Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa
Todos los días que parecían ser de sol, aun cuando no lo fueran, él estaba sentado en ese mismo lugar. Los prados se hacían verdes, y los arbustos se veían llenos de flores, como los árboles: Acacias, y robles, lujuriosamente verdes y perennes; todos ellos. Llegaba con su lápiz, suavemente mascado por detrás, y la mina ligeramente roma. Traía un buen fajo de papeles amarillos por el tiempo, impresos con largas columnas de números, no del todo desconocidas por él: "Debe", "Haber", "Razón", rezaban sus encabezamientos. Otros llevaban escritos crípticos procedimientos digitales, jamas ejecutados por el hombre, sino por sus frías máquinas.
Sacaba del bolsillo derecho de su chaqueta de cuadritos pequeños, un paquete, de papel periódico, posiblemente hecho por él mismo, lleno de migas de pan, humedecidos, apenas ligeramente, con vino syrah de Santa Eulalia, con el que comenzaba a alimentar a los zorzales, con la mirada serenamente tierna. Para hablar de él, con más facilidad, le llamaré Rubirosa, aun cuando nunca se llegó a establecer su nombre verdadero, ni siquiera cuando se refugió en los laberintos que corren bajo la ciudad de San Fernando, en el sur, copiando el trazado de sus calles.
No sólo los zorzales bajaban a comulgar el pan con vino de Rubirosa, afinando su sensibilidad con sus tres notas dulces. También llegaban los jilgueros, los gorriones y chincoles que él acogía con igual placer. Con el tiempo también las palomas comían las migas que los otros pajaritos botaban, en su jolgorio, de las manos de Rubirosa, arrullando con sus cantos. El lugar tenía otro nombre, sin embargo con el tiempo se dio en llamar, sólo por este suceso, La Plaza de los Pajaritos. Cuando las migas se terminaban, Rubirosa guardaba el envoltorio en el bolsillo derecho, cuidadosamente doblado, no sin antes meditar profundamente sobre lo escrito en él. Luego tomaba el fajo de papel amarillento ya, por la insistencia del tiempo, y el lápiz, y comenzaba a escribir, por el reverso del papel, aun no maculado; mientras los pajarillos se posaban en sus espaldas y cabeza, y le picoteaban las orejas, o los hombros. Las palomas, cada vez más numerosas, como ratas aladas, de todos los colores de la paz, revoloteaban picoteando en el suelo, al son de sus cuitas y arrullos, recogiendo lo que sobraba o podían arrebatar a los pajarillos de canto dulce.
Los jilgueros no eran más de tres, y luego huían de las palomas y se refugiaban en las acacias. Cuatro gorriones acompañaban a Rubirosa, siempre algo más audaces, combatían a las palomas, pero sin caer en la imprudencia. Cuando el hombre, ya inspirado, se encerraba en los recovecos de su imaginación, y también volaba, como un enorme pájaro etéreo, sobre la vida y la muerte, sobre los dramas y los arquetipos, sobre las ficciones y las verdades, sobre las palabras y su música oculta, entonces los gorriones también cautos se ocultaban entre las ramazones de los almendros, que al cielo ruegan su bendición. Los chincoles gritaban toda la mañana su curiosidad perenne al rededor, preguntando: "¿Han visto a mi tío Agustín?". Las palomas, arrullando medraban en torno a los pies de Rubirosa, en su impúdica actividad, comiendo, reproduciendose o volando en amplios círculos para dejar caer sus asquerosas cacas jugosas. Éstas caían sobre la estatua del prócer, o en los globos de cristal traslúcido de los faroles, también sobre los bancos, y al suelo, en las bellas flores cuyos colores dejaban de atraer a las abejas, y a veces en los hombros o brazos distraídos de Rubirosa.
