Kepa Uriberri
Relatos
Dos ojos que parecen luces negras se destacan al fondo del vagón del metro. Tal vez me miran con el mismo aburrimiento que cualquier par de ojos que me ven tantas y tantas veces y veces, cuando paso y paso rutinario por este mismo camino. Pero hay algo extraño en ellos que parece sonreir, o tal vez quiero creer que es así. Por eso clavo, pretencioso, mi mirada en ellos. Las luces negras se retraen y viran hacia una ventanilla, pero sin dejar de sonreir. Me convenzo que hay coquetería y una sonrisa velada.
Atravieso el carro, siempre mirándola, hasta sentarme frente a las luces que sonríen, o que quiero creer que lo hacen. Me mantengo al filo de la impertinencia, y le sonrío al reflejo en la ventana, ella le sonríe al mío. Ya se ha establecido una relación entre ambos, aún precaria, quizás temporal y talvez no dure más allá de mi primer intento de establecer una conversación, o de la estación en que le toque bajarse.
Me pregunto: ¿Qué me llamó de esos ojos que sonríen?. ¿Tenían, efectivamente, esa luz negra que creí ver?. ¿Qué vio ella que quiso sonreírme?. Es algo extraño, a lo que muchos han dado en llamar química, que creen que fluye en el acercamiento, como si por el aire, o el éter cercano, viajaran efluvios de cargas atractivas que al provocar una reacción electroquímica gatillan ciertas emociones. Cuando el contacto es de piel con piel me convenzo que es así. La suave y sensual electricidad en una caricia, el roce de los labios, o más, el tacto de un pecho endurecido por la emoción, o una respiración tibia. Pero también se produce algún flujo empático en un apretón de manos franco, en una palmada en la espalda, o un abrazo fraternal y cordial. Otras veces, por el contrario, algo hace que esos influjos sean negativos: "¡No soporto su voz aguda!" o me cargan sus ideas, en fin. Está uno tan acostumbrado a todo ésto, que no parece sorprender a nadie, ni necesitar explicación alguna, sin embargo, a veces esas emociones se hacen presentes a través de un teléfono, o una pantalla televisiva, en fin. Incluso puedo dar fe que he recibido correspondencia comercial, que deriva en antipatías o simpatías sobre el firmante al que no conozco ni el aspecto. ¿Quién, más de alguna vez, no le ha puesto un rostro o un aspecto a una carta o una firma?. Todo ésto, que resulta extraño al pensar en ello, parece tan obvio que la reflexión suele no producirse. Pero
a veces nos sucede como a García Lorca: "En la baja tarde, entre los juncos, ¡qué raro llamarse Federico!".
Toda aquella reflexión pudo quedar ahí, y no significar nada, sino apenas la extrañeza de los sucesos. Pero sucede que me alejo y me encuentro de repente tras un cuadro blanco surcado de trazos negros, que me llenan de cariño y preocupación por un sentimiento lejano y no conocido que me emociona. Sucesos que entristecen a una desconocida, o pensamientos que me enemistan con algo que ni siquiera lleva nombre de persona, ni tiene un rostro o una apariencia. A veces ni tan siquiera sé si existen o son tan sólo un tramado. ¡Qué extraño llamarse Juan y Luis aquí a la sombra de las acacias y las encinas, y que tu adversario sea una sombra en algún lugar!. O la emoción de una amistad también. También he llegado a sentir a lo lejos, detrás de esa cortina nebulosa y electrónica, la misma extrañeza: "¿Como me llamo Sara para amar un estilo lejano de decir?". Es que Sara, ni Juan o Luis conocerán jamás a Luis, ni a Sara o Juan, ¿o sí?.
¡Qué extraño llamarse Luis o Juan y que sólo mi alegría, o mi razón, viaje tan lejos, enredada en fibras del éter y suaves tics o sus ausencias, mientras yo aún me llamo Juan y Luis bajo la sombra fresca de estas acacias!.
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