Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa
No recuerdo cuanto tiempo habrá pasado, tampoco es claro en el relato del propio Rubirosa, pero si es claro que él se fue recluyendo cada vez más, arrinconado por sus propios temores y ese sentimiento de persecución, que por aquel entonces quizás no fuera del todo justificado. La tertulia era casi su único contacto con el mundo y de su propio relato se percibe un cambio que fue siendo cada vez más profundo. No era poco frecuente que se enredara en discusiones sin sentido con sus invitados, llegando ocasionalmente a despedir a algunos con fuertes palabras, o, a otros, sencillamente los marginaba sutilmente: "Se estaba poniendo muy aburrido" dijo de Roosvelt Ávila cuando le preguntaron por qué ya no venía.
Talvez por aquel tiempo fue que se publicó aquí el libro "El Nombre de las cosas". El lanzamiento se hizo en algún lugar cerca de la casa de Rubirosa y a una hora de alto movimiento. Por ese entonces, casi no salía de su reclusión voluntaria y no quiso alejarse demasiado para no correr riesgos. Ályson Carrascales y Rommel Miranda no se alejaron de él en ningún momento y la gran cantidad de gente que transitaba a esa hora eran eventuales testigos que le daban tranquilidad.
En el evento se produjo una intensa polémica, por completo inesperada debido al respeto que todos tenían a Rubirosa. Al grupo de personas en que se encontraba se acercó algún desconocido, tal vez un crítico novel, algún intelectual en busca de unos pocos minutos de fama, o como dijo él mismo maestro: "Cualquiera que me odia y se pone al servicio de quienes buscan aniquilarme a como dé lugar". El desconocido lo habría interpelado del siguiente modo: "Señor Rubirosa; dice usted en su exposición sobre el lenguaje, el intelecto y la moral que (y lo cito): «Luego se perfeccionó con hermoso, feo, bello, rápido y muchos más que pronto proliferaron y fue necesario dar nombre a la clase de objetos. Seleccionó adjetivo y estuvo bien y fue la convención en lo sucesivo» con lo que antepone el lenguaje al intelecto y hace ver que éste estaría por sobre la moral". Rubirosa sonrió levemente, casi sin mirar al intruso. Miranda tosió sobre su hombro izquierdo e hizo dos suaves gruñiditos algo así como "¡huc!... ¡huc!...", luego repitió la acción sobre su hombro derecho y con disimulo se puso delante del intruso, dejándolo fuera de la conversación. Rubirosa dijo algo vago o ambiguo referido a algún tema social anterior a la llegada del intelectual: "Bajo mi parrón nunca habrá pájaros de cuenta, solo zorzales de canto dulce" o algo de ese orden que con facilidad podía entenderse como un escape, o una de esas extrañas ironías que sólo sus muy cercanos entendían o celebraban aún cuando no las entendieran. De hecho, ese amigo que siempre se ubicaba a su derecha no sólo sonrió sino que esforzó un corta risa y dijo, mirando a Angol Vega que estaba en el grupo, como si la ironía de Rubirosa se hubiera referido a él: "En especial los que cuentan lo incontable y lo convierten en un estilo" y rió de su propia ocurrencia. Por momentos se discutió sobre el estilo de Angol, aunque todos parecían temer a lo que había dicho el extraño.
