Kepa Uriberri
Lo que dijo Rubirosa

Traidor

No recuerdo quien contrató al otro abogado, tampoco me lo dijo nunca Rubirosa. Sí recuerdo que tuvo fuertes conflictos con el que habíamos tratado sus amigos de la tertulia. El nuestro insistía en poner una querella por maltrato y brutalidad policíaca, secundado por la Carrascales que parecía más dolida por el procedimiento policial que por la acusación que recaía sobre Rubirosa. Éste decidió que había campo para ambos abogados de manera que el nuestro se lanzó en "esa aventura sin destino" según dijo el otro, mientras que aquél, que talvez contrató él mismo o alguien más, tomó la defensa de la acusación del crimen de Olvido. Con el tiempo fue claro que nuestro abogado perdió el tiempo y ganó honorarios y anticipos inútiles, mientras el otro al menos dilataba los procedimientos, siempre eternos, de la justicia. En aquel tiempo solía recibirnos el abogado que habíamos contratado y escuchaba nuestros testimonios y los reiterados relatos de Rubirosa sobre la golpiza recibida en el interrogatorio, el contenido de la declaración que nunca firmó, los pormenores de la entrada a la casa de la avenida Brescia de Gómez Arriaza y cómo lo habían llevado detenido. Todo aquello más bien parecían sesiones de terapia catártica, que el abogado disfrutaba y que en ocasiones nos enfrentaba en duras recriminaciones. La Carrascales acusaba a Rommel de no haber defendido a su amigo y a mi de no haber impedido el arresto, a la vez que obligaba a Rubirosa, que finalmente cedía, a darle la razón. Rommel Miranda quedaba paralogizado, en medio de sus tics ante tales "acusaciones completamente injustas" decía Rubirosa, aunque luego se desdecía ante la furia de la Carrascales: "Te estoy defendiendo, ¡idiota!. ¿De parte de quien te vas a poner?".

Rubirosa relata esas sesiones descarnadamente, como si el protagonista del problema fuera alguien distinto de él mismo. También parecía literaturizar la participación de los demás, y nos dibujaba casi como figuras de comedia, sin ideales profundos o sentimientos sólidos. Yo mismo no me siento interpretado en ese papel y mi participación en esas sesiones bizarras sólo se debía a la estimación que sentía por él y el interés de colaborar en probar su inocencia en la que por entonces creía. Incluso en el relato me hace participar en algunas sesiones tardías de las que no participé en modo alguno y en las que me acusa de actitudes del todo alejadas de mi intención.

Recuerdo que dejé de asistir a esas sesiones, aún cuando Rubirosa trataba de llevarme aduciendo razones absurdas como que yo había estado presente en su detención y ahora lo acogía en mi casa, de manera que la sincronía nos obligaba: "Siempre has compartido los momentos claves de la vida de este hombre desvalido. Algo me debes por eso" decía. Después diría que "a veces yo creía que el juicio comenzaba a traicionarlo. Fue doloroso". Incluso reconoció que había llegado a sentir cierto recelo. Todos esos conflictos hicieron inútil y más bien dañinas esas reuniones.

Fue por entonces que un día que nos quedamos solos en ese barcito de la calle Bilbao, mientras el propietario escarbaba en su buhardilla unas viejas ediciones de las obras tempranas de Rubirosa, me dijo que "había uno que me traicionó, era ese que mojaba su pan en mi plato". Estábamos recordando épocas pretéritas cuando la aventura de escribir culminaba en la trastienda de don Manolo, en la librería del puente y no era necesario respetar regla ninguna que satisficiera grupos de poder o comercio. "Fue en esa época cuando escribí Una revolución ajena" dijo, esa obra que tanto dolor me ha costado.

