Kepa Uriberri
Artículos de opinión
Venía pensando, no sé bien en qué; sólo sé que pensaba con la libertad que otorga divagar sobre las cosas, tan diversas cosas que no podía sino esperar que algo ocurriera que interrumpiera el curso de mis pensamientos libres. ¡Así fue!.
Alguien en alguna parte, por alguna razón, relacionada con el poder y los sentimientos de amenaza que pueden amagarlo, estorbarlo, o hacerle perder la paciencia, decidió negar la licencia a algún medio de difusión público cuya línea de pensamiento difería de la propia. Como se podía esperar, este acto no se convirtió en todo lo que es su esencia: El derecho a reprimir la libertad de pensamiento. En vez de ello se transformó en la fiesta de las descalificaciones ideológicas de siempre, en las banderías de siempre, el golpe y el golpista, mi democracia o la propiedad del sinvergüenza, la dictadura popular y más y más. Todo ésto último, sobre lo cual sí tengo una postura, no es el tema de mi libre pensamiento ahora, que se enreda con las reflexiones que hace algunos días me vienen ocupando.
Me encuentro con este conflicto en un momento raro. Por un lado me sorprende el desarrollo de los acontecimientos con un sentimiento de libertad total, a solas con mis reflexiones. Por otro, aún me asaltan pensamientos encontrados respecto a un acto de extrema censura que sufrí hace unos días, en el cual fui acallado por expresar libremente mis ideas. Me digo, cavilando, que la única y verdadera libertad estaría afincada en el propio pensamiento. Es lo único que no se puede conculcar, o al menos así lo parece, aun cuando hay reacciones a la tortura, por ejemplo, que tienden a mostrar lo contrario: El torturado, en su reacción extrema, tiende a subordinar su pensamiento e ideas al torturador para evitar el sufrimiento. Sin entrar a analizar ese fenómeno y aceptando mi premisa, me digo que sería una libertad vana, la de pensar libremente, si esa libertad está privada de una acción consiguiente, ya sea en la forma de la expresión no restringida o de un acto consecuente. Si pienso que una ley que prohibe expresarse libremente sobre mi manera de ver a la sociedad y a las personas es injusta e impropia y no puedo expresar esta idea, ¿De qué me vale tenerla? ¿De que me sirve el derecho al silencio rencoroso o resentido o temeroso?, ¿Acaso es eso libertad?. Quizás la libertad de pensamiento, y así lo creo, no sea completa o verdadera sin la libertad de expresión. Talvez sea eso lo que a muchos nos haya impulsado a sentir que la libertad de expresión es irrenunciable.
Habrá quienes se escuden en la ilegalidad de ciertos pensamientos para reprimirlos. Otros los calificarán de deleznables o inaceptables, o de promover rebeldías o ideas intolerables. Entonces me pregunto: ¿Existe ideas intolerables, o inadmisibles?. Mi respuesta es no: ¡No las hay!. Puedo aceptar que sea inadmisible la acción que deriva de un cierto pensamiento, pero la razón y la reflexión no pueden ser sujeto de represión y si la sola libertad de pensar no sirve de nada, entonces la expresión de toda idea ha de ser aceptable y libre como complemento del pensamiento.
Libremente lo pienso, y en esa libertad me permito pensar contra mi propio pensamiento. Me digo entonces si es lícito pensar que la libertad jamás puede ser irrestricta, ya que eso debería incluir la libertad de reprimir. ¿Es lícito expresar y promover la libertad de restringir, aún sin aplicar una acción restrictiva?. Vuelvo a asentir y a insistir en que es aceptable rechazar la acción de restringir y soy partidario de ésto y sin embargo y sin contradicción acepto la reflexión, el libre raciocinio y expresión sobre las restricciones a la expresión del pensamiento, en tanto no se transforme en un acto de restricción. Pero, siempre en contradicción conmigo mismo, pienso en el sentido de la reflexión meramente especulativa: ¿Qué sentido tiene reflexionar y acariciar la idea de restringir cierta doctrina si se sabe que jamás se transformará en restricción real y será sólo especulación?. El destino final de la razón es más lejano que la mera expresión; el destino definitivo es la acción. ¿Quiere decir ésto, que por inducción, así como no es completo el derecho al libre pensamiento sin la libre expresión, esta no es completa sin el acto libre?. Sorprendentemente mi respuesta, que no voy a desarrollar ahora, es sí. Debe existir el derecho libre a la acción. Pero en la acción y talvez, por lo tanto, en la expresión y el pensamiento la libertad se regula a través del derecho cuando este entra en conflicto con la libertad de otros. Su regulación es lo que llamo el acuerdo social, que puede o no estar expresado en la ley.