"¿Qué responde a mi aseveración, Rubirosa?" dijo el intruso, asomando la cabeza sobre el hombro de Rommel Miranda. Él le lanzó una mirada apenas fraccionaria, de soslayo, y bebió de su vino ignorándolo. "¿Va a quedar frente a toda esta gente como un hipócrita inmoral, Rubirosa?" insistió el intruso, acosándolo. Alguien, quizás si Orgüel Fernández, o Mehrson Gajardo lo enfrentó, exigiéndole respeto. El otro insistió sin embargo en emplazar al autor. Rubirosa terminó de beber su vino, giró con infinita lentitud, no sólo con la cabeza sino con todo el cuerpo y enfrentó al intelectual apartando con gran delicadeza a Rommel. Balanceó suavemente la cabeza, con los ojos convertidos en una sola línea durante un tiempo justo suficiente para inquietar a quienes observaban, de modo que se sintió el peso del silencio. Cuando así fue y sintió que era propietario del suspenso dijo: "Usted no tiene autoridad para calificarme, así como mis antecedentes sobre usted, casi nulos, salvo su grosera intervención en mi festejo, no ameritan que lo califique de grosero; así es que preferiría no responderle". "Es usted un intelectual de pacotillas" dijo el otro y agregó: "No es capaz de sostener sus ideas". "Sigue usted cometiendo una grosería: Preferiría que no lo hiciera" insistió Rubirosa acercándose un paso. "¿Como no tiene ideas me va a pegar?" dijo el intruso. "Preferiría no hacerlo" respondió con la mirada serena. "No se atrevería: Es usted un cobarde" provocó el intruso. Rubirosa lo miró durante largo rato, movió la cabeza afirmando hasta que hubo silencio. Dijo con voz calmada: "Preferiría no hacerlo" y levantó con parsimonia su enorme mano que dejó caer con absoluta suavidad aparente, pero con sólida consistencia, sobre el rostro del grosero, con tal efectividad que el otro cayó, sorprendido, al suelo. Después de un momento en que pareció perdido, el hombre recuperó la noción de si mismo y miró con sorpresa a Rubirosa: "Me pegó..." dijo desorientado aún. Entre varios lo levantaron y lo sacaron del lugar. La gente se agrupó en torno a Rubirosa murmurando y opinando. La Carrascales dijo algo al oído de Rommel Miranda. Éste se soplaba los pulgares y hacía unos gruñidos cortos: "grk... grk". Ese amigo, que siempre estaba a su derecha comentaba: "Nunca debió hacerlo. ¿Por qué la violencia?. ¿Quién lo aprecia más que yo? sin embargo considero que jamás debió hacerlo". Angol Vega comentaba con Norman Gutiérrez: "¡Te das cuenta el peso de esa mano!". La Carrascales tomó a Rubirosa de un brazo e hizo un gesto a Miranda que se golpeó alternativamente, dos veces, ambos hombros con la barbilla gruñendo y luego tomo a Rubirosa, casi con temor, del otro brazo. Gracias a la decisión de la Carrascales los tres salieron de ahí.
Al llegar a la casa de la calle Brescia Rubirosa se echó en una silla de lona, Ályson se sentó en sus rodillas y le acarició la frente con su manito pequeña. Él, como si estuviera agobiado de cansancio le preguntó: "¿Dirías que me excedí, que no debí hacerlo?". Aunque no había nadie más, Rommel, sentado en un rincón de la terraza en el piso de madera de siempre, con una de las tres patas fuera del embaldosado, clavada en el pasto, levantó la mano pidiendo la palabra como un escolar en una sala llena. Rubirosa la señaló como si en efecto le cediera el derecho de hablar en una gran asamblea. "Tú" dijo. Miranda hizo morisquetas con un ojo mientras se golpeaba el hombro izquierdo con la barbilla, luego emitió un gruñido "huok..." y dijo: "Estoy casi seguro... fff... fff..." sopló hacia arriba "que va a tener cons... fff... consecuencias". Después habló, no sin dificultad, de la humillación de ser golpeado en público y desarrolló un pronóstico poco auspicioso que Ályson rechazó de plano. "Eso sería completamente irreal" opinó dirigiendo una mirada represiva a Miranda, que este interpretó como una admonición no del todo comprendida: "¿Qué?" preguntó haciendo morisquetas con los ojos. "Mi estimado Rommel, único amigo verdadero que no me abandona" dijo Rubirosa, "no asuste a nuestra niña con su imaginación tan volátil. Ahora traiga un vino y copas y encárguese de todos nosotros, que ya irá llegando nuestra gente".
