Kepa Uriberri
Artículos de opinión
EpifenómenoComo consecuencia del artículo sobre la crítica que expuse hace algun tiempo, o derivado de alguna de ellas, algunos críticos de la crítica han manifestado que creen ver en aquella una situación nueva o diferente, o que ha tomado alguna relevancia recientemente y que estaría de uno u otro modo ahogando al arte en general y a la literatura en específico. Más allá del hecho que encuentro tremendista, y que el sólo expediente de definirlo, ejemplificarlo y exponerlo alimenta al propio fenómeno al que se le teme, me llama la atención que a algo sistemáticamente tan sencillo se le haga casi sagrado a través de un nombre pretencioso. En los hechos simples estaríamos hablando del entorno del arte que no corresponde propiamente a la creación artística, al que se le ha referido como el Epifenómeno. La crítica, como actividad que sólo pretende apegarse a la creación artística para juzgarla como un medio de aprovechamiento del significado del arte, sería parte del Epifenómeno, así como también lo serían, por ejemplo, los certámenes, concursos premios institucionales, los programas de gobierno, la promoción, las exposiciones y lo demás de larguísima enumeración, asaz de sin importancia. Como parte de la demonización del epifenómeno, incluida la bastarda crítica, he visto argumentar que nada de este entorno ha sido más sublime que la creación artística propiamente tal y que ningún producto de aquél ha tenido ni cercanamente la trascendencia que la más mala de las verdaderas obras de arte. En fin, creo que estos pocos párrafos reseñan suficientemente bien lo que sería el epifenómeno, y son un suficiente incentivo como para reflexionar respecto de él. Las primeras preguntas que me saltan unidas a la extrañeza del caso es: ¿Están los artistas creadores preocupados de este engendro?, ¿Lo ven, si lo perciben, como una amenaza, o al menos como una situación nueva que pueda llegar a amagar al arte?, o ¿quienes perciben, destacan y subrayan este epifenómeno son parte del mismo?. Trataré de hacerme una idea, por lo demás difícil, de cómo sería un epifenómeno, dígase, químicamente puro, es decir que no tuviera nada que se superpusiera con el arte propiamente. Ya comienzo a tener dificultades: El artista, por ejemplo, no es el arte: ¿Es epifenómeno?. Es cierto que el artista en sí mismo es el creador del arte y tal vez como tal alguien quisiera nominarlo como arte en sí, o a lo menos como parte del limite difuso entre el fenómeno arte y su epifenómeno. Me preguntaría entonces: ¿El artista, sería a todo evento, ya sea arte o ya sea epifenómeno?. Los antiguos teólogos anticristianos, en un tema harto más sublime, a la vez que harto más prosaico crearon lo que luego se llamó en teología la escatología. Por las mismas razones pero mas cotidianas, quisiera inaugurar una preocupación nueva, que se podría llamar escatofenómeno. Para quienes no comprendan la idea de inmediato, habría que decir que como cualquier adelantado, incluso el Cristo mismo, el artista come, duerme hace sexo transpira, hiede, se eructa de placer cuando su obra es buena y se peda cuando es mala. También se sienta en el retrete y puedo dar fe que ocasionalmente pueden ser los momentos más lúcidos, lúdicos y creativos. Pero en esas instancias, la inspiración del artista ¿es epifenómeno o es fenómeno?. ¿Y cuando hace sexo?, ¿O en un inspirador ataque de lujuria?. Aceptando la existencia del entorno del arte y si hemos llevado a éste a la sacralización, será necesario pensar alguna regla canónica o algún protocolo que nos permita cerrar este sistema tan abierto, al menos en este sector de su frontera por donde se nos escaparía la importancia de la distinción y enunciación del hecho. Quede como un tema de mayor esfuerzo que el disponible para esta reflexión. Es probable que quienes han detectado y nominado el epifenómeno, o a lo menos quienes lo resienten, estén pensando en un modelo mucho más sencillo y fácil de delimitar. Pues vayamos a él. Penetremos en el epifenómeno propiamente tal y dejemos