Kepa Uriberri
No siempre es posible beneficiar con el psicodrama. A veces no.
Tuvimos en cierta ocasión un obsesivo. Iba sumando todo lo que veía, y lo convertía, según su juicio extraviado en pruebas contundentes. Decía por ejemplo, sentado al sol de mediodía en el frío patio hospitalario: "Tres bancas, y dos hombres, son cinco, uno es calvo, llevo seis. Seis votos a cero decidió la corte más los seis votos es la séptima sala, votar en contra de la verdad, luego llevo ocho". Continuaba así largamente, hasta llegar a cifras elevadísimas que parecían perseguirlo.
Había sido, cuando aun su obsesión no le había roto el entendimiento, un hombre culto, de ideas sólidas, que defendía con todo. A veces se sentaba en una mesa de tertulia, con amigos, a mediodía, y a las diez y media de la noche, ya tenía cuatro enemigos nuevos, a quienes obsesivamente discutía el mismo concepto, o aserto, como por ejemplo: "Napoleón, en Santa Marta, fue obligado por los ingleses, a modo de tortura, a beber té, todos los días, religiosamente a las cinco en punto de la tarde". Pues claro, alguno dudaba que, de ser así, ésto fuera una tortura. "¡Por supuesto que lo es, y más aun, muy condenable!" insistía obsesivo. Comenzaba entonces una discusión interminable, donde uno defendía lo agradable de tomar té caliente a las cinco, otro el derecho de Napoleón a invadir e imponer un rey a España, el siguiente la inconveniencia para Europa de la invasión a Rusia, y alguien más quería que prestaran atención a la joven que había entrado a comprar cigarrillos, y a lo bien puesto de sus pechos. A ratos la discusión se hacía calma, y parecía declinar y morir, entonces el obsesivo recordaba alguna cita de otro contertulio, hecha a eso de las cuatro y cuarenta: "Recuerdo ahora", decía, "que afirmaste que la independencia de los Estados Unidos se debió a que Inglaterra se hallaba ocupada combatiendo a Napoleón: Pues bien, verás, eso no fue cierto. Los movimientos independentistas...", y comenzaba otra vez. Mientras alguien más opinaba, por supuesto que se transformaba en su enemigo, entonces como si fuera necesario recordar cada aspecto de su opinión, el obsesivo iba repitiendo en voz baja lo que decía, y cada tanto, pues de seguro las contaba, lanzaba un murmullo, para sí mismo, con un número siempre creciente, como por ejemplo: "Napoleón fue siempre un hombre soberbio que (¡cuatrocientos veintiocho!) creyó ciegamente...", y así. Todo ésto, de seguro significaba al obsesivo un esfuerzo de concentración, memoria, angustia y tensión, no fácil de sostener. En ocasiones era necesario suspender la tertulia antes de la una de la madrugada, cuando el obsesivo comenzaba a echar espumarajos por la boca, y en el esfuerzo por mantenerse tranquilo perdía la cuenta extraña, que de algún modo llevaba. Entonces no podía seguir murmurando su repetición infinita, ni contando conceptos, ni relacionado en sus extrañas abstracciones, con las que alargaba hasta el margen de la amistad sus discusiones.
En modo alguno las crisis hacían reaccionar al obseso, sino todo lo contrario, lo hacían más recalcitrante, de manera que entonces entre tertulia y tertulia recomponía las cuentas perdidas, buscaba antecedentes que a su arbitrio demostraban lo indemostrable, afirmaban lo no afirmable, y opinaban tan obsesivamente sobre hechos casi olvidados, como el opinaba sobre las razones de Paris, o el error político de adoptar a Atila. Entonces se sentaba en la mesa de la tertulia, pedía su vino áspero, de color fuerte, y mientras éste llegaba, sin casi mirar a nadie, fijaba la vista en un punto de alguna esquina del techo, y moviendo la cabeza en un baile sin fin de período breve, repetía para si mismo, moviendo compulsivamente los labios, las últimas cuentas: "Tres mil doce... Diez y siete... Llevo tres, luego son nueve y van nueve mil cuatrocientos dos más quinientos diez y ocho, le quito cinco de lo que dije a las cuatro... no, no, no, no... eran siete...". Cuando al fin le traían su vino, lo despachaba de un sorbo, pedía que le repitieran, y comenzaba a apropiarse de la tertulia. Entonces todos temblaban: Unos de miedo por la amistad, otros de furia por la tolerancia, y alguno de placer íntimo, por la oportunidad. También había quien se restregaba las manos pensando, para sí mismo, que tal vez este fuera el día definitivo en que el obsesivo colapsara para siempre, en medio de vómitos, epilepsias, sarpullidos, y transpiración