Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa
Caminábamos, con Rubirosa, comiendo chocolate suizo, que Camille le había enviado desde Europa. Ella había viajado a Suiza, desde Avignon, para tomar las medidas promedio de futuros guardias papales, pues su santidad la había encargado de los uniformes de su servidumbre vaticana. El pontífice había dicho: "Entre un guardia suizo y una novia radiante, no ha de haber demasiada diferencia. Ambos usan vestidos llenos de galas", y esgrimiendo este argumento bizarro, había asignado a Camille la propuesta, entre centenares de oferentes con experiencia en uniformes militares. Camille siempre que el destino le regalaba estas alegrías, se acordaba de Rubirosa, aun cuando éste no logró preferirla ante la fuerza lúdica y erótica de Alyson Carrascales.
Aun cuando Camille se consideraba culpable de abandonar a Rubirosa, y huir a Francia; aun cuando siempre que podía reconocía su egoismo, y aun cuando siempre se decía a sí misma que era una mujer sin iniciativa, y servidora de su hombre, ella inició una nueva vida, por sí sola, y fue la agente de Rubirosa. Era una mujer potente.
- ¿Quien es, mi bella Camille? - preguntó Rubirosa, partiendo el chocolate - ¿Es, acaso, la mujer debil que ella cree ser, o es la fuerte mujer que envía chocolate suizo al hombre que ama aun cuando no la merezca?.
Opiné que Camille era la mujer fuerte, que huyó de su vida oscura de costurera encerrada, para cumplir su destino de éxito, sin opacar a su hombre, ni ser opacada por él. En ningún caso es la débil mujer que ella cree ser.
- ¿Qué somos, entonces? - preguntó Rubirosa-. Un hombre sentado en una máquina de fuerza, entre neones, levanta un peso que tensa todos sus músculos, y se sonríe a sí mismo frente al satín del espejo del gimnasio. Se dice: "Soy hermoso, soy perfecto". Se viste una camiseta sin mangas, ajustada al cuerpo, de colores agresivos. Muñequeras, un peinado con gel que hace una centena de púas en su pelo, pantalones ajustados a los muslos dejan ver su forma cultivada. Se sabe bello y fuerte al salir a la calle. Se sienta en el paseo, en una mesita de café a beber un jugo dietético, con suficiencia. Dos o tres mesas más allá, toman café algunos intelectuales. Su músculo es intangible, está en las ideas o en la imaginación; ven al adonis y se codean: "Es un imbécil" dice uno. Otro opina que es un pellejo inflado, y uno más que no vale ni un cuarto de su esfuerzo por cultivar su carne. "Es un pobre diablo" concluyen, desde su mesa, ante la perfecta musculatura y el pelo tratado cuidadosamente. Te pregunto: ¿Qué es ese hombre?. ¿Es el pobre diablo que todos ven?. ¿Es el hombre hermoso y perfecto que él mismo ve frente al espejo, bajo las luces fluorescentes y neones del gimnasio?.
Ahora pienso que si Camille es la hermosa mujer que vemos, y no la débil mujer que ella ve en sí misma, tal vez este hombre sea sólo el pobre diablo que los demás aprecian en él, y no el fantástico hombre perfecto que él ve en si mismo. Al menos, creo que es lo que Rubirosa piensa.
- Recuerdo haber conocido a una suiza, cierta vez - interrumpió Rubirosa, mi incipiente cavilación -. Era -, me explicó -, una mujer pálida de aspecto melancólico, muy alta, de huesos perfectos, que hablaba un italiano dicharachero y revoltoso por la mañana, como ella misma, y que a medida que se acercaba el ocaso comenzaba a hablar en romántico francés, mientras sus ojos se hacían amarillos y su cuerpo elástico se convertía en pantera. Al oscurecer ronroneaba erotismo, y sus senos que parecían de cristal manaban cholate blanco, mientras decía al oído: "¡Je t'aime!. ¡Je t'aime pour la merde d'un Christ!" -. Su nombre era Annetta, y estuvo loco por ella durante un tiempo. A veces la encontraba al medio día, a la sombra de los naranjos, mirando melancólica más allá de Italia donde debía estar el mar Adriático. "Añoro a mi bella Argentina" le decía, y debía recordarle que no conocía Argentina. "No lo sé. Éso no lo se" respondía con la mirada perdida hacia el Adriático. "Sólo recuerdo una tarde de viernes de mayo, en la vereda del Obelisco, esperando cruzar Corrientes. Son las seis y el tráfico en Nueve de Julio es intenso, entre los autos que corren al oriente por Corrientes, aparece un ciclista provinciano. Me dice: Doonde queeda Saarmiento" -. Pregunto entonces: ¿Quien es Annetta?, ¿la que habla italiano?, o aquella del ocaso. ¿O es la mujer melancólica con un pasado ignorado en Buenos Aires?.
