Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa

El Nombre de las cosas

Por aquel tiempo habían empezado a volver los más íntimos de la tertulia al parrón de la casa de la calle Brescia. Durante tanto tiempo, mientras Rubirosa estuvo en Putre, la casa había permanecido cerrada y sólo Ályson Carrascales la visitaba de tanto en tanto para mantenerla limpia y regar los jardines. Nadie sabía en aquel entonces de su dueño. A veces se oía rumores que decían que lo habían hallado muerto, flotando en el Mapocho, bajo el puente Balmaceda y luego otro aseguraba que estaba en la isla Dawson o también que había escapado por el paso Portezuelo de Las Lágrimas hacia Argentina, ayudado por ciertos arrieros y también alguien decía haberlo visto en San Fernando, donde se escondería en los múltiples laberintos bajo la ciudad, que según él mismo habría contado muchas veces, eran antiguas cavas de vinos, que duplicaban idéntico e inverso el plano de las calles de la superficie. Más de alguno, no recuerdo si fue Norman Gutiérrez o talvez Barton Proboste cuando lo encontré en el lanzamiento del libro Poesía Milenaria de Mardónez Cruchaga, aseguró haber estado ahí con él y haber conocido a Waldo Catalán. Luego, cuando apareció de nuevo, cuando comenzó a correr la noticia que Rubirosa estaba otra vez en la casa de la calle Brescia y que había sobrevivido al extrañamiento en Putre y que jamás había estado viviendo en Aviñón con Camille, como también se había inventado, todos dijeron que sabían bien la suerte que había corrido y hasta algunos dijeron que habían estado con él la misma noche que vinieron a buscarlo.

De muchos de nosotros Rubirosa no tenía ningún recuerdo, ni retenía nuestros nombres y siempre volvía a preguntarnos, una y otra vez y al rato ya lo había olvidado. A veces he llegado a pensar que era un reproche que nos hacía por haberlo olvidado. A veces recuerdo esa incursión al Valle de La Luna, cuando prefiguró su abandono: "Me están olvidando" dijo. Luego vino aquella ocasión, que siempre lamenté, cuando escruté aquella extraña novela en la que me sobró una escena. No obstante, nunca me lo ha reprochado, ni ha vuelto a mencionarlo, sólo no puede retener mi nombre. En todo caso tampoco logra recordar el de muchos otros ni parece hacer un esfuerzo. Sólo Rommel Miranda y Ályson Carrascales permanecen muy nítidos en sus recuerdos, y cuando ella no viene a sentarse en sus rodillas, comienza a preguntar donde está, o incluso se levanta y recorre la casa, interminablemente, buscándola. A Rommel lo escucha y observa con atención, como si estudiara sus gestos nerviosos y los extraños sonidos y ruidos que a veces emite cuando se golpea los hombros con la barbilla. Suele referirse a él como "mi estimado Rommel" o como "mi amigo Miranda".

Aquel día, lo recuerdo bien, Angol Vega había traído unos borradores talvez demasiado surrealistas, o impresionistas, no lo sé bien. En todo caso ninguna frase u oración en el texto tenía sentido alguno y en muchos casos introducía palabras que no existían para nada, como por ejemplo leyó algo así: "Iuramante se aboveció sin refunir maruricos o eurebios. Narie fisto alsún debrieva, pero muy fulamiense escredió aquén. Lo dijo con esa nasalidad esubrida que siempre se acostumbró Talca más tarde. ¿Acaso perensaba que no fera?". A ratos, en el texto, aparecían partes de frases que acercaban algún sentido. Casi nunca. Sin embargo iba construyendo un sentimiento y un significado que sería claro para cualquiera. Incluso se desató una ácida discusión entre Rommel y Orgüel, que venía por primera vez a la tertulia desde que había vuelto Rubirosa, acompañando a Angol. La discusión de ninguna manera versaba sobre la estructura o extrañeza del texto, sino, sorprendentemente sobre lo que el autor afirmaba en él. Orgüel insistía en que Angol no tenía autoridad moral ni intelectual para plantear tal crítica a los inspiradores de la segunda revuelta, mientras que Rommel defendía su derecho, debido a que la discusión no podía centrarse en los aspectos figurativos y filológicos, sino en los motivos y razones argüidas. Durante mucho rato la discusión se alargó inútilmente, sin que ninguno cediera posiciones, y Angol mismo se mantenía en silencio y sólo se limitaba a citarse a sí mismo cuando alguno de los contendientes se lo pedía. No se crea que de algún modo se le pedía explicación o aclaración de conceptos, lo que daba a entender que para los adversarios el texto en forma y contenido había quedado clarísimo.

