Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa

Esos quince años

Habían pasado quince años o más desde que había visto a Rubirosa la última vez y ahí lo tenía frente a mi como un niño. El no me recordaba. Así lo dijo. Siendo de ese modo y como este relato no es mío sino lo que he rescatado de mi memoria, con esfuerzo, de lo que Rubirosa relataba de la suya propia, que no siempre era la verdad precisa según entendemos, sino muchas veces una metáfora de ella o un relato que la representaba en su profundidad moral, de mejor forma, no me es lícito, sino apenas en aquello de lo que puedo dar fe, contar sobre aquellos quince o tal vez más años (no lo recuerdo con precisión) de manera que no diré casi nada de ellos.

Lo que recuerdo bien, y he podido saber que es verídico y exacto, o bien es posible tan sólo contarlo, es algo de su extrañamiento en Putre que relató mucho después en alguna ocasión cuando la tertulia bajo el parrón ya no era sino una vaga duda y la única prueba real de ella era que Camille seguía manejando sus contratos editoriales con mano avara y precisa, por lo que aún ambos podían vivir con alguna dignidad: Ella en la casa de calle Brescia con su muñeco francés Honoré y él, con la Carrascales, en una pieza de la residencial que la viuda del pintor Mauretti había instalado en su antiguo taller. Ahí no tenía demasiadas comodidades pero tampoco las habría tenido con la pensión de gracia que un premio del gobierno le hubiera otorgado si no hubiera sido el enemigo político de todos ellos.

A Putre viajó en un camión militar, con una capucha negra en la cabeza, de modo que en todo el camino nunca supo quienes le propinaban el castigo que recibió, ni tampoco pudo dar fe de que los otros prisioneros políticos, que supuestamente viajaban con él lo fueran en realidad, o si sólo se trataba de un artificio para tratar de hacerlo confesar culpas en las conversaciones clandestinas sostenidas en el camino. Como sea, nunca ha podido reprimir la emoción y a veces los sollozos cuando recuerda los fusilamientos de Volter Lara, de Juan (Nunca supo nada de este compañero de viaje sino sólo que le habían despedazado las manos y le habían arrancado los ojos y la lengua. Apenas se escuchaban sus gemidos que disimulaba con dolor) y de Evangelista Canuñir, un supuesto guerrillero de Coltauco. Uno de los fusileros no fue capaz de dispararle y erró el tiro, recuerda, dejando herido a Evangelista. Se suscitó una larga discusión entre el coronel Sepúlveda, que iba al mando de la comitiva y el cabo, que se negaba a rematar al herido. Sepúlveda obligó a otro prisionero a dar el tiro de gracia a Evangelista y a asesinar a sangre fría al cabo. El pobre hombre, después de claudicar y cometer dos crímenes deleznables, no se pudo sostener en pie y cayó de rodillas llorando como un niño. Entonces el coronel Sepúlveda le disparó en la nuca. "Nada de esto lo presencié, sólo escuchaba" recuerda Rubirosa, "y me enteraba de los detalles por la conversación de los militares entre risas espeluznantes y amenazas persistentes. A veces llegaba a pensar que todo era simulación para atormentarme: Nunca he creído que pueda existir tanta crueldad. Al menos preferiría no creerlo".

"En Putre conocí a Sepúlveda. Estaba a cargo del destacamento del campamento militar. También conocí a su mejer y a la muchacha del servicio doméstico. Éramos tan pocos en el lugar, que a la larga los condenados y los oficiales militares nos veíamos en la imperiosa necesidad de socializar", contaba. Cuando eran invitados a comer a su casa era imposible negarse: Podía significar una condena, o la desaparición repentina como ocurrió con el periodista Marzán. "Escapó el muy sinvergüenza" habría explicado, con sarcasmo, el coronel cuando no volvieron a saber de él.

