Kepa Uriberri
A veces, si queremos sanar nuestros odios, y la ceguera de nuestro espíritu, es bueno recurrir humildes, al psicodrama. Sin embargo deberá tenerse cuidado pues si lo tomamos mal puede agravar la enfermedad, llegando hasta la misma paranoia o incluso la esquizofrenia. No se recomienda sobre los ochenta y tres años.
Recuerdo vagamente a Virgilio Coyotle, su aspecto basto, sus ojos pequeños y maliciosos que casi no tenían blanco, y el poco que tenía estaba siempre rojizo. Él decía con orgullo, de sí mismo, que era sureño, costino y honesto. Nunca supe por qué insistía en describirse de esa manera, y añadir esa "honesto" al final. Tal vez temiera que descubrieran que era, finalmente, un mentiroso. No sé demasiado de su vida, salvo lo que él mismo trasuntaba y lo que se opinaba de él. Cuando alguien hacía una chambonada grande, de esas que dejan huella, decían: "¡Ándale! me mandé una Coyotulada" refiriéndose a Virgilio como un chambón consuetudinario. Incluso era frecuente que a él mismo lo llamaran de ese modo "Coyotulada".
En cierta ocasión, Rubirosa que no sólo lo conoció, sino con infinita pena y ternura lo acogió por un tiempo, me relató su historia. Él le permitía dormir en su casa; en el cuarto de las escobas, mientras volvía de alguna de sus largas borracheras que lo convertían en un imprudente.
Mis recuerdos son, a ratos muy vagos, en relación a Coyotulada, pues siempre lo consideré sólo un borracho, envidioso y pendenciero, incapaz de acto alguno de inteligencia, y por lo tanto no presté demasiada atención al relato de Rubirosa. Sin embargo el maestro tenía un relato tan maravilloso, tranquilo, y carismático, que hasta el zorzal mañanero que golpeaba la ventana de su mujer, Camille, bajaba al parrón de la tertulia, a escuchar su voz, y lo celebraba con sus tres notas melancólicas, y yo mismo, sólo por éso, recuerdo el tono general de su relato sobre este Virgilio borrachín. No obstante, como mis recuerdos no son precisos, evitaré ensuciar su relato con las acostumbradas comillas, pues ya lo habré, a veces, desvirtuado con mi mala memoria.
Su verdadero nombre no era Virgilio, sino tal vez algo más común: Quizás Osvaldo, Oropelio, algo así, más prosaico y sin importancia. Decía Rubirosa que de joven había tenido afanes líricos que jamás prosperaron, aun cuando parientes y amigos, intentando que hiciera algo útil, incentivaron esa intención. Alguien comenzó entonces a llamarle Virgilio, hasta que él mismo creyó merecer el nombre. Una cosa trajo la otra, y Virgilio encontró la bohemia, donde descubrió, aun cuando nunca lo reconociera, que era mejor bohemio que poeta. En la medida que se sumergía en el alcohol de cactus, se hacía más y más pendenciero, más y más envidioso de los éxitos de los que lo lograban, para los cuales la bohemia y la tertulia eran amistad y no mezcal o tequila, y la inspiración no era ron dorado de mala calidad.
Rubirosa solía rescatarlo de alguna borrachera, cuando ya tarde en las noches, se enredaba en algún bar con otro parroquiano que no quería pagarle un último tequila. "Soy un poetaaaaa... que te quede claroooo ¿me entiendes tú?. Nunca seas un egoísta sólo porque andas con plataaaa..." decía, y exigía lo que no merecía, y era su perdición. Así fue cayendo, cuesta abajo, hasta que al final había olvidado todo, y sólo conocía su apetito de alcohol.
Varias veces lo encontró Rubirosa afirmado en una puerta blanca, para sostener el equilibrio, en la esquina de Héroes de Puebla con Washington, pateándola furioso, mientras un perrillo pequeño ladraba debajo, por el umbral: "¡Cállateeeee desgraciadooooo....!" gritaba Virgilio: "¡Soy mejor poeta que tú!. Entiéndelo de una buena vez y claroooooo...". Por entre las cortinas echadas, tras una ventana, una anciana, aterrada lo miraba hacer. Rubirosa, con cariño, se lo llevaba, y lo alojaba en el cuarto de las escobas, pues no tenía para él otro lugar. Virgilio seguía gritando, largo rato: "¡Soy mejor poeta! ¿Es que no lo entienden claramenteeeee?", hasta que se dormía.
