Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa
Encontré una extraña novela, en el tercer tomo de las Obras Completas de Rubirosa. No sé claramente por qué está ahí, pues el mismo Rubirosa, a quien conozco, y con quien he compartido muchas tertulias bajo el parrón de su casa solariega, donde anidan los zorzales y los chincoles; ha negado su autoría, en público, en privado, y en aquellas tertulias. Recuerdo que Rómmel Miranda lo acosaba con aquéllo, justo cuando Ályson Carrascales volvió después de abandonarlo por Orgüel Fernández, o Norman Gutiérrez. Rubirosa sólo sonreía, y después de beber un sorbo de su Carmenere Tarapacá ex Zabala, decía: "Al menos, sólo diré que no es mi novela".
Es probable, y es la teoría que esgrime Mardoñal en su ensayo "Autor ausente o el desprecio de la propia obra", que haya sido escrita en sus períodos oscuros, cuando era ayudante de cronista en el Periódico de la Revuelta, o bien que efectivamente la haya escrito Ályson mientras fue la amante de Orgüel.
Bien: Todo ello no es asunto mío, sin embargo, sí lo es Rubirosa, a quien tengo como mi amigo. Sólo diré que comencé a leer la novela a las tres y cuarenta de la madrugada del viernes, y la terminé, sin poder soltarla para comer, dormir u otros menesteres, todos los cuales realicé en forma concurrente; el domingo a las once y siete minutos. Ya en la página cuatro mil seiscientos trece estaba completamente asqueado. En la siete mil ciento ocho levante la vista para observar la luz velada del sol, y aproveché de vomitar en la bacinica que el propio Rubirosa me había prestado para que pernoctara en su casa sin privar del baño a Ályson que tenía, en ese tiempo, una fiebre urinaria rebelde. Cuando la terminé, casi sin respiración, tuve la compulsión de comenzarla de nuevo, pero me retuve. La novela trata de un grupo de personas, que al despertar el martes diez y siete de octubre son sorprendidos por la revuelta fascista, iniciada violentamente por los propietarios del capital, con el fin de marginar definitivamente de las instancias de poder a los sindicalistas, a los izquierdistas, y a los liberales, así como a los desposeídos, instaurando la sociedad conservadora. El movimiento bolseniek, que así se hacen llamar los conjurados, ha detenido todas sus industrias, y el transporte, además de cortar las carreteras y algunas vías férreas. Otras continúan en servicio para quienes tengan la credencial de la SOFOPROIN (Sociedad de Fomento de la Producción Industrial, que es una de las instancias gremiales del capital). El único ferrocarril que presta servicio es dirigido personalmente por Antonochek, su accionista controlador, que con un cuerpo de esbirros recorre la vía férrea de Kalamurga a Urssovnia, y de Mangorte a Zurzulia, ajusticiando a toda persona que no sea capaz de justificar ingresos mensuales superiores a tres pahlos (moneda equivalente a algo más de mil veinticuatro lucas).
El estilo y la estructura del relato eran de Rubirosa, o de alguien que conocía profundamente su mano. El tema no carecía de ironía, y ese cinismo agrio que Rubirosa jamás utilizaba, excepto en las tertulias de los viernes, bajo el parrón, cuando comía uvas negras. Así las cosas, a la hora del aperitivo, ataqué al maestro con mis sospechas, y le dije que sus obras completas serían realmente pobres si esta novela fuere decretada apócrifa. "En modo alguno me justificaré" me respondió mientras aireaba el vino de su copa. Insistí, y lo amenacé con desmenuzar aquella novela hasta llegar a los más pequeños resortes de su maquinaria, de modo de dilucidar su autoría; pero sólo me respondió: "En modo alguno me justificaré". Sin tener realmente el convencimiento de lo que hacía, y sólo por cambiar su actitud, me tomé la última copa de carmenere Tarapacá ex Zabala de mil novecientos noventa y ocho, y comencé a desarmar el exordio de la novela, cuando Eliodoro Macarios reúne a los conjurados de la revuelta de la Plaza de la Industrias. La vista atenta de Rubirosa apretaba cada vez más los ojos entre sus párpados ya tristes por la edad. Cuando hube desmontado el exordio, Rubirosa tosió, y descorchó una nueva botella. Por ver su reacción le pregunté: "¿Maestro, por qué los conjurados sólo beben coñac Le Palle de Roux?". Contestó: "En modo alguno me justificaré", por lo que supe que tendría que desarmar la novela completa, desde la introducción, el prólogo del autor, el del editor, el prólogo apócrifo de la cuarta edición, y la crítica de la edición del domingo tres de julio de mil novecientos cincuenta y cinco, hasta el desenlace en la página ocho mil setecientos cincuenta y tres, y las erratas y adendum de las sesenta y cuatro ediciones, que jamás nadie leyó. Así lo hice, con santa paciencia, y frente a su vista ya cansada por los años de miseria vividos junto a la Carrascales. Ályson, con su fiebre urinaria nos acosaba constantemente. Para el martes, cuando comenzaban a llegar los primeros contertulios, a las cinco y veinte, la tarea estaba concluida, y era del todo claro que el autor de la novela no era Rubirosa, sino yo mismo.
