Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa

El rencor más ancho o profundo

La memoria es la defensa, feble por lo demás, contra el paso del tiempo y habiendo pasado ya tanto, no tengo recuerdo claro de manera que puede o no ser cierto lo que sostengo o tal vez el relato de Rubirosa esté en la razón. Creo que no habrían pasado más de tres o cuatro días desde que me despidiera en la puerta de su casa, negándome el paso a la tertulia bajo su parrón, por haber alzado un vaso de clery que Robles del Campo me obsequiara, cuando quiso brindar con nosotros. El testimonio de Rubirosa sostiene que no fueron menos de veinte o veinticinco días, que resultó, por demás, poco castigo a la traición de brindar con un sabido enemigo y soplón de sus perseguidores. Si no hubiera sido absolutamente necesario llamarme, "no lo habría hecho jamás o al menos en mucho tiempo" dijo.

Como quiera que sea, dice que siempre creí; aun cuando muchas veces quiso, él, desmentirlo; que su rencor era mucho más ancho que profundo y estaba basado en una forma literaria de vivir la vida que le era por completo indispensable. Por de pronto olvidaba los enojos al ritmo de sus requerimientos, aun cuando siempre conservaba instancias para sostenerlo, como aquello de no recordar el nombre o hacerse acompañar de un acólito antipático con tal de no recurrir a aquel a quien castigaba, sin importar si el castigado resultaba ser él mismo.

Era un atardecer rojo cuando recibí esa llamada de Rubirosa que en todo caso no esperaba: "Estoy aquí cerca. Necesito que vengas a buscarme: Estoy solo". Dijo que estaba en la esquina de la Discordia con la Casa del derrocado, y pareció enojarse, aunque yo sabía que era una manera de manifestar la renuncia a sus rencores, o una forma de sostener el reproche; cuando no comprendí donde quedaba ese lugar. "No sabes nada de metáforas: Pobre escritor" me agregó, con cierto tono de desprecio falso, siempre a modo de castigo. Luego me indicó que estaba en la Avenida Once de Septiembre, por cuyo nombre se han trenzado los partidarios de todos en insensatas luchas bizantinas hasta que se pusieron de acuerdo en que la fecha servía para festejar una liberación o un martirio salvificador, según quien transitara por la avenida. "Estoy en la esquina con Guardia Vieja" donde tuvo, antes del triunfo popular, su casa el presidente caído en la primera revuelta. No comprendí qué podía estar haciendo solo, en una esquina tan alejada de sus rutinas. "¿Donde podría estar en un día así, con este cielo ensangrentado?" preguntó y urgió a que me apurara: "Recuerda que siempre me siguen" dijo y cortó el teléfono.

Caminé el par de cuadras que me separaban de esa esquina, en la que hay tres o cuatro restoranes de comida rápida, que comparten una infinidad de mesitas en la vereda. En una de ellas había una revolución de palomas tullidas, sin dedos en las patas, con una sola ala, o con mutilaciones sorprendentes a causa de su vida urbana y antinatural, que hostigaban, junto con bandadas de gorriones, a dos parroquianos que ocupaban una mesa de la que todos los demás se habían alejado. Tuve que empujar y forzar a un par de ellas para que dejaran libre la silla en que me senté junto a Rubirosa y a ese amigo que siempre estaba a su derecha en las tertulias y lo acosaba cada vez que él sostenía cualquier argumento. Una paloma y un gorrión se disputaban restos de algo que Rubirosa les daba en su mano, y otra, que sólo tenía patas, pero no pies, posada sobre su hombro le picoteaba insistentemente el pabellón de la oreja intentando arrancarle el vello que ahí le crecía. Rubirosa miraba gozoso cómo los pajarotes evolucionaban en torno, entre aleteos y picotazos. Muchos de ellos se habían cagado en su chaqueta y sobre la mesa. Había, así mismo, varios vasos de cerveza vacíos y algún plato con restos de comida que los pájaros se disputaban. Ese amigo sostenía por el asa un schop medio lleno, del que, después de saludar bebió un largo sorbo. Dijo: "Voy al retrete" y se fue tambaleando entre las mesas hasta perderse en el interior de uno de los restoranes. Nunca volvió. Rubirosa no le dio importancia: "Siempre es así". Él tenía una copa de vino tinto al frente, aún cuando en ninguno de estos restoranes se vendía. "La compré algunas cuadras más arriba" aseguró. "Fue sólo una distracción" agregó, "además que aquel bar demasiado fino era muy solitario", por eso, dijo, no le convenía quedarse ahí. "Tuve que traer mi vino, porque aquí no venden". Dio alguna otra explicación ambigua y por último sentenció: "¡Basta de admoniciones! ya arrastro demasiadas culpas". De nada sirvió que le dijera que a mi no me importaba de donde había sacado la copa, pero fue como si, por el contrario, le hubiera insistido en el reproche. "Tú no entiendes nada. Eres lo mismo que mi padre" aseguró.