En la pequeña iglesia de barro del lugar, el orgullo del señor cura era el campanario con su antiguo carillón de campanas coloniales. La rutina del pueblo se iniciaba temprano con el toque de diana en el campamento militar, al que seguía, después de un rato, el carillón llamando a misa de seis. Misia Olvido (era necesario llamarla con ese anacronismo respetuoso), la mujer del coronel, despertaba sobresaltada con la armonía del llamado religioso. La casa del jefe militar de la zona, la más importante, está en la esquina nororiente de la plaza de armas, un peladero polvoso de unos sesenta metros por lado. En la esquina opuesta se levanta la iglesia, de origen colonial, dedicada a la Virgen del Rosario. El balcón y los ventanales del dormitorio de misia Olvido miran como danzan las cinco campanas que en alguna época arcaica estuvieran recubiertas de oro. La señora prefería dormir hasta bien entrada la mañana, mientras el coronel, según el mismo contaba, tomaba el desayuno en la cama del servicio doméstico. Al oír las campanas se vestía y caminaba la media cuadra que lo separaba del campamento militar, hasta que misia Olvido, hastiada de madrugar con el llamado religioso le envió una esquela al señor cura, con una limosna suculenta, rogando que retrasara la fiesta de su carillón hasta el medio día.

Las relaciones con la iglesia, en tiempos del gobierno de la primera revuelta no eran del todo buenas sino todo lo contrario se inclinaban al recelo y la dificultad, de modo que el señor cura envió de vuelta, con un monaguillo moreno de facciones impasibles y nortinas, vestido de galas eclesiales, llenas de encajes y púrpuras; la esquela y la limosna, acompañadas de una notita en una patena de bronce bruñido. La nota sólo decía: "Lo siento. No hay misa al medio día". El carillón siguió sonando de madrugada con orgullo y rebeldía. Un día, sin embargo, el señor cura fue llamado por un feligrés en situación de muerte, que vivía alejado en el desierto. En el camino solitario, el señor cura resbaló con su bicicleta y se partió la crisma contra una peña. De algún modo misterioso fue reemplazado por un capellán militar que hacía misa a las once y treinta, a la que asistía siempre elegante misia Olvido. El nuevo cura vestía con más boato las estrellas militares de su rango de capitán, que las casullas y estolas litúrgicas.

Rubirosa hablaba con cierto recelo y lejanía, casi culpable, de misia Olvido. Su tono y la figura literaria que construía a su alrededor lo inclinaba a uno a pensar en una mujer mayor, con un fuerte pago de sí misma. Sólo en cierta ocasión en que caminábamos por el Parque Balmaceda al atardecer de alguna primavera, con el sol tibio en nuestras espaldas, pareció abrir cierta ventana de un pasado que se había empeñado en olvidar o negar. Había una joven de aspecto muy elegante sentada frente a la pileta de luces, leyendo un grueso tomo de novelas de Dostoievsky. Al pasar junto a ella reconoció a Rubirosa y lo saludó. Él, que nunca fue parco, y menos con las mujeres jóvenes, pareció turbarse e hizo un saludo rápido y evasivo tocando apenas el ala de su sombrero. "Maestro", le dije "¿No hubiera sido grato conversar con la jovencita un rato?. Se veía preciosa" opiné. "Sí, sí", contestó, "como Olvido". Callamos durante un rato, él nervioso y yo a cada momento más intrigado por la mención de la mujer del coronel sin el infaltable "misia". Como el silencio se prolongaba, me atreví a preguntar: "¿Se refiere a misia Olvido, la mujer del coronel?". El silencio continuó todavía, hasta llegar al Monumento a Rodó de Totila Albert. Dijo Rubirosa, como para separar aguas: "Nuestro Totila talvez haya puesto a Shakespeare señalando el cielo, desnudo, sobre las espaldas de Rodó". "Ariel y Calibán eran ambos Rodó, sólo que uno era rebelde y sometido, y el otro triunfante señala el cielo europeo" le retruco. "Ambos reflejan la lucha espiritual entre someterse al olvido o triunfar con el espíritu" dice. Me quedo esperando, para invitar a sus confidencias. Él medita en silencio. Así llegamos frente a la estación del metro, que está junto al Bar Alberto. Atravesamos en el semáforo y en mitad de la calle me señala el portal negro. Dice: "Te voy a hablar sobre Olvido... sobre el olvido y la culpa" y me empuja hacia el bar.