la conflictiva frontera, pues son las fronteras las que desatan los conflictos, y no es lo que busco con esta reflexión. Creo ver, y ya se me corregirá si no es así, como situación epifenomenal clara, situaciones como el comercio de arte. Hay en la transacción de obras de arte, sin lugar a dudas, una valoración del arte no como tal, sino como cotización de mercado. Entiendo que haya gente, yo mismo en ocasiones llego a pensarlo, que resienta esta bastardía que resta oportunidades a los verdaderos artistas. Se gestaría ésto en el hecho que la sociedad comercial privilegiaría lo ornamental, lo vistoso, lo exultante, lo sensacional por sobre lo artístico. Es que es fácil caer en este equívoco, más aun cuando el artista, valorado por los artistas que quedan también marginados de las ventajas del éxito comercial, que son quienes se duelen del epifenómeno, sólo sostienen su escatofenómeno con la sucia relación con el epifenómeno. Es decir: El artista puro, que hace arte puro, también desea comer, salir de parrandas, educar hijos, sostener un hogar y vestir bien. Para eso es necesario vender el arte que produce y ensuciar de epifenómeno la propia producción. Este contrasentido, por supuesto, produce mucho dolor. Sí. Produce una sensación de prostitución. Volvamos algo hacia atrás. ¿Qué y para qué sería el arte?. Me refiero a ese arte puro, no contaminado comercialmente, inmaculado. Si existe este arte, que es sólo para iniciados, que es casi ascético: ¿No sería iluso pensar en que se transforme en el medio de vida del artista?. Si respondo que sí, y dejo fuera del concepto de arte a todo aquello que resulta comercial, el problema sería sólo nominal. Es decir, bastaría con reconocer que el artista sólo es tal cuando ejerce su arte para el arte y que aquello que se transa como arte no lo es. Si respondo que no, tengo que reconocer la bastardía del arte o la necesidad del mecenazgo. Pero el mecenazgo también requiere algún tipo de transacción y es claramente parte del epifenómeno, al que se acusa de ahogar al arte puro. Tal vez la posición más racional deba reconocer que el artista está atrapado en su escatofenómeno y vive inmerso en el epifenómeno que es quien sostiene todo este sistema. Pero dejemos la cuestión de dineros que es tan urticante cuando se trata de arte. Por lo demás, creo que todos los artistas estén en el purismo o en el circuito comercial, tienen todo este asunto del fenómeno transaccional del arte muy sabido y asumido. Sin embargo, el entorno del arte es mucho más. Es que como toda actividad humana hay, también en el arte, intereses de clase, de jerarquía, de rango y más. El artista como el artesano, o el arquitecto, o el ingeniero y el abogado, siempre querrá ser el mejor de su clase, o escalar posiciones para posicionarse lo más alto posible entre sus pares. Esta pulsión no la puedo catalogar como arte, sino como parte del epifenómeno. Habrá que reconocer que es probable que este hecho ahogue más al arte que el anterior, y que es tanto o más inevitable que el otro. Es aquí donde, en el campo que se insiste en llamar "del hacer mismo", donde se actúa por conveniencias donde se producen corrientes y capillas o cofradías que son más bien gremiales o de precedencias y notoriedad, es aquí donde se cocinan las falsedades llenas de estrategias, donde el enemigo de tu enemigo es tu amigo, sin importar quien sea en el mundo del epifenómeno o del metafenómeno. Aquí en este campo cabalgan los jinetes apocalípticos, los dominios clásicos, los que conocen nombres y fechas pero no el manejo de la gramática y los que no son nadie y que intentan convertir en nadie a todos los que parecen ir en camino de ser alguien. Es aquí donde se cocinan los modelos y los epimodelos que se emplean en las reparticiones conseguidas en la última elección, o con ese pariente, o con aquel otro amigo y más. Al menos aceptaremos que en todo arte hay, desde luego diferentes pareceres. Habrá quien abogue por un arte comprometido y quien quiera que el arte sea libre pero el artista no. Otros dejarán fuera