Kepa Uriberri
Relatos
En aquel tiempo, de amplia libertad, solía permitirse que las gentes deambularan por calles y plazas, a veces con algún instrumento, otras con estandartes, predicando doctrinas, religiones, y pensamientos inútiles. Se le consideraba parte de la libertad, y por último, de la diversión, ya que había mucha gente que establecía estas prédicas como parte de su quehacer lúdico.
Así, de este modo, a la gran Plaza Mayor llegaba toda suerte de pregoneros, que desde ahí lanzaban sus idearios públicos, llenos de promesas, unos políticas, otros de eterna salvación, unos pocos sólo venían a reivindicar un derecho, o a denunciar un abuso. Había, por ejemplo, un hombre muy oscuro, de grandes ojos temerosos, a quien traían por la mañana sus hermanos, y lo dejaban acurrucado junto a la estatua de Garraztazú, el prócer de la independencia, que lucía su porte gallardo y belicoso, sobre un brioso potro encabritado, mientras con una mano mesaba su frondoso bigote. Este oscuro ser, con su enorme mirada temerosa, orientada de soslayo, hacia su propia espalda, gritaba de diez veintidós de la mañana hasta las cinco y cuarenta y seis de la tarde, a todo pulmón: "¿Quién me lleva pa Bilbao?...". La gente pasaba junto a él, sin analizar su ruego, ni considerarlo. A veces me preguntaba si sería que entre todos quienes por allí pasaban, no había nadie que fuera para Bilbao, o si sentían por el pobre hombre algún extraño rechazo, debido a su piel oscura, a su extraña parálisis, o a su mirada triste.
A veces, el calor arreciaba, a primeras horas de la tarde, debido a la modernidad de la plaza. No había en ella sombra ninguna, pues los frondosos castaños que en una época remota le dieron sombra habían sido arrancados para poner pequeños quioscos en los que se vendía avellanas, nueces, y otros confites, destinados a reunir fondos para las damas municipales. Con el tiempo, estos quioscos se otorgaban bajo un sistema de franquicias, al que sólo accedían aquellas personas que tenían algún contacto político en el gobierno, pero como lo que se podía ganar con ellos era demasiado poco, comenzó a otorgarse las franquicias junto con un subsidio municipal. Pero en la crisis del ochenta y seis, se dejó de pagar el subsidio, y se cambió por bonos del gobierno a veinte años, lo que le quitó todo interés al negocio. De este modo la escasa sombra de la plaza era peleada por los diversos animalillos que en ella deambulaban. Así fue como la sombra del extraño paralítico que iba a Bilbao se hizo estratégica para los perros vagos que solían pelear de dos a cuatro de la tarde, hasta desollarse vivos, por reposar bajo su amparo. A veces era tan intensa la pelea de los animales, que llegaba a acallar el ruego del hombre, confundiendo a la gente que pasaba, que llegaba a pensar que el hombre quería ir al barrio Recoleta, lo que no era real.
En la otra esquina de la plaza, la llamada esquina de los enanos, se instalaba uno que vendía diarios, al que le decían el "Ratón Miquei". Tenía este personaje una concesión especial, dada por el propio alcalde, para vender en forma exclusiva, en esa esquina, el diario "La Estrella", sin embargo los otros diarieros podían vender, sin permiso alguno, El Noticioso, El Neptuno, y El Norte Informativo, periódicos que El Ratón Miquei a su vez estaba impedido de pregonar, so pena de grave castigo. El Ratón Miquei tenía dos hermanas mellizas, enanas como él mismo, que vestían iguales, salvo por el color de las calcetas, que las distinguía, aún cuando esta distinción no tenía importancia alguna, debido a dos hechos fundamentales: El primero, que nadie, ni siquiera el propio Ratón Miquei, sabía el nombre de las enanas que eran en todo iguales. Sólo ellas sabían su propio nombre, pero no el de la hermana, aún cuando frecuentemente se confundían. Y el segundo hecho, que hacía irrelevante el nombre, era que jamás andaban juntas, y sólo se sabía que era una y no la otra, por el color de las calcetas. Sin embargo, había mucha gente que dudaba del hecho que fueran mellizas, e incluso decían que era sólo una enana, y que el Ratón Miquei insinuaba que eran dos para provecho personal. Esta idea era del todo falsa, ya que el Ratón Miquei no sacaba, realmente, provecho de sus hermanas de ningún modo, y ni siquiera les sabía los nombres, y sólo se refería a ellas por el color de las calcetas. Debido a este extraño suceso, había quien sostenía que las enanas ni siquiera eran parientes del Ratón Miquei, sino apenas una coincidencia, o incluso, tal vez si se tratara de su propia mujer, y de una pariente lejana.
