Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa
No siempre, como muchos insisten en creer, se hablaba de literatura. Hubo ocasiones en que el pensamiento claro y nítido de Rubirosa nos guió hacia otros ámbitos que hacían felices a Orgüel o a Rommel y conseguían ofuscar a Norman y a Mehrson. Recuerdo, por ejemplo, cuando hablamos del origen y muy claramente guardo memoria de cuando el maestro introdujo este raro tema con esa frase sencilla: "Todo ha de empezar en algún punto de cualquier especie, Mehrson" le dijo cuando aquél insistía en su siempre manido "Siempre ha sido así. Ya en la antigua Grecia lo era" con lo que solía cerrar muchas discusiones a base de Aristóteles y Platón, o de Plinio el justo y más. "Tendrías que explicarte, entonces" dijo Mehrson, "pues estás postulando el discontinuae natura". Mehrson ganaba puntos muy importantes en cada debate con esta fórmula que siempre Rubirosa combatió por pobre. "¡A mis aprendices con la dialéctica del latinazgo y el nombre antiguo!" decía. Sin embargo la mayoría de los contertulios callaba, derrotados, ante esta fórmula audaz, pues desconocían el supuesto principio, o el giro lingüístico, o al personaje y su cita y tenían temor al ridículo de la ignorancia. Cuantas veces calló a más de alguno con un: "¡La creación del ignorante!".
Rubirosa escupió una pepa de uva negra en la palma de su mano y cogiéndola entre el pulgar y el índice de la otra, cuya última falange estaba curiosamente desalineada en un ángulo extraño debido al golpe en las teclas de la máquina de escribir, y oprimiéndola entre ambos, la lanzó en dirección al jilguero que se empeñaba en un racimo verde que colgaba del parrón. La pepa le dio al centro del pecho y voló espantado piando de sorpresa. Luego enfrentó a Mehrson sólo con la mirada, mientras movía la cabeza afirmativamente. Después de adueñarse del transcurso del tiempo, y cuando el otro ya casi se sentía triunfador, dijo: "La naturaleza sólo es discontinua pues si no de un modo u otro estaríamos siempre de acuerdo a través de un continuo, o al menos seríamos la misma persona; pero todo aquello es otro cuento. Ahora es oportuno hablar de cómo obtenemos ventajas laterales, que ni siquiera nos pertenecen". "Tendrías que explicarte" insistió Mehrson, que no había leído "Biografía de un hombre" donde se relata una biografía ficticia de un oscuro hombre ficticio cuya ridícula voz de pito lo coloca siempre en desventaja en su niñez. "En la constelación del poder" dice en una entrevista supuesta, "mi pobre voz me ponía muy lejos de las órbitas de influencia". Rubirosa comprendió la limitación de Mehrson: "Ésta es, por ejemplo, una ventaja lateral que yo no querré aprovechar" y mirando a Rommel le hizo una seña para que aquél pusiera al tanto a Mehrson.
Rommel se golpeó el hombro izquierdo con la barbilla, dos veces, y emitió un sonido algo así como "¡juik!... ¡juik!" y luego abriendo la boca, redonda y enorme, estiró todo el cuero de la cara y el pescuezo. En seguida repitió todo el gesto hacia el lado derecho y recién entonces carraspeando comenzó a explicar: "Si hubieras leído la Biografía de un hombre sabrías que la voz ridículamente aguda de aquel hombre lo puso siempre, mientras era un niño, en situación desmedrada y era siempre abusado por los otros. Entonces su espíritu se fortaleció y decidió luchar por superarse. Llegó a ser un general de cinco estrellas y a ejercer el poder absoluto como dictador supremo de su país. Siempre se aprovechó de las formas que le daban ventajas laterales para lograrlo. Por ejemplo, como oficial, en el ejército, nunca pareció aventajar a ninguno de sus compañeros que entonces no se cuidaban de él. De esa manera los fue desplazando a todos, hasta que el presidente de la república, presionado por sus enemigos políticos dentro de su propio Partido de la Tercera Revuelta tuvo que descabezar a las fuerzas armadas y nombrar un nuevo comandante en jefe del ejército, que a la vez ejerciera el cargo de ministro del interior. Entonces este hombre, de apariencias indefenso, de voz de pito, que hablaba como campesino y parecía carecer de inteligencia fue el candidato perfecto para ocupar tales posiciones sin amagar el poder del presidente, a la vez que daba garantías a las fuerzas armadas". En la medida que Rommel había ido relatando su resumen del episodio de la "Biografía de un hombre", su voz se había ido extinguiendo hasta llegar casi a ser sinónimo del silencio. A ratos daba un pequeño saltito en el piso de madera de tres patas, tantas veces mojado por la lluvia y tantas veces reseco por el sol y desvencijado por el tiempo, para desenterrar la pata que quedaba fuera del embaldosado de la terraza, sobre el césped de trébol con flores blancas donde siempre ramoneaban las abejas. Se detuvo un momento en el relato y sacudió nervioso la cabaza, levantando un hombro y luego el otro, después, abriendo mucho los ojos miró hacia lo alto como si intentara ver detrás de sí mismo, casi como lo hace un arcángel caído y dijo: "¡Oh... Oh...!" con impecable ritmo y continuó con voz tenue y aspecto tímido: "A los dos meses había derrocado al presidente para rescatar los valores patrios jurados en la primera revuelta por el gran prócer supremo cuya estatua ecuestre se erguía a los pies del palacio de gobierno".