Alberto desde detrás de sus rejas saludó a Rubirosa con un gesto triste, sin dejar de pulsar el piano que jugaba eternamente con "Paese mio che stai sulla colina" divagando por las notas hasta perderse en los sueños del viejo atormentado, para despertar de repente en el estribillo "¡Che sarà, che sarà, che sarà!". "Era tan joven" dijo. La mirada gastada pasaba por el lado mío, sin verme. Quizás si sólo evocaba en voz alta, talvez le era necesario. La mujer del coronel era casi una niña, tanto menor que él, "bastante menor que yo incluso, aunque yo era todavía joven en aquel tiempo". Tal vez si para el militar fuera como una bella pieza de colección. Para los condenados era una especie de hermoso ícono de la opresión, que opacaba la belleza joven de mujer aún tierna. "La veíamos pasar, atravesando el polvo de la plaza como si fuera una condesa de colores, rodeada de cantos dulces de pajaritos. Yo creía oír tintineo de campanitas cuando pasaba suficientemente cerca y olía aromas de almizcle karbardin. Cuando aquello sucedía, siempre me sonreía". Dijo que no era posible, aunque siempre lo intentaba, sustraerse a esa sonrisa de pajarito asustado que parece picotear cerca de sus zapatos. Intencionalmente, Rubirosa, enfriaba su sonrisa y hacía lo posible por saludar al paso, aún cuando ella siempre insistía con alguna pregunta distinta, metida en el saludo, como por ejemplo: "¿Cómo ha estado usted?" o bien "¿Hoy lo veo preocupado?" e incluso en ocasiones más atrevidas podía preguntar: "¿No desea acompañarme a tomar el sol?" y "¿Jamás me contaría sus pensamientos?". Las mujeres muy jóvenes siempre perturbaron a Rubirosa y al fin comenzaban a despertar todos sus anhelos. "Sin embargo tenía perfume de enemigo y algunos decían que el coronel la usaba para sacar información a los presos" me dijo, así es que al menos hacía un esfuerzo por ignorarla. "Todos los presos estábamos solos y sólo los oficiales tenían a sus mujeres, pocas y poco atractivas, además de casi invisibles. Sólo Olvido parecía tener un mundo más ancho que el del cuartel y su casino de oficiales. Era, en todo caso, la única tan joven, tanto que tal vez no congeniaba con las otras. Por su parte el coronel Sepúlveda vivía metido en sus asuntos militares, de manera que salía de casa en la madrugada y no regresaba hasta muy entrada la noche. Los días libres, a falta de actividad en el pueblo, los pasaba jugando dominó en el club de oficiales. Olvido parecía odiar esas partidas y salía a caminar por el desierto calcinado, envuelta en cualquier halo de extraños y deseables pensamientos".

"Era frecuente encontrarla en las sendas de viejos pirquineros, buscadores de metales preciosos, mineros ilusos; que yo también recorría imaginando la vida de esos soñadores, de manera que fue fácil descubrir que era de nuestra estirpe: Otra bella cabecita llena de inventos y locuras. Un día la encontré escarbando el suelo con un trozo de roca filudo, sacando algo que guardaba en un pañuelito".

