Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa
Sin embargo fue como una purga. Perder el juicio significó de un modo u otro ser alcanzado por esa persecución perpetua, ser castigado por las potencias de la vida; esas que existen, que no se controla y que nos hacen el destino de modo casi inexorable. De alguna manera extraña Rubirosa se sintió liberado de tantas culpas que arrastraba, al pagar, precisamente, por una acción que sentía del todo justificada: "Su agresión fue tanto más que una bofetada. Me desafió ante todos los que me respetan y me quieren. Me sobró condena para pagar más que todas mis culpas. ¿No se dan cuenta que era mi festejo?. No merecía ser agredido" decía cuando se comentaba el asunto.
De este modo las tertulias bajo el parrón de la casa de la calle Brescia florecieron con más fuerza que nunca y se reunían ahí todos los artistas e intelectuales que tenían algo que decir. Incluso, equivocadamente. Hubo un día que llegó su agresor sin saber que entraba a la casa de su enemigo. Se dice que alguien quiso hacerle una encerrona, pues había mal habido una fama robada y lo llevó engañado. Cuando se encontró frente a Rubirosa, sin saber que era su anfitrión, le pidió cuentas por atreverse a aparecer en el centro mismo de las artes honestas. Muchos temieron una reacción violenta, pero inesperadamente Rubirosa lo abrazó y dijo: "No hay rencores"; luego lo hizo echar. Talvez esta situación, que en el plano intelectual era una venganza terrible, mucho más allá del desprecio y la humillación subsecuente a la equivocación de su enemigo, no sea comprendida sino como un capricho por la gente común: ¿Para qué abrazarlo y hacer una paz aparente, para luego expulsarlo en forma humillante?. Es que había un mundo de significados en ese par de acciones. El primero y más inmediato le era a Rubirosa, según él mismo lo reconoce, una cuestión de poder que volvía a su fiel a la balanza: Hasta el término del juicio, que lo había condenado, su adversario aparecía como un aventurero audaz manejando el inmenso poder del error de su adversario. La sentencia en el juicio, a ojos del mundo, mostraba no sólo que tenía razón en el litigio, sino, también, en el cuestionamiento a su obra. Es que Rubirosa había calculado mal el efecto del bofetón. Creyó que con éso disminuía a su adversario. Él había perdido el duelo y había merecido hasta el desprecio físico de una cachetada. Sin embargo la demanda exitosa cambiaba las cosas: Había quedado como un escritor de súper ventas pero sin peso intelectual. Más aún: La propia sentencia era lapidaria, no sólo contra su culpa sino en contra de sus ideas. Ésta era la peor de las heridas inferidas a Rubirosa, que no era un hombre de afanes de riqueza o éxito material. Abrazarlo era un símbolo de perdón magnánimo y expulsarlo de su casa era una demostración de fortaleza, aunque no exenta de riesgo. Sólo ésto le daba un cariz de seguridad respecto a su verdad que el otro al no oponer, ahora, una resistencia intelectual, lo mostraba muy empequeñecido. Así mismo lo definió Rubirosa cuando lo interrogaron sobre la situación: "Era sólo un pequeño pequeño" dijo y cambió de tema, sellando el concepto. Desde entonces (nunca supe su nombre) este desafiador desafortunado ganó fama y fue para siempre el "Pequeño pequeño", llegando a ser un símbolo y un paradigma del hombre despreciable que intenta surgir despedazando los méritos ajenos.