Después de este horroroso ejercicio, me vi en la obligación de armar el artefacto nuevamente, lo que no era en todo caso, tarea fácil, en especial porque la estructura, en extremo complicada, debía sostener tres conflictos políticos, una revolución, ideas sobre modas de época, que tuvieron influencia en el desarrollo cultural hispanoamericano, héroes oligárquicos y universalistas que pretendieron distribuir el territorio europeo unificado de modo diferente, seis anécdotas sobre bataclanas rubias que desembarcaron del Myflower en Nueva Escocia, en el puerto de Halifax, la huida de un tahúr de un juego de cartas, y algunas otras de difícil detalle, todas las cuales forman el conflicto que obliga a los conjurados a decidir que aquel martes de octubre se desataría el movimiento de la revuelta. Fui poniendo las piezas sobre la estructura de la novela en forma muy delicada. Me di cuenta que era más fácil la labor del crítico que destruye que la del genio que construye. había, en ocasiones, que tener la mano muy firme, para sostener en equilibrio a un reaccionario, mientras se giraba una escena de un radical, de modo que en ningún momento se contrapusieran, lo que habría resultado fatal para todo el desarrollo y la mantención del suspenso necesario, que hacía a ratos pensar que sólo se trataba de una novela policíaca, a pesar de la honda crítica social. Había momentos en que se arriesgaba por completo la obra, y otros en que podía, si no se tenía cuidado, transformar en un folletín rosa, o un pobre súper ventas. A veces había que retroceder y volver a armar en un orden diverso de modo que las piezas calzaran, ajustando como un guante quirúrgico. Rubirosa sonreía y discutía temas vagos, para enseñanza de sus discípulos. A ratos se levantaba de su asiento, no sin antes dar dos palmaditas en el trasero a Ályson Carrascales, que al incorporarse dejaba la rodilla y el muslo de Rubirosa totalmente arrugados; y cortaba un racimo de uvas grandes y negras, que lavaba religiosamente en la llave de agua tras la tercera columna de la izquierda del parrón. Entonces me miraba, casi de soslayo, y sin dirigirse a mi, comentaba, por ejemplo con Wíchita Morales y el Palo Mejías, la imposibilidad de planear una revuelta real sin el concurso de la motivación y el conocimiento profundo; pero siempre en voz bastante alta de manera de distraerme, y añadir dificultad a mi tarea, por demás inútil y voluntaria, nacida del orgullo de aprendiz. "Jamás podrá justificarlo" decía, y arrugaba los ojos tristes hasta que parecían estar formados por una rendija mínima, por donde apenas pasaría una línea leve de luz. Siempre sonreía con algo de ternura. Luego volvía a sentarse, y a poner a la Carrascales sobre su rodilla izquierda.
A las nueve menos diez, un zorzal arrulló su canto tibio. En ese momento vi todo claro, y pedí un coñac Arlésiènne. Miré el horizonte, ya cercano, de mi trabajo, mientras temperaba entre las palmas de las manos el licor, y tuve una sensación extraña. Esa misma que se siente cuando se saca un solitario de naipes, y sin saber por qué, se presiente que no podremos poner la reina de Carreaux. Por una esquina del ojo vi como Rubirosa daba suaves codacitos en las costillas a la Carrascales, mientras con la barbilla señalaba hacia mi trabajo. "Déjalo tranquilo... ¡Ya verás que sí!" le decía ella en voz muy baja, aprovechando de besarle los lóbulos de las orejas.
A las nueve y tres minutos terminé mi trabajo. A pesar de ser noche cerrada, sin luna, y estar el cielo dispuesto para la lluvia, de modo que un viento tibio atravesaba todo el parrón a lo largo, el gallo cantó tres veces, y Rubirosa entonces aplaudió gozoso. Pensé, por un momento en su generosidad, y no en su espíritu sempiternamente burlesco. "Recoge ese tomo de la perdición y el plagio, y ciérralo sobre el cuarto anaquel de la izquierda en mi biblioteca" dijo. "Luego vuelves y recoges esa escena que a mi discípulo favorito le ha sobrado, y que intenta esconder tras las flores del pájaro de fuego, y me la pasas". Ályson cumplió la orden antes que el gallo volviera a cantar. Me sentí traicionado.