Mehrson se esforzaba por escuchar la narración de Rommel, adelantando todo el cuerpo en la dirección donde aquél estaba, pero perdía dos palabras de cada tres. Rommel continuaba su explicación en voz cada vez más baja, casi un susurro, de cómo un hombre haciendo uso de recursos que no se refieren a una cierta instancia, obtenía enormes poderes sobre ella, avasallando cualquier oposición. "¡Habla más fuerte!" dijo finalmente, exasperado, Mehrson. Rommel abrió mucho la boca y arrugó un ojo mientras miraba, casi como pidiendo auxilio a Rubirosa y sonó: "¡Ou... ou!" a la vez que hacía un gestito con la cabeza.
"Aquí tenemos todos los elementos a los que me refiero, reunidos" dijo Rubirosa y tomo un sorbo de syrah de la copa que tenía al lado. Esta situación comienza con la mención de un argumento falaz: Siempre ha sido así. Ese argumento es un ejercicio de poder primero, luego, quien lo usa se hace sinónimo del argumento y adquiere el poder que éste otorga. Pero el poder no sólo está en el argumento. Éso sólo sucede en la dialéctica. En otro caso como el del general, el disimulo y el engaño hacen el poder. En uno más una discusión se diluye con la convergencia al silencio, otorgando poder a quien maneja ese recurso, como sucede con nuestro estimado y sabio Rommel Miranda". Éste sonrió con satisfacción por el reconocimiento. "Considera esta situación, Mehrson: Se cruzan, en sentidos diversos, caminando en un paseo público una mujer de ropa raída, que lleva una bolsa de género, muy usada, en una mano y las medias arrugadas en las canillas. Su piel es oscura y su pelo muy negro está apenas ordenado. La otra, rubia, de ojos claros y tez blanca; una cartera de cuero cuelga de su hombro y su boca pintada de rojo resalta en el gesto de orgullo de su cara. Una de ellas deberá, por el rumbo que cada cual lleva, ceder el paso a la otra. ¿Quién lo cede, naturalmente?. ¿Quién sigue su camino?".
Mehrson dudó un rato. Intentó buscar alguna fórmula para dar la pasada a la mujer de la bolsa de género raído. Quiso cambiar el sentido de la pregunta y llevarlo a la reivindicación de derechos, o sujetarlo a la arbitrariedad del azar y el caos, aun cuando sus esbozos de una solución no lo convencían en modo alguno. "No veo que importancia tenga un evento tan burdo" dijo finalmente, tratando de desprestigiar el ejercicio propuesto por Rubirosa.
"Ésto es administración de poder. ¿Tiene conciencia del ejercicio del poder, la mujer rubia?. En verdad: No. Sólo tiene conciencia de clase. ¡Ahí comienza la instancia de poder!. No ha existido siempre como intentas decir. La actitud que adoptas es una instancia de administración de poder. Lo mismo sucede cuando dices que no tiene ninguna importancia. ¡Sabes que sí la tiene!".