¿Tal vez todas ellas? opiné temeroso, aunque ella cree ser la del mediodía argentino. O tal vez sea la mejor mixtura de todas ellas, y quizás sólo sea la mujer suiza de su pasaporte.
- Es raro - me interrumpe Rubirosa -. Piensa en un antiguo desierto, el de Sinaí, por ejemplo, en el que solo habitaron ciertos grillos color arena, a los que llamaremos Krillen y unos pajaritos que anidan en las agobiantes dunas, que llamaremos Wanderervoegel. Los grillos Krillen se alimentan de la cagada de pajaritos Wanderervoegel, y a su vez los Wanderervoegel se alimentan de los grillos Krillen. Durante miles de años ambas especies viven de este modo perfecto, siendo uno sustento del otro, hasta que un buen día una onda de calor afecta a los huevecillos de los grillos Krillen, y sólo nacen Krillen machos, o muy pocas hembras. Entonces comienza a mermar su población, y el alimento de los pajaritos Wanderervoegel, que comen menos, y comienzan a morir de inanición, hasta que el último pajarito se come al último grillo, para finalmente morir en medio del vuelo sintiendo la culpa de la extinción de su especie. Pasa el tiempo inclemente, amarillo, y continuo, durante millares de años, y el hombre llega al desierto de Sinaí a estudiar su dura aridez. Los científicos encuentran restos fósiles del último pajarito Wanderervoegel, y sus últimas fecas calcinadas. Concluyen que en aquel desierto vivieron aquellos pajaritos, pero no se explican de qué se alimentaron, pues todos los grillos Krillen fueron devorados, hasta el último de ellos. Finalmente, deciden que aquellos pajaritos eran alimentados por Dios, directamente, haciendo llover, cada madrugada, un maná de leche miel y mirra. Y te pregunto: ¿Cual es la verdadera historia?. ¿La de los científicos?, o acaso la que conocieron los grillos que comían cagada de pajarito.
Sin ninguna duda, me atreví a opinar, antes de pensarlo, que la historia verdadera es la que vivieron los grillos Krillen que comían cagada de pajarito Wanderervoegel. Sin embargo, Rubirosa sonrió, como tantas veces lo hacía, y me pasó un trozo de chocolate suizo. Supe que me había equivocado, aun cuando no sabía por qué.
- El grillo Krillen jamás habrá existido - me golpeó con su enorme mano velluda en la cabeza, como si yo fuera su hijo, aun cuando ambos somos hombres ya viejos -. ¿No te das cuenta?. Es que la verdadera historia no son los sucesos, ni siquiera mi apreciación de ellos. Éso sólo son relatos verosímiles. ¿Acaso te crees que tú eres tu propia invención o esfuerzo?. Pues te equivocas, no somos sino lo que otros ven en nosotros. Camille no es Camille, sino la historia que contamos de ella, y así sucede con mi suiza Annetta, contigo, conmigo y cualquiera. Cada uno de nosotros creemos ser lo que imaginamos que los otros ven en nosotros, y verdaderamente somos lo que los otros ven.
- ¿Entonces? - pregunto - ¿Un ermitaño, que vive solo en una caverna sobre el Manquehue, mirando como los monjes trapenses oran y cultivan la tierra; no existe?.
- En la medida que nadie sabe que está ahí, el ermitaño no existe.
- Supongamos, entonces, que el ermitaño escribe una gran obra universal, luego muere en lo profundo de su caverna hasta ser comido por los gusanos, y sus huesos ser pulverizados por los escarabajos peloteros, de modo que jamás exista huella física de él. En ese momento un monje de la Trapa encuentra su obra. ¿Que ha sucedido?: Al aparecer esta única evidencia de la existencia del ermitaño, ¿Recién éste ha nacido?, o quizás la obra encontrada sea de autor anónimo. ¿Puede el hermano Tadeo reportarla como propia, sin cometer plagio?. Si se descubriere la gran obra del eremita; ¿Cuándo ha nacido éste?: ¿Al encontrarse el manuscrito?, ¿Cuando es leído por el prior de la orden?, ¿Cuando éste lo entrega al editor?, ¿Cuando se entrega al público?, o bien, siendo que la obra es realmente universal, ¿El eremita ha existido siempre?.
Rubirosa no responde, sólo termina de comer el último trozo de chocolate suizo. Hemos llegado a su casa. Me invita a tomar un chardonay muy frío, que la Carrascales sirve en las copas elegantes reservadas para el vino blanco. Sentados bajo el parrón, él mira bajar los zorzales, y dice:
- No sé si responderá a tu pregunta: ¿Cervantes es el creador del Quijote?, o ¿El Quijote es quien da vida a Cervantes?.
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