Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa

El perseguido

De seguro fue por esa época, si no estoy confundiendo las cosas, que me llamó y me rogó que nos encontráramos a eso de las diez de la mañana en el Bar Alberto. Había cierta alarma en su voz, que me resultó preocupante. En aquel tiempo aún no había encontrado esas resmas y resmas de papel escrito con letra obsesiva, aquel obsesivo texto repetido por páginas y páginas de hojas y hojas de papel militar y contable que me hizo creer que tal vez Rubirosa no estuviera en su sano juicio. En ese entonces me alarmó cuando me dijo que lo vigilaban persistentemente. Estoy seguro que así ha de haber sido pues si ya hubiera visto aquel texto en que ocupaba sus tardes alejado de la tertulia que se desarrollaba bajo su parrón, habría pensado que su alarma era tan sólo parte de aquella paranoia obsesiva que lo hacía sentir un rechazo opresivo de parte de quienes lo habían olvidado, o de quienes veían en él un enemigo intelectual.

"No quisiera andar solo por el universo" dijo, "temo que podría desaparecer sin darme cuenta, como pasó con ella". Para entonces ya hacía algún tiempo que Olvido había desaparecido, no se si del universo, como explicaba Rubirosa, de lo cual hago fe, pero en todo caso de los encuentros furtivos con él. Se había ido dejando una estela de misterios con aroma a manzanitas verdes y a mujer elegante. También a deseos incumplidos.

Al llegar al bar, frente a la puerta, unos pasos hacia el oriente hay un banco donde eventualmente las ancianas del barrio, o algún vendedor se sienta a descansar o planificar su ruta. Si alguien quisiera buscar un lugar para espiar quienes entran y salen del Alberto, éste sería el sitio escogido. También, por tanto, es la posición en la que nunca nadie se ha fijado, pero donde ahora siempre se descubrirá extraños y sospechosos detalles. Ahí había un tipo con aire de excesiva inocencia. Era como si todos los detalles estuvieran estudiados para justificar su presencia casual. Iba cargado de muchos libros y papeles que parecía ordenar de emergencia, como si los hubiera tenido que recoger del suelo recientemente. El banco le había sido providencial. Los libros le servían para sujetar los montones de papeles sueltos de modo que no se volvieran a escapar con el viento. El accidente de la caída de los papeles lo había retrasado, con toda seguridad, para llegar a alguna reunión de negocios en algún lugar de los alrededores y lo retenía ahí. Le había sido necesario explicar su retraso y por eso su teléfono portátil estaba activo, despidiendo luces intermitentes sobre el asiento. La situación, deplorable por supuesto, lo hacía sentir ridículo sin duda ninguna, de manera que a cada transeúnte que pasaba lo miraba con cara de disculpas, lo que le permitía observarlos sin despertar sospechas.

A veces uno encuentra lo que busca sin que lo encontrado parezca lo buscado sino algo muy diferente, pero la imposibilidad de certificar el encuentro lo hace más y más verdadero. Más aún si lo buscado es temido y representa cierto peligro. Al ver al tipo ahí, ocupado en sus papeles desordenados o en espiar a los transeúntes y tal vez en especial a Rubirosa, tuve la certeza que era cierto que lo seguían y que de seguro al menos sospechaban de él. Por eso, quizás, tuve el impulso de volver a salir a la calle inmediatamente a ver que hacía el espía del banco. Si hubiera estado escribiendo, habría tenido la certeza que anotaba los datos de mi llegada. Si se hubiera puesto de pie habría asegurado que daba el aviso a otro agente por señas. Estaba hablando por su teléfono celular de manera que tuve la seguridad que avisaba que Rubirosa tendría que llegar de un momento a otro. Éso fue en aquel entonces. Hoy no quisiera dar nada por cierto. Talvez no era nadie en realidad. Sólo diré que ahí estaba cuando salimos, horas más tarde, leyendo con infinita tranquilidad sus papeles ya ordenados, y hablando por el celular. Ni siquiera nos miró.