del arte a ciertos artistas por razones de pensamiento o por temática o por dar o no la mano a éste o a aquél. A mi ver todas esas serán razones espurias para excluir ningún arte o artista. Pero como esta reflexión se refiere al epifenómeno, entonces será necesario aceptar que ésto es parte de él. No obstante, suelo notar que cuando se otorga un reconocimiento por labor artística que requiere de una selección en la que intervienen organismos que no son de arte, como el estado en sí, o alguna repartición o institución local o global, suele suceder que los artistas en su entorno epifenoménico tienden a incorporar como parte del quehacer las decisiones favorables a sus propias cofradías y a catalogar de epifenómeno a aquellas que no lo son. De esa manera es como se ve a un mismo individuo artista o del epifenómeno más cercano al arte defender a brazo partido a un galardonado en razón de su galardón y denostar al día siguiente al mecanismo de selección relegándolo a epifenómeno cuando se trata de cualquiera que se aparte del gusto personal. Un actuar consecuente debería entender todo galardón y su artefacto anexo como epifenómeno. Cuanto más se ve también, a los propios consagrados del arte y a los pequeños aspirantes sin ilusión, por igual, enredarse con sus pares en luchas intestinas acusándose con más o menos gracia según sus propios niveles de encumbramiento de estar dentro o fuera del arte y pertenecer al bastardo epifenómeno que lo ahoga, más parece crecer su propio sentido del agobio que éste impone. Esta actitud, por cierto, otorga al acusador un sentido de pertenencia al arte que no deja de ser abstruso y absurdo. Es como si se creyera que el arte tuviera una capacidad limitada de contención tal que la disputa de un lugar en él requiriere del desalojo de otro que lucha por éste. Ésto sí, y sin lugar a duda ninguna, es parte del epifenómeno, y llega a niveles de extraña ridiculez. Muchas veces se ve descalificar a gente que se cree disputa un cupo de pertenencia al arte por razones tan ajenas al arte mismo como el uso de un nombre o la pertenencia a grupos de influencia o supuestos pecados sociales como haber cantado para éste, o recitado para aquél, o haber escrito en tal o cual medio y para tal o cual editorial. Estos sucesos tienden mucho más a ahogar el arte que los otros, y son talvez los componentes más verdaderos del verdadero epifenómeno, que más podría llegar a llamarse escatofenómeno por la mugre y estupidez que arrastra. Lo que sí es necesario notar, es que aquí no intervienen sino en forma muy indirecta, si es que participan, aquellos componentes que tienden a ser llamados epifenómeno, como la crítica o los estilos y corrientes distintas de la propia. ¿Qué es el lenguaje? ¿Los sentimientos y la razón qué son?. Desde luego no son arte por sí mismas, sin embargo son esenciales para el arte. ¿Donde los ponemos? ¿Dentro o fuera del arte o del epifenómeno?. Sin ninguna duda son un recurso del arte pero no son arte en sí mismos ni aun cuando su tema sea el arte o la creación. ¿Cuándo dejan de ser, entonces, parte o recursos del epifenómeno?. Habrá ocasiones, muchas, en que ni siquiera son epifenómeno sino absolutamente ajenas al tema del arte. En ningún caso cuando dejan de ser crítica al arte, ni crítica a la crítica de arte, ni tampoco cuando son usadas por el artista. En cada uno de estos casos se acercan progresivamente al epifenómeno. Es decir, una crítica de la funcionalidad de una pieza de arquitectura no es epifenómeno sino de la artesanía que haya en la arquitectura, pero en ningún caso es del entorno del arte. Una crítica de una crítica de arte podría estar en un entorno no cercano al arte, una crítica de arte podría ser casi siempre del entorno del arte, sólo cuando en sí misma tenga al menos un cierto valor de arte. Es decir, que ser parte del epifenómeno no es tampoco una cuestión gratuita. Presentarse en una subasta de piezas de arte, o vivir en las bibliotecas no es una parte del epifenómeno del arte. Una llaga en cambio podría ser mucho más cercana e