hedionda. Decía, por ejemplo este obsesivo: "¡Pues bien!, recordarán que quedamos en que si Cristo viniera hoy, sería sandinista. En cambio si hubiere pertenecido a las huestes de Gerges, habría sido un cruel degollador". Sí, como creen, se desataba de inmediato el mal ambiente de siempre, y como siempre hasta las mejores intenciones eran dominadas por la pasión desatada por las cuentas del obseso, por sus opiniones abstrusas, y por el sarpullido de sus eternos adversarios, que tampoco aprendían de la experiencia, sin contar con los que disfrutaban viendo su desesperación progresiva, y la estupidez de los otros que le seguían el juego, y que cruelmente avivaban el fuego de las pasiones, añadiendo su mejor leña. Con el tiempo, el obsesivo, en su sistema de defensa de conceptos imposibles, e interpretaciones añejas, que se iba complicando con más y más, y más elementos, necesitó no sólo hacer altos numéricos entre conceptos para totalizar sus preceptos, sino también le fue requerido poner hitos geográficos, de modo que por ejemplo iba repitiendo lo que decía Miguel (Insisto en que es un ejemplo que no compromete personas, sino sólo a aquellos contertulios, que por demás declaro no conocer): "No es posible que Oliveira Salazar cayera de su silla y se partiera (Veinticinco mil doscientos trece, Amberes, Pompeya) la mente al punto (cuarenta y tres más) de quedar completamente (Cartagena, Bio Bio, Maule, Jalisco) impedido de ejercer el mando (Lisboa, Santa Comba Dão, cuatro siete tres tres cuatro)". Éste, que era cruel, me refiero a quien nombro como Miguel, sólo por dar un nombre, gustaba de alargar sus argumentos, por ver al obsesivo compulsivo perder la cuenta, o la ruta de su viaje geográfico, e incluso tenía apuestas con otros de la tertulia, relativas a la hora en que el obsesivo comenzaría a disparar espumarajos y vómitos. En general, en cuanto a ésto, las apuestas habían comenzado primero favoreciendo a alrededor de las tres de la madrugada, pero poco a poco habían comenzado a retroceder a las dos y treinta, a la una y quince, y así, actualmente ya estaban las favoritas en torno a las once y siete minutos de la noche.
Entonces fue cuando el obsesivo comenzó a agregar a sus cuentas numéricas, e hitos geográficos, las referencias de flores y árboles, como por ejemplo: "La pobreza en los países del tercer mundo nunca se solucionará (cuarenta veinticinco, San Salvador de Jujuy, lirios y calas) mientras el imperialismo neoradical pipiolo de los conservacionistas (Quillay, Sandía tres, Manchuria)...". Todo esto, dentro de la cabeza del obsesivo operaba como un perfecto y organizado sistema de información y registro de antecedentes y sucesos, que probablemente el entendía como un arma invencible para lograr ganar los debates de la tertulia, que le eran obsesivamente (perdonen si redundo) necesarios.
Ese día que colapsó apenas, e inesperadamente, y que el pozo de apuestas se acumuló para la siguiente tertulia; a las seis y cuarenta y tres de la tarde, los contertulios, reconstruyendo escenas, y momentos, estuvieron de acuerdo en que cuando defendía su posición, el obsesivo, además de las cuentas, hitos geográficos, flores y árboles, había añadido un raro recordatorio de separación, consistente en un corto gemido, y una torsión del cuello a la izquierda. Algo como esto: "¡Gggghi...!". Alguien dijo que era una especie de cábala, otro que se trataba de un "Tag", se discutió largamente que aquello se llamaba "splin", y a falta de acuerdo, se recurrió a un experto de una tertulia vecina, que aseguró que era un simple "tic". La tertulia debió prescindir, en esa ocasión, del obsesivo durante tres largas semanas, en que todo languidecía, incluso Miguel se ausentó varias veces, Fioritto se iba temprano (Y digo Fioritto no por italiano, u otro concepto que apunte a nadie, pues todo ésto es mera ficción, que personalmente, en mi propia obsesión, utilizo para mis íntimas reflexiones. Así pues, pude decir Canoppio, Flammante, Bercellino, o cualquier otra cosa), o incluso nadie podía decir en que momento, en absoluto, Fioritto se había ido. Juan muchas veces no llegó, y se mandó disculpar con Pedro, y así, fue languideciendo la tertulia, a falta de la pasión de la apuesta, y del calor de la polémica, aun cuando ésta fuera tan inútil como dilucidar la importancia que tiene en el actual gobierno de Francia, la intervención de Orlando el Furioso, en la garganta de Roncesvalles.