Mientras llegaba Rubirosa aprendí el protocolo del despertar del bar, y gracias a que pregunté por él, Tolstoi Rivera me obsequió un chacarero con abundante palta y ají verde, y un café negro y dulce. Me senté en la mesa junto a las rejas del calabozo, para conversar con Alberto, a quien acababan, también, de servir el desayuno. "¡Ahí no!" me dijo, "ése es el lugar de Rubirosa". En efecto sentado ahí parecía, respecto del encarcelado, que uno fuera el penitente que venía a descargar la conciencia con su confesor. Así fue que me cambié de lugar, y aunque quedamos algo alejados, a consecuencia de los barrotes del calabozo, estábamos frente a frente lo que me permitía ver su eterna melancolía de músico de jazz. Sobre su mesa, bastante más precaria que la que había de mi lado, estaba el trozo de diario donde guardaba el azúcar que los parroquianos le regalaban a hurtadillas. Alcanzaba a notar la fecha del periódico, de un par de meses. Intenté hablar de música, de jazz, de encierro y más. Alberto me miraba con melancolía infinita y respondía con frases cortas, o breves interjecciones, de modo que me entretuve intentando leer y examinar las fotos del viejo trozo de papel de diario que hacía de azucarero. Sorpresivamente encontré en un recuadro de misceláneos, una foto que parecía ser Olvido, bajo la cual alcancé a leer "Desaparece viuda de coronel su...". No alcanzaba a leer todo el texto, tapado por el azúcar, gastado por el uso y el tiempo, y por lo pequeño de la letra. Intenté preguntar a Alberto, pero se evadió con una expresión sarcástica: "¡Periodistas...!" dijo en tono despreciativo, y doblo y guardó el papel con el azúcar.

Rubirosa era un hombre parsimonioso y paciente. Lo suficiente como para llegar a intimar con los pajaritos salvajes. Pero el hombre que entró esa mañana al bar era otro Rubirosa, extraño y diferente: Al llegar agarró a Tolstoi Rivera por una manga y lo zamarreó con cierta fuerza. Dijo: "¡Ahí están otra vez!; Karchenko en el banco, aquí a la salida, y Gómez Arriaza al frente, en el café literario". Los ojos parecía saltarle de las órbitas. Nunca lo había visto así, tan exaltado. Traía bajo el brazo un cartapacio lleno de papeles contables, escritos en verde por el reverso, que dejó caer. Miró a Alberto y le dijo como si confirmara algo que el otro ya sabía demás: "¡Cualquier día voy a desaparecer yo también!". El otro le respondió, no recuerdo ya exactamente qué, pero algo que no llegué a comprender bien, que me pareció que significaría algo como "Acuéstate con niños y amanecerás mojado". En modo alguno son las palabras exactas, pero creí que aludía a sus encuentros con Olvido. A mi no me saludó sino bastante después de discutir con Alberto sobre algo que no entendí del todo y he olvidado por tanto. "Holaaaa... aá... aá... aá..." me dijo, agitando la mano como si ese gesto le ayudara a recordar mi nombre que no podía encontrar en su memoria. Yo sabía que sólo era un reproche, a pesar de lo exaltado que estaba. "Aquí te traje para que leas" concluyó sin recordar jamás mi nombre, empujando el cartapacio con los escritos en verde.

Era la versión, que luego, con mínimos retoques se publicaría como su gran ensayo "El nombre de las cosas" que en su parte medular incluía el relato del mismo nombre, que contara en aquella ocasión en la tertulia, antes de retirarse a escribir. "Si pudieras conseguirme una mecanógrafa" me rogó, "para alcanzar a terminarlo a tiempo". Quise preguntar: "¿A tiempo de qué?" pero ya hablaba otra vez con Alberto de algo relacionado con aquellos agentes que esperaban afuera.

No lograba entender cual era, con precisión, el tema más aún porque hablaban casi en susurro. Sólo me pareció entender que Alberto reprochaba a Rubirosa su actuación con "esa mujer del prójimo, a pesar de cualquier circunstancia". Éste parecía querer justificarse de uno u otro modo y hablaba ya sea de la mujer o de la muchacha sin que me quedara jamás claro si se trataba de una sola persona o de dos diferentes. Traté, recuerdo, de interpretar que se refería a Olvido y a esa joven que a veces la esperaba a un par de cuadras, cuyas manos enormes llamaban la atención. Pero siempre había cabos sueltos que parecían echar por tierra cualquier conclusión, de modo que no hay manera alguna de decir que obtuve alguna certeza en sentido ninguno. No podría aventurar conclusiones.

