Kepa Uriberri

Psicodrama: El conocimiento

El psicodrama a veces nos desnuda y nos muestra tal como somos. No es necesariamente su objetivo, pero, sí, se llega a saber que todo conocimiento al contrario de arroparnos, nos va desnudando. Por eso el hombre perdió el Edén. No obstante, primero lo perdió la hembra.


Había ido a ese seminario estrambótico porque no pudo negarse y porque su hermano, que quería ir de todos modos casi lo obligó. No estaba seguro de haber alojado en su casa de playa, pero en todo caso parecía que todo sucedía en esa callecita de tierra que subía suavemente por la colina junto al mar del cual por alguna razón (quizás los murmullos de la gente y un alboroto persistente) no se escuchaba el rumor.

Anotaba todo en ese pequeño portátil que sólo a él le habían regalado como parte del material. Era curioso que el aparatito no tuviera la marca del auspiciador del evento, sino otra completamente imitada, pero que costaba descubrir. Sólo cuando lo levantó y lo miró por la parte de abajo vio esas letras I, T, y L que iban surcadas de barras azules y negras, y estrellas de plata, sugiriendo la marca del auspiciador, pero en imitación. Incluso, en vez del gran pájaro azul, había un pequeño colibrí de plata que revoloteaba sobre el trazo horizontal de la ele, en actitud de posarse en él. Bajo el logotipo había unas letras en relieve minúsculas que era casi imposible leer y que decían absurdamente "Fata a la Italía", lo que parecía una forma intencional de mostrar una falsificación. A la vez el pequeño artefacto era en todo perfecto e igual a su original, salvo por pequeños detalles del todo burdos en la terminación, como por ejemplo pequeñas astillas plásticas que permanecían en algunas esquinas de la estructura o las mordeduras del botón rojo que había en medio del teclado, en fin. Recuerdo que él dijo, cuando notó todo esto: "A pájaro azul regalado no se le mira el colibrí" lo que sonó del todo grosero, aunque produjo risotadas de varios de los presentes que habían ido a denigrar el evento. Eso era notorio, aunque no resultaba sino ambiguo y nada razonable.

Como sea, todo esto no tenía demasiada importancia pues sucedía en el cuarto vecino a la sala de conferencia donde se dictaba el seminario, que se usaba de camarines para los asistentes. Ahí nos cambiábamos la ropa de playa y nos vestíamos con el uniforme formal de cada uno según nuestro propio origen y entrábamos a las charlas y conferencias. No obstante esto, él no se dio cuenta que estaba desnudo hasta que nos pasaron el papel blanco y el lápiz grafito para que dibujáramos a nuestra familia. Es extraño, pues la mayoría, con ser todos adultos, tendían a dibujarse como niños con sus padres, aun cuando algunos, sin dejar de ser niños en sus dibujos, eran enormes y claramente protegían a sus padres. También en muchos casos la madre era igual a la esposa, tanto que uno bromeó: "Fata a la Italía" y otros rieron, pero los más se avergonzaron. No supe si se refería a la falsificación o a la suplantación subconsciente. Recuerdo que en ese momento vi que él había dibujado a su familia y la tapaba con los brazos desnudos. Entre ellos alcancé a ver que se había caricaturizado a sí mismo como un anciano con bastón. El mango de este era en todo paralelo al sexo del anciano. Por eso estoy seguro que estaba completamente desnudo. Él miraba hacia el exterior de la escena, lo mismo que todos los otros componentes. Ninguno de ellos se miraban entre sí, aun cuando el gesto de la mujer era acogedor, con los brazos abiertos, pero hacia ningún lado.

Cuando se dio cuenta que estaba desnudo no le importó. Pensó que entre toda la gente que asistía a la conferencia quedaba totalmente oculto y no tenía importancia alguna. Sólo se cuidaba que nadie viera su dibujo familiar. Cuando el profesor le pidió su hoja él se negó. Insistió en que tenía problemas porque el papel que le habían dado no era cuadriculado y propuso dibujar otro en su propio papel de cuadrículas de más o menos medio centímetro, cerca de cuyos márgenes se destacaba una vertical roja que el escribiente no podía sobrepasar. "Este no tiene márgenes rojos" insistió. Sólo cuando el profesor le quitó el papel a la fuerza, él se dio cuenta que estaba desnudo y huyó, no porque se avergonzara de su desnudez sino, según dijo al salir de la sala de conferencias: "Es que ahora me doy cuenta que lo sé todo".