Pues bien. A la hora de vender "La Estrella", que era un vespertino, el enano instalaba su montón de diarios en la esquina que le pertenecía, tirados en una pila en el suelo, que solía alcanzar su propia estatura, y se subía ágilmente sobre ella. Desde allí gritaba "La Estreee....". Jamás decía el nombre completo del periódico. Incluso había gente que pensaba que el día que dijera "La Estreeeeeellaaaaaaaa" nadie le iba a comprar, y los ejecutivos del diario le quitarían la concesión exclusiva de que gozaba. Para incentivar la venta, El Ratón Miquei pregonaba las noticias más importantes, pero dejándolas siempre inconclusas, de modo que la gente tuviera que comprar su ejemplar para saberlas. Por ejemplo, cuando fue el caso del asesinato del notario, gritaba más o menos así: "La Estreeeee... con el extraño caso del asesi... del no....riooooooo". Entonces mucha gente lo interrogaba: ¿Cómo dice?, ¿Que a quién asesi... qué?. El Ratón Miquei entonces, les alargaba un ejemplar y decía: "Aquí está todo... es confidencial". Dicen que de esa manera había logrado que La Estrella fuera el diario de mayor circulación en el país.
También estaba ahí cerca El Predicador, un poco cargado hacia el lado de la Catedral. Siempre sudaba mucho, pero no se sacaba jamás su chaqueta azul. Cuando levantaba las manos con el crucifijo y la biblia, la gente podía apreciar las grandes manchas húmedas, de sudor en sus sobacos, en las que podía calcularse la hora exacta. Tenían las manchas de sudor, diversas aureolas de todos los tamaños, hasta llegar al codo y la cintura las más grandes, y el tamaño de una moneda de veinticinco centavos las más pequeñas. A medida que pasaba la hora, la humedad se iba extendiendo, de manera que, por ejemplo, al medio día, la mancha de sudor tenía el tamaño de una betarraga pequeña, pero hacía las dos de la tarde ya había crecido al tamaño de una cebolla grande. Y a eso de las siete, cuando comenzaba a oscurecer, la enorme mancha se juntaba casi con la que se extendía a lo largo del espinazo, entonces comenzaba a helársele la transpiración, y el predicador sabía que debía suspender su trabajo hasta el día siguiente. El tenor del discurso de este predicador era siempre el mismo: "Arrepentíos hermanos" decía, "pues Cristo vino a predicar el arrepentimiento". Aquí hacía una pausa, con lo que lograba siempre un efecto de suspenso que jamás vi que lograra ningún otro predicador con ningún método. Sin embargo éste parecía tocado, en verdad, por la gracia de Dios mismo, pues bastaba que levantara las manos y dijera ésto, para que de inmediato se llenara a su alrededor de conversos, que lo seguían con fervor, y luego comenzaban a murmurar cantos religiosos, primero en voz muy bajita, pero en la medida en que el sudor del predicador crecía, crecía el fervor de la gente y el volumen de su canto, de manera que hacia el final de la tarde, las canciones realmente parecían ser entonadas