Algo inesperado, o a lo mejor largamente esperado, ocurrió entonces: Rubirosa que escuchaba con atención, pero con cierta lejanía, como si no tuviera interés alguno en la cuestión y sólo le pareciera un juego pueril, a ratos se levantaba y paseaba mirando las uvas verdes que empezaban a crecer muy a comienzos de temporada, en el parrón. Solía tomar esta actitud desde que había vuelto, como si estuviera ensimismado intentando resolver algún conflicto interno, de manera que nadie esperaba, realmente, que participara de las ideas que se discutía sino sólo queríamos que se sintiera acompañado y también recuperar viejas costumbres que nos eran gratas.

Debo insistir que todo lo que he relatado en esta historia corresponde a las memorias del propio Rubirosa y según él lo ha querido recordar. Hago ahora, aquí esta salvedad pues son muchos los que al leer mis borradores me dicen que me han oído contar este episodio de un modo del todo diferente. Incluso hay algunos escritos míos, que circulan, en los cuales doy una versión distinta y casi opuesta. Aclaro, entonces, que aún cuando Rubirosa y yo mismo concurrimos a este episodio, éste nos ha afectado de modo diverso y por tanto, siendo en el tiempo el mismo suceso es comprensible que sea para ambos del todo diverso. Sigo entonces relatando según recuerda Rubirosa que las cosas han sucedido.

De repente, con infinita delicadeza, levantó su mano enorme y haciendo una pinza que parecía ridícula para manos tan grandes, cogió entre el pulgar y el índice, cuya última falange parecía siempre anquilosada en un ángulo sostenido con el resto del dedo, talvez producto de la insistente escritura en el teclado de su antigua Underwood, un zarcillo en el que crecían algunas pocas uvas nuevas y lo cortó con cuidado. Luego, en un rincón de la terraza las desgajó y las dispuso en un dibujo geométrico en el suelo. Después regresó a su asiento y se quedó mirando el diseño. La discusión seguía, cada vez en un nivel más elevado, y más ácida de manera que nadie se dio cuenta de lo que había hecho Rubirosa. El diseño consistía de dos heptágonos uno inscrito en el otro, con sus vértices dispuestos en forma tal que a ojo delicado se diría que el segundo dividía los lados del primero exactamente en proporción áurea. Entonces comenzaron a bajar los zorzales. Después de tanto tiempo sin oír sus tres notas dulces, gracias a una rara figura geométrica, los zorzales volvían a esta terraza. Rubirosa rió bajito y dijo: "Es cuestión de nombrar las cosas". La discusión cesó de inmediato; todos los ojos se fijaron en él. Angol, tímidamente, arguyó: "De ninguna forma yo las nombro. Al revés: Todo lo que hago es no nombrarlas sino sugerirlas". "¿Acaso yo nombré a aquellos pajarillos para que vinieran a comer uvas verdes?" dijo entonces Rubirosa. "No. O no lo sé" dijo desorientado, Angol. "¿Cómo te llamas?" preguntó Rubirosa, lo que no extrañó a nadie, tampoco al propio Angol que bien sabía que Rubirosa olvidaba los nombres o los preguntaba repetidamente como una forma de reproche. "Angol Vega" dijo. "¿Y eso cambiaría las cosas?" respondió a su vez, entonces, Rubirosa. "Al menos no lo creería" dijo Angol mostrando su desorientación. "¿Acaso crees que esos zorzales conocen el significado de la magia de un heptágono inscrito en un heptágono cuyos lados divide en una proporción tal que la inversa es una unidad menor?". "Tampoco lo necesitarían" dijo Rommel Miranda sentado en el piso de madera que aún estaba en ese rincón justo al borde de la terraza, casi fuera de la tertulia, con una de sus tres patas clavada en el pasto; y se tironeó los puños de la camisa cuyas mangas parecían estorbarle. "Mi estimado amigo Rommel lo ha dicho del mejor modo. ¿Alguien cree que los zorzales han sido llamados por la geometría?". Hubo silencio. Quise decir que yo lo creía, pero callé. No estaba seguro. Rubirosa me miró sonriendo. Me conocía bien aunque no recordara mi nombre: "Habrá quien apueste a la magia" dijo, "pero los zorzales apuestan a las uvas: Ése es su lenguaje. Así nombran las cosas, tan sólo con el anhelo que estas les producen". "¿Querrá decir que Angol perdió el tiempo intentando expresar lo mismo pero con un lenguaje deconstruido?" preguntó alguien, tal vez Orgüel o Norman. "Veámoslo del modo siguiente" dijo Rubirosa y refirió la historia que sigue, que luego está recogida en el relato "El nombre de las cosas". La versión que recojo aquí no es ni la que yo recuerdo que relató Rubirosa en aquella ocasión, ni tampoco exactamente la que aparece en la obra mencionada, sino la que él mismo insiste en que contó, con ciertos errores de forma y contenido, pero con la fuerza de la espontaneidad, en aquella ocasión. Aclaro en todo caso que lo sorpresivo del hecho permanece intacto pues a esas alturas todos creíamos que nuestro guía y maestro estaba acabado y que adolecía de senilidad temprana, lo que ahora se ve, a la distancia del tiempo, como un error imperdonable. Tal vez el trauma de su experiencia como prisionero político, quizás la esperanza de encontrar a Olvido, tal vez un encuentro furtivo con ella lo cambió todo: No lo sabemos. Sólo puedo relatar lo que él contó aquella tarde y que nadie esperaba. Por comodidad para el lector evitaré encomillar en exceso, sin embargo desde aquí y hasta casi el final de este texto son palabras de Rubirosa, dichas en esa ocasión tan extraña. También hay una conclusión que él mismo obtuvo mucho más tarde:

Al despertar no tenía recuerdos. Hoy cree que tampoco conocimiento alguno, sin embargo podemos dar fe que al menos tenía capacidad y dos: Bien y no. Ambos no tenían sentido ninguno y los consideró absolutamente neutros aún cuando era obvio que significaban cada uno lo que el otro no. Me explico: Bien era bien de no y no era no de bien e inversamente cada uno en relación al otro era bien si el otro era no y era no si el otro bien, incluso cuando cada uno respecto de sí mismo era siempre bien. Ésto es que su único mérito, en cada caso era el opuesto. Nada de ésto tenía explicación en aquel entonces, sino apenas noción en nosotros después del tiempo pero no entonces. Entonces sólo era un hecho cierto que podía expresarse bien. Lo que escapaba a ese ámbito no. Fue necesario darle un sentido y fue su nombre: Lo que agrega es bien o si no es no. Ésto sólo implicó una opción sin sentido sino sólo con forma. Esta forma comenzó a existir tan sólo en ese momento y nunca antes. Se había llegado a crear Bien y No. Y entonces fue bueno para todos de ahí en adelante, o bien según aquella nomenclatura.

A partir de entonces, tan sólo, se pudo construir un darse cuenta pues era posible constituir un limitado distinguir: Bien o No, según si era grato al entender, pero fue necesario distinguir más bien y más no que no fuera nada más uno u otro pues había mas bienes y mas no del todo plurales. Así pues y considerando que bien y no eran apenas opuestos y sin valor ninguno aparte de la oposición, era posible, entonces, cuatro en base a bien bien y no no tanto como bien no y no bien, lo que podía indicar por ejemplo manos y pies o en otro caso moverse adelante, atrás o a los lados alternativamente. De esta forma y en el modo necesario se construyo grupos de bien y no que constaban de un bien o no o de dos o tres y también más. En la medida que se cubría las cosas que se iba encontrando ellas adquirían para sí una configuración de bien y no como se precisa y pasaban a ser así y no de otra forma hasta que llegó a creer que antes eran las configuraciones y luego de ellas nacían las cosas pues llegaron a ser indiferentes. En este momento pudo distinguirse él mismo, de lo otro, pues lo otro tuvo una nomenclatura de no y bien del todo distinta de la propia. Más aún, pudo hacer una nomenclatura de sí mismo que lo representaba sin ser él mismo, tanto que pudo verse a sí como objeto desde el sujeto, tal vez como su no desde su bien. Fue así que todo comenzó a ser distinto: Por ejemplo a un huevo le asociaba huevo que estaba compuesto arbitrariamente de cinco secuencias bien y no, cada una de ellas según sonaba a huevo y lo mismo para gallina con seis secuencias que se estimaba necesario y se discutía si una secuencia de secuencias era previa o posterior en tanto cuanto una secuencia era más breve pero la otra consecuente y no antecedente. Ésto era posible desde el momento que el podía ser sí mismo y también otro mismo distinto. En esta dialéctica entre sí y otro existía una duda clara si antes de la secuencia huevo existía la secuencia gallina y si antes de ambas existían aquellos objetos que obedecían a tales secuencias que los conformaban. Había momentos en que según el devenir de las secuencias en el intento de dilucidar el hecho podía concluir con facilidad que no tenía sentido la existencia del objeto huevo sin un secuencia que fuera su concepto así como la secuencia sol no servía de nada sin alguien a quien iluminar. Será necesario decir que no había secuencia vista ni otra cálido por lo tanto luz y calor eran secuencias aún inútiles.

