Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa

La librería del puente

Rommel Miranda - Foto: Andrè Everaret Recuerdo bien esa librería de barrio, sobre ese puente en el canal de regadío. Era una cosa curiosa: Esa pequeña avenida, herencia de un camino rural de nombre Camino de Encomenderos, por su función colonial tan antigua, había apenas mutado su nombre, al llegar la ciudad, de camino a Avenida Encomenderos y su suelo de tierra polvosa a adoquines recortados de la piedra viva. El camino, ahora avenida, quedaba separado de la comarca, ahora ciudad, por el canal San Carlos, un torrentoso y profundo cauce de aguas oscuras, de regadío. El puente de palo había sido reemplazado por una media cuadra de avenida sobre el canal, que simulaba que aquel quiebre no existía. Para ello el puente sobre el agua era tan ancho que daba espacio a la casa de algún vecino en una vereda y a la librería de don Manolo al otro. Don Manolo Galleguillos compartía en su negocio los libros con juguetes de baquelita y madera para niños pero él, viejo, mañoso, pequeño, español y jorobado, lo mismo que su señora, lo que amaba eran los libros. Y no cualquier libro. Don Manolo, con su boina y su cara de furias inclinado sobre el mostrador de la tienda, en jorobado reposo, leía libros de buena literatura y si aprobaba lo que leía, lo ponía a la venta y si no, así fuera súper ventas, jamás tendría el honor de un anaquel en su negocio. Por eso su tienda siempre parecía, además de equilibrada sobre un canal de regadío, equilibrada en el hilo de la quiebra. Sin embargo se mantuvo firme hasta que por el centro mismo de su negocio se construyó la actual avenida Once de Septiembre señalando el progreso que curiosamente también mató en este país el interés en la literatura.

Aquí, en un pupitre escolar junto a la vitrina en que colgaban empolvados trompos de madera, obras empastadas en cuero surcado de letras doradas, de autores clásicos y más cachivaches de palo y baquelita sobre las ediciones rústicas de grandes autores modernos y contemporáneos; solía sentarse Rubirosa a dedicar y firmar los libros que el mismo se autoeditaba e imprimía sobre el rumor del canal, en sociedad con don Manolo en la trastienda. La Chabela, mujer pequeña y gordita como muñeco de goma, esposa de don Manolo, cosía y empastaba los libros que entre ambos producían.

Por aquel entonces Rubirosa era un desconocido, salvo para los vecinos de aquel barrio. Recuerdo que los niños solían concurrir a las vitrinas de la librería de Don Manolo a añorar los juguetes escasos que ahí se exhibían. Eran otras épocas en que un émulo "Shyf" de baquelita de un Ford del año treinta y siete hacía soñar con futuras navidades a esos mocosos. Lo mismo, también, una ardilla o un cisne de ebonita transparente de color ámbar. Rubirosa ponía, como anzuelo, en un rincón del pupitre uno de esos autitos, o un elefantito azul transparente, mientras revisaba sus propios libros a la espera de los vecinos, que de vez en cuando, tal vez más por amistad que otra cosa, compraban alguna de sus obras y la llevaban firmada y dedicada personalmente. ¿Cuánto costará hoy por hoy uno de esos tomos rústicos de papel amarillo tres veces reciclado?. A veces, algún niño o niña se acercaba atraído por el elefante azul o por el Fordcito. Entonces Rubirosa lo sentaba en sus rodillas y jugaba con el autito o el animalito mientras le enseñaba las letras que la figura de baquelita iba pisando, entonces se acercaban otros niños y niñas interesadas en el juego de Rubirosa. El los acariciaba y los iba sentando por turnos en sus rodillas y le enseñaba a leer las historias. A veces lo veía agitarse. Sólo a veces. Entonces venía la Chabela con su aspecto de muñeco de goma, con una escoba y correteaba a los niños: "¡Ale! ¡ale! chiquitos" decía con su voz chillona y sus ojos claros arrugados. "¡Que el señor Rubirosa está ocupado!. ¡Vamos! ¡vamos! de prisita". Me parece oír su aguda voz española y ver la vergüenza sorprendida de Rubirosa. "Sólo son niños" decía éste, "sólo niños". "¡Nada!" respondía doña Chabela, "y usted a enfriarse. ¡Hala!" y daba unos escobazos al pupitre. Rubirosa se paraba, corrido, hacia un rincón de las vitrinas y parecía mirar, avergonzado, con las manos en los bolsillos, alguna cosa indefinida tras la vidriera. Después de un rato se iba caminando, y cuando yo estaba por ahí me invitaba, al bar de Don Misael donde invariablemente se iniciaba una tertulia sobre la vida de los borrachitos del lugar que se iban allegando a nuestra mesa. Cada uno contaba sus éxitos pretéritos y sus actuales fracasos permanentes. Talvez ahí se fraguó la historia del maestro Masaya que limpiaba los desagrasadores de las casas para tomar. Su tono culto y su infinita cultura tras la voz siempre arrebatada por una lengua de trapo impactaba a Rubirosa que después en privado iba reconstruyendo, de retazos, la vida de este pobre aristócrata venido a menos.