Rubirosa adquirió tal sentimiento de triunfo que comenzó a salir solo nuevamente y a hacer su recorrido vital diario, de bar en bar, comenzando siempre en el Alberto y terminando en el Bar Unión, en los bajos del club grande. Su vida había retomado los rumbos de sus mejores tiempos, entre bares y librerías. En una de ellas, en las galerías de las Torres de Tajamar, donde se puede encontrar desde las obras de Augusto D'Halmar, o de Blest Gana, y hasta Los pasos Perdidos de Carpentier, o también El Roto o La chica del Crillón de Joaquín Edwards Bello, y casi cualquier libro de poemas de los más oscuros y brillantes poetas desconocidos, algunos de ediciones de no más de quince o veinte ejemplares, lo encontré un día cualquiera ojeando un ejemplar muy remendado de "Diez" de Juan Emar. "Éste es un escritor" me dijo golpeando con la yema del índice, pertinazmente angulada por el uso persistente del teclado de su antigua Underwood negra, la página que había estado leyendo. En la ochenta y cuatro explicaba por qué los continentes flotan y giran, mientras el núcleo de la tierra no. "Y repito" dijo "su núcleo no. Es decir que Emar demuestra, sin expresión de causa que la tierra misma no gira: ¿Lo comprendes?". Reconocí que no sólo no lo comprendía sino que no compartía su idea. "Emar estaba preparado para eso" me respondió. "Aquí en la página ochenta y cinco lo explica por boca de un ingeniero, con lo cual la razón queda inequívocamente establecida, sin importar otro argumento. El ingeniero hace girar una pelota de tenis en su mano y pregunta si esta gira o no, a lo que habrá que responder que ciertamente sí. ¿Lo entiendes ahora?". Nuevamente acepté mi incapacidad para estar de acuerdo. "No importa nada que pase con el vacío interno, dice el ingeniero la pelota gira y lo demás es sutileza inútil. ¿Te das cuenta?". No me daba cuenta de nada, ni comprendía que quería decir Emar con ese capítulo cuyo nombre, si mal no recuerdo es "Unicornio" y así se lo dije. Siempre me pareció sorprendente y lleno de misterios el pensamiento y las entrelíneas, o incluso las derivaciones de las derivaciones de las entrelíneas de la obra Diez de Emar, partiendo por su nombre y por el contenido de sus diez partes llamadas de Uno a Diez donde por supuesto habla de uno a diez. "Llevo años intentando entender el sentido que tiene estudiar griegos y romanos, clásicos o renacentistas, existencialistas y posmodernos, buscando una razón para mostrar que es una sutileza inútil y resulta que Emar lo tiene dicho tan simplemente: Si estoy donde gira, hablemos del giro: ¿Ya entendiste?". No me quedó demasiado claro, menos aún que parecía más racional el tripulante que constata al navegar el submarino el verdadero sentido de las cosas, que el ingeniero cuyo sentido práctico se reduce simplista, a la ignorancia. "Pero es que Emar siempre era así: Es necesario trastocar para dar a entender las verdades más difíciles en forma simple. Incluso inversa" concluyó Rubirosa y se despidió sin darme oportunidad a que lo acompañara. Lo vi caminar hasta el final de la galería y antes de girar en la esquina se detuvo y se volvió. Dijo, subiendo la voz: "Dime tu nombre que no lo puedo recordar". Supe que todo había vuelto a la normalidad. Por lo demás, en ese momento, puedo dar fe que no había en todo el laberinto de galerías, nadie más que nosotros dos y los propietarios de los pequeños locales.
Diría después, esa tarde en la tertulia, que se había alegrado de verme a pesar de mi ingratitud de abandonarlo cuando más necesitaba el apoyo de sus amigos. Recordó que me había negado a buscarle quien le transcribiera los borradores de El nombre de las cosas y me los devolvió sin siquiera leerlos. Aseguró que me había invitado al lanzamiento y dijo que se alegraba, en todo caso, que no hubiera ido a ver como era humillado por un advenedizo. "Es seguro que aún no se entera" concluyó. Ályson, sentada, como siempre, en sus rodillas intentaba patear a un jilguerito que insistía en rescatar unas migajas junto al zapato de Rubirosa. Dijo: "No quisiste enviarle invitación. ¡Recuérdalo!". Prefirió no recordarlo. Mientras, ella alcanzó suavemente al jilguero con la punta de su borceguí. Él le dio una palmada en el trasero y la expulsó: "Me cansas con tu peso y eres cruel con los pajaritos. Anda a prepararnos algo de comer y entretente en cualquier cosa ahí adentro". Ályson se paró ofendida, y llamó Rommel que daba, en ese momento, alguna opinión en voz tan bajita que nadie lo escuchaba. "Es éso, creo..." dijo y retrajo el hombro izquierdo sobre la barbilla dos veces: "¡Og!... ¡og!...". Ambos entraron, tomados del brazo y desaparecieron al interior de la casa.
