue olvidando con el tiempo. Cuando se dictó la sentencia nadie recordaba los hechos y el escándalo reventó de nuevo aunque Rubirosa ya estaba, para ese entonces, destruido. Aunque los amigos volvieron a la tertulia, ya nunca volvió a ser lo mismo. No obstante que escribió muchas otras obras, ninguna se vendió aquí y el era un desterrado virtual. Con el tiempo y el olvido también los amigos desaparecieron tras otras figuras.
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