Cuando nuestro obsesivo volvió, sólo aparecían a la tertulia un par de fieles, que conversaban casi en monosílabos, mientras masticaban tristemente sus almuerzos, y hablaban de útiles temas cotidianos, de común interés, como el precio de la locomoción colectiva, la guerra actual, el último decreto ley del gobierno, los senos de las mujeres, aventuras sexuales, algo de tecnología moderna, y dificultades conyugales; por lo que recibieron al obsesivo con festejos y felicitaciones. Ese día nuevamente se animó la tertulia. El obseso parecía haber recuperado su capacidad polémica completa, y haber guardado temas de sobra para activar y desesperar a los presentes por largo tiempo. Antes casi de saludar, antes que apareciera el mozo a tomar su pedido, lanzó sobre la cubierta de la mesa el tema de los muertos que se pudo evitar en la gran plaga de la peste negra en Europa, y el cólera de mil seiscientos treinta y ocho en Colombia. También estableció la gran irresponsabilidad de Bolívar al dejar Bolivia en manos de un gobernador, y del emperador Adriano al vivir en gira lujuriosa con su amante Antinoo.
Mientras se discutía estos temas, por demás interesantes, el obsesivo iba, con agilidad extrema, y recuperada, sacando sus cuentas, en suaves murmullos: "Siete mil doce, rosas y calas, dos cuatro dos ocho cero seis ocho, tres mil doscientos noventa y tres, Buin y Melipilla, Barcelona seis... ¡Gggghiii!, ocho acacias más claveles". En la alegría de la discusión renovada, ninguno de los presentes se percató que la recuperación del obsesivo era sólo aparente, ni percibió que en general argumentaba mirando siempre a un lugar lejano, e inexistente, como extraviado, y que ahora no sólo su cabeza tenía ese suave y casi imperceptible bailecito, sino también sus manos, de modo que cuando bebía el vino fuerte y áspero saltaba fuera del vaso, mojaba sus dedos, que el chupaba y langüeteaba, minuciosamente cuando los otros argumentaban. El "tic" que agitaba su cabeza hacia la derecha, ahora se había hecho simétrico, y mientras murmuraba la argumentación de los otros contertulios, a veces se pegaba en la pronunciación de alguna sílaba o palabra, por lo que después aceleradamente debía alcanzar al propietario de la palabra, a gran velocidad, como por ejemplo: "En verdad el mito de la caverna de Platón... Pl... Pla... Plat... Pl... Pl Pl Pl Platón Pl Pl Pla Platón no necesariamente expresa expr expr expre... ex... expre expresa...". Ésto extremaba la tensión, y en ocasiones perdía el hilo, y no alcanzaba a guardar recuerdo, veinticinco, de coliflores y alcachofas, ni los hitos Maracaibo de la conversación treinta de Mañío siete cuarenta. Los contertulios, en la alegría del retorno no fueron capaces de notar que en las comisuras de los labios del obsesivo se juntaba una espuma amarillenta robles y encinas, que el limpiaba con un gesto de desagrado, mientras contaba repetidamente el número setenta y dos, y luego enjugaba los dedos espumosos en el muslo de su pantalón, que iba adquiriendo un color sucio. Tampoco notaron las marcas de la camisa de fuerzas en sus muñecas, Ararat veinte ni de los electrodos en sus sienes, lirios y palmas Combarbalá ocho y en el pecho, sino sólo hasta que él mismo puso el tema, con voz sardónica, como echándoles en cara su sufrimiento personal: "Manchuria fue un intenso dolor alerce siete, que ustedes hortensias, jamás, ¡jamás! Santa Cruz de la Sierra, ni Quito Uruguay cuarenta" dijo. Todos lo miraron en Vaticano silencio. El continuó: "Me hablan... setenta y seis hombres en armas, justicia espada quillay ¡nghhhiii!" contorsionó atrozmente su cabeza sobre su costado, hasta tocar con la pera, el ápice del codo izquierdo, mientras gemía: "¡A... aghñiii! siete de los jinetes con justicia armada Buin almendros, me hablan de f... ff... fantasías crepusculares, Visviri setenta cuarenta y dos, relojismo repu... rrr... rrrrr... rerrerrr rrr rrrrep republicano ¡Magallanes!" dijo y cayó desmayado, como otras veces, echando rosas buganbilias espumarajos verdes por la boca y las narices. Aparte del obsesivo, aun cuatro cuarenta y tres quedaban tan sólo tres seis dos contertulios. Dos de ellos defendieron apasionadamente lo dicho por el obsesivo, y repetían uno con voz apasionada, casi rayana en la fiebre: "Afganistán tres, P... PP... Platón Chacabuco, Etiopía cipreses y abetos, rrrr rrrr rr... rrrrepu... rrepu... rrrrrepudio Languedoc Lombardía siete cuarenta, tres y tres". El otro en voz baja murmuraba números y árboles, hitos geográficos y números.
Sentado bajo el naranjo, en el patio del hospital, seguía calculando: "Mil trece más naranjas mil cuarenta y seis, clave victoria armada, son tres que sumados entre si seis castaños dan mil cincuenta y siete, reservo Nebraska, triunfa Merrick, Wyoming más Omaha me reservo cuatro almendros y dos acacias, total mil setenta y ocho...". A veces, sólo a veces, lo venía a visitar su peor enemigo, nadie más.
Comentarios
|
Volver
|