Más tarde leí ese ensayo, muy difícil de comprender, más aun por la letra verde que a ratos parecía vacilar y temer sin que la vacilación y el temor guardaran relación alguna con el tema que escribía, o bien yo no llegaba a comprenderlo del todo, lo que es por demás probable. Mencionaba algún extraño concepto sobre la reflexión interior, que me llamó la atención mientras lo ojeaba ahí mismo en el bar. Hacía cierta analogía con las cáscaras de caracol, que se involucionan vistas desde el exterior pero evolucionan desde el interior al madurar el caracol en su crecimiento. Intenté seguir esa idea, entonces, pero los susurros de Alberto y Rubirosa, con aquellas palabras sueltas, que eran como un rompecabezas del que le fueran pasando piezas, poco a poco, a uno, donde se vislumbraba algún extraño misterio, no me permitían hacerlo. Sólo recuerdo, por la rara sincronía de las cosas, que de repente Alberto mencionó la cáscara de caracol que Olvido le diera antes de irse de Putre. Instintivamente Rubirosa metió su mano en el bolsillo del pecho de la camisa, para constatar la presencia de la concha nacarada. Su expresión fue, lo recuerdo muy bien, de sobrecogida sorpresa: No estaba ahí. Rápidamente se palpó todo el cuerpo y los distintos bolsillos, como si buscara, con desesperación, la cáscara del caracol. Alberto lo tranquilizó en tono bajísimo, aunque creo haber escuchado que le decía: "Se la devolviste el mismo día que desapareció". Me miró, al terminar la frase, que no podría asegurar que fuera esa, o que tenía de ninguna manera ese sentido; de reojo, con un gesto algo torvo, que tal vez sólo imaginé. Muchas veces, después de éso, hablamos con Rubirosa de mi tendencia, que yo por supuesto niego, a entender las cosas de un modo sesgado, que refleja una cierta paranoia. Como sea, he de aceptar la posibilidad, al menos como hipótesis, de que así sea, lo que daría a todas las cosas un sentido del todo distinto.

Ése era, de alguna manera, el tema del escrito que me había entregado. Abordaba desde una innumerable cantidad de puntos de vista lo que diferentes observadores, a veces partícipes, a veces sólo pasivos y externos, a veces apasionados, a veces fríos y analíticos; interpretaban de un mismo suceso. Por ejemplo, planteaba el asesinato de una mujer infiel o el suicidio del engañado, vistos por el frío ojo policial, o por el ojo justo de un juez esforzadamente imparcial y por el del asesino o el de la causante del suicidio. Sin que nunca lo mencionara, hacía al lector ponerse en dudas sobre si el asesinato había sido tal, o realmente suicidio o sobre si el culpable del crimen era uno u otro de los sospechosos, sin, por supuesto llegar jamás a una conclusión, sino a meras reflexiones del significado de las acciones en términos de una verdad cambiante, no con el tiempo sino de lector en lector, o de observador en observador y más. Cada observador, en la trama, tenía razones para interpretar la realidad y la verdad de una u otra forma, cambiándola. Como fuera, las razones de cada cual nunca se referían a los hechos sino por el contrario, siempre a los propios observadores. Muchas veces eran cuestiones morales o éticas, otras se referían a preferencias o a simpatías que ciertas condiciones despertaban en el observador. Todas ellas tendían a afectar de modo extraño al lector, o al menos a mi como tal, desde luego, y lo digo afectado por el fondo de la cuestión que leía, haciendo sentir una cierta pasión, ya sea favorable o adversa, según cada cual y según los postulados planteados en el escrito, de manera que al avanzar en la lectura había instancias en que descubría en mí mismo una intensa rabia debido a las conclusiones de algún personaje o a como se resolvía una situación, mientras que en otros casi me sentía partícipe del triunfo de una postura que compartía. Curiosamente, el narrador de la acción, cuando la había, o, llamémosle el autor, pues claramente siempre se escribía en tercera persona aséptica, aún cuando el modo de desarrollo se hacía del todo una forma de ensayo o reflexión, de manera que nunca el autor se hacía responsable de los sucesos, la ideas, y los postulados. De alguna forma lograba parecer casi un copista.

