Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa
Por aquel tiempo, si no recuerdo mal, estábamos, no sé bien por qué, talvez Rubirosa necesitaba ver los flamencos en Toconao, o algo así; al oriente de este pueblo en una localidad llamada Alitar, que tenía tres casas de barro y piedra de cordillera, rodeadas de polvo del desierto. En el portal de alguna de las tres casas se había habilitado el paradero de la micro[1] que esperábamos para el dos de julio a las cinco y veintiséis de la madrugada. Es sabido que jamás una micro ha cumplido con el horario, ni nunca ha pasado dos veces a la misma hora por el mismo lugar, lo que hacía del todo azarosa la llegada a este punto terminal y bastante lejano, además de abandonado, de su recorrido. Precisamente por eso habíamos calculado que la única posibilidad que tenía alguna probabilidad no despreciable era que la micro llegara a las cinco y veintiséis de la madrugada del dos de julio. Sólo eso.
Habíamos discutido bastante sobre la necesidad de este viaje y su itinerario, especialmente porque ya no tenía remedio alguno. Todo era esperar y cargar culpas. "¿Qué necesidad había de venir a meterse al interior?" decía Rubirosa con un fastidio que me era hasta entonces desconocido, pues su ánimo era siempre bueno y en ocasionas como esta siempre sonreía con un gesto de ternura que recordaba más que al rudo escritor que con agudeza fustigaba el pensamiento fácil de la sociedad, a un niño que cobija un pajarito jilguero a los pies de su cama. Era inútil recordarle que había sido su idea venir al desierto y conocer el Valle de la Luna con luna llena y las fumarolas del volcán Lascar que ruge sobre el Trópico de Capricornio. Hacía como si no hubiera oído, o como si se le hubiera dicho algo al menos del todo diferente: "¡Cómo acepté venir!" decía con gesto hosco, que lo asemejaba a una momia boliviana. "Mientras, allá, aprovechan de olvidarme otro tanto, o al menos ignorarme". Era imposible razonar, estaba en un estado de intensa reflexión sobre sus propias ideas y decisiones y lo demás era una especie de flotante o nebulosa que se ajustaba a su pensamiento profundo.
Miró a Camille, que en el cuarto de costura acariciaba entre sus manitas tibias de mujer casi niña, un zorzal mañanero dormido, mientras observaba con atención los bordados de un canesú. "Me están olvidando", insistió Rubirosa sin quitarle la vista, como si ella tuviera la culpa, "pero de algo hay que vivir" agregó después de un silencio largo apenas interrumpido por la brisa del desierto que arrastraba a la luna, con sus escasos tules, por el cielo muy negro. "Si no estuviera fracasando, desde que la recogí en esa librería, tal vez me recordaran más. Pero siempre la amé" casi concluyó, desviando la mirada a Rommel Miranda que hacía morisquetas sentado en el piso de madera de tres patas al borde del parrón, donde terminaba la tertulia. "Qué extraño saber que estoy aquí en este desierto, sin dejar de estar bajo el parrón y al menos estar fracasando en el olvido" murmuró mientras la micro atravesaba el desierto infinito en algún lugar desconocido. De la casa de enfrente salió una niña muy morena, con un vestido de florcitas azules que flotaba en el viento polvoso del desierto. Como si la hubieran llamado caminó recto hasta pararse frente a Rubirosa cuando eran justo las tres con veintitrés minutos de la madrugada y el hielo lunar calaba los huesos. Él sacó un caramelo de anís de un bolsillo de su chaqueta y se lo pasó con una mirada tierna que ya hacía tiempo no le veía. "Me llamo Otrora" dijo. Lo recuerdo pues pensé en García Lorca y recité mal:
Llegan mis cosas esenciales.
Son estribillos de estribillos.
Entre los juncos y la baja tarde,
¡Qué raro es llamarse Federico!
