Kepa Uriberri
Artículos de opinión
Habrá siempre quienes puedan decir, con mucha razón, que la realidad es otra diversa y no aquella que se usa cotidianamente como norma operativa. Es así que Galileo arriesgó su vida, pienso que inútilmente, cosa que él terminó por percibir y se desdijo de su modelo que cambiaba la forma relativa de operación del cosmos a ojos del hombre. Es una curiosa cuestión intensamente ejemplificadora. Hoy todos sabemos que es la tierra la que gira en torno al sol y no a la inversa. Sin embargo, a poco andar, Galileo fue desdicho aunque no contradicho: Si es la tierra o es el sol es en definitiva una cuestión de referencias y depende del requerimiento del modelo en uso. Para el hombre cotidiano y más para el romántico, sigue siendo el sol que gira en torno a él. Es tanto así, que nunca se llegó a inventar, en ningún idioma, dialecto, lengua, o ideario un concepto que reemplazara a la salida del sol o a la puesta. Sería absurdo pretender que alguien quisiera ir a ver la pasada del sol por el horizonte lejano. No. Lo que nos mueve, románticamente, es la puesta de sol y lo que nos despierta cada mañana es su salida: Es el sol quien se mueve en torno a una tierra completamente estática.
Tal vez haya alargado el exordio anterior innecesariamente, o quizás sea bueno haberlo hecho como un estímulo a la comprensión abierta antes de plantear un tema que se hace difícil y es árido sin algo de romance.
Hubiera querido hablar en relación al bien y al mal que es más trascendente, quizás tanto como la egocosmia de creer, en el hecho, que el sol nos circunnavega. Es que el bien y el mal tiñen la ética, la moral, el comportamiento y la conducta que son importantes herramientas de poder cuyos modelos se defiende a ultranza sin importar que el punto de vista sea atrabiliario o modernista, post o premuro, post o preguerra, post o preinvasión, post o pre lo que sea, tampoco se detienen los defensores de modelos en las decimononias o en las secularizaciones estanco de la historia, sin importar que el hombre sea en toda edad y período de la historia tan sólo hombre, entre bosques o entre selvas de metal y concreto. En fin, dejaré el bien y el mal de lado y revisaré una modelación de las visiones arquetípicas humanas que puede ser fácilmente llevadas a ese par por analogía pero que no lo son.
Percibo al hombre como un ser bipolar que sin embargo está compuesto por innumerables dipolos que enriquecen su esencia. Mencioné el bien y el mal: Para evitar vueltas, baste con decir en cuanto al hombre ése es un dipolo. Lo son la alegría y la tristeza, lo mismo que la melancolía y la euforia, la quietud y el movimiento, y tantos y más y más fáciles de encontrar. Elegiré por facilidad de comprensión, la alegría y la tristeza, pero todo lo que en ellas se concluya como modelo, creo que es aplicable a todos los demás dipolos, cosa que queda planteada como una cuestión de reflexión para quienquiera.
Para delimitar el ámbito de acción, pienso en los extremos más alejados del eje seleccionado para el dipolo, es decir la máxima alegría y la máxima tristeza posibles. Se requerirá de un esfuerzo de abstracción para suponer que exista en este eje continuo una frontera cerrada, pero aun siendo abierta y considerando que después, o más allá de un estado de tristeza podrá haber aún infinitos estados de tristeza mayores, tanto como se plantea que sin importar lo extremo de un punto en una recta siempre habrá uno más allá, certificando la tendencia al infinito. Daré el hecho de la frontera cerrada por superado pues de no ser así, de cualquier modo el análisis que aquí iré proponiendo consiste, precisamente en el cierre y limitación, al menos en la abstracción, de dichas fronteras.
Antiguo modelo, al límite arquetípico, aún cuando ésto es muchas veces inaceptable cuando no cerramos la mente como herramienta de modelación sino como disposición filosófico temporal, es aquel que plantea al hombre como pecador en origen, que lo hace perder el estado de felicidad perenne, haciéndolo conocedor sufriente de la desgracia. Ya está sugerido, habrá quienes no concuerden con la motivación del hombre que busca la felicidad perdida, el estado de perfecta alegría del Edén, la armonía que éste significa y más; pero como sea es tanto como el sol que es sabido no gira en torno a la tierra, no obstante lo cual así lo asumimos en nuestro cotidiano. Del mismo modo, la pulsión del hombre es fijar el norte en un conjunto de valores del extremo positivo de los ejes polares que lo movilizan: La felicidad, la justicia, la igualdad, la alegría, y tantos más que pondremos siempre en un extremo bueno del dipolo. El estado de perfección, que llamaré de edén, es aquel que supone al hombre en forma perenne en el extremo positivo de todos estos dipolos. Siendo de este modo, pienso tan sólo en la variable que me ocupa cuyos extremos fijan su recorrido entre la extrema tristeza y la extrema alegría. El estado de perfección asumiría que el edén está en la extrema alegría, pero siendo las fronteras, como ya se vio, abiertas, no sería, ésta, posible. Jamás se alcanzaría la extrema alegría y por tanto no existiría un estado de edén. Para no añadir angustia a la falta de completa alegría, asumamos que conseguimos un artilugio que permite fijar un estado preciso y alcanzable, incluso conocido, de alegría extrema real, independiente del límite al que se tienda como frontera, con lo cual cerramos el extremo superior. No quisiera, no tiene sentido hacerlo, discutir cual sería dicho artilugio de modo que deseo aceptarlo como condición del modelo que hasta puede ser fallido en este sentido sin que afecte la reflexión en lo que sigue.