Escapó calle abajo salpicando el polvo de la avenida en el atardecer. A esa hora de sol tibio, cuando este se ocultaba tras el embarcadero casi no había gente en las calles sino que todos iban a la playa pues el sol daba de lleno en el pecho, de modo que no había testigos. Sin embargo, casi al final de la loma, vio a los policías con su uniforme gris y sus gorras negras, al final de la cuadra ejecutando su procedimiento en la casa verde. Detuvo su carrera y se agazapó en el umbral del almacén de la puntilla que a esa hora nadie atendía. Desde ahí pudo ver al oficial. Aunque estaba en silueta, con el sol al final de la avenida, notó claramente que era un hombre de bigotes y pantalón abombillado que se metía en sus botas de media caña. Observó que estas tenían espuelas aunque el oficial no montaba jamás a caballo, sino sólo eran símbolo de su estatus, lo mismo que la fusta que mantenía bajo el brazo derecho, en tanto que sus subordinados llevaban porras. Ahí estuvo mirándolos largo rato, no sabe decir cuanto, ni es capaz de decir cuantos detenidos hubo. Sólo recuerda que los vio evolucionar reiteradamente como si amagaran con persistencia a algún enemigo huidizo. Esto le impedía pasar hacia su casa que estaba más allá, justo frente a la bajada a la playa, donde estaría a salvo.

Fue entonces cuando llegaron los niños, todos rubios y de ojos claros, con sus varillas que dibujaban figuras en la tierra y preguntaron: "¿Todavía no ha llegado nadie?". Él respondió "No" y se apegó hacia un costado del umbral, pero con la cabeza hacía el centro de manera que cuando entró la mujer del servicio doméstico que venía con ellos (Se notaba que era ella por su color moreno y el pelo muy oscuro y ondeado. Los labios los tenía pintados de un color rojo fuerte) pudo ver por debajo de su falda que no usaba calzones, sino sólo unos portaligas blancos de encaje, muy sucios, que se bamboleaban como campanitas mientras caminaba ya que no tenía medias tampoco, donde sujetarse. Sintió que el vello que cubría su pubis y le llegaba hasta la mitad de los muslos le atraía, pero se percató que ensuciaba el portaligas al enredarse con este y recordó por qué estaba huyendo, entonces aprovechó la distracción de los policías con la mujer y corrió hacia el frente y se perdió en el callejón que conducía a Algeciras.

Estoy seguro que no conocía el nombre de esa calle, aun cuando corría paralela a la suya, porque era un barrio del todo tranquilo y diferente, del que todas las casas tenían jardines con macizos de cardenales rojos que desbordaban a las veredas. Sólo un anciano pequeño, de boina, que fumaba incesantemente una pipa se cruzó con él y le dijo: "Algeciras. Se llama Algeciras que quiere decir la de más al norte". Fue entonces que descubrió que la certeza y la verdad no siempre son iguales: Ahora sabía que la calle se llamaba Algeciras pero pensó que la razón era absurda pues Algeciras estaba al sur aun cuando los musulmanes la veían al norte y la llamaron así porque le decían isla verde que es su verdadero nombre. Entonces corrió con el sol en el pecho mientras tenía fantasías con la mujer del servicio doméstico y se preguntaba por qué no tendría ropa interior, pero se dijo a sí mismo que se debía a que venía de la playa.

Cuando finalmente llegó a su casa se cubrió el sexo con las manos para no avergonzar a su familia y preparó su maleta para volver a la ciudad. Cuando todo estuvo listo escribió sus ideas en el portátil I.T.L. e hizo el informe necesario del seminario, que le permitiría llevarse el pequeño aparato. Antes de salir se fabricó un delantal con hojas del Heraldo. Después se subió al auto donde ya lo esperaba su hermano y se sentó en el asiento trasero. Fue entonces que se preguntó: "¿Por qué las cosas tendrían que ser así?".

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