Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa

A nadie le importa

Bastante tiempo después, cuando tuve acceso a los escritos de esa época de Rubirosa, que había guardado celosamente sin que nadie los viera, me encontré con varias resmas de papel de órdenes de intendencia del ejército, del Vigésimo cuarto regimiento Huamachuco de Putre todas igualmente escritas, por el reverso, con tinta verde de lapicera, con letra insegura y constreñida que comenzaba en cada página con caracteres mínimos que iban creciendo hacia la derecha y hacia abajo, a la vez que declinaban hacia el pesimismo y la confusión, llegando hacia el final de la página a ser desproporcionadamente enormes. Decían siempre lo mismo, en forma reiterada e insistente: "A nadie le importa, a quien le interesa, a nadie le interesa" una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez; hoja tras hoja, tras hoja, por resmas y resmas de ordenes de intendencia. Sólo en una de ellas, en el margen derecho, escrita en forma transversal, con letra segura, pesada, sólida y ágil aparece una fecha. Pude averiguar que corresponde a la de la muerte del coronel Sepúlveda. Nunca pude saber si estos papeles habían sido escritos durante el destierro o después. Quiero pensar que los escribió durante el destierro mientras era fusilado diariamente por el sucesor del coronel. Talvez en algún momento tuvo miedo de olvidar la fecha de la muerte del causante de su tortura, y la escribió ahí para recordar.

Todo esto es sólo elucubración, pues no hay nada que certifique su veracidad. La extraña obsesión escrita continúa más allá del término de las órdenes de intendencia y siguen como si nunca se interrumpieran en las típicas hojas que siempre usara Rubirosa, heredadas de la quiebra y cierre definitivo de la librería de don Manolo: Era papel contable de cuatro columnas que decían "Debe Haber Saldo" ya amarillas por el tiempo, que utilizaba por detrás. Había un flujo continuo, de letra verde sobre papel amarillo de mismo contenido, de mismo estilo depresivo que comenzaba cada hoja con letra mínima, como si tuviera temor de decir: "A nadie le importa", que iba cayendo como deshilachada al avanzar hacia la derecha, y abandonándose a la costumbre y a la renuncia del pudor mientras crecía sin destino lenta pero certeramente, hasta terminar en las últimas líneas una letra enorme desesperanzada y denunciante: "A quien le importa a nadie le importa".

A veces me dedicaba tardes enteras a comparar esas páginas y páginas unas con otras y otras intentando encontrar diferencias en el color de la tinta o en la forma de la letra o más, con la intención de descubrir una proyección en el tiempo. No la había. Todo ese papel con esa insistente denuncia obsesiva y reiterada podía haber sido escrito por un loco veloz en una sola tarde, o por un paciente hilvanador verde a lo largo de una vida completa. Como sea, una buena parte de estas páginas tienen que haber sido producidas en la época posterior al destierro, probablemente las de papel contable. Pero son tantas que es casi seguro que las haya escrito concurrentemente con su relato "El nombre de las cosas" después de aquel episodio en que se retiró de la tertulia. El único indicio es otra fecha, esta vez con la misma letra insegura y creciente, perdida entre los "A nadie le importa" en alguna de las innumerables hojas de papel contable, como si la intención fuera mantenerla escondida, casi para sí mismo. La fecha es posterior a la de aquella tertulia, sin embargo nada asegura que no la haya escrito anticipadamente como recordatorio de una cita programada o muy posteriormente para no olvidar un encuentro casual. No lo sabré jamás y el mismo Rubirosa habría preferido no decirlo.

