Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa
Estaba mas frío que de costumbre. El tonto sol que alumbraba sin casi entibiar, era una imagen difusa tras el filtro de nubes flacas. "El sol no puede ser tonto" musitó alguien: Tal vez Rommel, o quizás Orleans, no lo recuerdo, ni reparé en éso mayormente. "Es sólo una metáfora" dije, sin interés, nada más por responder. "Tampoco es una metáfora" respondió Orleans, o tal vez Rómmel. "¿Podría ser una figura?" interrogó Chérchil. "Un dislate" rió Mehrson. Al fondo del parrón, envuelto en su manta de castilla, para defenderse del frío que caía de más allá del tupido enramado, Rubirosa comía plácido, unas uvas negrísimas, de un racimo que sostenía entre sus poderosos dedos. Me quedé pensando en la primera falange del dedo índice, que asomaba entre las uvas, y parecía hacer, siempre, un ángulo caprichoso con el resto del dedo, como anquilosada. Recuerdo haber reflexionado: "Rubirosa es un escritor de los antiguos, de lapicera y máquina mecánica". El golpe a las teclas de su "Underwood" arcaica ha marcado el ángulo de esa falange, que produjo tanta ficción.
- ¿Qué es, íntimamente, una metáfora? - preguntó Rubirosa, pasando el racimo de uvas a Balzac Quintana. Sus ojos alcanzaban a sonreir, apenas, como el sol tras las nubes, impedido de expresarse.
- Una metáfora... - casi dudó, Balzac - verás - dilató, buscando una respuesta: - En ocasiones, es difícil recordar con precisión un caso, de modo de establecer un argumento... ¿Comprendes?. Pues bien. Por ejemplo, Mountblanc recurría siempre a ese recurso, cuando no deseaba ser interrogado sobre algún tema privado e incómodo: ¿Me explico?. En cierta ocasión en que se le interrogaba, con insistencia, sobre su relación incestuosa con la hija de su mujer, de apenas diez y seis años, explicó que el amor no tenía edades, y recordó cierta novela de Dickens, que, por cierto creo que no era la "Historia de dos ciudades" (Es de Dickens ¿no?... Sí, sí: Por cierto que es de Dickens), pero en fin...
- ¿No es de Oscar Wilde? - preguntó Chérchil, o tal vez Rómmel, interrumpiendo a Balzac.
Rubirosa sonrió, ahora con todo su rostro, como si el sol hubiera aparecido entre nubes, mientras servía en su copa una porción de vino tinto syrah de Santa Eulalia. Su dedo índice no tocaba el cristal de la copa: La primera falange, como quebrada, en ángulo permanente, tal vez, no se lo permitía, o aquel dedo, y esa falange, tenían algo de sagrado. Me quedé pensando en la sonrisa de ese hombre sabio, mientras, entre las ramas de las parras, una loica macho asomó su pecho rojo, y pió tristemente tres veces. "¿De qué se alegra?" pensé. "¿Sabría que la loica iba a cantar?".
- ¿Sobre qué le gustaba escribir al viejo Carlos? - preguntó, entonces Rubirosa, luego de beber un trago de su vino, y aspirar su aroma duro -, ¿Tal vez era un romántico? o ¿Sólo un conservador que temía al avance social?. Quizás siempre añoró al niño Copperfield que vivía en su corazón - concluyó dudoso, y chasqueando la lengua meneó la cabeza y terminó: - Era un virtuoso de la metáfora.
- No hay metáfora alguna, ni en "David Copperfield" ni "Historia de dos ciudades" - dijo Balzac, o quizás Orleans, que comía de las uvas negras que Rubirosa había entregado a Balzac. Entre las ramas se oyó revolotear a un zorzal, que bajó a comer una uva caida.
Recuerdo que Ályson Carrascales se había sentado en las rodillas de Rubirosa. Él aun no la amaba. Ella, tal vez, nunca lo amó: Sólo la deslumbraba la potencia de su genio creativo. Camille, su mujer, observaba rencorosa, desde la pieza de costuras, donde trabajaba para sostener a la familia. Cuando pasé junto a su puerta, camino del baño, me dijo, señalándolos: "Ten por seguro que aquello es una metáfora", y sin levantarse de su máquina "Singer", me tomó de la mano, y me atrajo hacia sí. No pude evitar besar esa boca rencorosa, ese cuello largo, y palpar esos pechos mansos. Camille, sollozando, me dijo: "Hazme tuya, al menos". "Jamás podría" respondí. "Al menos, entonces, haz un esfuerzo, y llévate a la Carrascales". Luego nos amamos con incomprensible furia. Cuando salí al parrón, nuevamente, Ályson bebía de la copa de syrah de Rubirosa, y en la pieza de costuras Camille bordaba sobre el canesú de un vestido de novia.