Rubirosa había tomado en sus manos al jilguero y le daba migas de pan que sacaba de sus bolsillos mientras escuchaba la teoría de Angol Vega que aseguraba que El Proceso de Kafka
era sólo un reescrito de Crimen y Castigo pero partiendo del tercer capítulo de la segunda parte. Cada escena era relatada a su modo por Kafka que se esmeraba en no mencionar jamás el crimen cometido. "Siempre es posible hacer esos paralelos. Es muy fácil", dijo Rubirosa, rascando la cabeza del pajarito con sus dedos enormes. Citó de memoria: "Una tarde muy calurosa de comienzos de julio el joven que ocupaba esa habitación amoblada, en el piso cinco de la calle S. salio lentamente con aire indeciso rumbo al puente K." y luego construyo una teoría imposible: Kafka, sabemos que nace a comienzos de julio. S. se refiere a Samsa, Gregorio Samsa, y K es él mismo y también el acusado en el proceso. Kafka siempre buscó algún sentido mágico y profundo en Dostoievsky, de quien se creía hermano intelectual". Continuó tejiendo una teoría que iba improvisando, con las obras de Kafka, que demostraba, en su desarrollo que eran reescrituras del genio ruso y de Goethe. Según la teoría hábilmente improvisada, la famosa escena de la ley en El Proceso era casi una transcripción de un relato del alemán de su visita a la iglesia jesuita de Trento. La teoría era tan audaz y parecía tan documentada que Vega preguntó, asombrado: "¿Por qué hace Kafka una cosa así?. ¿Por qué hacer una nueva versión de Crimen y Castigo?. Y más: ¿Por qué excluye el crimen?". Rubirosa echó a volar, delicadamente al jilguerito. "Siempre puedes ver como la gente vive sus culpas. Hasta puedes oírlos reconocer su existencia, pero jamás se confiesa los pecados. Ésa es una aguda observación que Kafka hace y nos regala, aún cuando nadie lo haya descubierto".
Siempre al relatar, Rubirosa parecía revivir y participar de nuevo de la acción que narraba de modo que resultaba especialmente cautivador cuando lo hacía. Así era ahora, que daba este testimonio, pero, de todos modos, fue extraño: Al llegar a este punto de sus recuerdos, Rubirosa hizo una larga pausa y bajo la vista. Intento hablar, mirando al suelo, pero algo en la garganta se lo impedía. Así fue durante un rato largo. Meneó la cabeza, pero no estaba negando. Sólo pedía paciencia. Debo añadir que hay detalles importantes del relato que sigue que no coinciden con los recuerdos de la Carrascales. Ella lo interrumpió varias veces y le corrigió. Él a duras penas enmendaba su relato con molestia. Digo esto porque nunca había visto en una situación así a Rubirosa. Me daba la idea que él quería mitigar algunos hechos y recuerdos y que ella no se lo permitía. Casi lo obligaba a enfrentarse a sí mismo y a su verdad. Parecía evidente que muchas veces habían discutido, entre ellos, por este tema.