Mucha gente se arremolinó comentando los sucesos, en una algarabía de opiniones encontradas de modo que no se dieron cuenta que Rubirosa se había retirado. Poco a poco comenzaron a formarse grupos más pequeños en torno a distintas opiniones, ya sea a favor del golpe, o en contra de toda forma de violencia, o incluso algunos, como ese amigo, que condenaron claramente la reacción de Rubirosa. "No es el amigo el que tapa los errores sino aquel que los muestra con sinceridad" decía. "Por lo demás en lo que sostenía este hombre... ¿Alguien sabe como se llama?... no dejaba de haber un punto de razón. Pienso que Rubirosa no debió golpearlo nunca". En tanto que los grupos se iban fraccionando, de a poco erosionaban los participantes y se retiraban comentando en un sentido u otro. De repente entre los últimos que quedaban, Angol Vega preguntó por Rubirosa. Recién entonces se dieron cuenta que estaban solos y que el festejado se había ido en algún momento indeterminado.
Nadie llegó a la tertulia, sin embargo Rubirosa insistió en esperar. Tampoco los zorzales bajaron. Sólo comenzó a caer una llovizna fina que él ignoró con porfía. Ályson le echó un chal encima y al poco rato roncaba, con las cejas húmedas y el pelo perlado por la llovizna. Ella se sentó en sus rodillas a velarlo y cada tanto le secaba la frente con un trapo. Miranda observaba atónito. Mucho después reconocería que fue entonces cuando se enamoró de la Carrascales.
La prensa cultural dio más importancia al exabrupto que al contenido del libro, que muchos ni entendieron o consideraron un extraño libro de relatos excéntricos. Vendía mejor la potencia del golpe de la mano enorme que la de una inteligencia tan selecta. La prensa frívola, mejor preparada para la noticia, se hizo cargo sin demora y los compañeros de tertulia, siempre deseosos de figuración temieron que no fuera esta la manera conveniente de hacerse ver de modo que se privaron de participar y sólo fueron apareciendo poco a poco y con timidez. Sólo Rommel Miranda y algunos verdaderos amigos se acercaron a acompañar a Rubirosa y atendieron a los periodistas de farándula, reporteros gráficos, camarógrafos y más cuyo único interés era mostrar que la gente de la cultura era tan bárbara o más que la gente común. Durante días hubo más gente desconocida, haciendo preguntas insustanciales, que conocidos de la casa. Rubirosa los ignoraba y paseaba por el pasto mirando las florecitas o alimentando a los jilgueros con migas de pan, vestido con ropa de casa muy raída de manera que, siendo para los reporteros un desconocido, muchos pensaban que se trataba del jardinero y no lo molestaban. A los pocos días, quien primero apareció de entre los habituales, fue ese amigo, que con su aspecto de importancia era confundido por muchos, con el maestro y casi todos lo rodeaban para interrogarlo. Él se dejaba escuchar y sin engañar ni desmentir disfrutaba de ser el centro de atención. Muchos se iban y publicaban, consecuentemente, sus declaraciones como si fueran de Rubirosa. El verdadero le quitaba importancia: "Siempre ha opinado lo mismo que yo, pero como si me hubiera enseñado. Al fin es lo mismo". Rommel, escandalizado, en cierta ocasión se acercó a Rubirosa que examinaba un rosal al fondo del patio y entre morisquetas, tocesitas y gruñidos simétricos sobre los hombros le dijo: "Huok... huok... Ru... Ruubirosa, ese hombre te está suplantando, jek... jek... ¿me entiendes?, y lo que dice es francamente hak... hak... escandaloso: ¡Te compromete! ¿me entiendes?. ¿Me oyes?". La agitación activaba una seguidilla de tics y movimientos compulsivos de codos, hombros, ojos, manos, y soplidos. Rubirosa lo miró con extrema alegría y rió bajito: "Tranquilo" le dijo, "él necesita esa presencia. Le hace bien y a mi no me daña la gente que me habrá olvidado en seis días. Rubirosa reconoció mucho después que se había equivocado. Gracias a la prensa de farándula y a su cobertura, mucha gente compró y agotó edición tras edición de "El nombre de las cosas". De entre ellos muchos salieron a buscar otras obras del autor. Talvez hubo grandes cantidades de lectores que descubrieron que leer literatura era bueno gracias a un expediente tan extraño como este y cambiaron para siempre sus costumbres. Nunca se llegó a saber si incluso la editorial impulsó más el escándalo que la venta, sabiendo que aquel traería por consecuencia un aumento en esta.