Curiosamente casi siempre, los personajes del relato llegaban a un punto de quiebre decisivo, en el que invariablemente se hallaban frente a sus más acendrados principios morales o a puntos ciegos en que la vida no les dejaba salida alguna, ya sea en el fracaso más absoluto y doloroso o en la compulsión de cometer las acciones más deleznables en contra de sus propios valores y más. También debían, tantas veces, enfrentar lo insoluble como es el doloroso abandono, o la aceptación de la culpa ajena impensada. Invariablemente cada personaje en estas circunstancias buscaba salidas o explicaciones o hacía acopio de esfuerzos inútiles, hasta el extremo. Entonces se dejaba ir, como quien es vapuleado por un vórtice de agua tormentosa y tumultuosa y después de una larga lucha se deja ahogar. En ese instante la actitud de cada personaje era siempre la misma: ¡A quien le importa!. ¡A nadie le importa!. Era como un desesperado cinismo resiliente, que les permitía aceptarse en la más desmedrada de las situaciones y comenzar otra vez desde el fondo de la inconsecuencia o del fracaso, y también de la desgracia. Era como si con esa frase se destruyera finalmente todo, y a partir de ahí se pudiera construir un nuevo imaginario para un mundo distinto y posible, donde cupieran sus pobres condiciones, como si fueran las antiguas cenizas del Fénix que emprende el vuelo.

Después de mucho rato, en el que yo me formé una idea del contenido del texto que Rubirosa me entregara, mientras él y Alberto hablaban en susurros dejándome oír sólo retazos caídos de su conversación sobre aquellos personajes que esperaban afuera, o sobre quienes lo seguían y el peligro que corría; dijo: "Igual es necesario vivir" y se incorporó con gran dificultad como si toda la conversación lo hubiera cargado de infinitos años que antes no tenía. Se puso ambas manos sobre el pecho, con los codos extendidos hacia los lados y agregó, golpeándose con ellas: "Mientras tenga testigos no pasará nada" y dirigiéndose a mi: "¡Vamos eeeh...!" y terminó con alguna vocalización confusa que reemplazaba mi nombre verdadero que jamás recordaría, aún cuando estoy seguro lo sabía de memoria.

Si bien en el banco seguía sentado el mismo tipo de los papeles, estos ahora estaban perfectamente ordenados y prisioneros bajo los libros, salvo algunos que tenía en la mano y parecía leer. Hablaba por su teléfono portátil, distraídamente, como si dictara algo escrito en los papeles, de manera que no pareció percatarse de nuestra salida en ningún momento. Recuerdo con precisión que tenía tomado el celular con su mano derecha, de manera que no sé cómo tuve la certeza de que hablaba distendido y sonriente, pues la mano y el brazo de seguro ocultaban la expresión de su cara y tampoco se volvió nunca, que yo viera, hacia nosotros. No obstante, Rubirosa, una vez que nos alejamos unos pasos me aseguró que estaba avisando a Gómez Arriaza, "ese que está allá a la entrada del café literario, en el parque. ¿Lo ves?". Alcancé a distinguir a un hombre rigurosamente bien vestido y formal, de anteojos de marco casi invisible que le daban un toque intelectual (esto lo vi al cruzarnos más tarde) que también parecía hablar por un celular, aún cuando a la distancia no lo podía averiguar. Al acercarnos ya parecía haber terminado la conversación. Intenté volverme para ver si Karchenko aún estaba en el banco y si todavía hablaba por teléfono, pero no lo logré ya que el follaje de los árboles del parque me tapaban y Rubirosa me dio un tirón en el brazo para que no lo hiciera: "¡No!" me dijo, "nos vigilan". Atravesamos sobre el río por el puente mirador, para peatones, donde desde lo alto los niños escupen a los autos que pasan raudos por la costanera, o a las gaviotas que comen palomas en la ribera del Mapocho. Recorrimos los bares de rigor: Una chicha aquí, un pipeño allá, en algún lugar más bohemio, de mejor pelo, nos servimos algún syrah tinto de Santa Eulalia y fuimos de a poco bajando hasta volver al lado sur en la Estación Mapocho. En todas partes Rubirosa era reconocido y la gente lo detenía para conversar, sin embargo su actitud era distinta: Siempre parecía querer ocultar la cara y varias veces me señaló a alguien que reconocía como sus seguidores: "Ese es el Gordo León Bravo" decía, o bien: "¡Por supuesto! Sólo nos faltaba el Ronald Mac Donald" y señalaba con un movimiento de la barbilla a un tipo flaco, de pelo rojizo y abundante que fumaba en actitud de espera, en la vereda opuesta. El tal Ronald no parecía ocuparse para nada de nosotros, pero Rubirosa prefirió saltarse "La Piojera" y "La Clínica". "Ahí siempre hay riñas y después dicen que te acuchillaron por cuestiones de putas" aseguró.