Primero cada objeto adquirió un nombre, o no se sabe bien si primero se creo secuencias para configurar tantos conceptos como fue necesario contener y luego se creó los objetos requeridos para contener dichas secuencias, lo que, en todo caso, fue lo mismo y no tuvo sentido hacer más sino avenirse al suceso al que por mejor resolver se asignó su propia secuencia de bien y no. De este modo fue posible nombrarla y proceder.

Antes, proceder no era, pues no había bases sólidas para poder hacerlo. Pero luego, una vez que hubo las secuencias y que estas representaron a los objetos que creó para ellas y que fue posible unirlos en grupos de interés unos con otros, como huevo y gallina, entonces ya pudo hacer nuevas secuencias que representaran objetos que justificaban la unión de aquellos como los dichos huevo y gallina que fueron unidos por la cosa nacer a la que se llamó verbo o acción y abarcó muchas entidades que significaban conductas y que benefició una gran cantidad de secuencias que así se relacionaron. De aquí, entonces, velocidad relacionó tiempo y alcanzar, por ejemplo, y de este modo otras muchas. Así sucedió en progresión, lo que también es acción o verbo.

Algunas conjunciones le fueron produciendo mayor satisfacción, que es una acción que requería de motivo. O eventualmente se les rechazó y es lo mismo. Era necesario reflejar aquella nueva clase de objeto que denotaba que uno era antes o superior que otro similar y lo precedía. Primero creó la secuencia mejor y le antepuso malo que reflejaba un caso y otro. Luego se perfeccionó con hermoso, feo, bello, rápido y muchos más que rápido proliferaron y fue necesario dar nombre a la clase de objetos. Seleccionó adjetivo y estuvo bien y fue la convención en lo sucesivo.

De este proceso, en la medida de su refinamiento, nació la vida y de ella los objetos que ejecutaban las acciones y se les asignó la secuencia seres y esta no fue suficiente y entonces de esta se derivó muchas secuencias, todas las cuales eran secuencias vida. En general todas las que tenían procedimientos autónomos y que a su vez eran capaces de colaborar con nuevas secuencias. Algunos objetos de la clase vida creaban nuevas secuencias forma o nuevas secuencias sonido, o musical o baile y tanto más que después se dio en asignar la secuencia genérica lenguaje que era colección de secuencias de secuencias que se dio en llamar palabras y eran nombres de cosas. En este punto el procedimiento de manipulación basado en vida de todo este mecanismo se asigno a una secuencia a la que asoció el objeto humano que fue depositario y era apropiado. Así se llegó a esta clase de cosas como hoy las conocemos.

El proceso humano fue capaz de catalogar distintos conjuntos de secuencias palabras y sus relaciones según la geografía y otras instancias como la sordera o la falta de visión o también la necesidad de enviar las secuencias cada vez más y más lejos ya sea en la secuencia distancia o tiempo, para lo cual se recurrió a crear el concepto medio que acogió a los conceptos transmisión y papel o cable e inalámbrico para superarlas. Hubo, de todas formas otros intentos de soporte de las secuencias progresivas, entre ellos el concepto pájaro que requiere del concepto uvas para asignar a alimento. Pero otras secuencias más complejas no fueron reunidas en el concepto pájaro o animal al que pertenecen huevo y gallina o zorzal y también otros. Por ejemplo geometría. Estas situaciones confundieron al concepto humano que estaba dotado de secuencias razón y abstracción que comprendía estas otras aun cuando no todas. Muchas veces sólo almacena.