- Por de pronto - oí que decía Norman, o tal vez Orleans - es un despropósito mencionar los amores de Mountblanc frente a Ályson.
Orleans, o tal vez Norman interrumpió a Norman o quizás a Orleans, elevando la voz ostensiblemente.
- Sucede que tú fuiste quien primero ofendió a la Carrascales sin motivo alguno.
- Sólo respondía la pregunta del maestro sobre... - Dudó un momento - No recuerdo ya el tema, pero tú argumentaste con Dickens y su vida tortuosa, sus amores con Ellen Ternan, en fin.
- ¿Acaso pretenden que somos una metáfora de Dickens y la Ternan? - preguntó la Carrascales, levantándose de las rodillas de Rubirosa, y girando, grácil, para enfrentar a Norman, o tal vez a Orleans. Tanto Orleans, como Norman, y también Rómmel, quizás Chérchil se sintieron sobrecogidos. Rubirosa partió una uva, y le arrojaba trocitos pequeños al zorzal que cantaba tres notas tristes. "Si hicieras, al menos un esfuerzo, luego estarías comiendo de mi mano" dijo, ignorando la discusión.
Rómmel, con esa chaqueta, ya raída, de cuadritos pequeños que había comprado a plazos, cuando estaba por cumplir veintiséis, se sintió incómodo con la acusación de la Carrascales, y se tironeó las axilas húmedas de la chaqueta que le apretaban los sobacos. La incomodidad se extendió por toda su sensibilidad corporal. Movió la cabeza de uno a otro lado, estirando la barbilla hacia adelante, mientras carraspeaba. Subió dos veces el hombro derecho, luego lo mismo con el izquierdo, en seguida tironeó el puño derecho de la camisa y entonces lo sorprendió la mirada profunda de Ályson. Avergonzado, trató de completar la simetría con la manga izquierda de la camisa, raspando el brazo contra la cintura, pero sin resultados. La falta de simetría le angustiaba. Ályson no le quitaba la mirada. Lentamente movió su mano derecha, como si fuera un ladrón, hasta alcanzar el puño izquierdo. Cuando iba a tironear, para lograr la ansiada igualdad, Ályson, como si hubiera estado esperando, para torturarlo, adelantó su mirada azul, y su pelo blanco, y le preguntó:
- ¿Y tú?. ¿Estás de acuerdo con éso?.
- ¿Yo? - preguntó Rómmel, a su vez, enrojeciendo. Se golpeó dos veces el hombro izquierdo con la barbilla, mientras tosía; luego repitió el movimiento en el hombro derecho, mientras tosía, y finalmente se golpeó el pecho con la barbilla, mientras tosía, y musitó: - Rubirosa habría dicho que amar... es decir, creo que Camille... Verás: En historia de dos ciudades, Dickens, tal vez hace una metáfora de sus dos amores aun cuando claramente el sentido político de su opinión, respecto a la revolución francesa en modo alguno es progresista, sino en todo caso bastante conservador y temeroso. Creo que Dickens hace huir a sus personajes del progreso revolucionario debido a la forma cruel de imposición de los ideales de la revolución, que en modo alguno compromete sus orígenes bien delineados en David Copperfield. Claramente Dickens es Copperfield, y bien puedo atestiguarlo, pues yo mismo he renunciado a una vida cómoda por privilegiar el arte, lo que en todo caso nunca es más que una dulce renuncia: ¿Comprendes?.
Todo ésto había sido musitado en voz bajísima de modo que la Carrascales casi no había logrado oír nada, sin embargo el zorzal ya comía trocitos de uva en la mano de Rubirosa. Ályson alcanzó a divisar el gesto, por un lado rencoroso, de Camille, tras la ventana de la pieza de costuras, y por otro, soñador al verme de soslayo. Furiosa acercó la cara hasta casi tocar a Rómmel, que con el meñique se rascaba, con suavidad el párpado superior izquierdo, y le gritó:
- Tú: ¿De parte de quién estás?.