Almorzamos en el "Unión Chica" hablando de los viejos compañeros de la antigua tertulia del parrón. Recordamos a La Flaca Manzur, que "No sabía nada de poesía, pero era tan caliente" y a Tulio Maderos que abandonó al grupo después de romperle la nariz a Norman Gutiérrez porque rebeló el seudónimo con que escribía la sátira del Heraldo y otros tantos más. Cuando terminamos el café Rubirosa sacó las servilletas de papel de su sujetador y su lapicera de tinta verde. Dijo: "¡Lee!" y golpeó con la lapicera sobre el cartapacio que me había dado, en seguida se puso a garrapatear sobre las servilletas. A veces las arrugaba y las dejaba en el cenicero, cuando se juntaban, encendía un fósforo y las quemaba. Otras las iba separando en un montón ordenado. Cuando había leído un buen tramo me dijo: "¡Fantástico! ¿Ah?. ¿Podrías tú hacer algo así?" y me quedó mirando con esa expresión serena que hacía mucho, talvez más de quince años, que no le veía. Me alegré de verlo otra vez en esa actitud segura que había perdido hacía mucho y que parecía alejarse cada día, sin embargo sabía que era efímera y le estaba costando un gran esfuerzo. No era en modo alguno el Rubirosa que iba siempre mirando hacia atrás por la calle, buscando donde estaban sus perseguidores. Tampoco el escéptico y depresivo ensayo o novela, o lo que fuera que me había dado a leer, reflejaban al hombre que me hacía esa aseveración tan segura, de modo que sentí una cierta preocupación al ver el contraste y el esfuerzo por afirmarse. Dije que dudaba de lograrlo.

"¿Te das cuenta como no existe una realidad objetiva sino que siempre es diversa y subjetiva?" dijo, siempre con la misma actitud segura y distinta. Discutimos ese tema durante un rato, aun cuando yo quería llevarlo a ese punto en que siempre convergían los relatos y personajes, en el fracaso y la imposibilidad de asir las cosas en su verdadero sentido, hasta que perdían todo instinto de lucha. Entonces cada historia parecía transformarse en aquel relato, que era central en esta obra, del nombre que se daba a cada cosa, partiendo de la misma nulidad de la aceptación. Todo se iniciaba en aquella extraña actitud frente al fracaso profundo: "A nadie le importa". De ahí cada cosa adquiría un sentido diferente del que había evidenciado hasta entonces, partiendo de palabras vacías que parecían dar la primera vida a los objetos, a las emociones, a las sensaciones y más. "Es bello" decía, por ejemplo, una mujer después de haber luchado años y años por su hijo defectuoso y baldado de nacimiento, que había sido violado y asesinado salvajemente por el jardinero, después de sepultarlo, sentada junto al gran muro donde se metían, como si fuera una especie de armario, los cuerpos sin vida de tantos seres idos. Su vista caía, con cansancio, sobre un pequeño tarro de lata en el que había depositado un geranio rojo. No se sabía si se refería a su hijo o al geranio. La piedad que llegaba uno a sentir por la mujer lo hacía sentir que se refería al hijo, al que, sin embargo, el narrador había descrito a lo largo de la historia como una especie de monstruo horroroso, cuya muerte salvaje había desfigurado aún más. De la ambigüedad de esa expresión: "Es bello", que no iba dirigida con precisión a nada, la mujer parecía reiniciar su vida entera. Ese "bello" era el primer nombre con el cual se tejía todos los otros y la tarde de sol adquiría entonces la belleza del geranio, o de la maternidad a ultranza, o tal vez de la vida misma, o de la comprensión de la compulsión del jardinero asesino o incluso el perdón. Sin alargar el relato, la historia se llenaba de sugerencias que el autor dejaba flotando mientras la silueta de la mujer se confundía con un ángel de mármol a los pies del cual una frase casi estrambótica iniciaba una nueva historia que volvía a realizar el mismo ciclo que llevaba siempre al fracaso profundo y al "A quien le importa", ahora con la vida del jardinero asesino cuya compulsión por violar al niño le era inevitable y hasta necesaria, hasta llegar al más odioso crimen que volvía a converger en el "¡No me importa! ¡A quien le interesa!".