Cuando las habladurías, los artículos sociales y el escándalo casi había amainado, cuando ya muchos habían vuelto a las reuniones bajo el parrón y todo parecía olvidado, cuando hasta los zorzales volvían a cantar su tres notas dulces al atardecer y picoteaban alrededor de los zapatos de Rubirosa, apareció esa mujer. Con los ojos muy abiertos y el terror reflejado en el rostro Ályson le susurró casi en secreto la llegada de la inesperada visita. Rubirosa le restó importancia: "Hazla pasar" dijo encogiéndose de hombros. "Pero... es que viene con un paco*..." insistió la Carrascales. Rubirosa volvió a encogerse de hombros. "Que pasen" dijo. La mujer salió al jardín seguida del carabinero. Traía varios cartapacios llenos de papeles que asomaban en desorden abrazados con ambas manos. Todos se la quedaron mirando extrañados. "¿Rubirosa?" dijo. "¿Quién es el señor Rubirosa?" insistió paseando su mirada endurecida por el trabajo sobre todos los presentes. Rubirosa se puso de pie espantando, al levantarse, a varios zorzales que picoteaban el suelo a su alrededor o que descansaban en sus hombros. "¿Quién me busca?" respondió. La mujer equilibró como pudo los numerosos cartapacios y papeles que llevaba presionados con los brazos sobre el pecho y sacó una mano muy cuidada, de uñas pintadas muy rojas, y la muñeca llena de pulseras metálicas de fantasía. Dijo: "Buenas tardes. Soy la receptora judicial Barsobia Bardina del décimo segundo juzgado del crimen". Rubirosa le tomó la mano que sintió ligeramente húmeda, ligeramente pegajosa. A la vez descubrió detrás de los papeles y cartapacios que la receptora aplastaba con el otro brazo unos pechos abundantes,
rosados y brillantes de humedad, entre los cuales hacía esfuerzos por desaparecer una cadenita dorada con una medalla. Pensó que estarían tan húmedos y pagajosos como la mano de la mujer y sintió que le fluía toda su fuerza erótica. Los imaginó desnudos, y aguileños en cierta concordancia con el rostro de la mujer. La atención de todos los concurrentes se fijaba en ellos, Rommel Miranda desde su sitio en el piso de madera, en un rincón de la terraza tosía nervioso intentando llamar la atención de la Carrascales para interrogarla. "Le traigo esta citación al tribunal" explicó Barsobia. "Usted debe firmar aquí para indicar que fue notificado". Rubirosa se sorprendió pensando en alguna estrategia para tocar los pechos de la receptora, cuando Norman Gutiérrez dijo, acercándose: "No firmes nada. ¿De qué te notifican?". "Explíqueme: ¿De qué se trata?" dijo Rubirosa y metió sus manos entre los cartapacios y el pecho escotado de Barsobia: "Déjeme que le ayude con tanto papel para que conversemos". Todos, uno a uno se fueron acercando a la receptora y a él, para averiguar qué estaba sucediendo. La receptora se negaba a entregar sus papeles y él insistía: "No se preocupe, los dejamos aquí" mientras deslizaba sus manos por el pecho descubierto de la mujer. "No es necesario, sólo firme la citación al comparendo de avenimiento con el señor Millán y estaremos listos". "¿Quién es ese señor Millán?", preguntó Norman o bien Orgüel. "El señor Millán acusa al señor Rubirosa de agresión y del delito de lesiones graves". "Pero es absurdo" dijo Rubirosa retirando las manos de entre los papeles judiciales y los pechos húmedos de la Bardina. "Ni siquiera conozco a ese tipo". "De todos modos debe firmar" dijo ella. "¿Y si no lo hago?" preguntó. "El carabinero Umaña será testigo que la citación fue recibida por usted, lo que es lo mismo". "¿Y si no la recibo?" insistió. "Bastará que la deje en cualquier lugar dentro de su casa y el carabinero Umaña será testigo que así fue. Para el tribunal es suficiente". "¿Y cómo sabe que en efecto soy Rubirosa y que esta es mi casa?". "Usted lo reconoció y también la señorita..." miró un papel con una anotación: "... Carrascales" y miró a Ályson. "El carabinero Umaña es testigo de eso también". "Pero podría todo ser una farsa, una mentira" dijo Rubirosa, ya sin afán de oponerse, sino de extremar las opciones posibles del protocolo a fin de conocerlo mejor. "En ese caso el señor Rubirosa o la señorita Carrascales verdaderos podrán querellarse contra ustedes y quienes resulten responsables de suplantación. Sin embargo la notificación será efectiva y el verdadero Rubirosa deberá comparecer bajo apercibimiento de rebeldía". Dejó, entonces la citación sobre la mesita de las bebidas y se dio media vuelta diciendo: "Habría sido preferible que firmara". El carabinero Umaña, la siguió sumiso, con las manos metidas bajo las correas de su uniforme, a la altura del estómago. Tras ellos iba Ályson murmurando algún tipo de explicaciones inútiles del todo, pero llenas de buenas intenciones y fuerza combativa.