Cuando continuó dijo: "Por alguna razón la vida me empujó siempre a enfrentarme con mis fracasos, con mis errores, con mis culpas. Era como si me tendiera celadas. Como si quisiera reírse de mi, o talvez llorar conmigo". Hizo una corta pausa. Recuerda que vio a Ályson, no sabe si alarmada o descompuesta. Quizás ambas. Detrás venía Rommel haciendo morisquetas, cohibido. "¿Quién era esa Olvido?" le dice la Carrascales plantándose delante con los brazos en jarra. Rubirosa cree haber bromeado con ella: "Lo olvidé", dice que respondió, o algún otro juego de palabras, pero ella estaba ofuscada y no lo entendió. Ályson lo interrumpe y dice que sí lo había entendido y que le habría parecido una impertinencia la respuesta, porque intentaba evadir algo que era notorio que ella acababa de descubrir y él le había escondido por mucho tiempo. "Recuerdo que le di un puntapié en la canilla: ¡Responde bien; maricón!" le dije. "Es cierto" reconoce Rubirosa. "Rommel, detrás de ella, haciendo morisquetas y toses le decía algo, que no recuerdo, pero evidentemente trataba de evitar que hablara. Tuve claro que él había sido infidente". Reconoció que Olvido era la mujer de su celador en Putre, y que había sido su amante ocasional. "¿En Putre o aquí?" preguntó ella, dándole otro puntapié. "Tuve que reconocer que la había visto" dijo. Pero ella era otra. Ya no tenía la dulzura y el abandono que le daba el desierto. Era una hembra urbana, fiera de caza y venía a exigir lo que no podía demostrar que se le debía. Se había convertido en una mujer sofisticada, elegante y ambiciosa. "Cuando se fue del campamento de prisioneros me obsequió una cáscara de caracol, como si hubiera sido una niña. Ya no lo era. Le devolví su cáscara: ¡Nada más!" explicó Rubirosa.
Ese día la habían encontrado muerta, flotando, enredada entre zarzamoras a la orilla del río, cerca del aeropuerto medio deshecha, comida por los
guarenes[*]. La noticia la habían dado en la televisión, justo mientras Rubirosa desarrollaba se teoría improvisada sobre Kafka y Crimen y castigo, y dentro de la casa la Carrascales y Rommel Miranda preparaban algo de comer para los contertulios. Rommel, asombrado, había dicho: "Por eso desapareció...". "¿La conocías?" preguntó ella. "No. Yo no: Rubirosa". Entonces ella lo había atrincado, hasta que Miranda soltó todo lo que sabía y suplicó: "No le digas que te lo dije". Tosió y se golpeó los hombros con la barbilla, dando gruñidos nerviosos: "Hegk... hegk..." dos veces a cada lado; se sopló dos veces la punta de la nariz y abrió desmesurados los ojos, pero ella igual lo hizo a un lado y salió al patio a enfrentar a Rubirosa.
"¡Cáscara...! ¡Cáscara...! ¡Maldito!" le gritó y le escupió la cara. Después se sentó a horcajadas en sus rodillas y comenzó a darle puñetazos furibundos en el pecho y la cara. "¡Cáscara!" repetía a gritos como una loca, hasta que finalmente se echó agotada sobre su hombro sollozando. Rubirosa la abrazó con ternura y le acarició la nuca a través de la maraña de pelo desordenada. "Mi niñita" le dijo, "mi niñita compañera única tú: No quería hacerte daño. No tenía que hacerte daño". Mientras contaba esto, la ventana junto a la que estaba se llenó de zorzales curiosos y la Carrascales, con todo lo vivido y el tiempo irrecuperable pasado, tenía los ojos color vidrio. Ella concluyó: "Recuerdo haberle dicho, finalmente: Está muerta... se la comieron los ratones". Fue tan fuerte, para ella, saber que esa mujer que había terminado de ese modo terrible era la amante escondida de Rubirosa que no sabía "si lloraba por mi o por ella" concluyó.
[*] Guarén: Nombre que se da en Chile, a ciertas ratas de agua, enormes como un gato.
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