Le pregunté, finalmente, qué sentido tenía que todos los relatos convergieran al fracaso, y a la pérdida total. "De ahí se comienza a nombrar las cosas" dijo. Insistí, porque no me parecía compartir su idea, o creía no comprenderla, sino apenas ver poesía en sus relatos pero sin una comprensión pensaba que tal vez sólo fuera ritmo, y virtud manipulando las palabras y una cierta penumbra que difuminaba cualquier idea, tal vez porque no había ninguna. Así se lo dije.

Se molestó. Dijo: "Llevo años enseñándote, te he convertido en mi protegido y no entiendes, todavía, nada". Volví a insistir que era necesaria una explicación para ver más allá de la belleza y encontrar el contenido esencial, si lo había. Llegué a preguntar si talvez no había un sentido en todo eso, sino una misma historia contada muchas veces en otras analogías diversas. Por alguna razón sentí cierta pasión y quise arrinconarlo, quisiera pensar que quería sacar desde su interior al Rubirosa que había admirado antiguamente. Quizás por castigarlo le dije que tal vez todo su trabajo no fuera más que ruido impresionante.

- Si las cosas tuvieran un nombre único y una palabra con otra siempre reflejaran un mismo concepto, ya me habrías comprendido y no habría escrito nada. Tampoco habría fracasado como lo he hecho y doy gracias por ello - dijo, mirándome con algún dejo de tristeza limpia -. No sabes cuanta culpa llevo guardada - continuó - por ella he tenido que entrar por el espiral de mi propia cáscara hasta llegar el más profundo vértice, y todo el recorrido es el mismo que habré de hacer para salir y sin embargo es un camino completamente distinto y más pesado: Entras lleno de soberbia que te pesa, y sales desnudo como un zorzal. Entonces cada nombre de cada cosa, cada sentimiento, tiene un sentido diferente. Tal vez la lujuria llegue a llamarse amor, o el crimen tome el nombre de justicia, o la venganza se llame libertad y la furia: perdón. No lo sé. Sólo sé que la unión de tantas palabras que se listan con un significado que quiere ser preciso nunca resulta en un único sentido. Esto que digo no es lo mismo para ti que para mi. Tal vez yo venga de salida en el espiral y tu jamás llegues a entrar en él. Es posible que por eso no veas sino penumbras.