- Recuerdo que yo era un niño, de apenas algo más de doce años - dijo, sacudiendo su mano enorme para espantar a una paloma que no cesaba de picotearle los dedos - cuando mi padre, un día cualquiera y sin motivo alguno, me llamó y me sentó frente a él en la enorme sala donde fumaba junto al fuego durante todo el invierno. Aún me parece verlo sentado ahí, severo e imponente, con su enorme cuerpo acrecentado por un grueso abrigo de tweed. Su figura y su voz poderosa me cohibían haciéndome sentir pequeño y oprimido en esa enormidad, apenas iluminado por una lámpara mínima sobre su cabeza y las llamas trémulas del fogón. Comenzó a hablarme de la vida y de tantas cosas que no comprendía: Del bien, la rectitud, el respeto por el propio cuerpo y el de los demás, de la pureza y la castidad y de repente, sin entender por qué, sus ojos parecieron despedir fuego y su voz me sonó más potente y profunda que nunca. Dijo: "Si algún día llego a saber que haces actos deshonestos con un niño pequeño: ¡Te muelo a palos!".

- De algún modo extraño sentí la injusticia de aquella admonición y todo su poder incomprensible -. Se detuvo y tomó un sorbo de vino que parecía encerrar toda la rebeldía que ha de haber sentido en ese lejano momento de su infancia, mientras sus ojos se ceñían hasta casi desaparecer en una línea. Talvez intentaba concentrar su furia contenida sobre mi, que en ese momento quizás representaba la figura de su propio padre. Después de un silencio largo, su expresión se hizo amarga y continuó -: Esa tarde, lo recuerdo tan bien, tuve la oportunidad, por primera vez, de tener una relación deshonesta o al menos oculta con Amparo. Ella tenía no más de tres años y toda la belleza de la fragilidad. Apareció en nuestro jardín como por magia, con sus ojos oscuros y enormes, vestida de flores azules livianitas. Su visión sorpresiva despertó en mi toda la sangre espesa que barruntaba mi padre. Recuerdo como si fueran figuras de un sueño que la llevé al baño, la desnude entera y la senté en el retrete. Mientras orinaba, con infinita delicadeza toqué todo su cuerpo, hasta que tuve memoria para siempre de su piel suave e infantil. Cuando la vestí, acaricié lleno de raros anhelos su pequeña boquita vertical, y le dije suavemente que no, ¡que no!, cuando se quiso sentir incómoda. Finalmente la besé en ambas nalgas. Si él no me lo hubiera prohibido, así, de ese modo, no lo habría hecho, y hoy sería un hombre diferente: No cargaría para siempre esta culpa que me agobia ni tendría que luchar siempre buscando ese momento sublime para redimirme. Ese día él me cagó la vida.

Desde siempre lo había visto interesarse en los niños de un modo extraño y siempre había podido más la amistad y sus virtudes como persona, como escritor y pensador que una interpretación talvez personal de su conducta, pero esta confesión tenía dos aristas delicadas que me estremecieron: La compulsión y el desvío de la culpa. Discutimos sobre eso durante mucho rato, entre el revoloteo incesante y absurdo de los gorriones y las palomas, como si quisieran, ellos, estorbar el juicio libre. No sé si el delicado tema, cuyo duro juicio era necesario o la exasperación de los pajarotes revoloteando tensó tanto la discusión que de repente no quise seguir. Entonces, en una actitud que nunca le había visto, de calma perdida y descontrol, me grito, como si se tratara de una acusación: "¡Tú nunca has sabido lo que es estar solo en medio del desierto con una niña viendo el vuelo de los flamencos! Nunca has perdido una lucha contigo mismo. ¿Cuales son tus grandes fracasos?". Siempre había admirado a ese hombre. Tal vez por eso sentí como un cansancio fulminante. No sé cual sea el significado oculto pero en ese momento una paloma descendió, aleteando, sobre su cabeza. Apenas se posó en ella le cagó la coronilla y luego voló. Después de un silencio largo, durante el cual esperé en vano que se limpiara la cagada de la pájara, Rubirosa dijo en un tono calmo, de paz absoluta: "A pesar de todo no sólo sentía respeto por la imponente figura de mi padre. Yo lo amaba y lo admiraba. Yo fui el único de entre mis treinta y seis hermanos que le dí jaleíta de guinda en la boca cuando estaba muriendo, con su lengua reseca". Sus ojos disminuidos brillaron con la luz roja del ocaso que ensangrentaba el cielo.