por un verdadero coro de ángeles, de preciosas voces fervorosas. El predicador mismo jamás cantaba. Pero seguía anunciando la buena nueva, sin detenerse nunca, ni en convencimiento, ni en fuerza. Decía: "Hermanos míos: Dios os ama con toda la fuerza de su enorme corazón gitano. Por eso vosotros le correspondéis con vuestros cantares. Y éso hermanos le agrada a Él", y señalaba con su mano gruesa y honesta, de uñas siempre negras, de hombre trabajador de la tierra, que cosecha las mieses del Señor, hacía una pequeña nubecilla que aparecía misteriosamente, justo al otro lado, opuesto a la catedral. Sin embargo, cuando debía advertir de los peligros de la tentación, el predicador señalaba con su biblia de hojas sebosas, hacia el magno edificio religioso, y decía: "Cuidaos de la gehena hermanos, porque ella es engañosa...". Y todos, con sus voces angélicas, cantando con una armonía polifónica decían "¡Aleluya hermano!, ¡Aleluya!". Y la luz del sol parecía hacerse más brillante, y por un momento los perros que luchaban por la sombra del hombre de Bilbao se callaban, y hacían la paz. Y callaba también el Ratón Miquei, y por la diagonal inversa, que unía el paseo de Los Huérfanos, con el odeón donde hacían caca las palomas, atravesaba a paso seguro la enana de calcetas rojas, aleteando con sus largas pestañas, y atrayendo a los enanos con sus senos diminutos pero torneados. Garraztazú, sobre su cabalgadura indómita, parecía entonces sonreír malevo, tras sus bigotes heróicos.
Un día, cualquiera, sin que nadie presintiera la desgracia, que ensombrecería para siempre la vida casi provincial de la Plaza Mayor, apareció el mequetrefe. Nadie llegó a pronunciar nunca su nombre. Ni siquiera, mucho después, el Ratón Miquei cuando vendía La Estrella con la noticia en su portada, pronunció el nombre del mequetrefe, aún cuando estaba ahí, vergonzosamente deletreado, en rojo, y a todo lo ancho. Pero el Ratón Miquei no lo leyó, ni lo voceó, sabiendo que provocaría sus propias náuseas, y el repudio de todos, al punto de no comprar el diario que con tanto esfuerzo él había convertido en el de mayor circulación. Tampoco el hombre de Bilbao le pidió que lo llevara. Cuando el mequetrefe se acercaba, los perros ladraban con más fuerza, y amenazaban furiosos sus canillas. Entonces el hombre, mirando de soslayo su propia espalda, y entornando los ojos, quitaba la vista, y gritaba casi en silencio: "¿Quién me lleva pa Bilbao?", pero evitaba mirar al mequetrefe, por si éste llegaba a decirle que él lo llevaba. Ese desgraciado día, las voces del coro que acompañaba al predicador se desafinaron. Ese día aciago, el predicador, por más que se esforzó, no pudo sudar, y sus sobacos apenas si mostraban las manchas antiguas, y su espinazo permaneció seco. Varias veces se equivocó y señaló el pórtico de la Catedral cuando hablaba de las puertas del cielo, y mucha gente pasó junto a él sin casi escucharlo.