Mehrson señaló a Rubirosa con un dedo que quería ser acusador. "Tu argumento niega la rebelión del desposeído. Estás avalando una forma de poder genésica, como las derechas fascistas". Su propia frase lo enfervorizó, contrastando con la tranquilidad de la tarde de entrada del verano, con pajaritos jilgueros en las parras, y flores tímidas junto a los muros. Ályson Carrascales en ese tiempo aún no era la favorita de Rubirosa, aún no se sentaba en sus rodillas, pero ya lo había elegido como su ídolo personal: Estaba construyendo el férreo amor que después lo hizo traicionar todos sus principios. Tal vez por eso se incorporó de la silla desde la cual, por aquel tiempo asistía siempre en silencio a las tertulias, y le dio un pisotón con el fino taco de su borceguí a Mehrson. "Él no es un fascista" le gritó salpicándole la cara de escupines, "pero tú eres un insolente".
Rubirosa siempre era acusado de fascista, de trotskista, de recalcitrante, de manchesteriano, eclesiástico, radical de izquierda, librepensador, no comprometido, dubitativo, zigzagueante y tanto más como prescindente, marxista antiguo, neomodernista, maquiaveliano de izquierda, falso progresista, teologista, panteísta, maoísta y otras cosas de difícil recordación como de defender la superchería y el engaño mañoso, o atacar el pensamiento libre y favorecer la censura y raras cosas como llamar a votación sobre los adjetivos calificativos y en fin, que importa qué más y más y más, todo lo cual derivaba también en cuotas de administración de poder según él mismo estaba postulando ahora, pero sin haberlo buscado, o tal vez sí. "Ya lo ves" dijo, mientras Mehrson trataba de aliviar el dolor de su pie. "Éso fue ejercicio de poder. Desde que el poder existe en una sociedad, toda relación entre sus miembros es una ejercicio sobre éste, que conforma un compromiso de jerarquías que constituyen el acuerdo social".
"Así se construyó el nacional socialismo y el integralismo" dijo Mehrson. "Lo ejercen tus hombres de la dictadura de la tercera revuelta y tú a través de tus sofismas". Rubirosa sonrió con un gesto de infinita ternura, como si Mehrson fuera apenas un niño enfrentando a su totémico padre por primera vez: "¿Así ha sido siempre?" preguntó el maestro. "¿O este es un discontinuae natura donde comienza algo nuevo?". "Otra vez zigzagueas en tus argumentos" alegó Mehrson. Rubirosa tiró una uva negra desmenuzada al suelo y de inmediato bajaron dos zorzales a picotear los trozos entre las piernas de los contertulios. Dijo luego: "Aquí hay un acuerdo entre los zorzales y yo. Ese acuerdo me otorga un poder sobre ellos así como la mujer rubia tiene el poder ante la otra. ¿Donde está el origen de ese poder?". Rommel abrió los brazos como queriendo expresar lo obvio de la pregunta, pero perdió el equilibrio al hundirse la pata del piso de madera en la tierra húmeda del césped. Orgüel Fernández dijo al oído de Norman Gutiérrez que estaba a su lado: "Es un típico garlito para hacer caer a Mehrson". Dergado Arrizola se adelantó a responder, cuando escuchó a Orgüel: "¡Ja!" dijo, "claramente es una trampa. ¿Hablamos de origen causal o del momento en que las cosas comienzan?". "¿Tú, qué crees?, querido Dergado" dijo Rubirosa tirando otra uva destrozada a los zorzales que revolotearon asustados. "Tú dínoslo" respondió Mehrson, con gesto triunfante, creyendo haber cazado al maestro. "Preferiría no hacerlo. Oigamos a Dergado". "El origen del poder es la compulsión ambiciosa. Concluye en las jerarquías a que obedecen tus mujeres y siempre fue así" dijo Dergado. "¡Éso es!" confirmó Miranda que ya había logrado equilibrarse en su piso de madera, casi en la periferia de la tertulia. La Carrascales miró a Rubirosa con gesto amoroso. Desde la ventana de la pieza de costuras, con un canesú a medio bordar, Camille vio amagado su propio poder y gritó: "¿Donde dejaste la almohadilla de las agujas, amor?". La escena bajo el parrón de la tertulia se congeló por un momento, sólo los zorzales volaron espantados por la voz distinta e imperiosa.
"Son formas de poder" dijo Rubirosa quebrando el hielo, "y así, y éste es el origen". Después sólo bebió un sorbo largo de su vino syrah.
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