Todos, uno tras otro fueron leyendo la citación y haciendo interpretaciones antojadizas de su significado. "Ésto es una calumnia" decía Angol Vega. "Es una falsedad de principio a fin: Cómo podría tener múltiples lesiones en el rostro, cabeza, cuello, espina y fractura del antebrazo. Es un infundio, una canallada". "Sin embargo puede ser" acotó ese amigo. "Yo vi cómo lo golpeaba con furia. Jamás debió hacer algo así" concluyó. Rubirosa se dejó caer en su silla un momento. Agobiado dijo: "Sabía que algún día tenía que suceder esto. La culpa me ha perseguido durante mucho tiempo" y cayó en un largo mutismo.
Ya había empezado a oscurecer y los zorzales se habían recogido. Sólo a ratos se oía sus tres notas dulces desde algún enramado. Mientras todos discutían las connotaciones de la citación, Rubirosa se levantó y desapareció dentro de la casa. Sólo Rommel Miranda lo vio irse. Alcanzó a levantar la mano como pidiendo la palabra, pero Rubirosa no lo notó en ningún momento, o no quiso hacerlo. "Jiek... jiek..." gimió entonces, abriendo mucho los ojos y golpeándose el hombro izquierdo con la barbilla. Más tarde, cuando ya todos se habían ido, Ályson encontró a Rubirosa a oscuras, en posición fetal sobre su cama, mirando al infinito en la oscuridad, más allá de sus pies. Sólo lo arropó y lo dejó descansar.
"¡Jamás!" aseguró Rubirosa. "Nunca antes he visto a este hombre, no tengo recuerdos de él y preferiría no tenerlos" negó rotundamente ante el juez en el comparendo. Éste le interrogó entonces: "¿Qué hace usted señor Rubirosa?, ¿De qué vive?". "Pienso, propongo..." respondió. "¿Escribe usted?" preguntó el magistrado. "Sólo si tengo algo que proponer" respondió.
- ¿Que ha escrito últimamente?
- Sólo palabras sobrantes, palabras verdes...
- Y esas palabras verdes... ¿Las ha publicado?.
- Preferiría no hacerlo.
- Pero ¿Ha publicado algo últimamente? ¿No es así?.
- Así es.
- ¿Hizo un lanzamiento de ese libro?
- Así es.
- Fue el dieciocho de mayo pasado, ¿no es así?.
Rubirosa pareció calcular durante un rato, luego moviendo la cabeza negativamente dijo:
- Preferiría no asegurarlo.
Con cierta molestia el juez revisó el material que tenía sobre su escritorio hasta que tomó un papel en el que había un recorte de diario pegado. Se lo alargó a Rubirosa y preguntó:
- ¿Esas fotos son del lanzamiento?
- Así es.
- ¿Está usted ahí en esas fotos?
- Así es.
- ¿De qué fecha es ese diario?
- Dice diez y nueve de mayo.
- ¡Bien!. ¿Donde fue ese lanzamiento? ¿Preferiría recordarlo? - dijo el juez en tono casi sarcástico.