No obstante que todos los personajes que encontrábamos en esos lugares eran pobres, o desposeídos, y los amigos que escogía Rubirosa eran siembre miserables aunque sus orígenes fueran deslumbrantes, él los plasmaba luego en sus relatos y reflexiones como seres luminosos y de fantástica magia. Como el turco Zamuth, que llegaba con su maleta de hilos y artículos de mercería, que se sentaba a beber un vino blanco con nosotros, pero sólo cuando no había otros parroquianos en nuestra mesa pues los encontraba a todos "¡Mala bersona! ¡Mala bersona!" y si uno insistía, sólo abría y cerraba rápidamente su gastada maleta de cuero, dejando barruntar el contenido lleno de colores y brillos metálicos de dedales y agujas y repetía: "¡Mala bersona!, ¡beligroso! roba merjadería mala jostumbre, ¡mucho beligro!" y se sentaba en la barra a beber con don Misael.

Cada tanto la cuenta de la libreta de Rubirosa con don Misael se llenaba irremediablemente. Cuantas veces traté de pagar esa deuda, pero era imposible. "¡Jamás!" decía y me aferraba con sus manos recias de dedos gruesos, cuya última falange estaba irremisiblemente doblada y anquilosada debido a la máquina de escribir Underwood; la mía más feble, como con una tenaza de hierro para impedirme acceder a mi billetera. "Haremos lo siguiente, en todo caso" decía. "Me voy de ventas al centro, y nos encontramos a las seis en la Seminario". Llenaba entonces una maleta de cartón con libros suyos, y se iba recorriendo librerías en el centro, regresando, según visitaba y dejaba algún libro en alguna de ellas, a pie hasta la librería Seminario, en la Avenida Providencia. Ahí también le instalaban un pupitre escolar, donde se sentaba a vender directamente a los parroquianos sus libros firmados. La librería misma no compraba ni ganaba nada.

En cierta ocasión lo encontré ahí, discutiendo con Rommel Miranda, que había comprado varios de sus libros "sólo por coleccionarlos" aseguraba. "Es que nunca leo novelas. Es inútil hacerse cargo de los mundos inventados por los novelistas. No hay realidad, no hay problemas reales, no hay reflexión profunda sobre problemas de la sociedad actual. ¿Entonces para qué?" argumentaba con su voz tímida pero certera y los gestos de sus manos pálidas y casi femeninas, sobre las que insistían en abalanzarse los puños muy raídos de una camisa evidentemente heredada de alguien. Rubirosa, con las suyas enormes lo remecía con cariño y le regalaba algún tomo. Rommel llegó luego a ser uno de nuestros más entrañables e inteligentes amigos, aunque en las tertulias rara vez hablaba pues lo atormentaban los ticks nerviosos.

"Ya conocí a los clásicos antiguos y modernos y sólo conocí inventos, mientras mi mesita de noche se llena de filosofía pendiente, historia y antropología que no consigo leer completos. Es el conocimiento que me agobia. ¡Me agobia!" decía y parecía que en efecto lo atacara en ese mismo instante pues tensaba el pescuezo flaco y giraba la cabeza, golpeándose con la barbilla el hombro izquierdo, mientras emitía ruiditos guturales "¡guok! ¡guok!" y seguía argumentando: "Entonces a que perder, amigo Rubirosa, el tiempo en ficciones. ¡guok! ¡erk! ¿Me comprende?. No sólo es su prosa, que encuentro encantadora para otros, la que me privo heréticamente de leer. Es toda esa bella ficción de mundos desconocidos e inexistentes" y terminaba con unos gemiditos: "¡Ñeek! ¡ñeek!" luego de soplarse los pulgares. "¡No sabes cuanto te estimo!" respondía Rubirosa, mirándolo profundo a los ojos, con los suyos muy arrugados por la ternura, mientras lo estremecía con sus manos enormes. A veces le apretaba la cabeza con su brazo poderoso, contra su pecho y le daba golpes en la nuca con el borde cerrado del puño: "¡Me motiva la gente inteligenteé!" decía cargando mucho la acentuación falsa de le "e" final. Después lo soltaba, y volviendo a mirar lo profundo de su alma, al menos eso parecía, comenzaba su argumentación pontifical y monológica:

"La ficción... la ficción... ¿Qué es ficción y que no?. ¿Cómo tú puedes saber si yo sólo relato verdades; o ficciones tan posibles que a alguien han de haber sucedido o indefectiblemente sucederán?. Pero, si nunca llegan a ser verdad, o ya perdieron su oportunidad de serlo en nuestro entendimiento de este lado de la realidad, tal vez lo sean en otra dimensión posterior o anterior en el tiempo. Incluso si ni siquiera ahí se les ha dado a estas ficciones la posibilidad de ser verdades y realidades, ¿no crees que pueden ser elaboradas por un pensamiento especulativo cuyo fin es iluminar el camino al filósofo, al historiador o al ávido conocedor agobiado?. Imagina, mi muy estimado Rommel, que yo percibo que la solución del hombre está en acoger su destino sin rebeldía, o que la revolución no es más que una media vuelta más otra que sólo ventila los ejes de la historia dejando todo irremisiblemente igual en su esencia, mientras el centro mismo de la realidad permanece igual u otra verdad universal nunca imaginada que te llenará de tensiones. Haz de cuenta que yo te entrego es verdad ruda y sin pulir. Considera además que no soy nadie, aunque mi nombre estuviera destinado a entreverarse con los grandes. Entonces tú, hombre sabio y preponderante, oído y pensante, consultado de los que saben por tu sabiduría, ignorarías lo que yo te dijera. Y todos los grandes Rommel y los admirados Mirandas ignorarán la verdad de este pobre pobre Rubirosa, quedando inadvertida o perdiéndose para siempre sin una oportunidad de luchar por su valor verdadero. Piensa que las verdades no se hacen verdad sino muy de a poco. Considera qué tan árida es, además, la verdad. Es tanto que de seguro nadie la acariciaría si aún no ha tomado su valor de verdad más de una sola vez, antes de abandonarla irremisiblemente. ¿Qué hacer entonces con esa postulante a la verdad para que tome su lugar verdadero?. ¿Como repetirla incesante sin dejar de estrellar su eco en todas las conciencias?. ¿Cómo hacerla pasar por ellas de manera, al menos, muy lenta para que tenga su oportunidad de adherirse en el conocimiento de quienes de otro modo incluso harán un esfuerzo por rechazarla?. Se la disfraza Rommel, se la disfraza" y lo estremecía con sus peludas manos enormes. "Se le adorna, se le da vida como en la vida, se fabrica un modelo de laboratorio como lo hace el alquimista o el antiguo médico y se le exhibe atrapada en papel amarillo y tinta negra fruto del trabajo de horas y horas para plasmar páginas y páginas con amor de padre, con ternura de madre y se la enseña a seducir o se la mete dentro de un artefacto seductor, y se la esconde para que entre a la mente como el fármaco sanador del médico, que va escondido en píldoras hermosas, de bellos colores y formas sensuales. Así un pensamiento bueno va vestido de mejores colores: Bien vestido, bien recibido. No se escribe por delirar Rommel. No es eso. Hay talvez más filosofía, más vida, más conocimiento en una novela que se escribe como reflexión que en un tratado sobre el origen del lenguaje por ejemplo. Alguien te dice que el lenguaje no es algo que el hombre encuentra en su camino y se sorprende que ahí este su universo replicado, sino algo que arrastra desde su animalidad y tú lo crees o rechazas por el respeto a quien lo dice. Para eso escribo, amigo, para meter en la ficción lo que pienso del nacimiento de la idea transmitida y de la posesión de la idea, o de la miseria humana que busca reivindicación, y una vez lograda busca poder. Para todo eso escribo estos libros rústicos, para decir éstas sencillas cosas en cien páginas y que el lector piense que alucino y crea que las ideas que ahí regalo le son propias, le pertenecen, pues las recibe pequeñas y las cría de a poco al transcurrir las páginas recicladas, los símbolos en amarillo y negro: Un delirio".

A veces lo veía construir, en su porte imponente, en sus manos gruesas, en su sonrisa sólida en sus cejas pobladas, en sus ojos casi invisibles, un pontífice como aquel, que emanaba tal respeto en el decir que podía producir el dolor de la enseñanza en el otro. Entonces a veces creía que era odioso. Parecía pensar que poseía todas las verdades y arrasaba con ellas avasallando a todo el mundo. Comenzaba sus discursos largos y precisos. Indiscutibles, intelectuales, cadenciosos. Habría hecho un buen actor. Sin embargo a veces la vida se la ganaba y no tenía control sobre sus pasiones y sus compulsiones. Entonces descubría uno al hombre verdadero, débil, admirable en su esfuerzo y despreciable en sus vicios. Recuerdo haberlo encontrado en aquella misma librería Seminario, donde muchas veces terminaba sus giras de ventas y partían nuestras parrandas al otro lado del río, en esos restoranes de segunda donde había vino pipeño y sánguches de pernil; cazando niños con sus juguetitos. Me parece estar viendo el día que conoció a Camille, cuando tenía apenas trece años y la sentó en sus rodillas y le leía largos capítulos de héroes pobres y abusos, susurrando en su oreja de niña inocente. Su voz recia, su cadencia mágica la embrujaba, le hablaba de la irrealidad como si fuera una promesa que trece años breves no pudieron nunca resistir. Fue cambiando la librería del puente, poco a poco, por la piel rosada de niña impúber, por los ojos tristes y azules, por la admiración de semidiós que recibía y la condenable pasión por una niña virgen.

Luego los años se fueron. Cuando Camille cumplió quince, ya muchas veces desflorada, Rubirosa se casó con la niña de sus rodillas. La democracia, como niña engañada fue rota y desvirgada, el progreso trazó una calle ancha sobre el puente, que llevó por nombre la fecha de la derrota y la victoria y que terminó de dividir tantos pensamientos para siempre. Tal vez en alguna puente, en alguna ciudad casi rural esté el jorobado don Manolo y su Chabela vendiendo sólo libros de buena literatura, según su propio juicio.

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