Por esa época Rubirosa salía a hacer largas caminatas solo. Así como en alguna época lo había hecho de librería en librería vendiendo sus obras, ahora peregrinaba de bar en bar. "Siempre encuentra, en alguno de ellos, a uno de sus acólitos que lo acompaña" explicaba Ályson. Así era que podía encontrarlo casualmente en el Torres o el Bassora a las doce del día tomando un potrillo de chicha con el flaco Avendaño que había plagiado dos capítulos de Absalón Absalón de Faulkner antes que se conociera en Chile, haciéndose la fama de gran escritor que jamás lo abandonaría hasta su muerte a los noventa y seis. En ese entonces aún había quienes creían firmemente que Avendaño había renunciado a su novela "El Héroe repudiado" y había vendido aquel magno comienzo al norteamericano, con el compromiso de no escribir jamás de nuevo. Siempre decía que estaba preparando algo superior pero nunca se hacía realidad. Sin embargo su gran cultura, sus dotes de conversador y la creación de trozos de relatos improvisados siempre sostenían una cierta fama y la amistad de todos a través de generaciones de escritores. En otras ocasiones lo podía uno hallar en el antiguo "Gálvez" cerca del taller de Mauretti, con un syrah de Santa Eulalia en una mano de dominó con los hermanos Toro. O también en el bar Nacional, o en uno cualquiera de los muchos de Bellavista, en el Venecia, e incluso en cierta ocasión lo pude divisar de lejos con una joven mujer de ojos alegres y peinado muy ordenado tomando un helado en el Café Paula cerca del Municipal. No bien vio que yo iba hacia ellos, dejó su helado de lúcuma y se despidió apresuradamente de Rubirosa. Pareció huir con una actitud y tono muy elegante, pero como si hubiera sido sorprendida cometiendo una falta. "¡Sí que me gustaría tener esa llegada con las mujeres!" recuerdo que le dije, o talvez algo parecido. Estaba acostumbrado a que no recordara mi nombre. Sabía que era una actitud de reproche, pero en esta ocasión me miró confuso, como si le costara verdaderamente encajar mi imagen en sus recuerdos. "Es seguro que lo conozco de algún lugar, pero no lo puedo recordar" me dijo, sin invitarme a tomar asiento, ni levantarse a saludar, con lo cual mi posición resultaba del todo incómoda. Le dije mi nombre, sonriendo, seguro de que jugaba, como siempre lo hacía, al reproche consabido. Yo sabía que jugaba, el sabía que yo lo sabía, y el efecto del juego satisfacía a ambos de un distinto modo: Él cobraba una cierta revancha por la ausencia de más de quince años que tuvo que soportar en el olvido de todos, uno pagaba el precio que él pedía y durante un instante mínimo representaba una escena dramática que siempre tenía algún matiz enriquecedor. Pero en esta ocasión parecía estar viviendo en otro estrato diferente que no se conectaba con el mío. "Teniente Pellerano..." me dijo en tono dudoso. Volví a repetir mi nombre y tomé asiento donde había estado la mujer. Su mirada se había ausentado. Di vuelta la cabeza y divisé a la mujer, de un aspecto exquisito que se perdía como una pantera airosa entre la gente por calle Agustinas hacia abajo. "¿Qué sucede Rubirosa?" me atreví a preguntar. Me pareció perdido en el mundo, casi creí verlo tiritar y de inmediato hice negación. Sabía que era un hombre lleno de debilidades humanas. Había convivido tanto con él a lo largo de su vida como para conocerlo bien de modo que sabía que no era una persona que titubeara o se mostrara feble o frágil y sin embargo parecía no poder reponerse del encuentro con la mujer y su conjunción conmigo. Intentó tomar su taza de café, pero le castañeteó contra el plato y la dejo. Se quedó mudo largo rato hasta que mucho después, sin responder nunca a mis preguntas se levantó como si hubiera estado solo todo el rato y enfiló por calle Agustinas hacia el cerro Santa Lucía. No me atreví a seguirlo.

En varias otras ocasiones lo divisé con la misma mujer, pero siempre ella se escurría y el evadía, como si le produjera terror, hablar de ella. A veces, casi siempre, no ver en detalle a una mujer la hace tanto más femenina, tanto más hermosa, tanto más deseable, casi mítica. Llegué a pensar en ella como en la encarnación de un animal salvaje, tal vez una hembra felino que paralogizaba a Rubirosa, su presa. De tanto no llegar a verla, comencé a desearla hasta sexualmente y hubo una época en que trataba de sorprenderlos, o mejor sorprenderla. Intentaba tenderles ciertas emboscadas, o calcular sus encuentros, pero siempre parecía anticiparse.