- En La Tertulia del Bohemio.
- ¿Asegura usted que no vio a este hombre en el lanzamiento de su libro?
- ¡Jamás lo he visto!.
- ¿Podría, talvez, estar equivocado?.
- Preferiría no asegurarlo.
-Él dice tener al menos cuatro testigos de que estuvo ahí y que usted lo golpeó brutalmente.
- ¡Jamás!.
El juez se dirigió a Millán que tenía un cuello ortopédico y, el torso, desde el pecho hasta las caderas, y un brazo enyesados. Además tenía el mentón y la cabeza parchados con vendas y apósitos.
- ¿Puede usted probar que fue golpeado por el señor Rubirosa en el evento de lanzamiento de su libro "El Nombre de las cosas" y que le produjo los severos daños y perjuicios físicos, morales y psíquicos por los que lo demanda?
- Puedo - dijo Millán con gran dificultad con la quijada rígida que no le permitía separar las mandíbulas.
- ¿Desearía avenirse con el señor Rubirosa y evitar un largo procedimiento judicial?
- Sólo si reconoce su culpa y repara los daños - dijo con dificultad.
- ¿Como podría él, hacer eso? - preguntó el juez con un tono de infinita benevolencia.
- Debería pagar un indemnización de cien millones de pesos.
El juez miró con aspecto malévolo a Rubirosa.
- ¿Estaría dispuesto a ese arreglo, señor Rubirosa?
- Preferiría no hacerlo - dijo Rubirosa, y añadió -: Incluso no podría hacerlo.
El juez, como quien raja sus vestiduras ornamentales, que en todo caso no tenía, abrió los brazos y miró al cielo como suplicando amparo: "¿Qué podemos hacer entonces?" dijo y miró al demandante. Éste, como si fuera tremendamente doloroso hacerlo, levantó con dificultad las cejas. "¿Habría alternativa?" le preguntó el juez. "No" replicó sin separar las mandíbulas. "Entonces doy por confirmada la demanda, y fracasado el avenimiento. Pueden retirarse. Serán citados si es necesario".
La rueda lenta de la justicia parece proporcionarse inversa con el tiempo de manera que mientra más tiempo pasa menos corre aquella. Sólo cada tanto había alguna noticia cuando eventualmente aparecía en la tertulia algún detective con el libro El Nombre de la cosas bajo el brazo, departía con la gente, aseguraba favorecer a Rubirosa, preguntaba sobre algunos pasajes e historias, casi siempre aquellos donde se hacía mención a la violencia, a la agresión o muchas veces a frases que no comprendía totalmente o le eran del todo oscuras. Nunca era el mismo individuo, pero siempre, sin importar quien fuera, traía el mismo ejemplar que, visita a visita, envejecía y se iba poniendo mugriento y seboso a la par que aumentaba el sufrimiento de notas al margen de sus páginas con lápices de colores diversos, subrayados, y destacados luminiscentes. Constancia Saldaña, una artista de amplio rango, que había practicado pintura, escultura, fotografía, poesía y letras, algo de música y ejecución instrumental, canto, y muchas artesanías menores todas sin casi ningún éxito pero con grandes esfuerzos, había llegado a coleccionar amistades y relaciones en todas las áreas de la actividad humana. Entre ellas se contaba Patricio Heredia, que había sido diputado en el tiempo del triunfo popular, proclive al gobierno, arrancado y escondido en tiempos de la primera revuelta, exiliado durante alguna temporada y vuelto al país sin penas ni glorias por su escasa importancia. Constancia le aseguró a la Carrascales que este abogado era capaz de hacer milagros en cualquier defensa, cosa que ésta estuvo dispuesta a creer. "A Eulogio Urizarriaga le iban a quitar todas sus tierras y él, aunque era partidario de la reforma agraria, lo defendió tan bien que no sólo no le expropiaron sino que logró hacerse de las tierras de unas familias mapuches