incidental al arte que una crítica. Una enfermedad también, la falta de una mano, o un hostigamiento. Basta que cada una de estas cosas ataque a un creador de arte afectando su producción. ¿Es una llaga, una enfermedad o un hostigamiento, entonces, el epifenómeno?. Dependiendo de la forma de ver y decidir, podría casi cualquier cosa ser parte del epifenómeno o no serlo del todo. ¿O existe una regla protocolar para determinar que pertenece a este raro conjunto?. Me planteo esta pregunta porque el progresivo crecimiento que se nota en el epifenómeno pude deberse, talvez, a un progresivo síndrome de paranoia y a la visión fantasmal de la realidad. Personalmente, y como ésto es una reflexión, no tiene necesariamente valor de verdad y puede guardar incluso distancia con el de proposición; creo que aquello a lo que se da el nombre de epifenómeno del arte suele ser aquello que ven como barrera para caer dentro de lo que se siente regularmente como arte, aquellos que no tienen capacidad suficiente para crear. El artista, en cuanto creador de arte puede estar en el centro del fenómeno del arte y estar lleno de dudas respecto del valor de arte de su propia creación. Muchas veces su propio juicio se ve teñido por la duda que genera la apreciación del epifenómeno necesario y sin embargo no se ahoga ahí, sino sigue intentándolo, a pesar de todo, quizás por las siguientes razones: No sabe qué más hacer que no sea su actividad creadora, o si sabe hacer algo más, lo hace por subsistencia, pero requiere hacer su arte por satisfacción, así como el caminante pasea por la pasión de ver correr el tiempo. También el arte nace de una fuerte compulsión de logro y desafío, que hasta puede tener que ver con imponerse o lograr una posición universal tal como sucede en cualquier actividad. Lo que sí es cierto es que el arte no es la manifestación del capricho competitivo que intenta superar a todo evento a otro tal, bajándolo de su posición. Éso podría ser epifenómeno en el sentido de lo constatado en el comienzo de esta reflexión, de ese que ahoga el fluir libre de la creación artística mediante la envidia. También el arte emerge del afán de expresar el pensamiento en sus distintas formas. En este quehacer es cuando aparece el intento de los intereses foráneos al arte, que a veces quieren ahogarlo, intentando fijarle cursos de expresión a la creación del artista. El arte puede ser una situación de compromiso de ideas de cualquier índole, incluso políticas o religiosas y más, pero no es ni corre obligatoriamente por ese cauce, o por posiciones dentro de él. No es arte por izquierdas o humanismos ni por optar por conmoverse del pobre o ayudar a los desvalidos. El arte es otra cosa. Diría más: El arte que se hace por alguna razón cualquiera y no por el propio arte, es epifenómeno. Lo que no sé es si ahoga algo, o si es sólo su intención ahogar al que no corre por sus carriles. Para concluir bastaría un par de observaciones: El entorno de todo fenómeno nunca ahoga, vive de él así como el fenómeno generador se establece firmemente gracias al entorno. Es decir son complementos requeridos uno del otro y cada uno busca su propia satisfacción. El epiarte jamás intenta constituirse en arte, ni reemplazarlo. La crítica, por ejemplo no quiere ser arte, sólo intenta ser juicio para orientar a quienes no siendo parte del arte se interesan en él. En este esfuerzo sirven colateralmente, a veces, como orientación al propio artista. Otra cuestión necesaria de entender es que el arte no es arte por el reconocimiento que de él haga el entorno pero sí es el entorno el que decide acoger o no en su seno un tipo de creación o de resultado bajo la denominación de arte. Un cuento diferente es que este hecho sea o no frustrante para el artista. Es decir que puede haber arte no reconocido como tal por los circuitos de opinión incidentes y puede haber obras que sean consideradas arte sin serlo. Esto por supuesto no afecta al arte, sino al artista en cuanto epifenómeno y sólo a veces.
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