Por aquel tiempo la tertulia del parrón seguía reuniéndose con la ilusión que Rubirosa participara de ella, sin embargo desde aquel relato y la vuelta de los zorzales, después de sus caminatas Rubirosa volvía, y sin quedarse entre nosotros compartía unos pocos minutos de saludos, en que como siempre volvía a preguntar los nombres de cada uno, salvo el de Rommel Miranda, que se sentaba en el rincón más alejado, en aquel piso de madera de tres patas casi podrido por la lluvia secado mil veces por el sol, bajo el cual se habían criado generaciones de arañas viudas negras tejiendo sus insistentes trampas. De él siempre se acordaba: "Amigo Rommel: ¿Qué descubrimientos sutiles ha hecho hoy con la potencia de su pensamiento?" lo saludaba. Miranda tosía sobre su hombro derecho, primero, sobre el izquierdo después, luego se golpeaba el pecho, dos veces, con la barbilla y sonaba algo como "ougc ougc" y levantando las cejas decía: "Nada, nada. Sólo que tal vez seamos apenas un procedimiento: Lo demás ¡solo ilusión!" y volvía a sonar gutural, algo como "grak grak" tensando el cuello mientras giraba la cabeza a cada lado. Rubirosa reía bajito, le daba dos palmadas en la espalda sin mirarlo y se retiraba: "A escribir, como todos los que buscan el éxito" decía. Tal vez algún día no haya ninguna duda que entonces en la soledad de su escritorio llenaba esas resmas y resmas de hojas y hojas todas iguales con la idea que tal vez le obsesionaba: "A nadie le importa" con tinta verde.

Nunca estará de más insistir en que salvo algunas apreciaciones, relato los recuerdos de los recuerdos que Rubirosa tenía de los eventos descritos, de la manera más fiel posible. Aquellas situaciones que tan sólo él conocía y de las que no ha dado cuenta, como esta obra reiterativa y obsesiva de la que tuve conocimiento después, trato de posicionarlas en contexto reservándome en lo posible mi opinión y sólo poniéndolas en la penumbra casi obscura de la privacidad no descubierta de Rubirosa. He llagado, por ejemplo, a la convicción personal que aquella mujer hermosa con la que Rubirosa mantenía secretos encuentros era Olvido, o como se llamare la viuda del coronel. La jovencita de enormes manos que a veces la esperaba cerca, y de la que nunca supo Rubirosa, debe haber sido la menor de sus hijas, que motivó el extraño suicidio del militar. Según he llegado a calcular, la fecha que se encuentra escondida entre los escritos de Rubirosa correspondería más o menos, o tal vez con precisión, a aquella en que Rubirosa vio a Olvido por última vez y cuando comenzó efectivamente a escribir "El Nombre de las cosas". No obstante él nunca relató nada de estos hechos, por lo que no pueden ser considerados elementos integrales de este relato, sino apenas leves notas marginales. A veces escolios.

El bar Alberto comienza sus funciones a las nueve de la mañana cada día. No quiere decir esto que a esa hora comience a atender público. Es la hora en que los mozos del turno de la mañana ingresan y hacen aseo del lugar que ha quedado sin tocar al cierre de la noche anterior después de horas de lujuria y bebidas, intimidad y tertulia, alegrías, penas y amores. Al final de la noche sólo se cuadra caja y se asegura su contenido. Todos se van, excepto Tolstoi Rivera, el propietario y Alberto el pianista que duerme ahí mismo en su celda. Los mozos despiertan a Tolstoi que da las instrucciones invariantes de cada mañana, marcando el arranque del día y el traqueteo con las mesas y sillas y los trastos y útiles, terminan por despertar a Alberto. Entonces le entregan un balde con agua, un trapo y un escobillón, con el cual debe asear su celda y a sí mismo. Tolstoi juzga el resultado y según éso instruye el desayuno que merece, que siempre consiste de un Barros Jarpa (sandwich de jamón y queso al horno en pan de frika diseñado por el político Ernesto Barros Jarpa muerto durante el levantamiento de la segunda revuelta, a la que se oponía tenazmente: "Caerá solo" decía) y café soluble muy cargado, sin azúcar. El propio Alberto le añade abundante azúcar que guarda de las propinas que le dan los clientes envuelta en un papel de diario ya muy ajado. Todo esto sucede más o menos un cuarto para las diez, después que Alberto ha hecho sus necesidades en un rincón oculto de su celda. Es entonces cuando deben abrir las puertas a la calle para ventilar. A los pocos minutos entra Rubirosa que comienza en el Alberto su itinerario de bares, que termina de ida en el Unión Chica a eso de las cinco de la tarde. Tolstoi Rivera le hace servir su potrillo de chicha y su sandwich chacarero con abundante ají verde. Rubirosa se sienta en la mesa junto a la celda de Alberto y comparten lado a lado de la reja, como si fuera un confesionario, el desayuno. Alberto es su confidente y consejero. Así lo ha reconocido muchas veces y es notorio. Alberto conoce los gustos musicales de Rubirosa, entiende su estilo literario e incluso le colabora puliendo algunos textos que rayan en las servilletas, hasta filtrarlos a su más fina y rica expresión. En ocasiones un diálogo de tres páginas termina expresando lo mismo, pero con infinita mayor profundidad en seis palabras sencillas que parecen ser música. Alberto conoce sus secretos íntimos. Es probable que sepa más que nadie de la vida íntima de Rubirosa, sin embargo, incluso ahora que éste es más una leyenda se niega a rebelar tantas y tantas cosas que arrojarían luz sobre ciertos hechos necesarios, que de otro modo ni siquiera es posible comenzar a mencionar. Siempre he creído que conoce la verdad sobre la mujer de ademanes felinos que desapareció sin dejar ni tan siquiera el rastro de su perfume dulce de manzanitas verdes. ¿Qué pasó con ella?, ¿Por qué Rubirosa no la volvió a ver?, ¿Por qué siempre huía como palomita cuando algún extraño se acercaba a ellos?.

