Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa

La caja del Nada

Recuerdo con claridad el día que Rubirosa cumplió ochenta y tres años de la publicación de su primer libro. Nos reunimos en el patio de su casa, bajo el parrón cargado de uvas negras. Como casi siempre lo hacíamos. Cuántos debates, en que él nunca quiso participar, sembraron la discordia, bajo ese parrón fresco. Él se había sentado como siempre en la misma esquina, en su misma silla de lona, con una copa de carmenere Santa Eulalia, igual que siempre hacía. Sólo a veces cortaba un racimo de uvas empolvadas, y negrísimas, que lavaba en la llave de regadío del patio, que se encontraba tras el tercer pilar de la izquierda. El mismo comía, como entonces también comió, unas dos o tres uvas, y pasaba el racimo a alguien para que probara la fruta de su propio jardín. Fue entonces que le cantamos esa canción protocolar, que nos emocionaba tanto:

Rubirosa ha cumplido otro año,
y le vamos a hacer los regalos,
que los cumpla muy felices,
y que escriba muchos años,
y que sea para siempre muy feliz.[*]

Claras me vienen las imágenes a la mente, de Rubirosa emocionado, que apuraba su copa de carmenere, antes que todos lo palmotearan, entre palabras de cumplimiento y felicitación, luego hubo de soplar velas, recibir aplausos, y todo esa liturgia no acordada, pero necesaria. Entonces le trajeron una mesita rústica, colmada de paquetes de regalo, que le habíamos traído, para festejarlo. La expectación hizo el silencio, y pudimos oír el canto de los mirlos, enredado en los zarcillos y sarmientos del parrón.

Rubirosa tomó entre sus manos, de dedos poderosos y nudosos, y uñas perfectas, un paquete envuelto en papel de colores marrón, surcado por una cinta gruesa y verde en forma diagonal, y caprichosa, que terminaba en un nudo de borlas, vueltas, y flecos, que lo llenaban de volumen. Era un paquete de lados rectangulares iguales, alargados, y tapas cuadradas, que producía una sensación de estabilidad y macicez. Lo levantó, como si lo estuviera consagrando, y dijo: "¡Este es el regalo de...!". El parrón se llenó, de repente, de miradas escudriñantes. Al fondo, casi invisible, Rommel Miranda, levanto una mano fina, como de mujer, que asomaba de una raída manga, con un gesto que la hacía parecer una pata de pollo. Recuerdo que Rommel estaba sentado en el último rincón del parrón en un piso de madera basta, muchas veces mojado y secado al sol inclemente, curtido por el abandono, con las patas marcadas de martillazos, a cuyo centro se observaba algún clavo doblado y oxidado. Bajo el asiento, alcanzaba a distinguir trazas de los hilos dejados por telas de arañas, que acuciosamente hacían ahí sus trampas. Rommel susurró: "¡Mío!". Una de las patas del piso quedaba fuera de las baldosas del parrón y se enterraba en un prado de trébol en el que se podían ver florecillas blancas visitadas por las últimas abejas de la tarde. Rubirosa bajó el paquete, y con su mirada de encanto mágico, lo ponderó, mientras su enorme mano de poderosos dedos cazó el nudo caprichoso, y lo retiró delicadamente, no sin desgarrar el papel marrón. Apareció una caja de cartón, grueso y moldeado, de color metálico que hacía caprichosas figuras simulando plata labrada por un extrudído laborioso con un martinete. Las manos de Rubirosa trabajaron con un cuidado, que parecía extraño en sus dedos vigorosos, para extraer la caja. Una expresión de sorpresa se dejó oír bajo el parrón, que apagó, momentáneamente las tres notas dulces de los zorzales, y la filigrana del canto de los mirlos entre las uvas. Rubirosa abrió con cuidado la tapa, y miró el interior vacío de la caja. Dijo, con su sonrisa cariñosa, y la mirada colmada de ternura: "¡Gracias Rommel!, es un gesto muy delicado de tu parte", y posó su mirada serena, llena de comprensión, sobre Rommel, que a su vez clavaba la vista en el suelo, con gesto avergonzado. Rubirosa cerró con cuidado extremo y delicadeza la hermosa caja vacía, y la posó sobre la mesita rústica, de donde levantó otro paquete.