La vida pone trampas de manera que el curso del destino trazado se hace insoslayable. Aquello que se evita con afán, haciendo conciencia, nos atrapa a veces en un sólo momento de descuido traicionero. "¿Oro puro? le dije al pasar junto a ella". "Mejor: Conchitas de moluscos a cientos de kilómetros del mar, en medio del altiplano" dijo ella. "Si sólo le hubiera dicho: Quien lo creyera; y hubiera seguido mi camino" dijo Rubirosa meneando la cabeza. Cayó en un silencio largo mientras jugaba con su copa de vino tinto syrah. Alberto seguía jugando con la melodía del Paese mio, llenando de colores y ritmos cadenciosos y semi grises las notas del piano. Por un momento pensé que era una curiosa manía estar una tarde eterna jugando a variar, sin repetirse, una misma melodía, con diferentes ritmos que a veces aceleraban y otras se hacían lentísimos. Alcancé a hacer el contrapunto con la monotonía de la vida que llevarían los prisioneros de un campo abierto en medio de la nada y lejos de todo, donde tal vez hasta los propios celadores pagaban alguna condena. Volví entonces el recuerdo a Olvido que había sido siempre, hasta entonces, una especie de anciana rígida, y hoy se convertía en una joven sola que se iba haciendo deseable. "¿Pero...?" dije, para sacar a Rubirosa de su mundo interior. "Nada" dijo. "Me mostró sus cosas y quiso sentarse en mis rodillas". Él le dijo: "Preferiría que no lo hicieras" pero ella sólo sonrió. "A partir de ese día comenzó a mostrarme sus tesoros", dijo. Sonreí. Alberto tocaba, como haciendo malabarismos con el estribillo: "Que será, qué será, qué será: ¿Que será de mi vida? ¿Quien lo sabe?" y se devolvía en vez de continuar como si una risa fuera cascabeleando en medio de la música.

Rubirosa nunca comprometía a otros, en especial a las mujeres, al hablar de su intimidad, de modo que cayó y no fue posible que dijera nada más. Pero, antes y después de aquella vez, en muchas ocasiones en nuestras conversaciones sobre lo poco que lograba escribir por aquel tiempo caíamos indefectibles en los recuerdos de su extrañamiento en Putre y a veces dejaba saber algún detalle de lo sucedido. Con ellos he podido construir malamente lo que quizás sucedió, o al menos lo que he llegado a creer sin certeza ninguna.

Aquella no fue la única vez que Olvido encontrara a Rubirosa en medio de la nada, escarbando, como un pirquinero del oro, la tierra y el polvo del desierto. Tampoco es seguro que él no la siguiera. Muchas veces reconoció que al menos en ocasiones el tedio se hacía soportable "con sólo verla caminar por la calle O'Higgins hacia el desierto". El coronel Sepúlveda, por otra parte, se aburría con sus oficiales en el club militar, y muchas veces convidaba a los prisioneros de más cultura a comer a su casa. Tenía "una rara afición por la poesía" afirmaba Rubirosa. "No sabía demasiado de nada, pero le encantaba recitar cierta poesía". Se sabía de memoria el monólogo de Segismundo de "La Vida es sueño" y en ocasiones lo recitaba y se burlaba del dictador repitiendo "Sueña el rey que es rey y con este sueño vive mandando disponiendo y gobernando" y se golpeaba los hombros para recordar las gruesas charreteras del uniforme del tirano. Poco a poco los demás comenzaron a desistir, o talvez ya ni siquiera se les convidaba. Pero Rubirosa seguía asistiendo hasta que llegó a ser el único invitado.

En una ocasión, hablando de otros eventos, confidenció que Olvido abrazaba como mujer rusa: "Se acerca a uno con tal decisión y ardor que te entrega un abrazo duro, sólido como acero y cálido como pan de madrugada. Te contacta con todo su cuerpo". En otro momento reconoció que casi sólo iba a la casa de la esquina de la plaza por ese "contacto franco, que alimenta". Y añadió: "Si no fuera por esos cálidos abrazos talvez el extrañamiento hubiera sido un suplicio". De hecho sus peores recuerdos son del tiempo en que Olvido se venía a Santiago a parir. Dos veces en todo ese tiempo faltó durante algo más de un año. Los borradores de esa época, que vi en cierta situación, no sólo denotaban una tortura interior casi irresistible, sino que la letra verde al revés del papel de órdenes militares de intendencia, ya muy amarillo, era irregular y regresiva. Cuando ella parió su tercera hija ya no volvió. El coronel Sepúlveda fue ascendido y volvió a la capital. Conoció a su hija de pocos meses, que tenía las manos enormes. Algunas semanas después Sepúlveda se suicidó de un extraño tiro en la nuca. No hubo duda oficial del suicidio, sin embargo sus compañeros de armas murmuraban.