aledañas a las suyas" afirmó la artista. Ályson le repitió la historia a Rubirosa, Rubirosa se entregó en manos de Heredia y casi olvidó el hecho, dando el juicio por ganado. Sólo cuando aparecía algún detective con el ajado ejemplar de su última obra, se producía cierta inquietud. La Carrascales se esmeraba entonces en atender bien a la incómoda visita, se sentaba en sus rodillas, le servía licores, le preparaba bocaditos y si se mostraba muy proclive a la causa del demandado podía llegar a darle besitos detrás de las orejas. Con todo, en estas ocasiones se recordaba ese viejo problema molesto y persistente. Entonces Rubirosa llamaba al abogado Heredia, que le aseguraba que todo iba bien. "Sin ir más lejos" aseveraba, "ayer estuve con su señoría y le hablé de tu caso. Dijo que ya luego habría una sentencia: Favorable de todas maneras. Me recordó que debía presentar un escrito requiriendo ciertas diligencias, así es que precisamente ahora estaba dando instrucciones a mi secretaria que te llamara para pedirte un giro de dineros para las estampillas y timbres necesarios... ¿No es así? Hildita" gritaba hacia afuera del teléfono. "Si, don Patricio" se oía una voz lejana por el auricular. "¡En fin pues hombre!... ¡Qué bueno que hayas llamado justo a tiempo!" concluía y luego mencionaba una cifra de dinero moderadamente alta, que no despertara inquietudes y preguntas, antes de despedirse.
No por lenta, sin embargo, la rueda de la justicia no avanza. Ni por justa que sea sus sentencias son ajustadas a los hechos. Sí son justas en relación a los antecedentes en que ésta es sustentada por el juez, lo que no establece garantía alguna. Siempre, en todo caso queda la instancia de apelar lo obrado por éste.
Un día de verano plácido, por diciembre de un par de años después, se recibió la visita inesperada de Barsobia Bardina. "Le traigo una citación para que se notifique de su sentencia" dijo sacando su mano llena de joyas de mentirillas para saludar a Rubirosa. Él la recibió como si fuera una amiga íntima y metió sus manos grandes entre los cartapacios que Barsobia siempre llevaba apretados sobre el pecho, con sus documentos judiciales y éste, con el secreto afán de tocar sus senos rosados donde hacía vanos esfuerzos por esconderse aquella medallita dorada. Ella se negó a soltarlos, o a quedarse un rato, sin embargo Rubirosa tuvo el convencimiento que pretendió retenerle las manos contra sus pechos. "Debe presentarse usted o su abogado a recibir copia de la sentencia" explicó con las manos de él metidas entre su escote abundante y sus papeles .
Cuando al fin Rubirosa consiguió hablar con Patricio Heredia este no parecía estar al tanto de la sentencia ni del estado del juicio. "Pues hombre... es que he estado con un trabajo enorme, pero su señoría ya me tenía en antecedentes que en cualquier momento nos dictaba sentencia. ¡Mira qué casualidad!" dijo, "Justo le había dicho a mi secretaria que hoy mismo iba a ir a conversar con el juez... ¿No es así Hildita?..." gritó hacia afuera del teléfono. "Sí, don Patricio..." se oyó desde lejos. "En fin pues hombre... llámame mañana a esta hora y te tengo noticias".
Después de varios mañanas no cumplidos, Rubirosa fue en persona al juzgado a averiguar sobre la sentencia. Lo condenaban a pagar una multa de beneficio municipal, a presidio de treinta días remitidos, que le explicaron que sólo lo obligaba a concurrir a firmar en el tribunal durante los treinta días de la sentencia, y debía pagar los daños exigidos por el demandante. Le entregaron una copia de la resolución después de pagar un valor modesto exigido en timbres y estampillas.