Ella insistió: "Otrora". Era extraño y sin embargo en esos parajes no. Luego se sentó muy apegada junto a Rubirosa, como para protegerse del viento y abrigarse. Él la miró, siempre con ternura y desasosiego, y sonriendo la abrazó rodeándola con su brazo y su mano enorme. Creí oír que respiraba con fuerza, pero no era así. Su mirada se perdía ahora más allá de la rama del parrón en que cantan los zorzales y dijo, sencillamente: "Me estarán olvidando". A su diestra, como siempre, se hallaba ese amigo. Insistió en que siempre el arte es débil y ha de fracasar: "Es la fuerza de los débiles" dijo, "Para policías y ladrones hay tantos, para relatar como se bebe un vino rojo, más". Recuerdo haber hecho al menos un esfuerzo para ignorarlo. Cuántas veces había comenzado así un discusión sin sentido. La niña dio unos golpecitos en el muslo de Rubirosa mientras lo miraba interrogando. Su mirada volvió del parrón y se posó en sus ojos muy oscuros; su mano enorme en su cabecita pequeña. La otra escarbó el bolsillo. Después la sacó llena de papeles de colores arrugados o doblados que fue leyendo uno a uno muy lentamente y devolviéndolos a su lugar. Todos eran boletas con apuntes de frases o notas cortísimas en el reverso, o servilletas de restoranes con descripciones de los parroquianos garrapateadas con tinta verde. Entre ellos, de repente, surgió un cisne traslúcido de color turquesa. Rubirosa lo hizo navegar en el aire hasta el vientre de la niña. Ahí lo clavó, suavemente, dos veces, y se lo regaló. Las manitos morenas parecieron sonreir con los ojos y la cara. Eran las cinco treinta y ocho de la madrugada y el zorzal entre las manos de Camille comenzó a cantar esas tres notas dulces que presagiaban el amanecer. Quería ver venir la micro en el fondo del camino, más que por abandonar el lugar porque la niña jugaba con el cisne, con la cabecita apoyada en los muslos del maestro, sin embargo no era más probable que llegara ahora que ya habían pasado las cinco y veintiséis, sino que se hacía cada vez más improbable que pasara dentro de la próxima media hora, mientras más medias horas pasaban. Rommel balanceaba suavemente el piso en las dos patas que quedaban sobre la terraza mientras hacía morisquetas con los ojos y un ruidito persistente que repetía cada tres vaivenes: "iik... iik" y soplaba la punta de su nariz. Ese amigo había tomado la palabra y decía un cierto discurso muy largo burlándose de la poesía metafísica de Orgüel. Cada tanto soltaba un par de versitos a la Orgüel, según él:
En la vida nada es tan fuerte
como el aire seco y verde...
Hubiera querido que Orgüel estuviera con nosotros, sin embargo no deseaba emprender su defensa. No podía dejar de pensar en la inocencia de Otrora y la tentación del maestro. Es mejor salir al encuentro de la micro, sugerí, invitando a Rubirosa a seguirme. Se negó con el pretexto que aun faltaban horas para el amanecer. Le sugerí entrar a pedir té con agua ardiente para el frío. "Ve tú y me traes" dijo. Otrora hizo volar al cisne traslúcido entre el pelo de la cabeza de Rubirosa, empinándose para alcanzarlo. Él aspiró su aroma seco y fresco de niña y desierto. Camille asomó las manos a la ventana que da al parrón e impulsó al zorzal que salió volando. "Si también pudieras volar, pajarito jilguero" dijo Rubirosa cogiendo a Otrora por la cintura con sus dos enormes manos haciéndola flamear bajo la luna que escapaba con su cierta palidez y sus pocos tules. "¡Déjala!" dijo Rommel. "Es apenas una niña" dijo Camille. "Es tan dulce el fracaso" dijo Rubirosa, "sin él nadie puede conocer la belleza". La sentó en sus muslos y la acunó contra su pecho amplio. "Creo que me están olvidando" agregó. Otrora se escabulló asustada y corrió hasta perderse tras la puerta de donde había salido. "Me están olvidando" repitió Rubirosa y caminó hacia el negro de la noche en las afueras del pueblo. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió en lo oscuro. El parrón, Camille, Miranda y ese amigo también.