El relevo del coronel, en el campo de prisioneros, el general Araya Llanos, era un hombre sombrío. Bolívar Morales, un opositor encarnizado de las ideas de la primera revuelta, que compartió condena con Rubirosa aseguró que el general ya traía sangre en el ojo con éste, aunque él lo niega y en cierta ocasión que quise tocar el tema sólo me respondió: "Preferiría no recordarlo". Como sea, Bolívar insiste que llegando, Araya Llanos preguntó por "ese prisionero que sirve en intendencia. El que escribe historias detrás de las órdenes militares".

Rubirosa pasó la tarde encerrado con el general y al anochecer algunos prisioneros lo vieron pasar atado de manos y con la cabeza cubierta con un trapo negro, llevado por dos cabos y el general en un vehículo militar, que se perdió rumbo al lecho seco del río Lluta. No fue esta la única incursión que hicieron con él hacia distintos lugares en el desierto. En otras ocasiones lo llevaron a los alrededores de Socoroma, o Zapahuira, Coronel Alcérraca, o al cerro Cosapilla. Cuando ya se recuperaba de una incursión, lo llevaban atado y vendado con un paño negro en los ojos y lo fusilaban en el despoblado. Bolívar Morales asegura que le hicieron simulacros de fusilamiento al menos diez veces. En alguna ocasión creo haber visto, en borradores sueltos, sobre papel militar muy ajado y amarillo, entre las cosas que recuperé de Rubirosa y que conservo en cualquier lugar, un fragmento de relato en primera persona que dice: "... Y ese carajo me ajustició doce veces con un tiro en la nuca a la luz de la luna, de rodillas sobre las piedras del desierto, que nunca vi". Más adelante agrega, después de muchas enmendaduras de tinta verde y tachaduras: "... me decía: Así murió Sepúlveda por tu culpa". Todas aquellas veces, cuenta Bolívar, al volver lo metían atado y encapuchado al infierno. Se trataba de una celda baja, en la que no era posible ponerse de pie, construida en el centro del patio del recinto militar, de adobe de barro y paja, excepto el techo de tejas metálicas. En el día el sol laborioso fustigaba el metal elevando insoportable la temperatura. De noche la luna se miraba en el paisaje, congelando todo, inclemente. "El tercer día se resucita de entre los muertos: Deshidratado, enfermo y ciego, a la intensa luz del mediodía" dijo Morales.

Alberto nunca cantaba. Sólo tocaba el piano enlazando una melodía con otra. Hoy había paseado, al menos durante el rato que habíamos estado rememorando con Rubirosa esos quince años perdidos en que nunca escribió nada, como si se hubiera secado por dentro, ese tiempo en que apenas había garrapateado algunas frases sueltas, o fragmentos de relatos absurdos sin principio ni fin; el Paese mio che stai sulla colina. De repente, como si compartiera algún código secreto con Rubirosa lo quedó mirando fijo, sobre la mirada perdida del escritor y comenzó a cantar, como nunca lo hiciera: "Con me porto una chitarra e se la notte piangerò una nenia del mio paese canterò: Amore mio ti bacio sulla bocca che fu la fonte del mio primo amore. Ti dò un appuntamento dove e quando non lo so io so soltanto che ti aspetterò".

"La última vez que la vi se despidió cantando esta misma canción. Cuando la oigo, cuando la recuerdo siento que esos cerros pelados, ese desierto lunar y polvoso, esa pampa norte, ese pueblo que me tuvo de prisionero, era mi país. Ahí construí culpas y olvido. Ahí le puse un nombre para no recordarla jamás, ni a mi culpa y ella me asalta cada vez que creo haber vencido. Cada vez que comienzo a escribir la escribo". Se metió la mano al bolsillo izquierdo del pecho y sacó una concha de molusco pulida por millones de años de polvo del desierto. "Antes de irse, a hurtadillas me la entregó. Dijo: Guárdemela hasta que nos volvamos a ver". La volvió a meter junto al pecho y dijo: "No he aprendido a deshacerme de ella. Tal vez algún día, como Dickens, la encuentre convertida en una mujer vieja, gruesa y consumida. Quizás entonces vuelva a escribir, puede que entienda mi culpa y el tiempo deje de estar detenido. Entonces sabré quienes son ustedes que me fían sus recuerdos".

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