Rubirosa leyó entonces: «Greta Wolver, hija mayor de Hermann Wolver, y Asia Molineros, pero, en todo caso no primogénita ni heredera, pues Hermann tenía otras hijas de un matrimonio anterior; se había empeñado, tercamente, como siempre hacía, en ser bailarina de ballet clásico. Nunca le fue difícil aprender piruetas, saltos, movimientos y pasos, por lo que se creía dotada para esta disciplina. Su propia madre, orgullosa la animaba. Durante el primer tiempo se sintió incentivada, en efecto. Aprendía los pasos y movimientos con facilidad. La profesora indicaba: "¡Arabesque!" y el mejor arabesque de todo el grupo era el de Greta. "Voiyez vous cett'example... ¡voiyez!" decía la profesora indicándola, satisfecha.
«De este modo Greta Wolver pasó a ser envidiada del grupo, e imitada, por supuesto. Quien mejor hacía el pas de cheval, en avant ou en glissade, quien más firme llegaba a un coup de pied, o lograba un mejor battement frappé, la que conocía mejor la segunda y quinta posición, siempre era Greta Wolver, y la profesora la tenía de ejemplo: "¡Faittes le comme Greta!", y mirándola a ella con sonrisa le decía: "¡Merci bien mon petite Greta!".
«Las chicas aprendieron, finalmente todas las posiciones, cada uno de los movimientos, y los pasos sueltos, y aunque el mejor grand jette era el de Greta, todas eran capaces de hacer un grand jette, y si la profesora decía "alors cinquième position" todas hacían la quinta posición, pero si alguna quinta posición estaba perfecta, ésa, era seguro la de Greta Wolver.
«Fue cuando empezaron a hilvanar esos pasos y hacer pequeñas coreografías cuando Greta Wolver comenzó su camino al fracaso. "Primero un glissade et un pas battu" ordenaba la profesora. "Alors la jambe gauche s'éleve..." y así iba hilvanando, y concluía "... et pour finire un grand jette". Todas las petites rats hacían sus ejercicios en sincronía y terminaban juntas, bien fluis, excepto Greta Wolver, que en cada paso tenía que detenerse, pensar, preparar la posición y seguir con el otro, y así sucesivamente, cada fragmento perfecto, pero sin fluidez ni sincronía. "¡Vite!... ¡vite!" le gritaba la profesora. "¡Un deux trois quatre...!" insistía, pero no. Era imposible coordinar para Greta. "Un: cinquième, deux: glissade, trois..." golpeaba la barra junto a la aterrada Greta, pero nada.
Entonces, un día, el tutú negro de la hija del caudillo de la revuelta desapareció. Se registró el bolso de todas las chicas, incluso de los muchachos. Días después, al hacer un pas de deux con el muchacho rubio que todas admiraban a Greta se le escapó un viento en su cara. Todas acusaron entonces a Greta de haber robado el tutú negro de la hija del caudillo. Ella escapó corriendo del Teatro Municipal, y no volvió más: Renunció para siempre al ballet».
Al terminar la lectura, Rubirosa congeló el tiempo sorbiendo largamente su carmenere de Tarapacá ex Zabala. Sólo se oía las tres notas tristes del zorzal en la parra, y la respiración agitada de Rómmel Miranda, al borde de la terraza, sentado en el piso de madera cien veces mojado por la lluvia y el riego, y cien veces seco por el inclemente sol de las tres de la tarde. Entonces el maestro posó su copa en el suelo, y dando un palmazo en el trasero levantó sorpresivamente a la Carrascales, y dijo: "Se planifica toda una novela, se estructura con delicado cuidado, se disimula los giros personales, se disimula el tema, se desliza ideas soslayadas, se esmera la mano en los símbolos, los arquetipos, los íconos, y entonces logras que toda tu gran obra tenga como pivote universal a la bailarina de ballet que frustra su empeño, sumergiéndose en el anonimato y el fracaso, para ser la gran impulsora del movimiento salvador de la humanidad, y viene entonces tu mejor discípulo, el más dilecto, el más amado, al que más tiempo dedicas, al apóstol Juan, que moja el pan contigo en el plato pascual, el que se reclina sobre tu pecho literario, el que come de tus uvas morenas, el que puede amar a tu mujer los jueves, y te cercena de tu gran obra magna, de esa que es tan excelsa que has logrado que ya no te pertenezca; la escena maestra que da sentido a todo lo demás, y la esconde entre los geranios".
Es mi testimonio que Rubirosa no lloró en esa ocasión. Sin embargo, nunca más volvimos a reunirnos bajo ese parrón, del cual en ese momento cayeron tres zorzales muertos sobre su pecho, y se hizo el silencio para siempre. Llegué a olvidar su rostro y su nombre, con vergüenza, por años, hasta que lo reconocí, lo volví a conocer, en el Club Unión Chica.
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