Para las diez de la mañana la micro aún no había llegado y en modo alguno había esperanza. Decidimos caminar hacia Toconao después de tomar un segundo desayuno de ulpo espeso hecho con harina tostada y leche de llama. Tal vez la superstición bíblica de la mujer de Lot nos impidió mirar hacia atrás y ver que Otrora nos seguía a cierta distancia, diciendo adiós con su manita morena. Con nosotros iba ese amigo. Casi al llegar a Toconao dijo: "Es el destino que está en nuestros sueños, por eso te olvidan". Le pregunté si había alguna culpa que el viera en Rubirosa, pero sólo respondió, intentando ser ambiguo: "Soñamos nuestro destino o bien nuestro destino son los sueños". Fue entonces cuando, para evitarme miró hacia atrás: "Allá viene" dijo, "colgada del cisne trasparente, viene volando". Delante nuestro apareció, bamboleando, la micro que esperábamos tanto, levantando todo el polvo amarillo del tiempo desierto que trabajosa dejaba detrás. Rubirosa le hizo señas para detenerla entre ruidos infernales de sorpresa y dificultad. "Voy a Alitar a recoger pasajeros" protestó el chofer. "En Toconao hay otra micro que sala a San Pedro en poco rato". "No importa" dijo el maestro, subiendo a la pisadera, "no voy a ninguna parte. No tengo ningún lugar donde ir" y como si hablara para si mismo continuó, mientras se metía en un asiento junto a una ventana: "Sólo escapo del olvido. Sólo voy en busca de una reflexión más y no sé donde se encuentra. Talvez al llegar vuelva a escribir, talvez otra vez me atreva a fracasar". A poco andar nos cruzamos a Otrora. "¡Deténgase!" dijo Rubirosa y bajó de un salto para recogerla y subirla a la micro. Ninguno de los dos dijo ni una palabra en el resto del trayecto. Ella se sentó en los muslos de Rubirosa y se fue jugando con el cisne turquesa sobre el vidrio que sólo dejaba ver el polvo del desierto y el sol amarillo que craquelaba las imágenes.
Al llegar de regreso a Alitar ya era la hora de almuerzo. Nos sentamos en el portal de la casa que hacía de terminal y fonda, para comer algo. Otrora desapareció como un reptil apenas llegados y el encargado nos sirvió un vino de caja de cartón, de baja calidad. Sin embargo Rubirosa, después de agotar el primer vaso dijo: "Es extraño..." y se quedó en silencio. Todos esperamos que manipulara la pausa como hacía siempre tan bien, pero no habló. Entonces moví afirmativamente la cabeza, para recordarle que esperábamos que continuara. Pero no habló. Le hice, pues, un gesto interrogativo con las manos, pero no habló. Lo recuerdo hoy como si lo viviera de nuevo. Sólo miraba la ventana al otro lado del parrón, donde los zorzales bajaban a comer las migas de galletas de vino que Camille iba dejando mientras bordaba algún canesú. Algo más allá Rommel daba un saltito en el piso de madera, tantas veces empapado por la lluvia y reseco por el sol, tan desvencijado por el tiempo que bajo el asiento de palo anidaban las arañas; desenterrando la pata que quedaba en el pasto fuera de la terraza. "¡Uok!... ¡uok!" le sonó la garganta mientras daba dos golpecitos con la barbilla sobre su hombro izquierdo. "Es extraño estar siendo olvidado y volver siempre a esta misma escena" concluyó Rubirosa. Le pregunté muchas veces por qué creía estar siendo olvidado, pero sólo repitió esa rara sentencia: "Sólo es extraño volver siempre a aquella escena, sin importar donde esté. De eso voy huyendo". Ese amigo le preguntó si creía que estando solo no habría olvido. "Al menos no se consumará la traición" dijo. "Y por el contrario, siempre se vive solo. ¡Es extraño!".