En otras ocasiones lo encontró Rubirosa, sentado solo en la mesa del fondo, donde a veces se reunían los escritores y poetas en la tertulia, en "La Piojera", cerca del mercado. Ahí alborotaba a los parroquianos, gritando: "¡Soy poetaaaa! y no tengo perro que me ladreee...
¿Comprendennn?" y otras incoherencias. Don Misael, el dueño, lo toleraba por su amistad con los poetas de la tertulia, y sabía que algunos se divertían a su costa. Rubirosa, con la paciencia providencial que lo caracterizaba, lo sacaba del lugar, y lo llevaba a su casa, pero Virgilio se escapaba y volvía a La Piojera a alborotar. Hasta que un buen día desapareció.
Los contertulios de "La Piojera", y los poetas verdaderos que llegaron a conocerlo tejieron mil suposiciones sobre la suerte de Virgilio. Unos decían que se habría embarcado, y estaría en Roma con una maleta de cartón, paseando por la Vía Tuscolana cerca de la Delle Capannelle, vendiendo versos chuscos, con un argentino, otros aseguraban haberlo visto en Buenos Aires, hacia el lado de Avellaneda, durmiendo en la calle con dos perros vagos y una maleta de cartón, en Lizuriaga con Río Cuarto, otra versión lo ubicaba en la avenida Cuauhctemoc, pidiendo limosnas, seguido de una recova de perros vagos: "¡Una ayuda para este triste poeta! Soy el mejor. ¡Sépalo!" diría. Se dice que lo vieron en Londres, en Chapultepec, en París, en el barrio Bellavista, en Cerrito con Corrientes, en Colon con Lafragua, bañándose desnudo en Las Cibeles y eso y más, incluso en Amsterdam y Salzburgo tocando un violín falso. Pero la verdad es que nadie lo había visto en mucho tiempo, y ya lo habían olvidado cuando Rubirosa lo encontró, andrajoso y cagado de pajaritos, un diez de julio, con los pies metidos en el espejo de agua, junto al edificio del ayuntamiento, y la vista clavada en una goleta de tres palos que se mecía suave junto al malecón.
Virgilio le contó la siguiente historia en esa ocasión: Había, amigo Rubirosa, hace ya tiempo, un borracho que solía entrar a "La Piojera" gritando: aquí todos son unos pelmazos, soplapollas, pendejos y boludos. Agresivo, como gustaba ser, ocupaba la mesa de la tertulia, sin haber sido invitado. Eventualmente, fingiendo diferentes voces, repetía los insultos: aquí todos son unos pobres diablos, no saben poesía. Escuchen mi historia... ¡Soy el mejor poeta!.
Los parroquianos, no sólo lo dejaban hacer, sino que hasta algunos lo animaban y festejaban. Entre los poetas decía, soy el mejor, el más digno, el más honesto. Así desafiaba su paciencia. Cuando lo recordaba, después, yo mismo lo odiaba, pues nada de lo que decía era cierto, y sólo era un pendenciero, amigo Rubirosa. Un día alguien le hizo ver que el más digno, el mejor, y el más honesto no sólo tenía que serlo, debía demostrar que lo era, y que su comportamiento no convencía a nadie, y sólo era vergonzante para él mismo. Entonces desperté de mi borrachera, de mi mareo con mi egolatría, y me di cuenta que me odiaba a mi mismo. Después de tanto y tanto tiempo, aun le agradezco a quien me lo dijo, y me permitió sanar. Hoy ya sé que sólo soy un pobre diablo, aunque es tarde para enmendarlo.
Algún ave marina pasó volando sobre nosotros, en ese momento, y cagó a Virgilio en las manos.
Al terminar de contar la historia, Rubirosa bebe un largo trago de su syrah, de Santa Eulalia, y me mira sereno. Dice: "Peor, mucho peor que la estupidez, es la soberbia del estúpido".
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