Sostengo que la compulsión del hombre, no sólo personal sino también social, es en cualquier ámbito, y no tan sólo en el económico productivo como tiende a pensar el reduccionismo político en el que caen hasta los más conspicuos sostenedores filosóficos, es a la prosperidad. Para evitar equívocos diré que en cualquier variable la prosperidad significa una consecución de cuotas sucesivamente más cercanas al extremo positivo del dipolo. En el eje del bien y el mal sería el acercamiento al bien, en el de la melancolía y la euforia sería la euforia (Tal vez habrá quien desee invertirlo), en otro ámbito la justicia, la armonía, el orden, más y más. En la variable de nuestra reflexión sería la obtención de mayores cuotas de alegría. Éste es un fenómeno casi táctil, así como los escarabajos carolina suben en busca de la máxima altura, creo que la prosperidad en el hombre es casi un tactismo. En fin, supongamos que en su incesante búsqueda, sean cuales sean los motores, el hombre logra limitar en su proceso social y personal, la tristeza. Quienes hayan experimentado tristezas superiores al límite fijado, o quienes se vean beneficiados del límite al disminuir si nivel de tristeza, acusarán un mayor impacto del hecho que quienes sólo lo vean como un logro teórico. Sin embargo la certeza de la limitación implicará algún efecto de cualquier modo. De todas maneras el concepto íntimo de tristeza o alegría no tendrá variación ninguna y su efecto será diluido en el tiempo en tanto cuanto deje de haber individuos que conozcan la experiencia de limitación. Para facilitar las cosas llamaré generación al conjunto de individuos para quienes el impacto del cambio fue una experiencia viva. Pasada la generación, no habrá diferencia ninguna en relación a la generación subanterior, previa al cambio: Existirá el dipolo alegría tristeza y tendrá extremos que definen su rango. Siempre se tratará de no caer en el extremo negativo y de desplazarse hacia el positivo.
Supongamos, que en su afán de progreso, el hombre logra encontrar un rumbo o un proceso que le permita prosperar persistentemente en esta limitación. En cada paso sucesivo el efecto será el mismo. El máximo limite de tristeza será considerado horrorosamente triste, tanto como aquel ya superado, a partir del término de la generación correspondiente. Cada paso sucesivo sólo tendrá un efecto instantáneo. Sin embargo sería de esperar que llegara un momento y en especial si aceptamos la primera premisa que cerró la frontera superior convirtiendo la utopía de edén en posible; que se alcanzara efectivamente el edén, reduciendo el dipolo a un solo estado de completa e igual alegría para todos. Al igual que antes la generación del logro quizás en efecto experimente la llegada al edén pero indefectiblemente el paso de la generación convertiría el concepto en inexistente: Dejaría de existir el concepto de alegría al no existir un contraste. Es que la alegría es, en sí misma, así como la justicia, o el derecho, o el bien y la misma violencia, o la paz, la melancolía y cualquier otro estado como la riqueza y la salud, o el bienestar en cualquier ámbito y todo lo que interviene en el quehacer humano, una cuestión de contrastes. Es necesaria la tristeza para la existencia de la alegría y la violencia para la tranquilidad, la guerra para la paz, el mal para el bien. Es necesario que exista el continuo y las posiciones dipolares distantes. En el momento en que ambos polos se convirtieran en sólo uno, el concepto o los conceptos antagónicos desaparecen, dejan de ser. Si el bien y el mal llegan a juntarse en un estado único e igual el concepto se suprime y ambas palabras se hacen vacías como tarlasia y erusmia que no tienen significado alguno. En este sentido la lucha por vencer la tristeza sería inútil, pues terminaría con el valor anhelado: La alegría. Lo mismo ocurriría si el mal o la violencia fueran definitivamente vencidos.
Si se considera el logro de un estado igualitario y parejo de alegría para todos los individuos de la sociedad, de acuerdo a esta reflexión, se estaría buscando una utopía imposible, o bien se perseguiría la imposible supresión de un dipolo inherente a la condición humana. Piénsese, si es que fuera posible; en el absurdo de suprimir el mal. Significaría la inmediata desaparición del bien, e incluso del concepto que lo respalda. Lo mismo sucedería con el amor y el odio, y también con la justicia y el abuso. Todo ello nos retrotraería a un estado animal de desconocimiento y aceptación irremisible de los sucesos.
A riesgo de ser acusado de promotor de lo que no promuevo pues ya existe, por darme cuenta de esta paradoja táctil del ser humano deberé decir que si se quiere alegría, es necesario alegrarse de la existencia de la tristeza. De la misma manera es bueno alegrarse del mal o de la tan temida violencia, salvo que se quiera suprimir la paz y la tranquilidad, sus opuestos.
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