Cuando lo relata dice Rubirosa que me clavó la vista intentando disimular el dolor que volvió a sentir vivamente en ese momento, arrugando los ojos hasta que fueron apenas dos líneas húmedas. Mintió al decir: "No recuerdo ya su nombre ni su rostro; no quisiera hacerlo". Asevera que durante un tiempo tuvo que tenerlo a su lado para su seguridad. "Mientras el traidor estuviera a mi lado sus cómplices no me harían daño" dice. Comprendí, entonces, muchas cosas. Quise desmentirlo y decirle que se equivocaba, pero me di cuenta que él se refería a mi, pero no me culpaba, sólo parecía enfrentarme con esa culpa que el me asignaba, sin acusarme y por lo tanto no podía defenderme sin hacer evidente su acusación y a la vez aceptarla como posible, lo que de algún modo implicaba una aceptación de la culpa. Por lo demás, recordé lo que siempre sostenía y traslucía en sus obras: La verdad se construye sólo muy lentamente. Él llevaba años y años y más años construyendo mi traición supuesta y cuando eso ocurre, la argamasa que pega los ladrillos de la verdad construida está tan sólidamente adherida y une las partes de aquella verdad tan fuerte que se requerirá de una similar lentitud para destruirla y ya no había tiempo. Sólo dije, imitando su estilo: "A veces la verdad está sobre rocas. Otras sobre arena. A veces es cuestión de esperar que el viejo océano despeje los cimientos que la sustentan. Preferiría pensarlo así". Me recordó cuando yo le había destruido aquella obra, de la que había desencajado una escena y "después desapareciste, quizás a ejecutar tu traición". Me culpó de la quema de aquellas ediciones de sus obras que con infinito amor habían nacido en la librería del puente. "Me robaste a mi mujer" dijo, "y me entregaste a los esbirros de la primera revuelta". Recordé aquella tarde con Camille, antes que ella huyera con Orgüel Fernández, cuando la Carrascales comenzó a sentarse en sus rodillas. Nunca creí que Rubirosa hubiera llegado a saberlo. Incluso entonces creo haber tenido serias dudas. Quizás era sólo una manera de resolver una sospecha que siempre lo había herido. Tal vez desde entonces había venido alimentando desconfianzas y rencores. "Nada más he tenido que recurrir a ti porque me era necesario. Por eso vivo en tu casa" concluyó. "Ahí jamás seré sentenciado de las culpas que cargo y no tengo" dijo y se quebró. Asegura, al relatar esta situación que notó rabia y sorpresa en mi al sentirme sorprendido: No es verdad.

Ese día, al volver a mi casa, y los siguientes, Rubirosa se encerró en su dormitorio, con la Carrascales sentada en sus rodillas junto a la ventana y alimentó a los zorzales con migas de galletas "Maravilla" con la vista perdida entre sus recuerdos y las culpas que otros habrían creado para él, aseguraría más tarde. No obstante, es necesario decir que lo oí reír permanentemente, con lujuria.

Al fin, después de muchos días sin salir de su dormitorio, un día llegó Camille con Honoré a visitarlo. Le explique que se había encerrado en su pieza y que sólo sabía de él cuando la Carrascales pasaba en paños menores, casi desnuda, casi provocativa, a la cocina a hacerle un desayuno, o a prepararle almuerzo. De todos modos hice el intento de anunciar la visita ya que ella era su representante y entendía que Rubirosa tendría, talvez, algún manuscrito que proponerle. Me acerqué a golpear la puerta y oí risas y gritos de juegos eróticos. Era claro que estaban disfrutando del encierro ahí dentro, pero cuando oyeron los golpes se hizo un silencio instantáneo y profundo. Fue como si no hubiera habido nadie. Insistí suavemente pero no hubo respuesta, ni tampoco cuando llamé a Ályson o a Rubirosa. El silencio era absoluto. Camille, exasperada, paso delante mío y simplemente abrió la puerta y entró al dormitorio. Ahí estaba Rubirosa con la Carrascales sentada en sus rodillas. Él lanzaba migas de galleta a los pajaritos con la vista perdida en la lejanía del jardín mientras ella con la cabeza recostada sobre su pecho le acariciaba la frente y el pelo. "Vengo a hablar contigo de todas aquellas cosas que has mantenido pendientes tantos años" le dijo y señalando a la Carrascales le ordenó: "¡Sácala de aquí!". "Preferiría no hacerlo" respondió sin dejar de alimentar a los jilgueros que revoloteaban en el alféizar de la ventana. Camille insistió varias veces, incluso argumentó con diferentes propuestas, pero fue siempre lo mismo: "Preferiría no hacerlo". Finalmente pateó el suelo con ira, haciendo volar a los pajaritos y salió de la habitación donde esperábamos Honoré y yo, mirándonos sin hablar. "Trae una silla" ordenó Camille al francés. Él la siguió al dormitorio. Cuando él hubo entrado cerró la puerta con furia.