Es raro sentir que esto que reflexiono, pienso y escribo, es tan simple que no debiera ser rechazado y sin embargo es motivo de intensas ambigüedades. Son muchos los adalides de la libertad y en especial en estos ámbitos que ahora defiendo, y aún más, son tantos los casos en que las doctrinas y los dogmas nacen, precisamente de este concepto pero al momento de ver amagados los poderes conseguidos a partir de esta moneda de cambio el concepto se matiza y se troca en otro pleno de condicionantes necesarios. Cuantas son las veces en que uno mismo se sorprende en esta actitud. Cuántas más son las veces que en el uso legítimo de la libertad de pensamiento se es ambiguo, o incluso contradictorio, o se cambia de opinión: ¿Es ésto lícito?.
Hablaba de la extraña matización del pensamiento que produce, a veces, el ver amenazado el poder conseguido. Quizás uno de los peores temores es perder el poder. Pero quizás peor es el temor de no poder defender las ideas propias frente a aquellas otras que las amagan. Me atrevo a decir que la mayor amenaza a la libertad de pensamiento y expresión es este temor y no el conflicto con el derecho y libertad de otros. Este último es sólo la consecuencia. De este conflicto nace el concepto del derecho a disentir, que es una de las formas más delicadas de la libertad de pensamiento y una de las más reprimidas.
Hablo de libertades y derechos, suponiendo un ámbito genérico no definido, que se adapta a cada situación que de suyo es específica. Es que no existe el derecho total ni la libertad total. Pero tampoco existe el derecho preciso o la libertad precisa y definitiva. El derecho nace del poder de sostenerlo y la libertad de la acción que emana de ese derecho. Para ejemplificar vuelvo al principio: Venía pensando, en cualquier cosa, plenamente libre, porque me asiste el poder de dirigir mi pensamiento. En esa libertad pienso, por ejemplo, que un mejor sistema social de gobierno debería ser aquel que cede el poder a los más capaces de ejercerlo. Este pensamiento, opuesto al acuerdo social que ha elegido la democracia, que desea ceder el poder a las delegaciones de la mayoría, es, en cuanto se exprese, censurado y reprimido aun cuando en la práctica es ejercido en toda democracia con mayor o menor eficacia a través del sistema de partidos políticos cupulares. La sociedad intentará que rectifique y deseará o forzará, en tanto posible, un pensamiento proclive al pacto social. La pertenencia a la sociedad me obligaría, en este ejemplo, a aceptar el pacto social y la democracia, con lo cual cedo mi libertad para obtener el beneficio de la inclusión. La renuncia se ha producido en la acción, sin embargo en el pensamiento no necesariamente hay renuncia, puede, dentro de ciertos regímenes de acuerdo social no haber tampoco renuncia en la expresión. Es posible que el disidente intente imponer su opción y la exprese con plena libertad. Así debería ser, pues de otro modo la libertad de pensamiento no existiría, sin embargo desde el poder o tangencial a él siempre habrá oposición a la disidencia, hasta que ésta se haga parte del acuerdo social o sea completamente reprimida por él. De este modo el derecho y la libertad, sin importar que tan nítidos estén definidos en el acuerdo social, en el hecho siempre tienen una expresión real difusa, que conduce lentamente al desequilibrio de los acuerdos, hasta que más o menos abruptamente éste precipita una nueva configuración de aquellos.
Libremente he venido pensando que todo ésto es así. Si alguien piensa como he expuesto, podrá estar de acuerdo conmigo que la estructura de libertades y derechos de hoy pueden ser las restricciones de mañana y que la pretensión de estructurar acuerdos rígidos es por tanto no natural y no viable. Quienes lo pretendan o lo impongan, sin importar lo magnífico de sus objetivos, fallan en la base del sentido de la estructura social y transforman, cuando tienen éxito, al poder en formas de dictadura. Talvez por eso la última libertad que pierde el hombre es la libertad de pensar que es la potencia de la libertad de actuar de mañana. Incluso, si se pierde, se la pierde después de perder la libertad de expresar con libertad el pensamiento.
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