- Eso no sería necesario contestarlo - dijo Rubirosa, enjaulando al zorzal con sus dos enormes manos. Éste aleteó, ahí encerrado, y cantó tres notas de alarma -. Este zorzal - continuó -, hace tres años viene a comer en mi terraza - de eso doy fe -. A veces canta en el alféizar de la ventana de Camille. Es su única felicidad. Toca con su pico los vidrios, cuando ésta está cerrada, de modo que la abra. Ella lo premia con migas de galleta humedecidas en leche y miel. ¿Acaso se diría que la ama?. Al caer la tarde, cuando el sol antiguo, es apenas un recuerdo, el canto melancólico del zorzal entre las ramas endulza la ternura del recuerdo. ¿Acaso se diría que nos ama?. Hoy al fin, ha comido de mi mano: Ya está atrapado. ¿Acaso se diría que me ama?. ¿Acaso se diría que lo amo?.
El zorzal gorjeó desesperado. Aleteando intentaba escapar de la prisión que había elegido, tal vez por hambre, confianza, o quizás gula. Camille vio, desde la pieza de costura, como Rubirosa separaba sus manos enormes, cuyos dedos índices parecían tener anquilosadas las primeras falanges, debido al duro golpe del teclado de su "Underwood". El zorzal emprendió el vuelo, dejando un rastro inmundo en la mano de Rubirosa. Camille dejó a un lado el canesú que bordaba, y levantándose salió al parrón, y fue a posarse en las rodillas de Orleans o Rómmel, no recuerdo bien. El zorzal volvió a cantar.
La Carrascales intentó sentarse, nuevamente, en las rodillas de Rubirosa. Éste bebía, tranquilo, un sorbo de su syrah Santa Eulalia. No sin una expresión de intensa ternura, se lo impidió diciendo:
- Ahora, sería preferible que no -. Ella con una mirada desafiante, y alzando la barbilla lo enfrentó.
- Tú: ¿De parte de quién estás? - Rómmel, sintiéndose incómodo, se revolvió en el piso de madera semipodrida en que siempre se sentaba. Debajo del asiento, una viuda negra tejía su trampa mortal. Rubirosa se tomó su tiempo para posar su copa en el suelo, junto a su silla de lona.
- El sol, en otoño, es menos tibio - dijo sonriéndome -. Parece no llenar sus expectativas. Se diría que ha perdido su inteligencia para cumplir con su obligación. Podría construirse una metáfora que dijera que el sol es tonto.
Rómmel continuaba acomodándose en el piso de madera, cuya tercera pata se había clavado en el pasto, aplastando una mata de margaritas. Yo, en tanto, pensaba que el dedo índice de Rubirosa jamás señalaba hacia donde indicaba, debido al anquilosamiento de la primera falange, que siempre hacía un ángulo obtuso y caprichoso con éste. Camille, sentada en las rodillas de Chérchil, o quizás de Orleans, tenía sus manitas pequeñas, y heridas por las agujas de bordar, metidas entre sus piernas, cubiertas por una falda de organza estampada de flores azules. Ályson, al notar la incomodidad de Rómmel, se acercó a él.
- ¡Quédate tranquilo, imbécil! - le gritó. Rómmel tosió, golpeando con su barbilla el hombro izquierdo - ¡y mírame cuando te hablo! - continuó, y poniendo su pie, calzado con un borceguí de altos tacones, sobre el pecho del otro, lo empujó, haciéndolo caer sobre el trébol, más allá del parrón, donde las abejas flotaban sobre flores blancas. Luego escapó de ahí, llorando, seguida por Norman, o por Orgüel Fernández.
Recuerdo bien, que cinco meses más tarde, la Carrascales se fue a vivir con Rubirosa. Camille diseñaba con éxito, vestidos de novia en Avignon en la esquina de la Rue De La Croix con la Rue De L'Oriflamme, en Francia (decía que el glammour de Paris olía mal), desde donde enviaba dinero. Había conseguido editor para las obras que su amado Rubirosa escribía al modo de Gombrowicz, sin haberlo leído nunca.
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