Rubirosa cuenta que entró y se sentó en la silla que llevaba Honoré, luego le ordenó a él: "¡Siéntate!" golpeando con la mano sus rodillas. Imaginé a dos ventrílocuos discutiendo sus cuitas a través de sus respectivos muñecos. Camille venía a urgirlo por los compromisos editoriales que ella misma habría tomado, por los cuales había percibido a nombre de él honorarios que Rubirosa no recordaba haber disfrutado. "Si hubiera dispuesto de esas cantidades no viviría de la caridad de mis amigos" alegó. Ella lo acusó de gastarlo todo en farras y mujeres que sentaba en sus rodillas como vírgenes a pervertir. Dice que le respondió que quienes se sientan en sus rodillas son sus compañeras reales, y no lo traicionan como otras mujeres que huyen con sus amigos o viven intentando sus triunfos personales en vez de ofrecer su lealtad. "Recuerda que tu intentabas hacerte rica con tus costuras de moda, mientras me tenías abandonado". "Alguien tenía que mantener los gastos", alegó Camille. "¿Y disfrutar de la lujuria con mis amigos?, ¿Huir con ellos?, ¿Escapar a Francia?" le recordó. "Argumentos, argumentos, argumentos sin valor" reclamó ella. "Aún usas esa técnica vieja de argumentar sin importar qué argumentas. Eres como ese viejo ciego al que no le importaba mentir si la mentira era buena y útil a sus fines" agregó. Rubirosa aseguró que ella lo había traicionado y lo había abandonado sin motivo alguno: "Te daba todo lo que tenía. Nunca te negué nada y me dejaste porque quisiste. ¿Qué quieres ahora?. Incluso te acogí en mi casa cuando volviste y ahora hasta eso me quitaste ¿Qué más quieres de mi? ¿Acaso no viviste de mis obras en Francia? ¿Y ahora: No vives de ellas?". Camille se habría enfurecido, según cuenta Rubirosa, y habría dado un empujón a su hombrecito francés, que cayó como un muñeco de trapo a un lado e incorporándose habría señalado a la Carrascales: "Tú te sentabas a esta gata en las faldas lo mismo que ese viejo ciego, y ahora argumentas y argumentas como ese ciego, mientras yo me rompía las manos para darle de comer a ella, a ti y a tus amigos que profitaban bajo ese parrón". "Yo no siento gatas en las rodillas como ese ciego. Prefiero sentar mujeres que me amen y me sean leales. Nadie más me ha sido tan leal, incluso cuando caí en desgracia o cuando todos me abandonaron". Camille terminó de descargar su rabia contra Honoré, que seguía en el suelo. Dándole un puntapié le gritó: "¡Allez allez!" y lo sacó a tirones. Desde la puerta le gritó a Rubirosa: "¡Habla tú con el editor!".

"Ya no sabría hacerlo" le dijo Rubirosa después a Rommel. Le pidió que le suplicara a Camille que ella se hiciera cargo. "Sin embargo", le dijo, "No le dejes saber que yo te lo pedí". Le entregó algunos manuscritos para que ella negociara, entre los cuales había un esbozo del relato que mucho después se publicaría bajo el título de "El delincuente". El editor lo rechazó y Camille lo devolvió algunos meses más tarde, no obstante lo cual consiguió un anticipo que ella gastó, según asegura Rubirosa, en suplantar sus tertulias en su propia casa y con sus amigos, con los que logró inventar una corriente literaria del todo falsa que contó con el apoyo del ministerio de la cultura gracias a su compromiso político. "Traicionan sus principios, su independencia y a quien les enseñó lo que saben, por treinta monedas de plata" se quejó, no sin cierto desdén.

A partir de entonces comenzó a decantar sus sentimientos que se fueron haciendo más y más recalcitrantes. "Este abogado no hace nada, pero las reuniones con él me van abriendo tanto más los ojos. Aprendo quienes son mis amigos y quienes me quieren destruir". Tengo clara conciencia que en ese tiempo comenzó a mirarme con molestia, y me incluía en el grupo de sus enemigos. Cada vez con más frecuencia repetía: "Mientras el traidor esté a mi lado sus cómplices no me harán daño y quizás llegue a redimirlo". Cada vez que lo decía caía en un monólogo absurdo que nos dejaba en un silencio difícil a quienes estábamos en la tertulia hasta que finalmente concluía diciendo: "Es mejor que me vaya. Me desgasto demasiado relatando estas cosas" en la casa se pasaba, después, semanas encerrado con la Carrascales. Al principio podía oír el jolgorio detrás de la puerta y cada tanto Ályson salía en paños menores a preparar algún alimento y volvía a desaparecer entre risas tras su puerta. Pero andando el tiempo, así como estas situaciones se hacían más frecuentes, los encierros se iban haciendo mas silenciosos y la Carrascales salía más cargada de ropas más y más oscuras hasta el límite del luto. Finalmente un día cuando llegué a la casa, después de uno de los monólogos de Rubirosa en el barcito de la calle Bilbao, la puerta de su dormitorio estaba abierta, los cajones también, la cama desarmada y no había rastro de él o de la Carrascales. Sólo bastante tiempo después supe que se habían refugiado, llenos de dolor y sentimientos de traición, en la pensión que la viuda del pintor Mauretti había instalado en su antiguo taller. Muchas veces intenté visitarlo ahí, a pesar que sabía que no recibía a nadie salvo a Rommel Miranda. Nunca me recibió. Tampoco supe que hubiera escrito nada. Camille seguía administrando los contratos de publicación de sus obras con mano firme y beneficios decrecientes en la medida que sus obras iban abandonando la moda, de manera que incluso ella vivía bastante restringida. Tampoco a ella la recibía y nunca más volvió a enviarle algún texto nuevo. Como sea, sus admiradores más fieles se reunían los jueves a las once de la noche frente a las ventanas del taller de Mauretti donde él se asomaba, envejecido y con una sonrisa ausente, siempre con la Carrascales sentada en sus rodillas vestidas cada vez más estrambótica y con su melena rubia casi blanca gastada y desordenada. Ella amorosa acariciaba su frente y cabeza, ya totalmente calva, y él hacía señas seniles de saludo que parecía no saber a quien las dirigía.

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