Según el alcance del tiempo las secuencias crecieron y se multiplicaron, creando los lenguajes que no sólo suenan sino a veces sólo se ven y son equivalentes entre sí. Ocasionalmente uno a uno en símbolos aun cuando no en conceptos pues las secuencias continúan creándose y produciendo nuevos objetos. Incluso hay lenguajes que no se relacionan sosteniendo la ambigüedad que el número no infinito pero indeterminado de conceptos posibles requiere. Por ejemplo: Aquellos pajaritos se aman no es cierto sino ambiguo. ¿Se aman los pajaritos? sería más cercano pues refleja duda que está contenida en el desconocimiento final. Sin embargo todos los conceptos existen hasta llegar a plantear la posibilidad dudosa. Éste sería el primer paso para la existencia de las cosas. Es equivalente con ¿Razonan los pajaritos?. En algún momento, la persistencia de estas secuencias producirán su derivada: Los pajaritos razonan o los pajaritos se aman. Entonces los pajaritos podrán amar y razonar pero aún no. Hoy la clase pajarito sólo se alimenta de uvas verdes y es feliz.

El proceso que se inicia de dos símbolos cualesquiera, pudo iniciarse de quiero y rechazo o puro y contaminado llegando siempre a lo mismo pero muy lentamente. Se ha repetido muchas y muchas veces y lo seguirá haciendo. Sólo por su lentitud es imposible conocer su historia verdadera que es la que se relata, pudiendo ser, también, del todo diferente pero equivalente de manera que no haya distinción ninguna pues no hay pruebas finales que todo sea sólo definiciones asumidas, tanto la materia como el pajarito jilguero y nosotros mismos no somos más que un instrumento de reverberación y eco cuya función sea pensar en el concepto y secuencia tocar, materia, tangible y también vibra como luz y sonido. ¿Acaso el tacto vibra y no hay duro que es la secuencia para el concepto materia que nos confunde tanto y produce nuestra acción?. Si así fuera talvez sólo exista imagen sobre distintos medios secuenciales, pero no materia y ésta sea sólo una abstracción.

Fue así que se construyó el saber, el recuerdo y el relato.

Una vez que Rubirosa terminó de contar su narración, se hizo un silencio persistente. Entonces se paró y se retiró a su estudio a escribir. Desde entonces no ha dejado de hacerlo ni un solo día. Ályson se encargó de despedirnos a todos besándonos en la mejilla. Nada más.

Mucho tiempo después cuando Angol editó su libro Jurisprudencia, que recogía su literatura deconstruida neoglobalista como la bautizó la crítica, por darle un nombre a un estilo tan diferente, que sin embargo intentaron asimilar al Altazor de Huidobro con una falta de precisión y respeto que el mismo autor reconoció con humildad; en el festejo privado que para él hicimos bajo el parrón de Rubirosa, le preguntó a éste cual había sido el sentido de aquel relato y cómo había hecho su geometría heptagonal para llamar a los zorzales. Rubirosa, como solía hacer, guardó silencio durante mucho rato mientras sonreía. Se llenó su copa de vino tinto syrah, ponderó su aroma y color, acarició con disimulo los pechos de la Carrascales antes de pedirle que se levantara de sus rodillas y luego dijo: "Recuerdo haber dicho que los zorzales hablan sus anhelos. ¿Entenderán de geometría?: Preferiría no saberlo. Ellos venían por las uvas y tal vez eso lo hayan aprendido de aquel que ha sido su abuelo y cantaba en el alféizar de la ventana de Camille sus tres notas dulces. En cuanto a aquel pobre relato: ¿Quién era su protagonista?. ¿Dios?, ¿Todos los hombres?, ¿El primero de ellos?, ¿Un artefacto?, ¿Una nueva literatura? o ¿El lenguaje?. A veces sólo creo que somos apenas un protocolo: Preferiría no creerlo".

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