Me quitó el cartapacio, y buscó el relato que había hecho aquella tarde de tertulia sobre aquel alguien que despertaba y comenzaba a nombrar las cosas.
- Esta es la salida. ¿Lo ves?. Aquí se funda un lenguaje después de llegar a la inconsciencia. Por eso cualquier relato converge en el inicio de éste -. Volvió las páginas al relato que había estado leyendo, sobre la mujer que refiriéndose a su hijo violado y asesinado, o quizás al geranio rojo en el tarro de lata decía en el final de su fracaso: "Es bello" - ¿Este estabas leyendo? - preguntó y sin esperar respuesta continuó -: ¿Qué ves en la mujer?. No hay ira por el sufrimiento con que la cargó la vida, ni por la inutilidad de su esfuerzo, ni por el amor arrebatado en un feroz crimen. Sólo despierta en el vértice último de su tragedia vacía y comienza a dar nombre a las cosas: "Es bello" dice. Su historia continúa, como todas las otras en el regreso construyendo de nuevo un lenguaje para conocer todas las cosas que serán al menos diversas: Se ha muerto y se resucita.

En ese momento, eran algo más de las cinco de la tarde, llegó a nuestra mesa Malcom Robles del Campo con un jarro de clery en una mano y varios vasos en la otra. Sin preguntar se sentó con nosotros y dijo que nuestra mesa necesitaba animarse. Siempre reía con enormes dientes. Distribuyó los vasos frente a cada uno y sirvió, adueñándose de la escena, como siempre hacía. Rubirosa decía que era un magnífico relacionador público y que sólo por eso había conseguido el premio nacional de literatura en tiempos de la primera revuelta. Apartó el vaso que le había servido empujándolo con el dedo meñique y un gesto de desagrado, lo que Robles del Campo no pareció notar: "Brindemos por la alegría de encontrarnos aquí" dijo y chocó su vaso contra el mío que permanecía sobre la mesa. Me sentí compelido por tanta admonición social y levanté el vaso: Bebí con él.

Hago ahora una digresión necesaria. El relato de Rubirosa dice que no podía recordar mi nombre, pero que era tan sólo un expediente para castigar a quienes lo habían olvidado. El sabe bien, cuando dice esto, que yo no lo había olvidado, o bien sabe que si así fue, no fue mi olvido sino sólo producto de un error por el que hube de apartarme de las tertulias en su casa, que ya ha sido relatado y no obedecen a una traición ni hubo en ello ningún dividendo sino sólo una profunda pena para mi. No es verdad, sino apenas en su relato, que el fingiera no recordar mi nombre. Al menos no lo recuerdo así. Rubirosa me incluyó en ese castigo a partir de esta reunión en que levanté mi vaso y brindé, equivocadamente, con Robles del Campo, aún cuando en su relato insiste en adelantar el castigo, talvez por exceso de dolor equivocado o por una cierta rigurosidad rígida que había ido adquiriendo. Como quiera que sea, he querido respetar su relato sin emitir juicios y así continúo. También aclaro que no me devolvió el manuscrito sobre El Nombre de las Cosas y no participé ni en su corrección a su versión publicada final como tampoco en modo alguno en el trabajo de dactilografía del original como me había pedido. Sólo llegué a leerlo completo bastante tiempo después cuando fue publicado aquí. Eso fue mucho después de su edición en Europa donde Camille era su agente. Algunos amigos, como Rommel Miranda y Angol Vega, recibieron de ella, o de Rubirosa, una copia de esa edición. Yo no.

Rubirosa se incorporó y dijo: "Ya es necesario irse" y mirándome con una expresión perentoria casi me ordenó: "¡Tú: Vamos. Te comprometiste a acompañarme". Mas tarde, en el Bar Nacional, donde hacía la primera escala de retorno, después de hacer el camino en hosco silencio, dirigiéndose más bien a Pacheco, aunque con la intención de hablarme a mi, explicó que Robles del Campo pagaba su premio como soplón de la inteligencia de los conjurados y que era uno de los que siempre lo seguía desde hace un tiempo: "¡Jamás levantaría una copa con él! ¿Y tú?" le preguntó a Pacheco. "¡Nunca, pues!" respondió éste, mirándome.

Durante el resto del recorrido apenas habló y al llegar a su casa me despidió en la puerta, aún cuando se oía las voces de la gente reunida, como siempre, atrás en el parrón. Dijo alguna vaguedad y palmoteándome el hombro me empujó hacia afuera. "Llévatelo" dijo, y me pasó el manuscrito en verde, que devolví después de unos días sin leer. Él entró seguido de pajaritos que revoloteaban sobre sus cabeza.

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