Éste era de tamaño pequeño, casi perfectamente cúbico, envuelto con sencillez, en un papel de colores alegres, sin cintas, pero con un pompón de tiras de de color rojo, pegado en la parte superior. Rubirosa lo alzó, por sobre su cabeza, y repitió la invocación: "¡Este es el el regalo deeee...!". Otra vez las miradas escudriñaron ansiosas. "¡Mío!" dijo Norman Gutiérrez, "¡Ése es mi regalo!". Su ancha sonrisa se destacaba en medio de un grupo, que festejó de inmediato su franco reconocimiento. La voz de Norman era segura, de tono bajo profundo, que inspiraba respeto, pero a la misma vez tenía una calidez atractiva, y llana. En el grupo, que ciertamente lideraba, y en que estaban todos de pie, se chocaron copas, y salió una bocanada de humo de aroma acre de buen tabaco cubano. Rubirosa retiró los sellos engomados, con extremo cuidado, como para no dañar el contenido, seguramente delicadísimo, y abrió el paquete lentamente. Apareció una cajita de unas seis pulgadas por lado, de color azul opaco, muy oscuro. Antes de abrirla, Rubirosa volvió a llenar su copa de carmenere, e hizo un gesto, para brindar con Norman, que exhibió un vaso de whiskey y una sonrisa amplia. Rubirosa bebió, con calma un sorbo, y sin apuro, posó nuevamente su copa, junto a la caja vacía de Rommel, luego, delicadamente, moviendo sus dedos anchos como si fueran herramientas de fina precisión, retiró la tapa de la caja azul, y extrajo de su interior un tarro de latón, también azul, que presentó ciertas dificultades para ser abierto, en cuyo interior venía un saquito de papel azul, atado en su extremo por un cordoncillo azul, que Rubirosa desató con no demasiada dificultad. Rubirosa metió dos gruesos dedos en el interior del saquito, y escarbó cuidadoso, con un gesto curioso. Luego miró hacia el interior del saquito, en el que no había nada. Rió con satisfacción, y poniendo su mano derecha empuñada sobre su corazón, le dijo a Norman, dándose suaves golpecitos en el pecho: "¡No sabes cuanto agradezco tu delicadeza!". Cerró el saquito azul con su cordón azul, y lo metió en su tarro de latón azul, el cual guardó en la cajita azul, que cerró con su tapa azul, que dejó junto a la caja labrada de Rommel. Tomo, entonces, otro sorbo de carmenere Santa Eulalia, y escogió otro paquete, de forma cilíndrica, que también levantó como los anteriores, repitiendo la formula, ante la mirada expectante de todos: "¡Este paquete es el regalo de....!".

Una voz presurosa salió de un grupo que reía, hacia la derecha, sentados alrededor de una mesa circular. Mehrson Gajardo señalaba, con el dedo sobre la cabeza de Roosvelt Ávila. "¡Es de Roosvelt!, ¡De Roosvelt!" y le daba golpecitos en la coronilla con su dedo índice tieso. Roosvelt, totalmente ruborizado, sólo sonreía.

Un cilindro de cartón burdo, envuelto en papel vulgar de color café, y atado con una vuelta de cordel de cáñamo deshilachado, anudado con una roseta sencilla, contenía a cada lado una pelota del mismo papel café vulgar, de envolver, arrugado. Rubirosa sacó lentamente, como si esto fuera necesario, la bola de papel arrugado de un costado, y miró sorprendido al interior. Pudo ver la pelota de papel arrugado del otro extremo. "¡Ah Roosvelt, Roosvelt!" dijo. "No habría esperado otra cosa de ti". Roosvelt sonrió ruboroso, con los ojos claros inyectados detrás de sus anteojos de aumento feroz.

Recuerdo claramente, que Rubirosa continuó de este modo abriendo los regalos de Mehrson, de Yácob, de Orson, de Crámer, en fin de todos: Múltiples cajitas vacías, tarros sin nada, saquitos, tubos, frasquitos, cofrecillos de cartón, todos vacíos, merecían conmovedores agradecimientos de Rubirosa, que continuaba uno tras otro incansable abriendo lo conocido como si en cada nada hubiera una nueva sorpresa.

Finalmente, si mal no recuerdo, el último de todos, abrió mi propio regalo. Nunca olvidaré aquellas maravillosas veladas, amparadas por ese fresco parrón, y el dulce canto de las loicas.


[*] Plagio, sobre un plagio, de la canción himno "Los estudiantes pasan" de Gustavo Campaña, compuesta para las fiestas de la primavera que se celebraban en el Santiago de los años treinta del siglo anterior, de las que nunca participó Rubirosa.

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