El mequetrefe se subió al odeón de la plaza, y gritó con voz estertórea: "Escúchenme todos....", "Escuchen la verdad necesaria", y entonces las voces de los perros que disputaban la sombra del hombre de Bilbao, bajo los mesados bigotes del prócer de piedra fina, ladraron hacia él intentando decirle "¡Calla intruso, que esta plaza pertenece a la gente de bien!". Pero el mequetrefe gritó aún más fuerte, añadiendo algunos insultos a los perros: "¡Cállense animales, que no reconocen la verdad!: ¡Yo soy el que salva al mundo de las desgracias para que todos sean felices, so pena de azotes, insultos, destierros, miserias, y calamidades que administro con certeza y propiedad!". El hombre oscuro, de grandes ojos tristes, que sólo podía mirar de soslayo, hacia su propia espalda desde temprano en la mañana, y hasta que sus hermanos lo venían a buscar para llevarlo a Renca por la tarde, intentó pedir con más fuerza: "¡Quién me lleva pa Bilbaooooo!...". Como siempre le sucedía, el pobre hombre continuó en su sitio para solaz exclusivo de los perros que se disputaban su sombra. Desde su esquina de periódicos el Ratón Mickei trató de imponer su voz baja y profunda, que era de este estilo por ser él bajo y sometido a la profundidad, que no por algún ensayo o intento vocal alguno; gritando su mercadería perenne: "¡La Estreeeeeee....!, con el extraño caso del Gordo proyectadooooooo... ¡La Estreeeeeeeeee...!", pero se le confundía su propia voz con la del mequetrefe, y se sorprendía a ratos gritando su pregón ajeno: "¡Cáaaaaallenseeeeeeeeee...! ¡Reconoooozcan la grosería y verdadera verdad verdadeeeeee...!". Las mellizas enanas, con sus ojillos amarillos, y sus piernas pequeñas y torneadas, y sus sonrisas amables y sensuales, paseaban por el odeón luciendo sus calcetas de colores distintivos, intentando ser vistas del mequetrefe, pero éste no paraba mientes en nadie que no fuera sí mismo, y gritaba para su propio gozo, su pregón desaforado, que a veces le producía a él y al confundido enano, vibraciones bajoventrales, que le hacían pensar que era ser supremo mismo encarnado en la propia idea de su propia muerte, para amor propio de su dulce voz que así él mismo sentía, y se autoamaba masturbalmente, como todo mequetrefe se hace a sí mismo. Un día cualquiera, la profunda desgracia de la voz permanente, siempre viva del mequetrefe había acallado todas las voces, pues todos habían perdido la propia intentando callar al insolente, o se les había gastado en el mal uso. Los coros angélicos habían desafinado a perpetuidad. El predicador veía secarse su propio sudor antes de comenzar a emerger. El enano del diario había visto confundido su discurso, y el hombre oscuro había huido solo hacia Bilbao, mirando cómo a sus espaldas quedaba su desgracia. Los perros lo siguieron amparados en su sombra eterna, las enanas se casaron con unos malabaristas que divertían a los niños, y pusieron un circo para ellos, en otra ciudad. El predicador fue condenado a la gehena, y la catedral abrió sus puertas para refugiar a los paseantes desprevenidos. En la plaza sólo quedó el prócer Garraztazú, mesando su eternos bigotes de fina piedra, condenado por la eternidad a discutir errados conceptos con el mequetrefe, que no abandonó jamás el odeón de la plaza mayor. Los castaños que aún quedaban se secaron y no dieron más frutos, las golondrinas ya no colgaron sus nidos de los faroles, las palomas nunca más hicieron caca en las bancas. El polvo fue cubriendo la mano libertaria del prócer, que un buen día, cansada de señalar la inútil libertad que ya nadie apreciaba cayó al suelo, sujetando un trozo de mesado bigote. Alguien que acertó a pasar por ahí la recogió, y la utilizó para señalar la puerta del baño de hombres en un teatro café moderno, donde se exhibía desnudos pornográficos. El caballo del prócer perdió, poco a poco su costumbre de piafar a la medianoche, y un día cualquiera alguien le robó la cabeza. Otro tanto sucedió con la del prócer, que apareció luego en el estar de la casa de algún advenedizo que decía que era el busto de un antepasado esculpido por un famoso artista.
De este modo, como se ha relatado, la gran Plaza Mayor de la ciudad fue perdiendo su encanto, hasta convertirse en un sitio baldío en el cual un personaje desquiciado al que todos llamaban El Gran Mequetrefe, predicaba una rara filosofía. Había también allí un personaje gordo y grosero, que se había sentado en el único banco que aún miraba el Odeón, y a ratos aplaudía, pues el mequetrefe le recordaba a sí mismo en su propia juventud, la que aún no dejaba de pasar: "Me parto de tanto ingenio" decía a ratos, ganando una sonrisa dada con lástima por el mequetrefe, que dentro de su corazón lo despreciaba, aún cuando lo necesitaba como su seguidor total.
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