Bebió un largo sorbo de vino de la copa robada, pero sin agotar el contenido. Al dejarla de nuevo sobre la mesa parecía haber recuperado la certeza sobre sí mismo. Se había recompuesto. "Ahí están otra vez" dijo. "Ya encontraron el rastro". Señaló a un tipo que se acababa de sentar solo en un extremo, con un gran schop de cerveza y un enorme sánguche chacarero. En ningún momento noté que se ocupara de Rubirosa, sino apenas de su pan que a cada mordisco dejaba caer trozos de tomate y desparramaba salsas de mayonesa con palta. "No dudes que en algún lugar está, también, Karchenko. Por eso cada día tengo que cambiar de rutina". Desde hacía unos días salía con ese amigo, que se había escabullido cuando llegué, y lo acompañaba casi todo el día. "A esta hora desaprece para no pagar las cuentas" explicó Rubirosa y "tiene que venir Ályson o Rommel Miranda a buscarme, para no andar sin testigos". La imperiosa necesidad de compañía parecía tener una cierta carga de temor exagerado que no explicaba y quedaba flotando en el aire. Cuando se sentía acorralado y parecía indispensable una explicación de quienes eran aquellos que lo seguían, más allá de los nombres que les daba, se esforzaba en evadir: "¡A nadie le importa! ¿A quién le importa?". Basta estar entre mucha gente. "Mientras sea así no pueden ejercer su venganza" recuerdo que dijo. Le pregunté qué venganza buscaban y por qué. Sólo hizo un relato ambiguo que no guardaba relación con la pregunta.

- De niño - dijo - se supone que yo era preferido de mis padres, aunque la figura de mi madre la tengo tan difusa. A veces trato de rememorar su rostro y me resulta imposible, de modo que me pregunto: ¿Cómo si era tan preferido no dejó una huella cierta en mi memoria?. En cambio mi padre parece materializarse cuando lo recuerdo: Sus ojos pequeños y feroces, sus manos inmensas de dedos rudos, el gesto de nobleza en decadencia que por sí sólo exigía veneración. Él me golpeaba cada día para que comiera arroz. Entonces: ¿Cómo si fui su predilecto, según mis hermanos, siempre me golpeaba?. ¿Comprendes?. Pero ésto no le importaba a nadie: Sólo a mi. ¿A quién le importa?: ¡A nadie le importa!.

Intenté seguir sus metáforas y hablamos de su padre y el arroz que lo obligaba a comer. "¿Qué arroz te quieren hacer comer, Rubirosa?" le pregunté por fin. "¡Qué importancia tiene!" respondió y me acusó de preguntar lo mismo que Olvido: "Cúidate de las preguntas" dijo y señaló al hombre que ya había devorado el chacarero y tomaba cerveza calmadamente, mirando a las mujeres coloridas que pasaban por la vereda. Después siguió hablando de su infancia y su padre:

- Me golpeaba diariamente por una u otra razón, aunque no alcanzaba a llegar a la brutalidad sino sólo a una rutina que parecía necesaria. Tal vez por eso su imagen es indeleble, quizás por eso fui el único de nosotros que besó su frente helada antes que lo metieran en su caja de palo. De mi madre, en cambio, sólo recuerdo que murió y que se había encogido hasta medir menos que un niño pequeño... Tal vez sólo se extinguió... siempre es así con las mujeres: Se extinguen... desaparecen. Los hombres, en cambio, debemos marcar, dañar.

El cielo rojo se había ennegrecido y apenas había alguna claridad violeta en el horizonte quebrado por los edificios en el fondo, al poniente. Rubirosa terminó de beber su copa y la última paloma revoloteó sobre su cabeza para recogerse definitivamente en algún tejado desconocido. El hombre del rincón bebía otra cerveza de las tantas que lo mantenían ahí cuando Rubirosa dijo, señalándolo: "Es hora de irse: Mira como se va con nosotros". Ese amigo definitivamente nunca volvió, de modo que pagué su cuenta y la mía, y luego nos fuimos en sentido contrario a nuestro destino. Dimos vuelta a la esquina: Ahí nos detuvimos a esperar. Apenas un par de minutos o menos se demoró en aparecer el hombre tras nosotros. Nos encontró a boca de jarro y pareció sorprendido, como si cambiara de idea atravesó a la vereda del frente y siguió su camino. Recuerdo que volvimos a paso calmo y caminamos por Once de Septiembre hacia abajo. Al llegar a la iglesia de la Divina Providencia, según recuerda Rubirosa, me volví a mirar y me pareció ver al tipo que él habría identificado como Karchenko a unos cincuenta metros detrás nuestro: Tal vez no lo era.

Comentarios Volver