Kepa Uriberri
El psicodrama es una herramienta de proselitismo extremadamente efectiva, aun cuando su efecto resulta ser subliminal, por lo que debe usarse con fino cuidado, sólo por terapeutas expertos.
"Le Sermonette" [1], o "El Sermoncillo" es la única prueba, supuestamente existente, de que Pelletieu haya practicado el surrealismo, para abandonarlo luego, desilusionado de sus resultados.
Con todo, nadie ha visto jamás las siete carillas, de las que la última consta de sólo siete líneas, en la última de las cuales diría solamente; probablemente en un francés impropio: "seulmen". No está claro si el autor habrá escrito esta obra pequeña y surrealista, terminada o inconclusa, en francés o castellano, y si está titulada en castellano o francés. Tan sólo se sabe que se encontró estas siete carillas en papel tabac parfummé casi transparente, engarzadas con un alfiler de gancho de oro pálido, que aprisionaba una cintilla rosada, posiblemente recuerdo del bautizo de su hija Camille que nunca tuvo. Estas carillas están casi totalmente desteñidas, y sus medidas cabalísticas, muy propias del estilo lúdico del autor, que nunca pudo pronunciar las erres, que decía eles (A mi mismo siempre me dijo güiliam), fueron reconstruidas en su totalidad por Regis Lizard en mil novecientos setenta y tres, por lo que no consta que sean en efecto de su autor. Jamás se encontró el original de éstas siete carillas, que sin lugar a dudas eran copias en carboncillo. Sólo está escrito con tinta verde en sentido longitudinal, en el margen derecho, la siguiente cita: "El espejo roto era de Marcelle"[2], y ajustado al margen derecho, sobre una tachadura, también en tinta verde, escrito con letra imprenta, obviamente de una mano femenina dice: "El espejo de Marcela"[3]. Lizard asegura, lo que no es probable, que bajo la tachadura, el título original es "Le Sermonette".
Ustedes, mis amigos, si así lo desean, pueden consultar el tomo IV sobre la página cuatro cientos setenta y ocho y siguientes, de "Los grandes surrealistas americanos", quinta edición de la Editorial Lord Mellington, Santiago de Chile, mil novecientos ochenta y cuatro, el texto compuesto, que creemos apócrifo, por Lizard de "El Sermoncillo" de Pelletieu.
Pelletieu negó, en octubre de mil novecientos sesenta y cuatro, en una entrevista a El Diario Ilustrado de Santiago, haber escrito nada surrealista, jamás. Solo reconoció después de mucho insistírsele, haber sido muy amigo de Breton e íntimo de Desnos. El periodista, hombre dedicado a la literatura y sus cominillos, le preguntó, claramente, mirándole a los ojos, si "Le Sermonette" estaba escrito en francés, y el respondió que para esa época el estaba aun estudiando el francés, de modo que este relato estaría con certeza en castellano. Aun más extraño, es que en visita a Cuba en mil novecientos setenta y ocho, cuando hubo de escapar de Chile, aseguró a la revista "Entrevistas", que sólo había intentado escritos surrealistas en francés, entre los cuales se encontraría "El Sermoncillo" que habría titulado como un recurso equívoco, en castellano. Esta respuesta parece, en todo caso, mucho más sincera que la del Diario Ilustrado de Santiago (Arteche y también Latorre, aseguraron por ese entonces, que Pelletieu se habría burlado del periódico derechista y liberal).
Aclarados estos hechos, será más fácil explicar a ustedes el por qué he tomado a Pelletieu como un modelo del espíritu que requiere la iberoamérica. Este hombre hizo sus primeras letras en un idioma extraño, en un país extraño, e inmerso en un ideario extraño. ¿Que hará un iberoamericano típico?: Se hará francés, aprenderá francés, y escribirá relatos surrealistas mediocres, cuando todos los surrealistas franceses ya hayan agotado el surrealismo, y estén cantando loas a la literatura checoslovaca de Kafka, o se estén maravillando con Faulkner. Volverá de vez en cuando a su país, y hablará con dificultad el castellano. Sus obras se las traducirá a su lengua vernácula un ayudante aún aprendiz, que estará aprendiendo de él a aprender a ser francés. ¿Ustedes, amigos míos, que han tenido tanta gentileza de llenar este auditorio para escuchar las ideas tontas de este viejo académico de pipa y chaleca chilota comprada esta mañana en el Persa Estación, creen que Pelletieu debió hacer eso?. Pues bien, para no ser un declasee[4], por cierto que debió hacerlo, pero él eligió ser un descastado. Pero también se transformó, y no es una suerte para él, pues no otorga beneficio alguno, excepto por mi admiración, en el modelo de escritor iberoamericano. Pelletieu rechazó un modelo ya trasnochado, que no iba con su forma de hacer, es decir no traicionó a su cultura. Volvió a estas tierras, donde posiblemente quedará sepultado en el olvido y el oprobio, aun cuando fue el impulsor de las actuales tendencias literarias delirantes persistivas, y luchó por escribir quince carillas cuya última tiene quince líneas, de las que su última línea dice solamente quince. El estilo delirantemente realista, relata la historia de un caudillo de izquierda que logra el poder, gracias a la manipulación numerística de la derecha, burlando cualquier pronostico. Se hace del poder, y en forma audaz, e increíble, concita el apoyo popular más allá de todas las fronteras, allende todos los mares, por sobre todos los límites fijados por todos los caudillos, y reune en un solo gran estado iberoamericano a las catorce naciones. Una vez en la cúspide de su creación lírico delirante, Pelletieu vio, para su desgracia, que se había equivocado, y que su relato tenía más de catorce páginas, como debió haber sido, entonces escribió en la línea catorce, el relato del suicidio incongruente de Redólez, su héroe, y terminó con la frase amarga y conclusiva, de Redólez, al morir: "Si a lo menos hubieran sido", con esto terminó la línea catorce, y en la quince escribió: "solamente quince".
Comentarios
|
Volver
|