Me he permitido, ¿Por qué no?, llamarla Olvido sea o no la misma Olvido viuda de Sepúlveda, pero siempre me la recordó, aun cuando no conocí a la verdadera y ni siquiera puedo dar fe de que haya existido nunca. Muchas veces me atreví a interrogar a Rubirosa sobre la mujer misteriosa. No sólo lo hice, sino que descaradamente la llamé Olvido, con toda intención. "Porque es Olvido ¿No es cierto?" le decía. Muchos esperarán su respuesta enigmática: "A eso: Preferiría no responder", yo mismo la esperaba. Sabía que esa sola respuesta tenía un significado preciso, sin embargo Rubirosa se cuidaba de no responder. Las primeras veces creía percibir que aumentaba el trémolo de su sorpresa, después sabía que aumentaba, que notaba el peligro pero aun así nunca se traicionó: Me dejaba creer y sólo sonreía. De repente, un día de tantos ella no apareció más. Fue después que había decidido seguirla, saber donde vivía. Abrigaba la secreta esperanza de hablar con ella, que me contara su parte de la historia o incluso (siempre tenemos algún loco deseo escondido) soñaba besarla y amarnos en secreto, o si no, matar la leyenda que me iba agobiando y la hacía tan atractiva. Sabía que podía ser cualquier poetita menor en busca de maestro. Rubirosa gustaba de esas situaciones. Talvez él mismo la despedía cuando me veía aparecer, sólo por crear misterio: "Vivo en literatura" solía decir en esos casos. A veces sentía celos de Alberto que seguramente sabía todos los pormenores, aunque siempre lo negó, pero todos sabían que era confidente y confesor de Rubirosa. Incluso sabía qué música motivaba cuales recuerdos, y en ocasiones se las regalaba. En esas ocasiones se percibía un mutuo entendimiento que casi se podía tocar con los dedos. Uno sabía que estaban conversando sin decir ninguna palabra: Sólo música.

Como ya está dicho, Rubirosa nunca hablaba de su destierro. Sólo muy ocasionalmente dejaba caer algún recuerdo suelto, aislado. Nunca dijo por qué fue condenado a la pena de extrañamiento ni hablo de justicia o abuso. Sólo una vez, y fue sorpresivo para todos, al llegar de vuelta de sus caminatas solitarias en que se encontraba con Olvido dijo: "Me siguen". Yo bromeé, lo mismo que otros: "¿Alta, de ojos alegres y andar felino?". "No", dijo serio. "Inteligencia" concluyó y se retiró a escribir. A nadie le consta esta situación. Muchas veces lo vi, en sus caminatas, atravesar el parque, o cruzando el puente de Purísima, y jamás vi que lo siguieran, sin embargo noté desde entonces, que ya no se encontraba con Olvido. "¿Qué pasó con la mujer?" le pregunté. "A eso preferiría no responder" dijo. Fui, lo reconozco, a escondidas, a hablar con Alberto y como no me diera respuesta, no por saber de Rubirosa sino de Olvido, que ya se había metido en mi capricho, intenté forzarlo a través de Tolstoi Rivera. Pero no fue posible. Nuevamente desearía que quedara claro que estoy transcribiendo recuerdos del relato del propio Rubirosa, incluso cuando a mí mismo se refiere. Quisiera ser fiel al relato más que a los propios hechos, que en definitiva no tendrían, sin su interpretación, valor ninguno. Como sea, dejaré claro que sólo me movía el interés por el antiguo maestro y amigo. Olvido, para mi, siempre fue no más que su verdad: Un espectro, incluso aún dudo de su existencia o que haya sido eliminada por efectivos de inteligencia.

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