Su señoría no había tenido más antecedentes a la vista que los testimonios del demandante y el demandado, y el juicio sobre el carácter de este último del que se había formado convicción a partir de su obra por cuya defensa había golpeado con violencia inusitada, produciendo daño físico, psíquico y moral al demandante, en público, con numerosos testigos y con escarnio. Entre otras cosas se centraba en una reflexión sobre la violencia y la paz, el bien y el mal, la conmiseración y el odio que Rubirosa aseguraba que eran conceptos que nacían juntos. La violencia como la suprema ausencia de paz, el odio como extrema falta de conmiseración y el mal como el equilibrio natural del bien. Entendía su señoría en el desarrollo de la justificación de su sentencia que todo ésto que escribía el demandado demostraba su tendencia amoral natural, y por tanto su nítida inclinación a la violencia, de modo que era claro que veía como recurso aceptable de su dialéctica golpearferozmente, si era necesario, a su antagonista. Para mejor resolver hacía un análisis, que aseguraba profundo, de estilo, en el cual notaba un cierto desorden impositivo, que aseguraba presente en toda escritura violentista y dictatorial, además de notar, lo que era cierto aún cuando no la justificación que su señoría hacía, de cierta inseguridad y culpa del escritor, lo cual lo llevaría, hipotéticamente, a una defensa cerrada de sus postulados. En conclusión, parecía su señoría, haberse formado un prejuicio apropiado para evitar la búsqueda de pruebas reales y analizar los antecedentes directos en los sucesos, todos los cuales no figuraban en modo alguno en el proceso. Es más: Con el tiempo y la sensación de injusto castigo, Rubirosa se obsesionó en el estudio del expediente del caso y dice haber encontrado que todas las diligencias ordenadas por el tribunal en relación al caso se referían al juicio literario de su obra El nombre de las cosas.
El revuelo que había causado en la prensa el golpe de Rubirosa al intruso se avivó otra vez con el escándalo de la sentencia que él se encargó de publicar a todos los vientos. Estos sucesos despertaron el interés por el libro que Camille y la editorial recogieron con habilidad convirtiéndolo en un súper ventas, aún cuando en los medios cultos pareció perder terreno y fue visto como un truco sucio para demostrar lo que no podía con sus disquisiciones alambicadas en una obra que dijeron era sólo un ladrillo.
Con la sentencia en la mano, Rubirosa se presentó de improviso en la oficina de Patricio Heredia. La secretaria le advirtió que estaba ocupadísimo, pero Rubirosa insistió en ser anunciado. Durante mucho rato la mujer desapareció en el interior de la oficina del abogado, hasta que apareció éste seguido de ella. "¡Qué gusto de verte pues hombre!... Qué desgracia que no hayas llamado antes de venir... Justo voy saliendo a un comparendo, pero le dejé todas las instrucciones a Hildita... ¿No es así?" le preguntó. Ella sumisa, como siempre respondió: "Sí; don Patricio". "La Hildita es como si fuera yo mismo..." dijo mientras se escapaba. "Déjale todo a ella con confianza y que te calcule el costo del papel sellado necesario para la apelación, pues hombre..." y desapareció con una agilidad que no había tenido en el juicio, según comprobara después Rubirosa: Jamás había presentado ningún escrito, y el plazo para la apelación se venció quedando por tanto la sentencia a firme. "Hombre, cuanto lo lamento, cuanto lo lamento, no sabes cuanto lo lamento" le dijo arrepentido como si fuera más efectivo al repetirlo. "Estuve con tanto trabajo que se venció el plazo y la Hildita... tú sabes como son estas secretarias. Mira: creo que tengo que cambiar de secretaria. Esto que te ha hecho es imperdonable... imperdonable... pero en fin: Es mi culpa, es mi culpa. Yo no debí confiarme..." explicó Heredia con una contricción que casi parecía verdadera. "Cómo te reparo este daño... ¿Cómo...?" dijo y concluyó: "Estimado amigo; porque te considero un amigo: Somos amigos; ¿No es cierto?: De ahora en adelante considérate becado. Cualquier problema legal que tengas... Cualquiera... No importa lo que sea: Te atiendo gratis" le aseguró y lo despidió con unas buenas palmadas de camaradería en la espalda.
Rubirosa recibió más por concepto extra de derechos de autor que la indemnización que debió pagar a su demandante, sin embargo siempre fue una molestia de la que prefería no hablar e incluso en ocasiones no lograba, con toda intención, recordar el suceso, el juicio o la sentencia.
(*) Paco: Nombre coloquial en Chile para los efectivos de la policía.
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