Cada día que pasaba aumentaban, más y más las currucudas palomas arrullando histéricas, y disputando a los zorzales y a las torcacitas el alimento que Rubirosa regalaba. Los más pequeños se fueron primero. Los chincoles parecieron no encontrar a su tío Agustín, y partieron a otros parques, hostigados por la paz de las palomas, no sin antes despedirse de Rubirosa picoteándole las manos. Las palomas aumentaban y cagaban. Algunas eran deformes. Habían perdido un ojo en algún campanario, o un pie escapando de los niños inocentes, o un ala completa, enredada en alguna alambrada de púas, o la mitad de las plumas quemadas en algún hilo eléctrico de alta tensión; pero todas cagaban sin respeto. Luego se fueron los jilgueros, invitados a otros pagos, donde los canarios salpicaban semillas en un patio sin palomas.
Por cada pajarillo que se retiraba, parecían llegar cuatro palomas desgarbadas con su paz y su arrullo agobiante. Rubirosa, sin querer las alimentaba. Después no vinieron más las codornices que con su moño alto y pretencioso desfilaban con respeto, de mayor a menor, pidiendo su parte. Los gorriones seguían llegando, pero sólo de vez en cuando. Las torcacitas, tímidas, dejaron de bajar del jacarandá, y con tristeza e inútil ilusión seguían a Rubirosa cuando éste aterrizaba de su vuelo etéreo y se iba cansino, hasta perderse en dirección al rojo sol del ocaso, con su papel amarillo que cargaba más y más tiempo detrás de las largas columnas tituladas "Debe", "Haber", "Razón".
Los últimos fueron los zorzales. Ese día no cantaron sus tres notas dulces, ni picotearon a Rubirosa tras las orejas, para llamar su atención, sólo no vinieron. Entonces Rubirosa no volvió a traer migas de pan ligeramente humedecidas en vino rojo, syrah de Santa Eulalia. Sólo se sentaba y escribía, beneficiando el reverso del papel amarillo. Cuando comenzaba a escribir, las bandadas de palomas con sus colores plomizos de paz revoloteaban desde los campanarios, desde los capiteles, desde las cabezas de las gárgolas, desde los hombros de los próceres, desde los traslúcidos globos de los faroles, desde los tejados y los palomares, cagando sobre la plaza de los pajaritos, y descendían a sus pies, arrullando escandalosas: Rubirosa las ignoraba y escribía. Entonces, para hostigarlo y pedir, comenzaron ese día a picotearle los zapatos, pero Rubirosa las ignoró. Las palomas picotearon, entonces la bastilla de sus pantalones y se las tironearon, pero él las ignoró. Las palomas, sin embargo, con sus colores grises de paz siguieron arrullando a su alrededor, acurrucándose, y amándose con lujuria, volando en torno, y cagando los globos transparentares de los faroles, y los hombros del prócer, los bancos de madera, y las frescas flores.
Los días se sucedían y las palomas, con su paz eterna, no cejaban. Rubirosa tampoco. Aquellas seguía descolgando su vuelo de los balcones, las estatuas, los faroles, y esparciendo su caca, mientras suplicaban a Rubirosa y picoteaban sus zapatos. Como no se diera por vencido, se subieron a sus rodillas y cagaron en ellas. Rubirosa las ignoró: Volaba demasiado alto sobre sus metáforas. Otras se subieron a sus hombros y arrullaron en sus orejas, pero él las ignoró. Estaba más allá de las plazas del mundo, más allá de las pasiones del hambre o la gula. Entonces cagaron en su espalda, en sus hombros, y en su cabeza del color de la ceniza. Pero Rubirosa las ignoró. Algunas anidaron en paz, sobre sus brazos y en su regazo, y sus pichones cagaron en sus muslos, pero las ignoró. Finalmente, un día escribió la última línea en el reverso de la última hoja amarilla, en cuyo anverso había columnas de números con títulos desteñidos que decían: "Debe", "Haber", "Razón", entonces se sacudió las palomas que anidaban en sus hombros, en sus muslos, y en sus brazos, y se fue para siempre, siguiendo la ruta del sol cuya luz rojiza escandalizaba el horizonte en el ocaso. Desde entonces no hay pajaritos en la plaza, ni aun cuando se construyó una enorme jaula donde tenerlos.
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