La micro no tenía fecha ni hora fija de salida, de modo que estuvimos ahí varados, bebiendo vino, y comiendo ulpo espeso mientras el chofer convencía a la mujer de la fonda que dejara a su marido y escapara con él. "Jamás lo hará", quiso convencerlo el marido, pero el chofer alegó entonces que no le convenía hacer el viaje por tres pasajeros. Al pasar de los días Rubirosa comenzó a salir de madrugada con un fajo de papel amarillo contable que encontró en la fonda. En azul y rojo tenía un rayado con columnas que decían "Debe", "Haber", "Saldo". La mujer del encargado le prestó un lápiz Faber HB fiscal con goma en la parte trasera, con bastante uso, pero en buenas condiciones. En el desierto escribía, bajo el parrón de la tertulia, sobre los criadores de llamas, la soledad, y de como rumiar los pensamientos. A veces veía pasar bandadas de flamencos rosados hacia el salar de Atacama, o recogía conchas de moluscos ancestrales que traía de regalo a Otrora. Ella le hizo, con estas, un nido al cisne turquesa. A veces, por las tardes se van de la mano paseando hasta perderse de vista. Por la noche, solos en la pieza que compartíamos lloraba amargamente: "No sabes cuanto me cuesta" decía. "Es extraño que siempre lleguemos a ese parrón tan lejano y no saber en modo alguno por qué, ni siquiera saber si estamos ahí. ¡Es extraño!". Le pregunté, según recuerdo, si acaso quería volver. "Sólo si me olvidaran podría hacerlo. Entonces tal vez volvería a comenzar y podría llevar a Otrora conmigo". Ese amigo acusó a Rubirosa de abusar de la niña y alegó que era hora de volver. "Aquí pierdes el tiempo y abusas de Otrora. ¿De qué te vale?. ¿Crees que te recordarán por eso?" le gritó y emprendió la marcha a pie, otra vez, a Toconao.
Casi estuve de acuerdo con ese amigo, pero me resistí a abandonar a Rubirosa, solo con Otrora. No sé que consecuencias temía más: Si la culpa que corroía al maestro o no, o bien temía por la niña que lo buscaba y de quien nadie se cuidaba. Camille se asomó a la ventana de la pieza de costura con un canesú entre las manos y dirigiéndose a Rommel Miranda dijo. "Él siempre me respetó. Fue como el padre que no tuve, y se casó conmigo por no adoptarme. Hoy es como mi hijo". Norman con un vaso de bebida gaseosa mezclada con mucho ron dorado, rió muy alto y en modo alguno respetuoso. Con los ojos caídos dijo algo que sonó traposo y confuso antes de reir de nuevo. Rommel se golpeó el pecho con la barbilla y de su garganta escapó una especie de gemido: "juiik". Después de hacer varias muecas con los ojos tosió hacia un costado y el otro y dijo en voz casi inaudible: "El respeto consiste en no ...". El final de la frase al menos no lo pudo escuchar nadie. Por alguna razón incomprensible fingí estar de acuerdo. "Tú también me estás olvidando" me dijo Rubirosa con la mirada mas dolorosamente tranquila que le hubiera visto. "¡Jamás!" le respondí sorprendido. Volvió a repetirlo, a pesar que su mirada tranquila ya insistía, pero ahora su voz interrogaba: "¿Tú: También me estás olvidando?". Negué con la cabeza, además de ser rotundo: "¡No!"; subrayé con fuerza. Pero volvió a insistir: "¡Tú también me estás olvidando!" dijo, y señalando a ese amigo que ya era casi una mancha polvosa a lo lejos, agregó moviendo su mano enorme, como si empujara, "¡ándate con él!". Por tercera vez insistí: "No lo haré". Sin sacarme nunca la mirada de encima, me dijo: "Entonces: ¿Por qué me juzgas?". Recién, en ese momento, me di cuenta que un zorzal había cantado tres veces en el parrón.
Rubirosa tomó el fajo de papel contable, al reverso del cual había estado escribiendo, e ignorando a todos quienes estábamos ahí bebiendo y comiendo ulpo espeso en leche de cabra, comenzó a corregir sus escritos. Ese seis de julio a las dos y quince de la madrugada la mujer del encargado del terminal salió de las oficinas interiores subiéndose los calzones, con el pelo revuelto y aspecto cansado y se trepó a la micro. "¡Bien!" gritó por una ventanilla, "¡A qué hora nos vamos de este maldito peladero!". A las dos y cuarenta abandonamos para siempre ese lugar. Otrora nos hacía señas de adiós con su cisne color turquesa traslúcido y Rubirosa llevaba en sus faldas los manuscritos que luego se convertirían en su gran obra "El olvido, la culpa, la condena".
[1] Micro: Bus, casi siempre urbano, aunque al darlos de baja emigran a dar servicios a localidades rurales de tercera importancia. Se construyen de la adaptación de un chasís de camión que se carroza especialmente para el transporte de pasajeros.
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